En enero de 2010, Joaquín Villalobos publicó un artículo en la revista Nexos en el que busca desmitificar lo que él llama doce mitos de la guerra contra el narcotráfico y, desde la primera frase se olvida de una verdad que transformó la historia política de México: entre 1910 y 2010 ocurrió 68. También pasa por alto que la pax priista no sólo estuvo sustentada en la negociación con los narcos, sino que existieron amarres y estructuras informales que permitieron al hegemón controlar el territorio por medio de caciques y leales.
Más allá de dichos olvidos, y buscando la médula del artículo de Villalobos: ¿por qué declarar una guerra contra un enemigo difuso como el narcotráfico? ¿Por qué los ciudadanos tenemos que asumir los costos de esta guerra cuando no está claro cuál es el objetivo del conflicto armado? El que “la droga no llegue a tus hijos” es un buen principio y funciona bien como eslogan publicitario pero no justifica los costos sociales de una confrontación como la que estamos viviendo.
A Villalobos se le olvida decirnos que no era la única solución: había propuestas integrales que contemplaban la prevención y la contención con argumentos más acordes a la realidad mexicana. Aquí 11 respuestas a los doce tabús de Villalobos:
1.No se debió confrontar así a los narcos. Porque la estrategia de pegar primero y averiguar después funciona para los narcotraficantes, no para un estado de derecho democrático; porque faltó planeación integral; porque se requiere una revolución creativa como la de Bogotá, Medellín, Cali o Sicilia.[1] La planeación integral empieza por un diagnóstico sobre las causas: exclusión social, pobreza, justicia lenta y elitista, entre otras; y efectos: violencia, dinero rápido, poder sin contrapesos, para después proponer alternativas de vida y desarrollo generativo. Villalobos dice que había un “monstruo real, fuerte y peligroso” ante el que había que actuar con “determinación y velocidad” porque “sin ganarle terreno a los carteles no puede pensarse ni en la reconstrucción de instituciones ni en planes integrales”. El argumento puede hacerse a la inversa: no tiene caso ganarle terreno a los narcotraficantes sin una estrategia integral que resuelva las causas sociales del problema.
2.México no se está «colombianizando», se está «tijuanizando». ¿Estado fallido? Estamos regresando a un Estado bronco, en el que impera la violencia (que se genera en ambos lados) por encima de la Ley. El crimen organizado mexicano no busca el control político territorial, sino que se alía y corrompe para trasegar droga sin necesariamente conquistar y gobernar territorios.[2]
3.El intenso debate sobre la inseguridad no ha protegido a quienes trabajan en los medios de comunicación. Existen varios periódicos en el norte que ya no hablan de narcotráfico. Nada más en 2009 hubo 12 periodistas asesinados. México es tan peligroso como Irak, Pakistan o Somalia para quienes ejercen el periodismo.[3] Los peligros de ser periodista en México tienen mucho que ver con cubrir temas de seguridad.
4.Los muertos y la violencia demuestran que estamos en una guerra. Aunque es cierto que en la lógica militar el Estado tiene las de ganar, en un Estado democrático lo militar no se puede superponer a lo social. El ejemplo, otra vez, Colombia: la revolución social dice basta e inventa nuevas formas de convivencia donde sólo había violencia. Las personas vuelven a empoderarse de las calles y se desarrollan proyectos en las colonias más pobres para dar opciones y esperanzas.[4]
5.En tres años no se ha planteado una estrategia integral. Al optar por la estrategia de guerra, ninguno de los otros intentos por resolver el problema del narcotráfico ha figurado en la lista de prioridades de los gobiernos panistas. Villalobos nos presenta las cifras de decomisos e incautaciones que prueban de manera contundente que la prioridad se ha puesto en una sola estrategia: la guerra. No nos explica, otra vez, que no era la única solución y que se plantearon estrategias más completas, que incluían programas sociales y culturales y a las que no se les ha dado mayores recursos.
6.Los ataques de los narcos prueban que son poderosos, y que mientras se consuma droga, seguirá habiendo sicarios y capos. El poder de los narcotraficantes emana de tres factores: el producto que comercian tiene una demanda creciente e inelástica (cambios en el precio no modifican cambios en la demanda), generan grandes cantidades de dinero en poco tiempo y se alían y corrompen a ciertos sectores de la clase política. Y ahora además diversifican sus negocios y trafican armas y personas.
7.¿Qué fue primero? ¿La pobreza y la corrupción o el crimen organizado? Mientras no exista una política de desarrollo incluyente, que empodere a las y los ciudadanos, se seguirán combatiendo los síntomas, no las causas.
8.El narcotráfico, como cualquier actividad ilícita requiere, para su éxito, de la complicidad de algunos servidores públicos. Villalobos afirma de pasada que, a diferencia de Colombia, “el fenómeno delictivo en México es comparativamente joven”. Lo anterior no tiene bases en la realidad: el fenómeno del narcotráfico empieza, en la mayoría de los países del mundo, después de la prohibición de principios del siglo XX. Desde entonces, el narcotráfico ha florecido ahí donde se ha tolerado.[5]
9.La estrategia debería dirigirse a la despenalización y uso prudente de las drogas: lo demás es una pérdida de vidas, recursos y tiempo. Existen, por lo menos, tres opciones para enfrentar el problema del narcotráfico: enfrentarlo como un problema de seguridad e imponer prohibiciones y penas; despenalizar el consumo de drogas y verlo como un asunto de salud pública y/o regresar la libertad de decisión a las y los ciudadanos. El gobierno federal ha optado únicamente por la primera.
10.La participación del ejército es negativa. Un remedio que combate los síntomas, no las causas. Convertir el problema en uno de seguridad nacional aleja la posibilidad de la participación ciudadana.
11.Se requiere de una estrategia común que incluya a todas y todos los mexicanos para solucionar el problema de las drogas. El Estado debe escuchar las voces que critican su estrategia y replantearla desde una visión integral, creativa y participativa; con una estricta claridad en las funciones y responsabilidades de cada parte.
Lo que incluye estrategias frescas para mejorar las opciones y calidad de vida de las personas.
El Estado no puede limitarse a una guerra contra un enemigo difuso. Habría que recuperar la congruencia en las políticas de seguridad y plantear políticas que aprovechen las energías sociales para regenerar la confianza entre las y los ciudadanos, sin seguir descuidando el desarrollo social, educativo y cultural. El ejemplo de Colombia está ahí para quien quiera imitarlo.
Diego de la Mora Maurer. Investigador del Área de Presupuestos y Políticas Públicas de Fundar, Centro de Análisis e Investigación.
[1] Entre 1989 y 1993, la tasa de homicidios se redujo 43% en Medellín; entre 1994 y 1997, 37% en Cali, y entre 1991 y 1995, 16% en todo Colombia. Entre 1991 y 1998 hubo 29% menos homicidios en dicho país. Pablo Casas Dupuy y Paola González Cepero, Políticas de seguridad y reducción del homicidio en Bogotá: mito y realidad, Fundación Seguridad y Democracia. Disponible en línea: www.seguridadydemocracia.org (consultado en enero de 2010).
[2] Ver: Fernando Escalante Gonzalbo, ¿Puede México ser Colombia? Violencia, Narcotráfico y Estado, Nueva Sociedad, No. 220, marzo-abril 2009. Disponible en línea: http://www.nuso.org/revista.php?n=220 (consultado en enero de 2010).
[3] Darío Ramírez “Periodistas asesinados: no pasa nada”, El Universal, 5 de noviembre de 2009. Disponible en línea: http://www.cencos.org/es/node/22045 (consultado en febrero de 2010).
[4] Ver: Cómo vamos Bogotá, disponible en línea: http://www.bogotacomovamos.org (consultado en febrero de 2010) y Cómo vamos Medellín, disponible en línea: http://www.medellincomovamos.org (consultado en febrero de 2010).
[5] Luis Astorga describe lo que ocurría a mediados del S. XX: “El gobernador de Sinaloa (1945-1950), general Pablo Macías Valenzuela, extitular de la Secretaría de Guerra y Marina (1940-1942), fue calificado por [la prensa del Distrito Federal] como «uno de los cabecillas de la banda de traficantes en drogas», «gobernador cabecilla», «gobernador traficante», y «rey de la adormidera»[…] La acción estatal contra las drogas será caracterizada con lenguaje de inspiración religiosa y militar: «cruzada», «lucha», «batida», «combate», «guerra», y «campaña». Luis Astorga, “Tráfico de Drogas Ilícitas y Medios de Comunicación”, Ponencia preparada para la Conferencia Internacional Medios de Comunicación: guerra, terrorismo y violencia. “Hacia una cultura de la paz”, Universidad Iberoamericana, México, D.F., 5-6 de mayo de 2003. En línea: http://catedras.ucol.mx/transformac/iberoponencia.pdf (consultado en febrero de 2010).
En la entrevista de Carmen Aristegui a Andrés Pastrana me pareció interesante la experiencia de un país que ha sabido darle la vuelta al problema, Colombia, que según su expresidente actuó fortaleciendo las instituciones y además presentando una alternativa a los agricultores, cubriendo así a los más desprotegidos con un programa de desarrollo social y económico.
http://www.youtube.com/watch?v=Z8VPQWULYhA
Es evidente que declararle la guerra al narcotráfico es meterse en una encrucijada que no tiene salida, ya que siempre serán más los recursos del narco que el los fuerzas del estado. ¿Hasta cuándo se puede plantear seguir así? ¿Qué indicadores son los que debemos evaluar para saber si se está ganado la guerra o se está perdiendo?
La situación actual refleja uno de los problemas sistémicos del sistema político mexicano: la corrupción, que se refleja en la sociedad, en la policía y en la justicia. ¿Es ese el papel de un ejercito? Si la respuesta es no, ¿a quién sustituye? ¿Cómo se soluciona este problema, el del narcotráfico, el de la procuración efectiva de justicia (que menciona Eduardo R) al mismo tiempo?
La verdad es que es un tema complejo. El debate no es sólo nacional, sino global, por lo que se debe buscar una solución en esa misma línea. La legalización no sólo evitaría la existencia de un hampa, sino que aportaría unos ingresos que ahora forman parte de la economía sumergida. Pero claro está, no se puede pedir esto sin un visión clara para poner fin a los problemas estructurales de país.
Un programa social y económico ideal, que pueda asegurar un empleo con ingresos de clase media a cualquier familia, podría lograr que personas que ahora se ven prácticamente forzadas a involucrarse con los cárteles pero que «prefieran» dedicarse a actividades lícitas mantenerse dentro de la ley. El ejemplo más claro de esta «criminalización por falta de opciones» podrían ser los agricultores.
Pero tambien existen personas sin referentes morales dispuestas a matar o secuestrar si las ganancias lo justifican. Y es claro que esas personas no pueden ser disuadidas más que por la inviabilidad de dedicarse al crimen en un análisis riesgo/beneficio. En ese sentido, la estrategia actual basada en la acción militar, efectivamente sube el «riesgo laboral» de ser narco, pero presenta dos problemas en ésta lógica, con lo cual si acaso logrará un efecto de contención:
a) No disminuye mucho el beneficio. El negocio sigue estando ahí.
b) El riesgo puede percibirse como algo temporal. La política de «acoso militar» puede ser cancelada en cualquier momento.
Mi conclusión es que solo una estrategia enfocada a lograr una procuración efectiva de justicia puede crear un riesgo real y permanente a los negocios criminales. Tengo dudas muy fuertes sobre si los políticos del país quieran moverse en esa dirección.
Me parece poco documentado éste articulo a diferencia del Sr. Villalobos, deben enteder que la despenalización del uso de Drogas No es una solución actual de México debido a que los grande consumidores No somos nosotros, ésta sería una opción No en México sino en USA, entonces Si seria una opción, cabe mencionar que la historia del Narcotrafico se basa en hacerse de l vista gorda por parte de otros gobiernos que a diferencia de éste que cuando menos ha mostrado la realidad de nuestro País; pero sin lugar adudas las estrategias deben ser revisadas constantemente y deben evalucionar conforme va evolucionando el problema que es completamente distinto en otros paises y en otros tiempos.
Creo que el Sr. De la Mora hace un análisis válido, pero poco útil en el corto plazo. El problema debe enfrentarse sí con políticas sociales y educación pero paralelamente a ello ejerciendo la ley y el uso de la violencia que, idealmente, debería ser un asunto monopolizado por el Estado. Al no serlo, debe aplicarse respaldada en la legalidad contra quien la emplea para beneficio personal, para la conquista de «territorios». No se puede negociar con quien mata a un taxista por pitarle al haberse «quedado dormido» al cambio de luz de uin semáforo. Ni debe negociarse con quien dispara impunemente en un espacio público contra sus «enemigos de plaza» sin importarle la vida de quienes, infortunadamente, van pasando por el lugar. Se debe educar con la mentalidad de crear ciudadanos que tengan conciencia social, se deben crear oportunidades de empleo para ofrecer espectativas de vida adecuadas pero, por el momento, no debe abandonarse el combate frontal a la delicncuencia organizada, sería como ceder el paso a la impunidad y abrir la puerta al desmoronamiento social. El enemigo no es tan difuso como se cree ni tan elusivo como lo dice el mito, está presente todos los días en casas que ni siquiera se esfuerzan por disimular una opulencia mal habida, solo se requiere voluntad para enfrentarlos. Pero es aquí donde las cosas se complican: La corrupción permea básicamente a nivel municipal y estatal, lo que complica las coasas de forma importante, pues no es secreto que los políticos Sí se encuentran coludidos con criminales de todo orden. Hasta funcionarios federales están involucrados. Solo nos queda confiar en la solidéz del Ejército y en los buenos elementos de seguridad pública que, créanme, aún existen.
En principio coincido con los comentarios de Jorge Romero y sería conveniente considerar y adicionar que la idea y la controversia de una «guerra» contra el narcotrafico en Mexico tiene una similitud con la controversia de la «guerra» contra el terrorismo en EEUU y la manera en que dicha controversia tiene un gran contenido de politización y manipulación mediatica en dicho pais. Alla como acá, se pretende aplicar un concepto que tipica e históricamente ha representado conflicto contra un gobierno/ pais claramente identificado, mientras que en el terrorismo y el narcotráfico se esta frente a un fenómeno transnacional y que llega a combinar ideología, delitos, así como beneficio y poder económico / politico. Consideremos que hubiera pasado si durante la Segunda Guerra Mundial , el gobierno de Inglaterra y Winston Churchil, por mencionar a un pais y su gobierno, se hubieran visto sometidos a los cuestionamientos mediaticos que hoy se hacen a las guerras contra el terrorismo y el narcotrafico (cuestionamientos sobre la participación de las fuerzas armadas, derechos humanos, aplicación del fuero de guerra, corrupción y debilidad de las instituciones, etc.) Hoy no se tiene, ni en EEUU ni en Mexico, un marco y criterio jurídico claro que «justifique» y permita evaluar el declarar la guerra a entidades como los grupos terroristas y el crímen organizado. Tampoco esta claro en estos casos que implica declarar la guerra, como sabemos si se va ganando o perdiendo, etc. Hay que reconocer tambien que por lo menos en el caso de México, es mas incierta y confusa la información de los parámetros y objetivos que tiene el gobierno en la guerra declarada al narcotrafico y realmente se deja a los medios e interesados en el tema el evaluar según cada quien su criterio si esta bien , si es guerra y si la vamos ganando o perdiendo.
Me gustan las preguntas de Rafel Aguirre Ponce y me gustaría que el autor las respondiera.
La verdad, no entiendo el sentido de su artículo. Parece más una reacción de ardido que un análisis serio del problema. El Sr. Villalobos establece de forma clara y contundente su forma de pensar y lo respalda con datos duros. Usted se parece más a uno de esos intelectuales utópicos que piensa que todo se resuelve con ideas. De acuerdo a su misma premisa, ¡Qué no se da cuenta de cómo es México!
Oportunas y claras precisiones. Curiosamente un contraejemplo de la premisa de que parte el consultor Villalobos (y aquí valdría la pena preguntar para quién hace consultoría en México, de qué tipo, y qué servicios incluye su facturación). La premisa se basa doblemente en una falacia: «Entender, debatir y estar dispuestos a pagar los costos», supone el consultor, se nos escapa por la «condición histórica» que supuso el autoritarismo y la falta de deliberación (primera falacia). Por eso, cerebros débiles y aletargados como somos, pinche pri, hasta de eso tiene la culpa, tenemos que inventar mitos sobre la guerra y la violencia (segunda falacia). Así damos sentido a la realidad que nos rodea, católicos imbéciles, al fin y al cabo. Sentido que ilumina con su razon el consultor Villalobos. Falacias. Patrañas. De forma que gracias, Diego de la Mora, por aportar evidencia que contrasta la estulticia del consultor con argumentos. Argumentos que de paso recuerdan, primero, que no obstante el autoritarismo en México se ha ejercido siempre la crítica, por medio de la deliberación, el disenso franco o la rebeldía; segundo, que entendemos plena y claramente el fenómeno de descomposición que enfrentamos, así como la relación causal que existe entre la patente incapacidad del estado y el aumento en la intesidad y alcance de la violenca; y tercero, que toda vez que asumimos plenamente los costos, y entendemos las causas de esta excepcionalidad que normaliza la violencia, no bastan estratagemas ingenuos y discursos pedantes para justificar la ineptitud que trata de defender el consultor, atacando fantasmas. Ya ni siquiera importa que la posición del consultor sea paternalista e indulgente, lo que importa es su evidente falacia. Así que a leer más, consultor Villalobos, y todos, incluido un servidor, para poder dar cuenta de lo que planteamos. Basten para un inicio las cinco, seis referencias aquí citadas.
Me parece que hay más coincidencias que discrepancias entre las propuestas de los señores Villalobos y de la Mora. Pienso que ninguna de las dos logra dar con el punto de apoyo adecuado para comprender y enfrentar la situación : ¿qué prevenir? ¿qué combatir? ¿por qué el problema en sus causas es tan difuso como sus manifestaciones? Si se le mira de cerca, un diagnóstico no puede imputar los efectos –de todos más o menos conocidos– a una sola causa ni al conjunto de todas: exclusión social, pobreza, acceso limitado o nulo a la justicia. Esas causas están en otros lugares donde no se presentan los efectos que México ahora atestigua (y claramente no en todo el territorio, en toda la población). Y yo me aventuro a decir (con el mínimo de proclama, pero también con algo inevitable de proclama) que hay que mirar más atentamente a la violencia misma, porque tiene su propia justificación, es su propia causa, tiene su propia lógica. El Estado sí debe construir recuros para dominar y abatirla. Eso cuesta pero se sábe bien por dónde hacerlo (la reforma al sistema de justicia penal es un paso necesario)…. Y claro: además de mirar la violencia, mirar a la paz, en los mismos sentidos, como causa de sí misma. Pero esa: ¿cómo se construye?