Con sus esculturas, dibujos, instalaciones y películas que mezclan el humor absurdista con la crítica política mordaz, Paloma Contreras Lomas se ha revelado como una de las artistas jóvenes más emocionantes de México. Álvaro Céspedes visita su estudio y la galería donde expone para retratarla de perfil.
Un dibujo a lápiz sobre un fondo blanco muestra a Fidel Velázquez, el líder sindicalista mexicano y una de las figuras centrales del PRI, fallecido en 1997. La obra, titulada “Fidel Velázquez no está muerto”, muestra un cadáver fantasmagórico flotando entre monedas de oro, colmillos y hogazas de pan con pelos. Esta es una de las cientos de obras que conforman el trabajo en dibujo de Paloma Contreras Lomas.
Paloma Contreras Lomas es una de las figuras emergentes del arte contemporáneo en México que justamente nos ayuda a interpretar escenarios de violencia, de desempleo, abandono y opresión con una creatividad envidiable. Tiene treinta años y es egresada de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”, pero también ha estudiado en el Centro Educativo SOMA y ha obtenido becas de Jóvenes Creadores del Fonca.
Sentados en una banca en un parque en la colonia Iztaccíhuatl, cerca del centro de la Ciudad de México, entre niños corriendo y músicos que extienden una mano y tocan la trompeta con la otra, Paloma me permite asomarme por una pequeña ventana hacia su mente.
“Yo crecí en Guadalajara y en realidad no tuve un acercamiento al arte. Había cosas que me gustaban,” dice, intentando recordar un pasado que parece sentir muy distante. “Siempre dibujé; el dibujo y la escritura fueron para mí un medio esencial, pero tampoco tuve una noción de lo que era ser artista, y hasta ahora lo estoy descubriendo”.
Este descubrimiento la ha llevado lejos. Su trabajo ha sido expuesto en el Palais de Tokio, París; Lille 3000 Eldorado, Lille; Museo Tamayo, Galería Lodos, MUCA Roma, Alumnos 47, Ladrón Galería y Biquini Wax, Ciudad de México.
Los dibujos de Paloma nacen de su fascinación por la caricatura política. En su adolescencia, la artista recibió como regalo un libro del afamado caricaturista Paco Calderón, quien se volvió una fuente de inspiración para dibujos que han terminado por volverse muy característicos. Los lleva haciendo desde niña, y ahora nutren una obra que parte de la investigación y que atraviesa diferentes formatos, desde la escultura hasta el cine.
El descubrimiento de su identidad como artista se fraguó en la Esmeralda, según me explica Paloma, pero igual de importante fue su pertenencia al colectivo Biquini Wax, que se autodenomina “una secta interdependiente en la colonia Buenos Aires donde se realizan exposiciones de arte contemporáneo, encuentros de poesía y discusiones sobre economía, filosofía, estética, política e historia del arte y otra clase de invocaciones”. Formar parte de este colectivo, dice Paloma, “fue acercarme a la teoría latinoamericana y a un quehacer de manera semiprofesional, porque no es como que la infraestructura del arte contemporáneo en México, y la infraestructura educativa, ofrezca un trabajo”.
La falta de oportunidades tiene explicaciones, según me cuenta Paloma. La artista critica la educación superior artística que ofrecen instituciones públicas como La Esmeralda, a la que describe como “cayéndose a pedazos”. “Sales y sales al abismo”, dice sobre la escuela. Este tipo de críticas aparecen frecuentemente en las discusiones entre miembros de la comunidad artística mexicana, sobre todo ahora que el 90 % del presupuesto de la Secretaría de Cultura se va a otra de las obras faraónicas que caracterizan a la llamada Cuarta Transformación: el proyecto de remodelación de Chapultepec.
Los temas que explora Paloma giran, en su mayoría, en torno a cuestiones políticas, de género y de violencia en México. En sus dibujos, esculturas, performances, escritos e instalaciones multimedia conviven fantasmas del presente y del pasado, apariciones que toman la forma de sombreros, pistolas de NERF cubiertas de peluche y personajes antropológicos que representan el legado colonial de este país. A través de estos objetos y figuras espectrales, la obra de Paloma retrata, entre otras cosas, las tensiones entre la clase media urbana (de la cual la artista se asume parte) y la manera en la que se retrata a las comunidades indígenas, o la obsesión con un pasado priista.
Paloma forma parte del grupo de artistas que expone en una nueva galería de arte contemporáneo llamada Pequod Co. Fundada por María García Sáenz y Mauricio Galguera, el espacio toma el nombre del ballenero del Capitán Ahab, el protagonista de Moby Dick. Al entrar a casa de la pareja, lo primero que uno ve es un enorme sombrero, una escultura de Paloma Contreras que forma parte de su colección personal.

“El monte”. Fotografía del autor. Reproducida con permiso de Pequod Co.
“En este sombrero convergen a nivel estético la idea de la caricatura del mexicano que viene de Estados Unidos,” me dice Galguera. Se trata de “una visión imperialista de todo lo que viene del sur de Estados Unidos, una visión absolutamente condescendiente y poco informada” que “sin embargo, para los mexicanos ya forma parte de nuestra identidad”. Para el galerista, la escultura se vale del lenguaje estereotipado de la caricatura política para interrogar con humor temas tan serios como el narcotráfico y la misoginia de la vida rural del mexicano. “Es una personificación muy violenta del México contemporáneo visto desde la posición que Paloma siempre asume de mujer de clase media mexicana”, agrega Galguera.
El año pasado, Paloma fue la primera artista en exponer en Pequod Co. La muestra, titulada “El pantano de las ánimas”, representaba la imagen posrevolucionaria de la amenaza de México hacia Estados Unidos a través de sombreros, pistolas, y personajes de peluche.

“Pantano de las animas” (2020). Cortesía de Pequod Co.
Para Galguera, contar con una artista como Paloma Contreras Lomas resultó indispensable para posicionar a la galería dentro de la discusión social, política y de género del México contemporáneo.
“Era importante tener esta postura que era tan crítica, muy acertada, acerca del funcionamiento y de las complejidades del sistema mexicano en todos los niveles”, me dice. “Y también el acercamiento que tiene a la obra, que es muy complejo, con partes crípticas, pero con mucho humor, nos pareció mucho más interesante porque no es el típico acercamiento político con una agenda feminista tan obvia. Su obra está articulada de manera mucho más sofisticada”.
Las piezas de Paloma Contreras pueden parecer, como dice Mauricio Galguera, un reto para el espectador. ¿Cómo es que un sombrero de enormes proporciones funciona como un medio para explicar problemáticas de carácter colonial, patriarcal y racista?
“Algo que yo siempre digo como galerista y, antes que cualquier otra cosa, como espectador, es que lo que más me llama la atención es toparme con una obra de arte que ilustra algo que yo en mi vida me hubiera podido imaginar”, explica Galguera. “Y Paloma tiene esa capacidad”.
De esta manera, a veces críptica y sutil, la artista nos permite entrar a un universo lleno de paralelismos creados con estereotipos neocoloniales, que parecen salidos de una obra de ciencia ficción creada a partir de una mirada crítica punzocortante.
“Paloma tiene una voz muy especial”, dice Galguera. “Es una artista que ha logrado definir de manera muy puntual y muy acertada esta complejidad del tejido social en México”.

“Bugs Bunny detrás de un arbusto mesófilo" (2020). Cortesía de la artista.
Paloma me cuenta de un sueño que tuvo hace muchos años pero que sigue persiguiéndola. En el sueño, Carlos Salinas de Gortari secuestraba a Paloma, quien terminaba por sentir una atracción sexual hacia él. “Mi generación y las generaciones más grandes tienen un síndrome de Estocolmo por el priismo”, me cuenta la artista con una risa nerviosa. “Esa nostalgia de los noventa se vuelve pop, y quien está contando la historia es Netflix. Ver al subcomandante Marcos es la líbido masculina, y ver a Salinas de Gortari actuando as himself es como se cristaliza nuestro deseo”.
El deseo al cual se refiere Paloma no es sólo una atracción sexual, sino también una añoranza por la bonanza económica prometida por el Estado que simplemente nunca llegó. Dentro del universo de la artista, este deseo insatisfecho se materializa en sindicatos anacrónicos, arcaicos y abandonados, como lo es el sindicato de la Casa de Moneda, la primera en la América colonial. La artista fue invitada en 2015 a presentar su obra en el Museo Numismático, la antigua fábrica de monedas de México, oportunidad que Paloma aprovechó para apelar a la propia historia del lugar.
Al llegar al Museo, Paloma se sorprendió al descubrir que seguía existiendo un gremio formado por trabajadores retirados de la Casa de Moneda. Intrigada, empezó a asistir a las asambleas de ese sindicato espectral. Los trabajadores retirados se reunían y compartían historias de sus antiguos trabajos y exigencias laborales, pero eventualmente terminaban hablando de los fantasmas que embrujan la fábrica. Paloma entonces empezó “a hacer una categorización de los fantasmas que acechan a estos trabajadores: fantasmas políticos, corporales y económicos”, me dice mientras le da una calada a su cigarro. “Y todo está representado dentro de una ficción”.
La artista pasó años recabando información sobre el sindicato. A partir del resultado de esa investigación, escribió en tono literario una historia de fantasmas en donde aparecen los trabajadores de la Casa de Moneda. “Ellos eran un sindicato muy bien posicionado”, me dice. “Y después es la historia de cómo la máquina sustituye al cuerpo. Tienen una forma de trabajo que se muere con el siglo XX”.
La investigación de Paloma la llevó a entender que los fantasmas que aparecían en la fábrica pertenecían a personas que habían trabajado allí durante décadas. Al morir estos trabajadores, las autopsias mostraron que sus pulmones estaban recubiertos de metales preciosos. Tomando como punto de partida el valor de estos metales, Paloma hizo un ejercicio en el que calculó el valor económico de los pulmones de los trabajadores. El resultado fue un estimado de 66 000 dólares por par de pulmones en 2017. “Hay un espectro del capital que habita en estos trabajadores”, agrega la artista.
Y para su galerista, el capital que cargamos tanto física como simbólicamente es importante en la obra de Paloma. “A todos nos da mucho miedo definirnos si estamos en un lugar de privilegio o no”, explica Galguera. “En México es muy complejo hablar de dinero, se vuelve una especie de tabú, una carga histórica y moral que tenemos sistemáticamente desde la conquista hasta hoy en día”.
Habiendo calculado el valor de los órganos internos de los miembros del sindicato de fantasmas, Paloma mandó una propuesta formal a Germán Larrea, el oligarca que, además de dirigir la empresa minera más grande de México, maneja la colección de arte de la Secretaría de Hacienda. La idea era que la secretaría se hiciera accionista de los pulmones de los extrabajadores. La idea era usar ese dinero para financiar al sindicato. “Estos manes tienen capital en sus entrañas”, dice la artista. “Y ese capital ha sufrido devaluaciones, la inflación del peso, la crisis del 94, y ahora, el alza del cobre”. La propuesta a la Secretaría de Hacienda era un intento de redistribuir ese capital, pero los burócratas no supieron apreciar la justicia poética del gesto: “Nunca me contestaron”.
La obra de Paloma, sin embargo, se vale también de otros medios y formatos. “Para mí el cine es una grandísima influencia a la hora de construir imágenes”, me dice. La falta de equipo profesional no es un impedimento: hizo un cortometraje con su celular, utilizando filtros de Snapchat. La película, filmada en el Zacatecas rural, se presentó en el Museo Tamayo entre noviembre de 2020 y abril de 2021 como parte de la exposición Otrxs Mundxs. El video ensayo, titulado “El más allá mexicano”, intenta retratar la mexicanidad a través del uso irónico de “figuras masculinas rancias” del cine western y de acción de Hollywood de los ochenta y noventa.
En el video aparecen caricaturas de figuras emblemáticas del pasado político-sindical mexicano, como Joaquín Hernández Galicia, mejor conocido como “La Quina”, quien luce un sombrero que la artista imagina como la infraestructura petrolera mexicana, “pero en versión glam”. Los fantasmas vuelven a aparecer, representados esta vez como los manifestantes ausentes de una marcha reprimida por militares. “Ese es el espectro de cuando salían a marchar como sindicato”, me dice Paloma.
“México para mí es como un thriller psicológico,” continúa la artista. “No hay peli más slasher que vivir en Latinoamérica”. Recalca que la narrativa de esta película de terror se vive de manera diferente de acuerdo al género, la clase y la raza. Su identidad como mujer de clase media juega un factor decisivo en el proceso de creación de su obra, pero también critica la “olimpiada de marginalidad ficticia” que parece permear el arte contemporáneo hoy en día.
“A cada quién lo acechan espectros distintos”, me dice. “Hay espectros masivos, que habitan lo mainstream, pero el oficio de tinieblas es para mí: ¿a ti qué se te aparece?”.

Fotograma de “El más allá mexicano”. Cortesía de la artista.
La obra creativa de Paloma también abarca el espacio de la literatura. En 2019 escribió una novela corta titulada Los miedos ancestrales pueden volver, aún sin publicar. Según explica la artista, la manera en la que se cuenta una historia es esencial para que el mensaje llegue de manera digerible a la audiencia, algo que parece ser a veces difícil en el arte contemporáneo. “Por eso yo escribo tanto, porque es un eje superimportante para mí, el literario”, dice. “Así es como yo organizo mi pensamiento”.
La novela trata temas que son frecuentes en su imaginario. A lo largo de 31 páginas divididas en cinco capítulos, la personaje principal viaja a un pueblo perdido y olvidado del México rural, y a través de conversaciones con quimeras humanas y no-humanas, explora algunas de las problemáticas que acechan de cerca al país. En la producción literaria de Paloma suceden eventualidades surreales que se sienten muy parecidas a la realidad. En este pueblo, la negación de lo mexicano en favor de lo que proviene del norte del Río Bravo convierte a los residentes en monstruos que caminan sobre un territorio que parece cobrar vida.
“El monte es un estado de ánimo”, escribe Paloma en su novela. “Y por acá hay varios que el monte nunca los ha vuelto a abandonar, nunca más se les va a salir, se les metió un mal monte y ya se chingaron”. Como si se tratara de un mal augurio que puede ser exorcizado, el territorio es, en sí mismo, un personaje más para Paloma: un testigo de algo violento, atemporal e inmortal. En la región fronteriza donde sucede la trama —a veces real y a veces ficticia— todo parece ser una amenaza. Pero la región también cuenta con consciencia propia: llena de emociones, ambiciones y perversiones.
“Para mí el paisaje se empieza a volver importantísimo en mi producción”, dice Paloma. “Un paisaje visto desde una noción del centro y de la clase media. Se inscribe en una fantasía del narco como una figura omnipresente que habita el sur global, que es el norte mexicano”.
Otra problemática fundamental en la novela corta de Paloma es el género: los fantasmas que acechan a la mujer mexicana por el simple hecho de ser mujer, y que embrujan universos tan frecuentes y reales como la violencia y el amor. “A mí, el amor a la mexicana siempre me ha dado una sensación de eterna espera, la espera mexicana que se convierte en la biografía femenina”, escribe la artista en el relato. “La imaginación femenina en México nos enseña a domesticar la espera”. Sin embargo, este letargo se reivindica a través de escenas sexuales donde lo no humano se convierte también en un actor patriarcal. “El patriarcado es el que tiene certezas”, afirma. “Entonces, cuando yo me acerco a esas chambas, entiendo que no entiendo nada y no pretendo entender. Es más bien como se representa el abismo de la no-comprensión cuando uno se acerca a ciertas cosas”.
Dentro de su estudio, un espacio pequeño lleno de objetos que escapan la interpretación inmediata, la artista se sienta en una silla Acapulco adaptada con los descansabrazos de una silla de oficina. En las paredes hay decenas de dibujos que muestran a personajes que parecen monstruosos, una especie de caricatura política malvada, rancia, oscura. A su espalda, un enorme retrato de quien fue el protagonista de un sueño erótico: Carlos Salinas de Gortari.

Fotografía cortesía de la artista
“Estoy interesada en ver como acuerpas la teoría”, dice. “Yo misma no me quiero dar baños de salud teóricos, para mí hay riqueza en el problema. Hay un miedo al vacío discursivo. Hay un terrible pánico generacional a que la obra se sustente por sí sola”.
Pero su obra y su interpretación de fantasmas, sombreros, sindicatos y priismo rancio tampoco es uno autoindulgente.
“Yo no tengo ningún problema con decir ‘mi obra, en los primeros años, y probablemente todavía ahora, es una mierda’”, afirma con una sonrisa.
Alvaro Céspedes Pesqueira
Periodista y productor de podcasts. Vive en la Ciudad de México.