Ante el reciente informe del gobierno de México sobre la reducción en un 74 % en el flujo migratorio hacía Estados Unidos, las elecciones y presión de Trump a nuestro país, caravanas y el reclamo de algunos legisladores encabezados por Porfirio Muñoz Ledo de recapacitar en la política migratoria nacional y asegurar una visión humanitaria de la misma, es necesario ahondar en el panorama, datos y riesgos que hoy cualquiera que transite o retorne a nuestro país puede enfrentar.
En el caso de las caravanas y oleadas migrantes que llegan a nuestro país y más allá de que algunos han argumentado que son intereses ajenos los que provocan estos movimientos, no debemos perder de vista que, son sobre todo, seres humanos que huyen del riesgo a morir violentamente en sus países y en condiciones económicas deplorables, los que normalmente acompañan estos flujos. Basta con escuchar algunas de las historias de vida y motivos que los llevaron a intentar escapar de su realidad. Juan con tres intentos de homicidio y amenazado de muerte. María a quien le mataron ya a su esposo, padre y hermano y vive escapando de un lugar a otro, sin recursos para sostenerse ella y sus dos hijos. San Pedro Sula, lugar de origen de muchos de los migrantes ha ocupado los primeros lugares de violencia homicida en el mundo de manera constante en los últimos quince años.

Ilustración: Patricio Betteo
El gobierno mexicano, ha usado la fuerza pública y deportado a cientos de migrantes sin realizar las entrevistas y procesos pertinentes para determinar la problemática específica de cada persona tal y como lo estipula el derecho y el compromiso internacional que tenemos. El reciente reporte de “Deportados al peligro” de Human Rights Watch señala que 200 salvadoreños que solicitaron el asilo a Estados Unidos y se les negó y deportó, fueron asesinados y lastimados a su regreso. De ese tamaño es el riesgo.
Según la vocación y promesas del gobierno de izquierda que tenemos, debemos hacer valer protocolos internacionales de protección y dar peso a la visión humanitaria como parte de la solución. Actuar en concordancia con la ley y respetar el debido proceso al que cada migrante tiene derecho debe ser parte del plan. Asimismo, informar a los migrantes sobre los procesos jurídicos que existen a favor de ellos, particularmente a los que vienen huyendo de persecución y/o que entran en la definición de refugiado. No se debe rechazar ni deportar a ninguna persona perseguida o que su vida, libertad o seguridad están en riesgo o bajo amenaza. Muchos refugiados no saben que lo son, por lo tanto, desconocen su derecho a solicitar dicha condición. Es, a través de entrevistas y otros procesos que se puede determinar si alguien es víctima de persecución y las posibilidades de que su caso entre dentro de las categorías que emanan en el derecho internacional, incluidas persecución por opinión política, raza, religión, nacionalidad o pertenencia a un determinado grupo social. Es además, imprescindible garantizar los derechos de de los migrantes y brindar atención médica a aquellos que lo requieran, en especial los más vulnerables como mujeres embarazadas y niños. Para cumplir con lo anterior, se requiere un ejercito pero no de la Guardia Nacional como se ha hecho, sino de personas que trabajen para realizar los procesos de recepción, análisis, valoración y detección de posibles casos de refugio o de algún otro beneficio migratorio.
Ante los deseos y acuerdos con Trump, el panorama es complejo para México. Además de estar obligados a desarticular caravanas y detener el flujo migratorio, cerramos con más de 200 mil deportados el 2019 y con riesgo de aumento en 2020, ya que existen más de un millón de casos pendientes en las 56 cortes de migración en el vecino país del norte. Y para cerrar con broche de oro, a un año del programa Permanece en México, hay más de 66 000 personas varadas en la Frontera Norte. De los primeros 59 241 casos, 18 895 fueron deportados (únicamente 344 contaron con un abogado) y peor aún, solo 186 recibieron el asilo en Estados Unidos, el resto seguirá esperando sin mucha esperanza, de manera desordenada, en nuestra frontera norte o regresará al peligro del que huyen en sus países.
Janeth Moreno y Eunice Rendón.