París 2024: juegos políticos

Durante la Copa Mundial de Futbol, cuando un periodista le preguntó al presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, sobre la importancia de los derechos humanos y la elección de organizar la competencia en Qatar, el mandatario respondió secamente: “No hay que politizar el deporte”. De manera irónica, los Juegos Olímpicos de este año en París se están volviendo muy políticos, y Macron no puede decir que no tiene nada que ver con eso.

Ilustración: Kathia Recio

El 13 de septiembre de 2017, el Comité Olímpico Internacional (COI) reunido en Lima, Perú, seleccionó a París para organizar los Juegos Olímpicos de 2024 y a Los Ángeles para 2028. Ese día, la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, se exaltó frente a las cámaras, señalando la Torre Eiffel con los dedos de la mano y multiplicando los argumentos para explicar que este evento sería una consagración para París. Quien defendió la candidatura de la ciudad ante el COI, mantuvo la misma energía y entusiasmo desde entonces. La alcaldía de París y el gabinete presidencial usaron los mismos argumentos: además de la gloria internacional que los parisinos iban a cosechar, se debían considerar las numerosas infraestructuras que se construirían en la ciudad. A esto añadieron la ambiciosa promesa de que estos Juegos Olímpicos serían los primeros 100 % ecorresponsables. A días del inicio de los Juegos, Anne Hidalgo lucha para convencer a los parisinos más críticos, a quienes califica de “aguafiestas”.

Las críticas contra el gobierno y la administración encargada de organizar los Juegos Olímpicos son numerosas: acusaciones de falta de preparación, subestimación del costo total para los contribuyentes, decisiones que acentúan las desigualdades locales, etc. Hay que reconocer que varios detalles empañan la organización de los Juegos, sobre todo para una administración que se reivindica socialista. Las subcontrataciones en cascada en las obras públicas contribuyen primero a degradar las condiciones de trabajo, lo cual se amplifica con la proporción significativa de trabajadores inmigrantes en el sector de la construcción (27 % en la región de París según el Ministerio de Trabajo). La presencia de inmigrantes en obras públicas no es un problema en sí mismo, sino el rechazo de muchas empresas de construcción a legalizar a sus empleados. Se multiplican los testimonios de trabajadores en los sitios olímpicos en París: trabajo no declarado, jornadas de doce horas pagadas ochenta euros en efectivo al día, sin hoja de pago ni vacaciones. Otros daños colaterales: los estudiantes becados, quienes vieron la vivienda estudiantil pública de la capital requisada para alojar a los atletas y sus equipos, pero también al personal sanitario y de seguridad. Como consuelo: cien euros y dos entradas para los Juegos Olímpicos. En enero de 2022, el caso de los estudiantes pasó a la Defensora de los Derechos así como la situación de las personas sin hogar, que han sido evacuadas de la capital en autobuses.

Es claro que estas críticas son bastante clásicas y es costumbre que haya una fuerte oposición ante la organización de eventos mundiales. Sin embargo, el contexto político actual en Francia no ayuda: el país está listo para explotar después de siete años de gobierno de Emmanuel Macron. Cabe destacar que en algunas ocasiones pareciera que a la mayoría presidencial le gusta avivar el fuego de la protesta social, con su manera particular de llevar a cabo sus reformas: poco diálogo, ignorando las reivindicaciones sociales e imponiéndose por la fuerza en el Parlamento. Primero la controvertida reforma de las pensiones, luego la ley de inmigración aprobada con el apoyo de la extrema derecha, y la reforma de las prestaciones por desempleo: los dos primeros años del segundo mandato de Emmanuel Macron han sido difíciles de soportar para una parte importante de la población.

Sin duda, Macron entendió que halagar a su electorado más liberal y derechista funcionó para garantizar su reelección en 2022. Sin embargo, muchos planean aprovechar los meses de este verano para cambiar el equilibrio de fuerzas. La amenaza se formuló durante los más de seis meses que siguieron a la segunda elección de Emmanuel Macron, cuando los manifestantes contra la reforma de las pensiones salían a la calle gritando “pas de retrait, pas de JO” (“si no hay marcha atrás [de la ley], no habrá Juegos Olímpicos”). Los sindicatos más importantes del país advirtieron que podría haber huelgas para exigir mejores condiciones de trabajo en algunos sectores. Así, a la difícil organización de los Juegos se podría agregar una parálisis en sectores públicos primordiales, sobre todo en los transportes públicos. Las organizaciones sindicales piensan que el temor del gobierno de perder prestigio con una organización caótica de los Juegos Olímpicos, amplificada por una protesta masiva en las calles de la capital sería suficiente para que el gobierno retroceda en algunas reformas.

La situación de los Juegos Olímpicos ya era explosiva, pero podía empeorar. El 9 de junio, durante las elecciones europeas, los macronistas sufrieron su mayor derrota desde la creación del movimiento. Al mismo tiempo, Jordan Bardella, el pupilo de la líder de extrema derecha Marine Le Pen, permitió que su partido obtuviera más de 30 % de los votos, el mejor resultado en elecciones a nivel nacional de la extrema derecha. Una hora después del anuncio oficial de los resultados, Emmanuel Macron proclamó la disolución de la Asamblea Nacional, sumiendo a Francia en otra campaña electoral.

El presidente apostó por aclarar la situación política del país, que salió de las elecciones europeas dominado por la extrema derecha. Con ello esperaba aumentar el número de diputados oficialistas en la Asamblea al final de una campaña relámpago de tres semanas. Su estrategia: invocar otra vez el fantasma de la extrema derecha como amenaza para la República y la democracia. Por ejemplo, justo después del anuncio de la disolución, vimos a los diputados salientes de la mayoría presidencial advirtiendo a los electores: ¿quién podría imaginar a la extrema derecha gobernando el país y acogiendo a toda la representación internacional durante los Juegos Olímpicos? La hipótesis necesaria: la imposibilidad de los partidos de izquierda de unirse, demasiado débiles de manera individual para llegar a la segunda ronda de las legislativas en gran parte de las circunscripciones. Pero este fue su mayor problema.

Al día siguiente de la disolución, todos los partidos de izquierda resucitaron el Frente Popular de 1936, uniéndose con sindicatos y asociaciones bajo la bandera del Nuevo Frente Popular (NFP), una unidad de acción frente a la amenaza inminente de la extrema derecha. En los años treinta, el primer Frente Popular consiguió numerosas reformas de progreso social: aumento de los salarios, las primeras vacaciones pagadas, la reducción de la jornada laboral, etc. Al final, atrapado entre la subestimada izquierda y la extrema derecha, el partido presidencial perdió su apuesta: no sólo se esfumó su mayoría (relativa), sino que, contra todo pronóstico, el NFP se impuso como primera fuerza política en la Asamblea. Si bien se logró evitar que Francia tuviera un primer ministro de extrema derecha, la falta de mayoría absoluta complica la formación de un gobierno estable, en especial a pocas semanas del inicio de los Juegos Olímpicos.

¿Y ahora qué? Aunque la izquierda es el grupo más grande en la Asamblea, nada está escrito todavía. Parece que el presidente quiere darle largas al asunto y no quiere designar a un primer ministro del NFP, como lo supone el espíritu de la Constitución. Sin la amenaza de la extrema derecha al poder, algunos políticos piden que el gabinete actual se quede hasta el final de los Juegos Olímpicos. Sin embargo, el NFP parece considerar jugar una vieja carta. En 1936, aunque el primer Frente Popular había ganado las elecciones, tuvieron que presionar a los responsables políticos para que respetaran sus promesas electorales: se organizaron huelgas, manifestaciones y bloqueos de fábricas que paralizaron el país durante semanas. El principal sindicato ferroviario ya anunció una huelga este 18 julio, una semana antes de los Juegos Olímpicos, y otros advierten sobre la posibilidad de bloquear París durante los Juegos. Mientras que el COI y la Alcaldía de París multiplican sus esfuerzos para que los Juegos Olímpicos sean un éxito y recibir a millones de turistas, la pregunta en el aire es: ¿hasta qué punto Emmanuel Macron dejará que el caos político que él mismo inició se instale en el país, eclipse los Juegos Olímpicos y, sobre todo, que se politice aún más el deporte?

 

María José González Fuentes
Investigadora predoctoral en INSEAD y maestra en economía por la Escuela de Economía de París (PSE).

Luc Paluskiewicz
Candidato a doctor en economía por la Escuela de Economía de París

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Publicado en: Internacional, Política