El mundo está en pausa. La pandemia lo tiene postrado. Encerrados en casa esperamos a que pasen, como en la Florencia sitiada por la peste en 1630, los miasmas y nos dejen salir a la calle a embarcarnos en la osadía de tocarnos. Bacterias y virus siempre han tenido por real, aunque no por bonita, la utopía cibernética de los Zuckerberg, ésa de estar todos conectados sin reparo de espacio y tiempo. La ironía es cruel, pero se impone: pronto los muertos nos parecerán pocos comparados con el daño a la cotidianidad, al trabajo, a la economía y a la rala supervivencia de mayorías que viven, en México o en Estados Unidos, del “jale” que nace y muere con sus días. Despertar será más difícil que seguir dormidos. Seguiremos, nevertheless. El futuro de hace unos meses ya venía cargado de tragedias; echarse más desventuras al lomo es lo que hacen los futuros.

Ilustración: Jonathan Rosas
La pausa está haciendo más visibles las tuercas y el cableado de la turbina que nos va llevando.
1.
Estado. No hace ni dos meses, cada país creía vivir en estado de excepción, o en un paréntesis o en el inicio de lo desconocido. Los gobiernos, los partidos, las instituciones ya no eran lo que solían ser. En India, Estados Unidos, España o Brasil, parecía que gobernaban ora accidentes en extinción ora heraldos negros del porvenir. Hoy por todas partes es visible que, más o menos democrático, la mayoría de los Estados funcionan, mandan, dictan, unas veces más burramente que otras, pero mandan. La gente en general obedece, hasta en Italia, que ya es decir bastante. Sin duda hay Estados fallidos, muchos, y otros, como el mexicano, timoratos: desconocen su verdadero alcance así que mejor no mandar en serio para no descubrir que no se manda y ¡viva la ilusión del mandato del pueblo! Como en Estados Unidos, si no manda el Estado federal, mandarán los gobernadores, los alcaldes. Cuando de éstas salgamos, el Estado habrá revelado que tiene un botón de mando y algunos que saben apretarlo y otros que no. Claro está, mandar es un verbo asqueroso. También indispensable. El Estado da miedo, pero más el miedo sin Estado.
2.
Tecnócratas. No hace ni dos meses, el término, en todas partes, era altisonante, en especial si tecnocracia quería decir saber de economía o de “gobernanza” (que es como saber del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo). La pausa ha mostrado que nos pasamos de rosca en el odio a la tecnocracia: hay cosas, como la salud, las enfermedades, terremotos, huracanes… que más vale dejar en manos de tecnócratas que deben estar siempre a cargo, con y sin pandemias, listos para actuar. La pausa nos retrató en pelotas, sin expertos con poder, mando y recursos. Normal: solo cuentan cuando cuentan. “Ministerio de la Muerte Anunciada”, “Zar del Porvenir de Marras”: esto tendrá que existir en cada país y ser independiente de gobiernos y partidos, y con los “emergenciólogos” del mundo siempre interconectados y presto. Claro, no paga políticamente darle poder y presupuesto a algo, a alguien, que chupa tanta cámara, dinero y prestigio y que en el día a día no tiene mayor utilidad. Pero la pausa ha hablado.
3.
Hemos sido siempre keynesianos, no sabemos de otra. Como toda anterior tragedia mundial, la pausa ha mostrado que, a la hora de la debacle, no tenemos otro remedio que volver al Estado como el gran distribuidor, benefactor y cuidador de gente. Si es así, si así lo está revelando la gran pausa, ¿pa’ qué hacerse bueyes? Boing o el de la pizzería de mi esquina de Hyde Park, Chicago, esperan ser salvados por el gasto del Estado. ¿Salvar a Boing y que se chingue el pizzero? Está claro: las tragedias que nos ponen y pondrán en pausa no son ni serán una excepción. Sin Estados de bienestar esto no va a ninguna parte. Reinventémoslo. Eso dice la pausa.
4.
El castigo de la soledad vs. el castigo de la compañía. Recluidos, los españoles sufren, nunca habían pasado más de tres horas, despiertos, en casa. No saben estar consigo mismos. Y menos juntos. Con el encierro, en todas partes suben los divorcios, aumenta la violencia doméstica, la depresión nos acecha. Tememos tanto a la soledad como a la compañía. No hay nada qué hacer, así es la especie. Los gatos que a golpes de vida viramos en tigrillos de monte, aceptamos la mazmorra —la soledad—, no con gusto, tampoco con disgusto, pero en esta pausa nos descubrimos siendo infieles a la soledad, añorando cosas tan anodinas, y hoy entrañables, como conversar con un conocido en la calle, echar la chorcha con el cartero, saludar… Los que nunca han podido con la soledad, hoy caen en la cuenta de la importancia de esos ratos entre un mundanal y otro, aprenden a apreciar el paraíso que era ese ir cambiando, solos, de gentío en gentío. La pausa no mutará nuestra naturaleza, pero… menos pavoneo, más consciencia de nuestra pérfida fidelidad a la soledad o a compañía.
5.
Viejos. No hay que tener una población tan avejentada como la española o la italiana para darse cuenta de que el mundo tiene un talón de Aquiles enorme. Viejos, viejas: somos muchos. Y varios están solos, hacinados, pobres, abandonados. Más aún, nuestra vida —la de los viejos— importa poco o nada a diario. Pero nuestra muerte es un desastre colectivo. Viejos son los que va matando la enfermedad, y viejos los doctores y enfermeras que, en Estados Unidos, España o Italia, son sacados del retiro para que al menos su arriesgue de vida sirva para algo. La pausa nos ha puesto ante el espejo; ahí vemos a la bola de viejos que ni gustan ni nos gustamos, pero que necesitamos y queremos. “Que se mueran los viejos”, es consigna racional y aceptable en abstracto. Lo que es inaguantable es “que se mueran mis viejos”.
6.
Opinólogos y pausa. Opinólogo, escucha: “finalmente comprendo que, en la vida, todo es falso, pero tú eres mucho más”. Deja que hablen los que saben.
7.
Online. La vida online es una mierda. Ya está claro. Que no se olvide.
Y el mundo sigue en pausa.
Mauricio Tenorio