En la vorágine de la temporada electoral en la que nos encontramos, el futuro de Petróleos Mexicanos (Pemex) es un tema crítico. Hasta hace muy poco, las dos candidatas principales a la Presidencia de la República no habían delineado con claridad suficiente su posición sobre la empresa estatal. Por un lado, la candidata del oficialismo, Claudia Sheinaum, mantuvo una postura bastante esquiva en torno a Pemex durante toda su precampaña. Hoy sabemos que el apoyo gubernamental a la empresa continuará y que su gobierno buscará recuperar la vocación de Pemex en la petroquímica y la producción de fertilizantes. Acaso su propuesta más novedosa sea la posible participación de la empresa en el mercado de litio —aun si no queda claro cómo.

Por su parte, la representante de la alianza opositora Xóchitl Gálvez, ha prometido que, de alcanzar la Presidencia, transformará radicalmente a Pemex. Incluso ha sugerido la evolución de la empresa hacia un modelo de negocio multienergético, propuesta conocida como Emex o Energías Mexicanas, aunque esto aún no figura de manera explícita en sus plataformas en línea. Frente a interrogantes sobre la posible privatización, Gálvez ha respondido que “Pemex se moderniza, no se privatiza”. Un viraje sensato en el discurso de la candidata al considerar que la falta de apoyo por parte del sindicato petrolero y la controversia generada por su sugerencia de cerrar dos de las siete refinerías del país, que no fue bien recibida por un sector de los trabajadores petroleros.
El debate en torno a Pemex ha estado marcado por discusiones que tienden a polarizar entre visiones ideológicas, específicamente el choque entre neoliberalismo y estatismo. Me parece que, lejos de ofrecer soluciones, esta dinámica intensifica la división, al tiempo que deja de lado la verdadera relevancia de Pemex para el futuro económico y fiscal de México. Frente a las simplificaciones excesivas, este ensayo tiene como propósito explicar, de manera accesible, por qué deberían interesarnos lo que ocurre con la empresa estatal y la postura de las candidatas a la presidencia sobre este tema.
Cualquier discusión sobre el presente y futuro de Pemex debe empezar con el reconocimiento de la enorme carga histórica —una especie de misticismo— de la empresa en el imaginario nacional. Cuántos de nosotros crecimos leyendo en los libros de texto sobre el hito de la expropiación petrolera o qué hay de la importancia simbólica de que la propuesta energética de Sheinbaum cuente con el respaldo de Cuauhtémoc Cárdenas. Pemex también es uno de los temas más complejos para cualquier aspirante a la Presidencia porque desde que la producción petrolera comenzó a decaer a fines del siglo XX, y de manera más pronunciada desde el año 2004 la empresa se ha convertido en un peso para el gobierno y para todos los mexicanos. No es ningún secreto que Pemex ostenta el título de la empresa petrolera más endeudada del mundo, con una deuda que asciende a los 106 000 millones de dólares (mdd) —alrededor del 6.1 % del PIB. Se trata, además, de un asunto espinoso porque en la política energética, en particular en lo que se refiere a hidrocarburos, se plasma con más claridad la rigidez ideológica de la denominada Cuarta Transformación.
Pero más allá de las filias y fobias del presidente, lo cierto es que la situación de Pemex es un asunto que debería interesarnos a todos por un buen número de razones. Primero, porque los hidrocarburos como el petróleo y el gas son bienes estratégicos para cualquier país industrializado como el nuestro. Productos derivados del petróleo como los combustibles y servicios esenciales como la electricidad, confirman su importancia en el funcionamiento de las sociedades contemporáneas. Su escasez podría paralizar casi por completo nuestras actividades cotidianas. Hoy escuchamos mucho sobre la importancia de lograr una transición energética. Se trata de un cambio necesario que es preciso acelerar. Sin embargo, aunque nos cueste aceptarlo, lo cierto es que, para México, como para el resto de los países en desarrollo, el cambio será gradual y los hidrocarburos continuarán siendo un componente fundamental de la matriz energética durante las siguientes dos décadas.
En segundo lugar, el petróleo y el gas representan una buena parte del comercio internacional, por lo que cualquier cambio en su volumen o fluctuaciones en sus precios pueden afectar considerablemente las tasas de crecimiento de la economía mundial. En el caso de México, un aumento o disminución en los precios internacionales del petróleo tiene al menos dos efectos en los ingresos del Estado. Por un lado, afecta la recaudación debido al subsidio que el gobierno otorga a las gasolinas y el diésel (el famoso IEPS). Por otro, puede aumentar o disminuir los ingresos petroleros, que se utilizan para financiar los gastos de operación de Pemex.
Luego está el complejísimo tema de la deuda. El endeudamiento de Pemex no puede atribuirse a este gobierno; se trata de un problema sistémico de larga data que involucra una multiplicidad de factores. Durante el sexenio del expresidente Enrique Peña Nieto la deuda de Pemex se duplicó. Lo que ocurre es que Pemex no ha logrado aumentar los números de su negocio más rentable, el de la exploración y producción, al tiempo que ha incurrido en gastos en áreas que generan pérdidas continuas como la producción de combustibles y fertilizantes. A esto se suma una deuda creciente con sus proveedores, una carga fiscal alta (en particular en administraciones anteriores) y los pasivos por pensiones de sus trabajadores. En pocas palabras, Pemex dispone de menos recursos de los que genera y no tiene el flujo de efectivo suficiente para cubrir sus obligaciones financieras.
Hoy en día, el problema de liquidez de Pemex se agrava debido a que entre 2024 y junio de 2027, los pagos por la amortización de su deuda serán de alrededor de 55 000 millones de dólares, es decir, la mitad del monto total. Y la realidad es que a como pintan las cosas Pemex no podrá cumplir con los compromisos de pago a sus acreedores, al menos no sin el respaldo del gobierno. Esto justifica que agencias calificadoras internacionales, como Moody’s y Fitch Ratings, hayan reducido la calificación crediticia de la petrolera recientemente, lo que implica que se endeuda a tasas más altas que las de México.
Todo esto importa porque la deuda de Pemex genera una presión financiera muy importante en las finanzas del país. La recaudación pública en México es relativamente baja, ya que el Estado apenas obtiene alrededor del 16 % del PIB, en comparación con otros países de la región, como Brasil, que recauda el 33 %. Destinar más recursos a Pemex limita las oportunidades para otros sectores como salud y educación.
Y si antes mencioné que en la política energética se refleja la inflexibilidad ideológica de este gobierno es porque el presidente López Obrador está casado con la idea de ayudar a Pemex a cualquier costo para garantizar la soberanía del país. López Obrador ve a Pemex como el corazón de la economía y el desarrollo de México aun cuando hoy los ingresos petroleros como proporción del PIB han disminuido de forma dramática en la última década.
A pesar de que públicamente el presidente desdeña las evaluaciones de las agencias calificadoras, la realidad muestra que a cada descenso en la calificación de Pemex ha sido seguido una medida de alivio. Se trata de un patrón que se mantendrá hasta el último día de su mandato. Los apoyos del gobierno a Pemex en los últimos cinco años suman casi 90 000 millones de dólares, una cantidad estratosférica entre aportaciones de capital y apoyos fiscales como la reducción del Derecho de Utilidad Compartida o DUC,1 que es el derecho que Pemex paga al erario por la extracción de petróleo.
Pero lejos de revitalizar a Pemex, el gobierno en turno la ha conectado a una máquina de respiración artificial. Le tocará a Sheinbaum o a Gálvez atender la enfermedad. Los apoyos gubernamentales a Pemex son paliativos de corto plazo, pues la realidad es que no hay certeza sobre si la siguiente administración podrá ser tan generosa con Pemex, sobre todo sin llevar a cabo una reforma fiscal. Además, no hay que olvidar que al tema de la deuda se suma a una letanía de preocupaciones subyacentes, incluida la caída en la producción, un Sistema Nacional de Refinación ineficiente y problemas operativos evidenciados por la frecuencia de los accidentes en las instalaciones de Pemex.
Es deseable que las finanzas de Pemex dependan menos de la política en turno y más de su eficiencia operativa. Y creo que para lograrlo es necesario poner sobre la mesa todas las opciones posibles, incluidas las más incómodas para el gobierno. En enero, Lorenzo Meyer Falcón, quien encabeza el Comité de Sustentabilidad de la empresa, sugirió hacer pública la deuda de Pemex en lo que llamó “Pemexproa”, en alusión al rescate bancario realizado por el gobierno en 1995. Esta propuesta parece admitir el fracaso de la gestión financiera y operativa actual de Pemex. Una alternativa aún más revolucionaria (y también altamente improbable) es contemplar una Oferta Pública Inicial (OPI), al menos de manera parcial, al estilo de empresas como Petrobras o Saudi Aramco. Esto significa que Pemex cotice en bolsa. Sin embargo, esta posibilidad es un tema tabú, cargado de complejidades ideológicas, no sólo durante la denominada cuarta transformación, sino en el contexto de cualquier gobierno mexicano.
Una solución más sensata supone la reformulación del modelo de negocio de la empresa en el largo plazo, es decir, con miras a las siguientes dos décadas, para priorizar las actividades más lucrativas, como la exploración y producción de petróleo, y reevaluar aquellas áreas menos rentables, como la refinación. Naturalmente, a esto debe sumarse un cambio en su sistema de gobernanza corporativa, cuyo rasgo distintivo actualmente es una operación poco transparente, por decirlo menos.
El 18 de marzo, Gálvez presentó diez propuestas para Pemex que apuntan en esta dirección. Destacan la promesa de una reestructuración financiera profunda, la gestión de la empresa por parte de expertos, y un renovado impulso a las actividades de exploración. Por otro lado, Sheinbaum se comprometió a mantener la producción de crudo en 1.8 millones de barriles diarios y cubrir el incremento en la demanda de energía con fuentes renovables. Su visión busca alinear el legado petrolero del país con objetivos de sostenibilidad a largo plazo, una meta loable que, sin embargo, deja preguntas abiertas sobre las estrategias específicas para atender la emergencia financiera en la que se encuentra la empresa.
Enfrentar el enorme desafío que Pemex representa no es únicamente un asunto de buena voluntad ni siquiera de capacidad técnica. Implica la habilidad de trascender ideologías políticas. Hoy, dos mujeres con formación de ingenieras e interés en acelerar la transición energética aspiran a la Presidencia de la República. La pregunta, en el caso de Sheinbaum, es si su amplio conocimiento técnico en cuestiones energéticas prevalecerá sobre las premisas ideológicas de la “4T”. Me inclino a pensar que no. Y, sin embargo, lo que sigue en el interés de todas y todos es que Pemex se convierta en una empresa más rentable y menos costosa para nuestros bolsillos. Para lograrlo, se requieren decisiones de política pública responsables y cuidadosamente calculadas.
Alexia Bautista
Analista para México en la consultora de riesgo político Horizon Engage e internacionalista por El Colegio de México.
1 En esta administración, el DUC disminuyó de 65 % en 2019 a 58 % en 2020, 54 % en 2021 y 40 % en 2022 y 2023.
Los académicos ingleses no terminan de digerir que México diera el mal ejemplo a otros países de querer controlar la explotación de sus propias materias primas. No dejan de decir que somos demasiado tontos para administrarlas o para desarrollar las tecnologías apropiadas. Tengo entendido que los ingenieros petroleros brasileños aprendieron a explorar aguas profundas de los ingenieros petroleros mexicanos; y existe un Instituto Mexicano del Petróleo con investigadores de gran calidad.
La reducción en producción se debe en parte a que la década pasada no se descubrieron nuevos yacimientos de petróleo convencional,debido a que la mayor parte del presupuesto de exploración se dedicó a buscar yacimientos de gas natural y petróleo ligero (no sirve para refinar diésel, pero puede mezclarse con petróleos pesados y extrapesados para obtener una mezcla de mejor calidad) explotables por la técnica de la fracturación hidráulica; se subcontrataron empresas extranjeras con experiencia en el área, pero no se obtuvieron los resultados deseados.
La otra razón es geológica. Es posible que ya no encontremos grandes yacimientos de petróleo convencional como Cantarell. No es que el petróleo sea escaso, sino que la cantidad del mismo que es rentable extraer es menor. Podríamos pensar que aumentando la inversión en exploración podemos extraer petróleo de forma indefinida, pero hay un precio máximo que los mercados pueden tolerar sin caer en recesión. Este es un fenómeno a nivel mundial, no solo de México. Casi todos los países de la OCDE producen menos gas, carbón y petróleo, de lo que consumen (EEUU, Alemania, Japón, Francia, España, Reino Unido etc). En Latinoamérica, en 2015 llegamos a un pico de extracción de combustibles fósiles y el total comenzó a descender; el consumo de energía fue aumentando y desde 2018 la región consume más combustibles fósiles de los que produce.
En México aún producimos más petróleo del que consumimos. Es mejor tener petróleo que no tenerlo (sólo hay que ver lo que ocurre en Europa). Pero su consumo debe ser racional tanto para que nos dure más como para evitar emitir demasiado CO2.
La Agencia Internacional de la Energía acaba de emitir (hace dos semanas) un comunicado donde urge al sector petrolero a invertir más en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos (las inversiones en exploración han descendido en todo el mundo desde el 2014). La AIE prevee que la producción de los yacimientos actualmente existentes disminuya y no pueda atender una demanda creciente hacia el 2025, así que es probable que todavía tengamos varios años de precios altos del petróleo. El presupuesto de México se calculó con un precio del petróleo menor al actual, habría que ver qué está ocurriendo con la diferencia.