
Con todo y que sus hallazgos en torno al psicoanálisis son un hito en la comprensión sobre el malestar subjetivo, el legado de Freud también ha sido desafiado. Desde los feminismos, estudios de género y movimientos LGBTQ+ se ha planteado la necesidad de cuestionar algunos elementos de la teoría psicoanalítica: las concepciones sobre el hombre y la mujer, las formulaciones sobre el complejo de Edipo y su disolución, la heterosexualidad como “desarrollo normal”, el falocentrismo, la supuesta inferioridad de las mujeres, entre otros. Si bien Freud fue subversivo, innovador e incluso revolucionario, también fue un hombre de su época. Por ello, es necesario pensar de nuevo algunos elementos problemáticos en su obra, en especial los relacionados con la diferencia sexual y las asignaciones de género. Pero esta mirada requiere que el concepto de género se tome en cuenta.
El género es una categoría que va más allá de los papeles sociales asignados a hombres y mujeres. Implica toda una estructura social que organiza el mundo de forma binaria (en especial en Occidente) y que produce efectos en los cuerpos, comportamientos, relaciones sociales, así como en la constitución subjetiva de cada persona. En este sentido, el género estructura la vida social, es la forma de vivirnos en el mundo y de hacernos inteligibles.
Aunque Freud no habló de género –pues John Money utilizó el término por primera vez en 1955 para referirse a los roles de género y distinguirlo del concepto de sexo en los tratamientos a personas intersexuales– no significa que no haya concepciones de género en su obra. Por ejemplo, lo relativo a la feminidad y masculinidad, a la identificación psíquica y el desarrollo de la identidad (lo que hoy conocemos como identidad de género). Estas ideas tuvieron un efecto tanto en la producción teórica posterior a Freud, como en un conjunto de prácticas e intervenciones en los consultorios de muchos analistas.
En el caso de quienes practican el psicoanálisis, hay quienes se interesan por el género y otros que lo consideran un tema irrelevante que pertenece a un ámbito diferente. Sin embargo, ambos grupos y en general, cualquier psicoanalista, sostienen una perspectiva de género; mantienen concepciones acerca de lo que significa ser hombre y ser mujer, entienden de una manera particular la feminidad y la masculinidad, y estos significados están anclados en una lectura sobre la diferencia sexual, que a su vez, produce un conjunto de atributos y asignaciones para cada sexo. Por esto razón, considero que el género no es un ingrediente que se pueda añadir o quitar en la práctica clínica (sea el psicoanálisis o alguna psicoterapia), sino que estructura la lectura de un caso; la forma en que se interpretan ciertas cuestiones en un análisis expresa ciertas configuraciones de género (también de clase y de raza).
Aunque desde la técnica psicoanalítica se insiste en que la escucha del analista debe estar lo más despejada de prejuicios y sesgos posible, también es cierto que escuchamos con un marco de referencia, que permite a las palabras adquirir sentido. Desde este punto de vista, en un análisis, el género no es algo que pueda estar o no estar: siempre está. Coincido con Teresa de Lauretis cuando dice que negar el género es negar las relaciones sociales de género que constituyen y legitiman la opresión sexual de las mujeres, lo cual significa permanecer en la ideología, y que a su vez está al autoservicio de los sujetos masculinos.
¿El psicoanálisis una práctica neutral y apolítica?
Hace tiempo leí en redes sociales una publicación que decía que “el psicoanálisis no es progresista ni conservador porque es una práctica sobre el deseo”. Esta posición sostiene de manera implícita que el psicoanálisis es una práctica neutral y apolítica. Pero, ¿cómo dejar fuera lo político, cuando las intervenciones de algunos analistas, los artículos y libros sobre psicoanálisis, e incluso algunas ideas freudianas reproducen sesgos sexistas, misóginos y estereotipos de género? Pensar que el psicoanálisis “no es progresista ni conservador” es una afirmación discutible porque invisibiliza una serie de objeciones y reclamos. Aceptarla implica negar que algunas de las cosas que Freud escribió fueron misóginas, sexistas, heteronormadas y patriarcales.
Ahora bien, ¿qué consecuencias hay al no tomar en cuenta el análisis de género, tanto en la práctica clínica, como en la construcción de teoría? Cuando no hay una reflexión sobre el género puede producirse una escucha, por parte del analista, cargada de sesgos relacionados con una construcción de género tradicional, estereotipada o heteronormativa. Porque no hay una escucha que esté libre de la subjetividad del analista.
¿Freud conservador? Algunas críticas feministas
Si no se toma en cuenta el análisis del género se corre el riesgo de no cuestionar algunas ideas problemáticas en la obra de Freud y en la historia del psicoanálisis. Por ejemplo, ubicar a las mujeres como pacientes histéricas, aun cuando lo que está en juego es la denuncia de un abuso. Algunas feministas argumentan que Freud fue indulgente respecto a las experiencias de abuso sexual que vivieron sus analizadas.
Otra crítica actual al psicoanálisis es su relación con códigos heteronormativos y patriarcales. Se ha señalado que algunas formulaciones del psicoanálisis reproducen concepciones tradicionales sobre el género, la sexualidad y la diferencia sexual. Esto implica que ciertos analistas interpretan los afectos y deseos de los analizantes desde un marco heteronormativo.
Un ejemplo más es lo relativo a la envidia de pene, Freud señala que “las consecuencias psíquicas de la envidia del pene son múltiples y de vasto alcance. Con la admisión de su herida narcisista, se establece en la mujer –como cicatriz, por así decir– un sentimiento de inferioridad”. El concepto de “envidia de pene” se critica tanto en los feminismos como al interior del psicoanálisis. Karen Horney argumenta que esta forma de tratar la sexualidad de las mujeres es reduccionista, falocéntrica, sexista y misógina, y que estas observaciones revelan el carácter androcéntrico y patriarcal de Freud.
Como Horney señaló, lo que podría observarse en la niña no es la asunción de la superioridad del varón en el sentido genital, sino en la dimensión social. Es decir, la interpretación de la diferencia sexual implica una jerarquía entre ambos sexos y la dominación de uno sobre el otro. Lo que se produce no es una envidia hacia los genitales del varón, sino hacia los privilegios obtenidos a partir de ellos. Como se pregunta Sol Rodríguez: “¿es la envidia del pene realmente un fenómeno clínico o se trata de un prejuicio freudiano a partir del cual el psicoanálisis condena a la mujer a un imaginario signado por la falta?”.
Freud sostiene que la niña abandona el deseo del pene para reemplazarlo por el deseo de un hijo y con este propósito toma al padre como objeto de amor. También escribe que la feminidad es resultado de la renuncia al complejo de masculinidad. Ambas afirmaciones infieren, por un lado, que todas las niñas desean un hijo y por lo tanto desean ser madres; y por otro, que la feminidad es el fruto de un desarrollo psicosexual en la mujer. Es redundante decir que esto no es aplicable en todas las mujeres, pues en la actualidad distinguimos las categorías sexo, género y orientación sexual. De la misma forma, sabemos que estas categorías no se corresponden entre sí, sino que se articulan de forma singular en cada persona, por medio de un proceso de producción subjetiva.
Freud: conservador y emancipador
En el libro Freud, una historia política del siglo XX, Eli Zaretsky explica que mientras que la Nueva Izquierda logró distinguir entre un psicoanálisis represivo y uno emancipatorio, la mayoría de las feministas radicales rechazaron a Freud en su totalidad. Muchas lo caracterizaron como la fuente del sexismo y homofobia del siglo XX, y también atacaron ideas como la envidia del pene, el orgasmo vaginal y el complejo de castración femenino.
Para Juliet Mitchell, una destacada psicoanalista feminista británica, la obra de Freud no es un recuento sexista, sino una teoría que explica la forma en que la psicología de la inferioridad femenina se configura en la infancia temprana. Es decir, más que Freud fuera patriarcal, estaba describiendo el patriarcado y sus consecuencias psíquicas. A la pregunta de ¿cómo puede usar a Freud el movimiento feminista? Mitchell responde “del mismo modo que Marx utilizó a Hegel: estudiándolo”.
Pienso que no todas las ideas construidas desde el psicoanálisis y del pensamiento freudiano son heteronormativas. Por ejemplo, cuando Freud señaló que “la pulsión carece de objeto” lo que dejó claro es que no hay una determinación biológica en la pulsión y tampoco hay una correspondencia entre el deseo y su orientación.
No hay un solo Freud que fuera conservador y misógino o uno revolucionario y emancipador; lo que tenemos en su obra es la existencia de ambos. Lo que Freud teorizó fue algo novedoso e interdisciplinario. Lo que produjo (nunca solo, siempre con otras y otros) fue inédito para su época. Es en esta dimensión que el psicoanálisis debe continuar “revolucionando” ideas y concepciones. El ir y venir incesante de la práctica y las teorizaciones requieren producciones novedosas, que continúen poniendo en tensión un orden social.
¿Qué psicoanálisis?
Para quienes practicamos el psicoanálisis, es relevante ubicar nuestro lugar en los sistemas de dominación. En palabras de Jorge Reitter “si no hacemos esta lectura corremos un serio riesgo de proyectar nuestros prejuicios (de clase, de raza, de género) en la escucha”. Desde luego, comparto esta perspectiva, pues la escucha del analista nunca es neutral. Me parece ingenuo pensar que cuando el analista interpreta no reproduce sesgos. No somos máquinas, interpretamos con nuestras ideas, preconcepciones, cosmovisiones, y en lugar de negarlo, hay que estar advertidos.
Considero que reflexionar sobre el género en nuestra práctica clínica no es ocioso, ni ideológico o secundario. Al contrario, es importante que tanto analistas como terapeutas nos preguntemos qué configuraciones de género reproducimos en nuestro quehacer clínico. Esto ayuda a pensar cómo la dimensión de género participa en una escucha que desde el psicoanálisis se ha creído como "neutral".
Algunos ejemplos para pensar el nexo entre género y psicoanálisis son: investigar cómo el género participa en la constitución de las neurosis; explorar cómo las normas de género producen formas diferenciadas de vivir la sexualidad en cada sexo/género; analizar cómo influye el género en la producción inconsciente del deseo; interrogar desde los feminismos la teoría psicoanalítica, en especial aquella considerada como patriarcal. A la inversa, desde el psicoanálisis se puede pensar en la dimensión simbólica de la diferencia sexual para desnaturalizarla y romper con esencialismos y binarismos, lo cual permite cuestionar al feminismo transexcluyente.
Las y los psicoanalistas que se desentienden del género, porque suponen que compete a otras disciplinas o no tiene nada que ver con el psicoanálisis, ignoran que conscientes o no, el mundo está organizado por el género, y (re)producimos concepciones de género en nuestras prácticas y discursos. Por fortuna, hay muchos analistas pensando esta articulación.
Marian Torres
Practica el psicoanálisis en la Ciudad de México, es Especialista en Estudios de Género y Doctorante en Estudios Feministas.
En el inconsciente no hay diferencia de sexos.