¿Por qué no habría una nueva Guerra Fría
entre China y EE. UU.?

Los grandes poderes, como señala el politólogo estadunidense, Kenneth Waltz, deben tener amplias capacidades en todas las dimensiones del poder: el territorio, la población, los recursos, la solidez económica, la estabilidad política, la competencia política y tecnológica y la fuerza militar.1 Capacidades que, en cierto grado, son proporcionales entre China y EE. UU.UU. pero con importantes diferencias significativas. En este contexto de poderes en competencia surgen las siguientes interrogantes: ¿Cuál de estos dos Estados tiene más poder? ¿Cómo medirlo? Sin duda, son preguntas que requieren una investigación de fondo, cualitativamente y cuantitativamente. Por ahora, este breve artículo se centrará en analizar la nueva era bipolar entre estos dos grandes poderes en disputa y cuestionar en cierta medida sobre lo que algunos académicos y altos dirigentes políticos nombran el advenimiento de una “nueva Guerra Fría”. Dos son los casos que ejemplifican esto último. El primer caso, es del actual secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), António Guterres, al decir: “La Guerra Fría ha vuelto”, debido a las tensiones en torno a Siria, después de que EE. UU. amenazara con atacar con misiles a ese país y tanto Rusia como China se opusieran en abril de 2018. El segundo caso, es sobre las declaraciones hechas por el ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Xi Jinping, Wang Yi, el 24 de mayo del presente año: “Algunas fuerzas políticas estadunidenses toman de rehenes las relaciones entre China y Estados Unidos y empujan a nuestros dos países al borde de una nueva Guerra Fría” aprovechándose de la crisis generada por el COVID-19 “para atacar y difamar a China”. No obstante, de ningún modo alguno, EE. UU. ha mencionado oficialmente que se encuentra en una nueva fase de “Guerra Fría” con China, lo que supondría que no quiere reconocer públicamente a la nación asiática como un oponente potencial y a la par en capacidades. En cambio, China constantemente se reafirma como un nuevo jugador global con una política exterior excepcional. Es importante diferenciar los discursos políticos del gobierno chino y estadunidense a sabiendas de la realidad de los hechos.

A raíz de la aparición del COVID-19 en Wuhan, las teorías de conspiración sobre la lucha por el poder global entre el poder ascendente representado por China y el poder en descenso personificado por EE. UU., se han reforzado en los últimos meses por la serie de declaraciones hechas por los líderes políticos-diplomáticos de ambos países. Por un lado, el 17 de marzo, el presidente Donald Trump en su cuenta de Twitter, catalogó a la nueva cepa del SARS-CoV-2 como “virus chino”. Días antes, el secretario de Estado estadunidense, Mike Pompeo, lo llamó "virus deWuhan", pues considera que el virus se originó en el Instituto de Virología de esa ciudad. Tales aseveraciones derivan en la construcción y la promoción de una imagen negativa hacia China a nivel global, con la finalidad de impedir que el poder de la nación asiática siga aumentando en sus zonas de influencia. Otros países prooccidentales no se han quedado atrás en señalar la falta de responsabilidad y el actuar pasivo de China ante el nuevo virus. Australia ha hecho un llamado para investigar el origen de la actual pandemia. De igual forma, en América Latina, el 18 de marzo pasado, el diputado federal Eduardo Bolsonaro, hijo del presidente ultraderechista brasileño Jair Bolsonaro, en Twitter afirmó: “la dictadura prefirió esconder algo serio que exponerlo teniendo desgaste, pero que salvaría innumerables vidas. […] La culpa es de China y la libertad sería la solución".

Por otro lado, también los políticos chinos han respondido a tales afirmaciones. El 12 de marzo, Zhao Lijian, subdirector del Departamento de Información del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, por medio de un tuit sugirió que fue “el ejército de EE. UU. el que trajo la epidemia a Wuhan”. Esto tras la asistencia de cientos de atletas del ejército estadunidense en los Juegos Mundiales Militares celebrados en octubre de 2019 en la capital de la provincia de Hubei. En la práctica, los diplomáticos chinos se han mostrado asertivos y activos con el fin de eliminar las etiquetas, provenientes del exterior, que desprestigian y ponen en jaque la gobernabilidad del Partido Comunista de China. Por ejemplo, en el caso de Australia, en mayo, China impuso un arancel del 80 % a las importaciones de cebada, impuesto que puede permanecer vigente durante cinco años, y en Brasil, el presidente Bolsonaro dijo: “Nos mantenemos en contacto con China. No hay ningún problema con China". De este modo, el conflicto diplomático sino-brasileño no escaló. Sin embargo, en medio de la pandemia, el incremento de las tensiones diplomáticas, incluso por parte de Estados cuyo principal socio comercial es China, es muestra de la constante disputa entre los gobiernos actuales de Trump y Xi Jinping, la cual podría exacerbarse aún más con la muerte del embajador de China en Israel, Du Wei, el 17 de mayo del año en curso. Deceso que genera sospechas y dudas, después de que Pompeo realizara un viaje relámpago a Jerusalén el 13 de mayo, donde criticó públicamente las acciones de China durante la pandemia y pidió a Israel no firmar importantes acuerdos de infraestructura y comunicaciones con empresas chinas. Cabe señalar que, China es el tercer socio comercial más importante para Israel.

Ilustración: Patricio Betteo

Más allá de la polémica acerca de los orígenes del virus, se puede afirmar que las disputas entre China y EE. UU. han aumentado una vez que Trump subió al poder en enero de 2017 debido a la ejecución de sus políticas proteccionistas. Ambos Estados han tratado de reafirmar su poder en sus zonas de influencia, recrudeciéndose así durante la pandemia, tal y como se puede observar en las acciones chinas  emprendidas en el Mar de la China Meridional o en el caso de la intervenciones fallidas de EE. UU. en contra del gobierno de Venezuela, sin dejar de mencionar los serios desafíos que enfrentan a nivel interno. Por ejemplo, en EE. UU. las elecciones presidenciales son en noviembre, las cuales sucederían en un panorama que se torna desolador con más de 98 000 muertes generados por el COVID-19 frente a una cifra menor de fallecidos en China con 4 634, contabilizados hasta el 24 de mayo. No obstante, la probabilidad de una guerra entre estos grandes poderes aún es poco clara y poco conveniente. La experiencia pasada de las guerras mundiales nos puede decir mucho sobre la posibilidad de un nuevo conflicto militar. Desde una perspectiva del Realismo político, para el profesor R. Harrison Wagner el peligro de una guerra es mayor cuando persisten estas tres condiciones en los líderes políticos: 1) sienten que su país es militar o económicamente vulnerable debido a su falta de control sobre el entorno internacional; 2) creen que mediante la expansión territorial pueden lograr un avance significativo hacia una posición más segura; y 3) dudan sobre los objetivos reales de sus oponentes potenciales.2

De acuerdo con la lectura del profesor y decano del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad de Tsinghua, Yan Xuetong, Leadership and the Rise of Great Powers, explica porque habría un nuevo orden bipolar pero no una nueva Guerra Fría. A grandes rasgos, una configuración bipolar se refiere a dos grandes Estados de capacidad similar —pero no igual— con seguidores internacionales (followers). Una Guerra Fría se refiere a una competencia ideológica por medio de la confrontación militar con la estrategia de guerra por poder como el medio principal de rivalidad.3 Cabe destacar que, EE. UU. no es el mismo de la Guerra Fría, ni el contexto internacional tampoco. Aunque con algunos puntos discutibles, en general, el autor ejemplifica la tendencia de la bipolarización, la cual se resume en el cuadro 1.

Cuadro 1. Factores que previenen una nueva Guerra Fría en el siglo XXI entre China y EE. UU.

Cuadro 1. Factores que previenen una nueva Guerra Fría en el siglo XXI entre China y EE. UU.

Fuente: elaboración propia con datos de Yan Xuetong, Leadership and the Rise of Great Powers (Princeton Ed., 2019), pp. 87-93.

Ahora bien, hay autores como Nuno P. Monteiro, que afirman que EE. UU. “continuaría siendo el único Estado capaz de proyectar un poder significativo y participar en operaciones político-militares prolongadas más allá de su propia región. En otras palabras, incluso si China puede igualar el poder de EE. UU.”. En un mundo unipolar liderado por la superpotencia americana: “El interés de China [se centraría] en no desafiar la preponderancia mundial […] de EE. UU. Se ve reforzado por el alto grado de interdependencia económica que ha resultado de las últimas décadas”, con un acomodo chino por los beneficios que recibe de la relación. En este sentido, el autor remarca que no se puede hablar de una estructura internacional bipolar a pesar del aumento de las capacidades militares de China.4 Comparto hasta cierto punto el análisis de Monteiro, sin embargo, deja de lado los objetivos e intereses nacionales que busca China por medio de su política exterior cada vez más asertiva y la apuesta de la élite política china por sofisticar al ejército y desarrollar tecnología de punta, entre otros. Ella quiere convertirse en una potencia global para 2049, centenario de la fundación de la República Popular China. No obstante, aún dista de tener un poder comparable con el estadunidense. Estos son algunos puntos clave para entender la distancia de capacidad del poder de China respecto a EE. UU.:

1. El Este de Asia se ha convertido en un área central de competencia estratégica entre superpotencias. Ante la realidad de que China es una superpotencia emergente, EE. UU. teme perder su dominio sobre el Este de Asia y el mundo.5 Aunque con la propagación del COVID-19 se ha mostrado el declive relativo del liderazgo global de EE. UU. en materia sanitaria, tecnológica, económica y diplomática.

2. Aunque China es ahora el mayor comerciante mundial de bienes y tiene la mayor cantidad de reservas de divisas, está muy por detrás de EE. UU. en capacidad militar.6 EE. UU. tiene el mayor gasto militar a nivel mundial: en 2019, gastó 732 000 millones de dólares, casi lo triple que Beijing. China asignó un gasto estimado de 261 000 millones de dólares en el mismo periodo. Esto representó un aumento del 5.1 % en comparación con 2018 (SIPRI, 2020).7 Ya desde 2009 ha habido un aumento considerable del 83 % en el gasto militar chino (SIPRI, 2019).8

3. La competencia económica entre China y EE. UU. será mucho más intensa que cualquier disputa militarista entre ellos.9 En el plano económico-comercial, frente al incremento de aranceles a los productos chinos por la administración Trump, aun así, tienen una relación económica interdependiente. Según el Departamento de Comercio estadunidense, si bien en 2019, México desplazó a China como primer socio comercial de EE. UU. con una cifra de 614 500 millones de dólares (14.8 % del total), tradicionalmente superavitario a favor del país latinoamericano; en su relación comercial con China, EE. UU. tuvo un déficit comercial cercano a los 345 617 millones de dólares con un monto total del comercio bilateral de 558 870 millones (13.5 % del total), posicionándose Beijing en el tercer lugar, detrás de Canadá. Así pues, las importaciones estadunidenses de China fueron por 452 243 millones de dólares con una caída del 16.2 % en comparación con 2018 y las exportaciones al país asiático fueron por 106 626 millones de dólares, con una caída del 11.3 % respecto al año anterior, con fuertes daños a las industrias de la soya y de la carne de cerdo estadunidenses. Durante el período enero-febrero de 2020, el comercio de China con EE. UU. disminuyó un 19.6 %. Además cabe recordar que, tan sólo China tiene en sus manos 1.1 billones de dólares en bonos del Tesoro estadunidense, por lo cual, si ella vende los títulos de la deuda, provocaría inestabilidad e incertidumbre en el mercado financiero internacional.

4. La divisa china, el yuan, sigue sin ser la moneda referente en las transacciones globales, como sí lo es el dólar estadunidense. Aunque, el Fondo Monetario Internacional (FMI) la integró en la canasta de Derechos Especiales de Giro desde octubre de 2016. A partir de mayo, China ha puesto en marcha el uso del e-RMB o Renminbi electrónic, esta moneda digital vinculada con la moneda nacional que es el yuan, tratará de desplazar al dólar en sus transacciones económicas-comerciales. Actualmente, China es responsable del 42 % e-commerce global y procesa once veces más pagos móviles que EE. UU. La prueba inicial del e-RMB se implementará en cuatro ciudades tecnológicas chinas: Shenzhen, Chengdu, Suzhou y Xiongan. Otorgándoles un rol central a estas ciudades como polos de innovación tecnológica, como sustenta Osvaldo Rosales en su libro El Sueño Chino.10

5. A través del plan Made in China 2025, respaldada con el objetivo de lograr el “Sueño Chino” en 2050, China busca innovar en las nuevas manufacturas y servicios. Se calcula que en ese año, China podría disputar seriamente el liderazgo mundial en innovación en ciencia y tecnología. En 2018, China mostró sus logros tecnológicos, reforzándose como líder tecnológico durante la contingencia del COVID-19: redes 5G, red digital de banda ancha, teléfonos inteligentes, ciudades inteligentes, inteligencia artificial, telecirugías, industria espacial, reconocimiento facial, innovación ecológica, vehículos eléctricos, trenes de alta velocidad, blockchain, start-ups, etcétera.11

6. Si bien China no exporta su modelo económico ni político, tampoco es un líder cultural en el mundo como lo ha sido Europa o, recientemente, EE. UU.

7. La crisis sanitaria del COVID-19 reforzará más el liderazgo de Xi Jinping para emerger como un líder en la gobernanza global, como coordinador y exportador de su experiencia contra el patógeno. Al mismo tiempo que exporta insumos médicos. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), China es uno de los principales exportadores de productos médicos a nivel mundial: cubrebocas con un 25 %; junto con Alemania y EE. UU. envían protección personal —jabón y desinfectante para manos, sanitizadores, lentes de protección, etcétera— acaparando el 40 %; y junto con los Países Bajos totalizan un 40 % en la venta de respiradores y ventiladores.

8. Mientras más asertivo sea su poder en ascenso, por supuesto que tendrá más tensiones con EE. UU. Uno de sus proyectos globales más ambiciosos para lograr convertirse en una potencia global es la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Esta gran estrategia es indispensable para la conectividad transcontinental entre China y el mundo, mediante el desarrollo de infraestructura y distintos servicios, entre ellos, la expansión de la tecnología 5G.

A lo largo de los últimos años hemos sido testigos de un nuevo periodo de transición del desplazamiento del centro de poder global de EE. UU. a China. Siendo la primera vez que se dan estos cambios geopolíticos fuera del marco occidental. A pesar de que el Este de Asia se convierta en el epicentro geopolítico global, el declive relativo del poder estadunidense no significará que pierda su actual estatus de superpotencia. China está reemergiendo como un nuevo poder global, sin embargo, aún es temprano saber cómo asumirá su papel cuando llegue a ser la superpotencia. Como aborda Waltz: “Incluso si un poder dominante se comporta con moderación, restricción y tolerancia, los Estados más débiles se preocuparán por su comportamiento futuro”.12 Su prestigio dependerá de su desempeño en la arena internacional al asumir o no sus responsabilidades globales. Por ahora, China ha evidenciado su descontento con el orden global liberal liderado por EE. UU., aunque no ha mostrado una actitud disruptiva ante el régimen internacional creado por la superpotencia después de la Segunda Guerra Mundial. Al contrario, ella ha mostrado su capacidad para adaptarse a él a su propio ritmo, pero construyendo sus propias instituciones apegadas al Derecho Internacional como el Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) de los países BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). En cierta medida, para establecer también sus propias normas del juego político internacional, tomando en cuenta sus claroscuros.

La adopción de la estrategia de política exterior del “ascenso pacífico” le ha ganado simpatías al gobierno chino pero también claros competidores y detractores en un contexto más de lucha económica-tecnológica que puramente militar. Así pues, el poderío económico, tecnológico y despliegue diplomático en su respuesta global contra el COVID-19 son incentivos para que China reafirme su presencia e influencia global sin el uso de la fuerza bélica y sin la imposición de sus valores morales como lo ha hecho históricamente EE. UU.

En suma, si bien es cierto que existen nuevos polos de poder emergentes como la India o Rusia, no obstante, la disputa hegemónica es contundente, en la multipolaridad existen dos centros de poder en tensión recurrente. Sin embargo, la realidad que vivimos ahora no refleja esa multipolaridad en la ampliación de los márgenes de maniobra para generar reglas de cooperación y en la concertación política para la acción colectiva global. Los crecientes conflictos globales y la incapacidad de alcanzar compromisos en el ámbito multilateral, ya fragmentado, lo revelan. Tampoco el concepto de unipolaridad refleja la distribución de poder actual, EE. UU. no tiene el mismo liderazgo de la Guerra Fría, algunos vacíos de poder dejado los ha ido llenando China. El concepto que podría reflejar más la distribución de poder actual es la de bipolaridad. Un ejemplo de ello es lo que estamos viviendo en el presente, China tiene una capacidad de respuesta global más rápida y eficaz —con sus matices— que su contraparte estadunidense al distribuir insumos médicos en distintas latitudes estratégicas del mundo para enfrentar la pandemia. Como asegurara el 18 de mayo el presidente chino, Xi Jinping, la eventual vacuna china contra el nuevo coronavirus se convertirá en "bien público” global. Más allá de la coyuntura de la crisis sanitaria y sus consecuencias, por ahora, la tendencia es que la bipolarización entre China y EE. UU. continúe, profundice y perdure, sin que surja una nueva Guerra Fría como la que existió entre la Unión Soviética y EE. UU. Las condicionantes son otras en un mundo cambiante, complejo, incierto y, desgraciadamente, más inseguro.

 

Tonatiuh Fierro
Doctorando en Ciencias Políticas y Sociales con orientación a las Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México y maestro en Estudios de Asia y África, especialidad China, por El Colegio de México.


1 Waltz, K. N. (1979). Theory of International Politics. Massachusetts, Estados Unidos: Addison-Wesley, 131.

2 Wagner, R. H. (1993). What was Bipolarity? International Organization, 47 (1), 104-105.

3 Yan, X. (2019). Leadership and the Rise of Great Powers. Nueva Jersey, Estados Unidos: Princeton University Press, 87.

4 Monteiro, N. P. (2014). Theory of Unipolar Politics. Nueva York, Estados Unidos: Cambridge University Press, 227-228.

5 Yan, op. cit., 199.

6 Ibid., 92.

7 SIPRI (2020). Global military expenditure sees largest annual increase in a decade—says SIPRI—reaching $1917 billion in 2019.

8 SIPRI (2019). Armaments, Disarmament and International Security, SIPRI Yearbook 2019. Resumen en español.

9 Yan, op. cit., 100.

10 Rosales, O. (2020). El sueño chino: Cómo se ve China a sí misma y cómo nos equivocamos los occidentales al interpretarla. Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI Editores-Cepal, 175.

11 Ibid., 173 .

12 Waltz, K. N. (2000). Intimations of Multipolarity. En Birthe Hansen y Bertel Heurlin (eds.), The New World Order: Contrasting Theories (1). Basingstoke, Inglaterra: Macmillan.

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Publicado en: Internacional, Política