¿Por qué seguimos hablando del problema de cuidados en México?

Esta es la primera entrada de una serie sobre la construcción de un sistema integral de cuidados en México. En los siguientes textos, se presentarán alternativas de diseño, comparaciones internacionales e ideas para su implementación.

Ilustración: Kathia Recio

En México, como en el resto de América Latina, se habla de una “crisis de los cuidados”. Cada vez somos más las personas que requerimos cuidados, y menos las personas disponibles para prestarlos. En respuesta, algunos países, como Chile, Uruguay y Costa Rica, han lanzado sistemas integrales de cuidados. En México, el tema ha ganado terreno en la discusión pública, lo cual se refleja en iniciativas legislativas en el ámbito federal. A nivel subnacional también es evidente la relevancia que ha tomado este tema en la inclusión del derecho a cuidar y recibir cuidados en la constitución de la Ciudad de México o en la recientemente aprobada Ley del Sistema Integral de Cuidados en Jalisco. Incluso en el ámbito municipal se han implementado políticas que intentan dar solución a este problema. El programa Cuidemos|Banco de Tiempo, en San Pedro Garza García, o las Utopías en Iztapalapa son los ejemplos más notables de ello.

Como era de esperar, crear un sistema de cuidados es también parte de las propuestas de las candidatas presidenciales. En el inicio de su precampaña, Xóchitl Gálvez anunció su intención de lanzar un Sistema Nacional de Cuidados para apoyar a mujeres, y Claudia Sheinbaum lo incluyó como parte de su decálogo de acciones para el “segundo piso de la transformación”. Lidiar con la crisis de cuidados, sin embargo, va más allá de anunciar la creación de un sistema: una solución integral requiere un entendimiento mucho más preciso de las causas y posibles consecuencias del problema. No basta con alertar sobre la gravedad del problema o imaginar soluciones abstractas; es necesaria una aproximación de política pública que ofrezca una idea clara de cómo funcionaría un sistema de cuidados, cómo se identificarían y atenderían las necesidades de cuidado de las personas y cómo eso incidiría en el problema público.

Afortunadamente, en la última década se ha producido mucha información, y de muy buena calidad. Tenemos evidencia e información desde organismos internacionales (ONU Mujeres y la OIT) para diagnosticar el problema. Desde hace varios años, Inegi ha diseñado instrumentos que nos permiten caracterizar las necesidades de las personas que requieren cuidados y que cuidan. La ENUT nos permite saber cuántas horas dedican al cuidado hombres y mujeres, e incluso sobre las cargas diferenciadas entre distintos grupos de mujeres. Además, sabemos el valor económico del trabajo no remunerado de los hogares gracias a la Cuenta Satélite del TNRH. Más recientemente, la ENASIC nos permite saber quiénes requieren cuidados (y si los reciben), el impacto de las tareas de cuidados en la vida de las personas cuidadoras y la percepción cultural sobre los cuidados en el país.

Además de las encuestas nacionales, existen estudios sobre poblaciones específicas (como el cuidado infantil en condiciones de pobreza o las mujeres cuidadoras que trabajan en el Metro de la Ciudad de México), datos sobre territorios concretos (como el sistema de indicadores de cuidados de la CDMX y el mapa de cuidados en México), y metodologías para cuantificar las brechas de cuidados a nivel municipal para la población de personas mayores, primera infancia y personas con discapacidad. Hay también estudios sobre las tareas de cuidados y su vínculo con la desigualdad en México y las implicaciones para políticas laborales que favorecen la conciliación de la vida laboral y familiar de las personas.

Toda esta información nos permite estar hoy en posición de saber al menos cuatro cosas cruciales sobre el problema de cuidados en nuestro país. Ahora que iniciarán las campañas electorales y que pronto habrá nuevos gobiernos y legislaturas, esta evidencia podrá ayudar a que la conversación sobre cuidados avance hacia la construcción de alternativas que se hagan cargo efectivamente de la gravedad y complejidad del problema.

Sabemos que cada vez somos más quienes necesitamos cuidados, y que los necesitamos con mayor intensidad.

En México, alrededor de 44 % de la población requiere cuidados.1 Esta cifra será mayor en los siguientes años, por varias razones. En primer lugar, viviremos más: en 2023 la expectativa de vida promedio era de 75.3 años, y se anticipa que será de 80.1 años en 2050. Una segunda razón es que nuestra sociedad está envejeciendo: se espera que en 2060 la población de 65 años y más supere en volumen a todos los demás grupos etarios. Seremos una sociedad principalmente de personas mayores, que viven más, pero en condiciones de salud deficientes. Según los datos más recientes de la ENASEM, la mayor parte de esta población considera su estado de salud de regular a malo: 57.7 % para hombres y 65.9 % para mujeres. Pero mientras que la población de personas mayores aumentará la demanda de cuidados de las familias, también permanece en los hogares un grupo de la población de niñas, niños y adolescentes (NNA) y personas con discapacidad o dependencia, que simultáneamente requieren cuidados: 35.7 millones y 5.6 millones, respectivamente. Esto significa que las cargas de cuidado se acumulan: las estimaciones más recientes indican que en América Latina y el Caribe, 58.4 % de las personas nacidas en 1970 pasarán aproximadamente 4.4 años cuidando simultáneamente a sus padres (personas mayores) y a sus hijos o hijas.2

Sabemos que, para quienes tradicionalmente cuidan, cuidar ha dejado de ser su única responsabilidad.

Las estructuras de los hogares se están modificando. Las familias son cada vez más pequeñas debido a la disminución de las tasas de fecundidad (de 2.8 en el 2000 a 1.9 en 2024). Las mujeres, quienes tradicionalmente han asumido las tareas de cuidado en los hogares, participan cada vez más en el mercado laboral: 35.7 % a inicios de los noventa a 49.7 % en 2022.3 En muchas ocasiones, su participación en el mercado laboral ha sido producto de la liberación femenina, pero en otras tantas, las mujeres trabajan porque no tienen otra opción: 36 % de los hogares monomarentales en México se encontraban en situación de pobreza en 2020.

Sabemos que, aun así, quienes prestan los cuidados son principalmente mujeres en el hogar.

En México, las mujeres dedican más del doble de tiempo que los hombres al trabajo de cuidados no remunerado. En promedio, los hombres dedican 15.2 horas a la semana, mientras que las mujeres 39.7 horas. Esto equivale a una jornada laboral completa, que es asumida por las mujeres, independientemente de que además tengan un trabajo remunerado. Trabajar dobles (o triples) jornadas no sólo ha generado una patología clínica denominada “Síndrome del cuidador”4 en las mujeres cuidadoras, sino que supone grandes obstáculos para su desarrollo profesional. La brecha salarial entre hombres y mujeres es, en gran medida, producto del llamado “efecto de la maternidad” en el que los salarios de las mujeres sufren por salir del mercado laboral, reducir sus horas de trabajo remunerado, o transitar a empleos con mayor flexibilidad tras el nacimiento de una hija o hijo.5 Esto afecta particularmente a las trabajadoras de bajos ingresos.6 No sólo eso, cuando las mujeres regresan (si es que salieron) al mercado laboral suelen hacerlo a trabajos precarios, sin prestaciones laborales ni salarios adecuados.

Sabemos que esto ocurre en parte por omisiones del Estado

¿Por qué las mujeres aceptan trabajos tan precarios? Son estos trabajos los que les dan flexibilidad de tiempo para poder asumir las tareas de cuidado, que nadie más asume dentro de su hogar, pero tampoco fuera de él. Y el Estado, con sus omisiones y con sus mensajes explícitos, refuerza la idea de que los cuidados se prestan en el hogar y que son las mujeres quienes los deben prestar.

Esto se refleja en que existe una oferta muy limitada de servicios de cuidado, especialmente para personas con discapacidad y personas mayores con dependencia. Pero más importante, esta oferta no es accesible para todos los hogares por igual. En México, poco más de la mitad de la población (50.2 %) carece de seguridad social. Entre otras cosas, eso significa que no puede acceder a los servicios de salud, pero tampoco a las guarderías o centros de día para personas mayores del IMSS o del ISSSTE. Además, con la desaparición de las Estancias Infantiles y de las Escuelas de Tiempo Completo, la posibilidad de tener una alternativa de cuidado para las personas que trabajan en la informalidad prácticamente dejó de existir.

Una oportunidad que no debe desperdiciarse

Evidentemente, no basta con caracterizar el problema, es necesario diseñar intervenciones desde el Estado para atenderlo: servicios públicos, programas, regulaciones e inspecciones. Todo esto implica más gasto público. Afortunadamente, existe ya también información al respecto. En 2021, como parte del estudio preparado por el Grupo de Trabajo para la Transición Hacendaria de la Cámara de Diputados, se hizo un análisis de los requerimientos de gasto para ampliar la cobertura de la oferta de cuidados existente, mejorar su calidad y construir nuevas intervenciones. Por otra parte, ONU-Mujeres ha desarrollado metodologías y simuladores para estimar los costos e impactos económicos de la implementación de servicios de cuidados, y el BID publicó en 2019 el costo de un sistema de apoyo para personas mayores con dependencia en México, así como un simulador de costos de sistemas de atención a la dependencia, que permite hacer los cálculos a partir de datos de encuestas oficiales.

Este progreso indica que no necesitamos mucha más información para diseñar soluciones a este problema, pero también nos hace conscientes de su complejidad. La crisis de los cuidados responde a muchas causas, y se experimenta de manera distinta en cada familia, dependiendo de su nivel de ingresos, estatus laboral, lugar de residencia y estructura del hogar. Por ello, no basta con lanzar programas con baja cobertura o servicios de baja calidad, desarticulados y que sólo den soluciones parciales.

Estamos en un momento coyuntural que supone una ventana de oportunidad para dar una solución integral a la crisis de los cuidados. Tenemos información, el tema es parte de la agenda política en México y en la región, y los organismos internacionales y la sociedad civil organizada han logrado articular una demanda común. Sin embargo, esta oportunidad implica también un riesgo. En aras de “contribuir” a la solución de la crisis de los cuidados, existe la tentación de pintar cualquier política como una de cuidados. Existen ya programas que terminan reproduciendo las desigualdades actuales. Por ejemplo, programas de transferencias monetarias para las mujeres que buscan “reconocer su labor de cuidadoras” pero que, indirectamente, continúan reproduciendo la idea de que los cuidados deben ser responsabilidad de la familia y, dentro de ella, recaer en la mujer.

Seguimos hablando de cuidados porque, aunque hay un consenso sobre la necesidad de atender esta crisis, el reto sigue vigente. Para alejarnos de “soluciones” superficiales, tenemos que convertir esa demanda en políticas concretas, que atiendan de manera integral las necesidades diferenciadas de una población (que requiere y presta cuidados) muy desigual. Tras avanzar en el reconocimiento de los derechos y construir los consensos políticos, es crucial completar la tarea con soluciones bien diseñadas, implementables desde las capacidades administrativas del Estado mexicano y que correspondan con las características de un problema en evolución.

 

Cynthia L. Michel
Candidata a doctora por la Hertie School

Guillermo M. Cejudo
Profesor de la División de Administración Pública del CIDE y editor de Pacto federal

Adriana Oseguera Gamba
Maestra en Política Social Comparada por la Universidad de Oxford y en Evaluación de Política Social por Rice University


1 Se consideran dentro de este grupo a las personas con discapacidad o dependencia por algún problema o condición mental, infantes de 0 a 5 años, niñas, niños y adolescentes de 6 a 17 años, y personas de 60 años y más.

2 Alburez-Gutierrez, D. Mason, C. y Zagheni, E., “The ‘Sandwich Generation’ Revisited: Global Demographic Drivers of Care Time Demands”, Population and Development Review, 47, 2021, pp. 997-1023.

3 No obstante, aunque la participación de las mujeres en la fuerza laboral ha aumentado, aún está por debajo del promedio de 56.9 % en América Latina.

4 Este síndrome se caracteriza por “la presencia de estrés, ansiedad, depresión, irritabilidad, insomnio, dificultad de concentración, apatía, pérdida de apetito, cefalea, o abuso de sustancias nocivas, entre otros. Estas personas tienen sentimiento de culpa, dejan de lado sus actividades de ocio y diversión, así como a sus amigos, para dedicarse plenamente a la tarea del cuidado; manifiestan también tristeza y tensión ambiental, son incapaces de relajarse y pueden presentar un aislamiento social y sentimiento de soledad”.

5 Bertrand, Marianne, Claudia Goldin, y Lawrence F. Katz,“Dynamics of the Gender Gap for Young Professionals in the Financial and Corporate Sectors”, American Economic Journal: Applied Economics, 2 (3), 2010, pp. 228-55; Goldin, Claudia, “A Grand Gender Convergence: Its Last Chapter”, American Economic Review, 104 (4), 2014, pp. 1091-1119

6 Aguilar-Gomez, Sandra, Arceo-Gomez, Eva y De la Cruz Toledo, Elia, “Inside the black box of child penalties: Unpaid work and household structure”, 2020