La valentía es una virtud política. De eso no tengo duda. Aunque, como toda virtud, también tiene sus opacidades. ¿De qué hablamos cuando hablamos de valentía y cómo se vuelve ésta una virtud política? ¿Cuándo, a pesar de su promesa, la valentía se vuelca en contra de la política? Mi hipótesis es que algo tiene que ver con poder diferenciar los riesgos inherentes a la política de los héroes que toman esos riesgos.
Dada mi educación, contexto y las etimologías de nuestro idioma, mi primera referencia cuando pienso en conceptos y política es la Antigua Grecia. Según las interpretaciones más convencionales de las prácticas de la época, para estos griegos la política era una actividad reservada para los ciudadanos no-esclavizados. Uno de los valores más importantes para ejercerla era lo que ellos llamaban andreia, vocablo derivado de andros —“hombre”— que normalmente es traducido como “valentía” o “coraje”, pero que literalmente significa “virilidad”. Para los griegos clásicos, la política era la actividad donde las personas contendían, discutían y decidían colectivamente la dirección de la polis, la ciudad-estado. No me parece una definición reprehensible de política —de hecho, me gusta bastante para pensar también la actividad contemporánea— pero, ¿qué hacemos con el valor de andreia, tan central para la política entendida en este sentido y al mismo tiempo tan excluyente?
En mi experiencia, entender la valentía como un valor que dota de virilidad es contraproducente para la política. En sus varias manifestaciones, una valentía ineludiblemente asociada con lo viril reduce el espacio tanto de la comunicación como de la acción: limita quiénes pueden participar en la política, y ultimadamente, las posibilidades que ésta permite para la dirección que le damos a las poleis que habitamos. Por los minutos que me leen, permítame llamarle a las poleis que habitamos“mundos temporalmente arrendados”. No hablemos entonces de una polis como un “estado”, sino como esos mundos.
En este ensayo me interesa lograr dos cosas. Primero, quiero hacer una invitación a desmenuzar la tríada de conceptos contenidos en el valor de andreia (coraje-virilidad-política) para reevaluar lo que implicaría un coraje no-viril. Al ver estos términos juntos como una sola y hermética idea, privilegiamos el acceso de una clase de personas a la política. Además, como explicaré más adelante, esta triada no solamente es excluyente de ciertas poblaciones: incluso si una mujer o alguien que careciera de ciudadanía pudiesen encarnar el valor e incluirse en la política a través de éste, el valor en sí conllevaría otros problemas en cuanto a cómo se contiende la dirección de los mundos que habitamos.Por ello, mi segundo objetivo es ofrecer una fórmula distinta de valentía y política. Para hacerlo, por un lado, pienso reunir distintas críticas al lugar de la triada coraje-virilidad-política de algunas pensadoras políticas. Por el otro, quisiera adentrarme en las contradicciones que ilustra el personaje de la escritora, revolucionaria y bailarina mexicana Nellie Campobello.
Que quede clara mi agenda desde el principio. Aunque a veces parezca imposible pensar la política revolucionaria (y el espacio del coraje dentro de ésta) sin la figura del hombre valeroso, epitomizado en el héroe, el hecho es que no es así. Hay un elemento que creo es decisivo para la visión alternativa de valentía que ofrezco aquí y con la que invito a que pensemos: su enfoque no es el héroe, sus victorias y sus errores.1 Más bien, la valentía puede verse como una virtud sin reflectores, compuesta por la necesidad de tomar el riesgo de la incertidumbre de la acción política y el compromiso para cuidar la vulnerabilidad de los mundos arrendados que habitamos, tanto en sus formas materiales (el planeta, la vida biológica, los espacios donde nos movemos) como en sus formas sociales (los vínculos con otros, presentes, pasados y futuros).

Ilustración: Víctor Solís
De héroes y cómplices
Los diferentes movimientos revolucionarios anticoloniales de los años sesenta nos ofrecen ejemplos de la complejidad de un concepto de valentía revolucionaria constreñido por el de virilidad. Pasadas aquellas revoluciones anticoloniales, la historiadora, politóloga y activista Françoise Vergès escribió De monstruos y revolucionarios (Duke University Press, 1999). El libro principalmente se enfoca en las dinámicas e historia poscolonial de la Isla de Réunion, donde la autora creció. Vergès plantea preguntas importantes: ¿por qué las y los luchadores anticoloniales buscaron la integración con Francia después de la descolonización (abrazando los principios franceses republicanos dentro de su lucha por la emancipación) en lugar de buscar una mayor independencia? Como narra Vergès, cuando ella era más joven, compartía la idea de la necesidad de la ruptura total con la metrópoli colonial para poder conseguir una identidad “pura” y lograr deshacerse de los elementos más avergonzantes y alienantes de la colonización. Sin embargo, al analizar la situación de Reunión, y bajo la influencia de Frantz Fanon, Albert Memmi y Aimé Césaire, Vergès cambia su visión y deja de buscar la pureza. En cambio, empieza a analizar las identidades en términos de dominación colonial, incluyendo la patriarcal.
Una de los hechos que llama la atención de Vergès, y que concierne directamente a la relación entre valentía y virilidad que me preocupa, es que la gran mayoría de las personas indigentes, pobres y con problemas psiquiátricos en Réunion eran hombres. La colonización había destruido una parte integral de los hombres colonizados. Vergès está de acuerdo con el diagnóstico de Fanon: los colonizadores europeos habían “feminizado” a los hombres colonizados, al punto de que estos llegaron a somatizar la violencia que habían internalizado. Sin embargo, Vergès marca una clara distancia tanto con Fanon como con Memmi y Césaire. Dichos pensadores anticoloniales estaban convencidos de que el proyecto político de la emancipación requeriría revolucionarios viriles, heroicos, fértiles y marciales, a diferencia de las subjetividades serviles y pasivas que la colonia había construido. Para Vergès, esto es un claro desacierto. La misoginia de esta concepción de un sujeto valeroso y político no se reducía tampoco a los hombres. Como escribe la autora, muchas “mujeres fueron integradas a la narrativa de la decolonización, siempre y cuando pudiesen ser identificadas con las figuras del heroísmo”. Esta integración llevó a una política donde una “masculinidad encerrada en la disyuntiva binaria —héroe o cómplice pasivo— aprisionaba estas expresiones dentro de la virilidad”.2
Más allá de las particularidades de una sociedad que se reestructura en términos de género y sexualidad para embarcarse en la política después de la independencia, la feminista afroamericana bell hooks —quien escribe su nombre sin mayúsculas— enfatiza otras consecuencias de la absorción, asimilación y perpetuación de un concepto de valentía que implique el heroísmo viril. Casi cincuenta años después del auge del “Black Power” de Malcolm X y del “Love Power” de Martin Luther King Jr., hooks reflexiona sobre los cambios que sucedieron tras estos movimientos, así como sobre sus consecuencias en diferentes escalas. hooks nos exhorta a ver cómo los comportamientos de líderes políticos que se mostraron “duros y rudos” probablemente se convirtieron en una barrera para construir un reconocimiento público del enorme dolor y duelo por el que pasaba la comunidad afroamericana, reconocimiento que a su vez podría llevar a la reconstrucción de comunidades (mundos sociales) profundamente dañadas.3
Tanto en las observaciones de Vergès como en las de hooks, sobresale una preocupación con las formas en las que la política revolucionaria recae y se trunca cuando el coraje es codificado dentro del régimen de la hombría. Creo que esto puede ampliarse a la política en términos más generales, dado que pareciera que, cuando la valentía es hombría, lo primero que muere, intencionalmente o no, es la creatividad en la búsqueda de alternativas, el cuidado y la posibilidad de encontrar un espacio fuera de la disyuntiva binaria que menciona Vergès, la cual arrincona a los actores a escoger entre el heroísmo y la complicidad.
En un ensayo inédito titulado “Los huevos responden,” Hannah Arendt trata el tema de la valentía y la complicidad desde un ángulo distinto al que tanto Vergès como hooks identifican en el coraje-virilidad de los revolucionarios que admiran, pero en quienes ven la repetición de patrones contraproducentes. Retóricamente, Arendt enmarca su ensayo con la frase atribuída a Stalin: “se necesita romper huevos para hacer un omelette”. Arendt, sin embargo, se rehúsa a asumir el ideal político del que parte Stalin: el estado como un objeto y un fin. Stalin no está solo en esta percepción, sino que lo acompañan muchos otros pensadores y actores políticos que asumen o incluso defienden que uno debe privilegiar a los males menores sobre los mayores y a los fines sobre los medios. En este contexto, Arendt habla de la valentía de disentir contra el oportunismo de desertar. Para Arendt, el caso de los desertores estadunidenses del Partido Comunista que no se levantaban a criticar el Macartismo era un claro ejemplo de oportunismo. Al morir el aura de los héroes comunistas, estos desertores tardíos simplemente se desdibujaron de la política. Arendt pone el contraejemplo de Rosa Luxemburgo y su coraje para ir en contra de la supresión de la democracia interna del partido.
A diferencia de la valentía viril y heroica, la valentía de Rosa (como muchas veces dijo prefería que le llamaran) es reconocible por su búsqueda —por encima de los bustos y los objetos, de la dureza y la rudeza— de una política que mantenga el valor de dirigir los mundos hacia una situación de menor o nula dominación, pero que también entienda que los mundos son finalmente fragmentarios y no objetos terminados.
Cartucho
Llegamos por fin a Nellie Campobello. He hablado hasta este momento sobre coraje, héroes, revolucionarios y virilidad. Escribo estas líneas en noviembre, mes de conmemoración de nuestros héroes revolucionarios. Ante la yuxtaposición de la Revolución Mexicana y sus héroes con la imagen de una artista famosa pero vulnerable y privada de su libertad (#FreeBritney), no he podido parar de pensar en Nellie Campobello: su valentía, su obra, su vida y su admiración por el gran héroe viril de la Revolución, Pancho Villa. Campobello es conocida por su narrativa de acontecimientos cotidianos e intensos durante el desarrollo de la revolución en el norte del país (donde ella nació), por su escuela de danza (que por momentos fetichizaba la pureza de “lo prehispánico”) y por el cautiverio en el que pasó el final de su vida, en manos de una exalumna y su pareja. Campobello vivió y narró la Revolución, creó un movimiento artístico nacional, generó escuelas y literatura. También retó las formas tradicionales de percepción y convivencia desde su soltería excéntrica. Terminada la Revolución estuvo involucrada en política, creando mundos. Admiró a Pancho Villa siempre, pero dejó la política revolucionaria que artistas del estilo de Diego Rivera o María Izquierdo abrazaron. ¿Fue Campobello desertora, un ejemplo de disenso o algo distinto?
Póstuma, Campobello aún habita la contradicción entre una vida de certeza, creatividad, registro histórico y sensible observación de lo fragmentario y una vida de idolatría totalizante, ingenuidad y olvido. Pero más que asentarse en los mundos que habitó, Campobello parece siempre haberlos arrendado. Me la imagino transportada por la pasión, entre la ligereza de la pluma y el cuerpo y la densidad del cartucho y la admiración. Sobre todo, me pregunto sobre su relación con la valentía: la suya, de niña; la de Villa; la suya, como mujer adulta.
Quiero pensar en Nellie y en la valentía. En su héroe, Pancho Villa, y en mis reservas frente a la idea misma del heroísmo y su lugar ambivalente en la política. La valentía es uno de los valores políticos primigenios, y debo confesar que es de los temas que más me apasionan. También de los que más se me dificultan, justamente por aquello del heroísmo. Como he escrito, para organizarse, para contradecir, para ir, para separarse, para confrontar, para quedarse y para esperar, se necesita valentía. No estoy tan segura de que lo mismo pueda decirse del heroísmo. Sin embargo, pareciera que, si bien hay modos de coraje que valen la pena reconocer, en la política el heroísmo es el que más cuenta. Aún así, como exploraba con Vergès, hooks, Arendt y Luxemburgo, creo que hay mucho más que desenterrar sobre la valentía política, incluso la revolucionaria, que lo que unos personajes viriles nos permiten establecer.
“Cartucho no dijo su nombre. No sabía coser ni pegar botones. Un día llevaron sus camisas a la casa. Fue a dar las gracias… Un día cantó algo de amor. Su voz sonaba muy bonito. Dijo que él era un cartucho por causa de una mujer”. Así empieza Campobello su crónica de la Revolución Mexicana, con un hombre no heroico, pero un poco. “El amor lo hizo un cartucho. ¿Nosotros?… Cartuchos”. Aquí Campobello, una niña todavía, nota un aspecto bellísimo de la valentía política. Primero: las cargas de género engarzadas en la acción política, en ese momento, la lucha revolucionaria. El romanticismo viril —podríamos incluso llamarle cortés— en la búsqueda de ese tipo de valentía que hace que uno pueda tomar un arma (o un sartén) para crear el objeto deseado, incluso si para hacerlo es necesario redireccionar la violencia, la fuerza. Pero, al final, Campobello incluye un “nosotros” un tanto inesperado. En esa redirección entran Campobello y sus contradicciones: la niña tímida y coqueta que observa a Cartucho desde debajo de la mesa; la mujer que no es causa, sino medio y altavoz; la idea de que los cartuchos cantan, pero quizá no contienden la dirección de los mundos. ¿Nosotros? A veces, voces valientes; a veces, huevos; a veces, cartuchos; a veces, recordatorios de lo posible. Pero no bustos heroicos.
La política es la colección de espacios de posibilidad en los mundos que arrendamos colectivamente. La idea de valentía viril desvirtúa la política, separando a los héroes no solamente de sí mismos, sino de ese “nosotros” al que señala Campobello y que creo siguió el resto de su vida. Nunca con una gran victoria potencial o un vistoso fracaso individual, la valentía (decía yo al principio) debe ser una condición para que sea posible la actividad donde las personas contienden, discuten y deciden colectivamente la dirección de sus mundos. Pero el caso de Nellie me hace dudar. En sus experiencias, en su “nosotros”, en sus héroes y en mis heroínas hay residuos de observaciones, construcciones y resistencias que retan la idea de una política meramente direccional. En esa tensión existe la valentía: virtud desvirtuada.
Tessy Schlosser
Doctorante en teoría política en la Universidad de Cornell
1 En su Poética, donde Aristóteles analiza las tramas de la tragedia griega, le llama a este momento, la hamartia, el error fatal.
2 Verges, F. Monsters and Revolutionaries: Colonial Family Romance and Métissage, Duke University Press, Durham, 1999, p. 206. Mi traducción.
3 Hooks, B. “Love as the Practice of Freedom”, Outlaw Culture: Resisting Representation Routledge, New York, 2006, pp. 245.