Premiado en la clandestinidad

 

Primero, llenaron de adjetivos a quienes cuestionaron que el Premio FIL de Literatura 2012 se hubiera concedido a un escritor sobre el que pesan varias docenas de plagios probados. Luego trataron, infructuosamente, de propalar la versión de que las acusaciones de plagio eran infundadas y que Alfredo Bryce Echenique había sido “desmultado”. Cuando la mentira fue derribada por el Indecopi, la oficina de derechos de autor de Perú, intentaron demostrar que toda obra periodística es un islote ajeno al continente en donde se halla el resto de la obra de un autor: lamentaron que los críticos no vieran más que la parte manchada en la chaqueta de un escritor extraordinario, y no prestaran atención a la otra, en donde refulgían sus cuentos, sus novelas, sus ensayos. El jurado y los organizadores del premio colectaron más tarde en el extranjero un centenar de nombres, y los estamparon en una carta que, sin presentar un solo argumento, tuvo el doble propósito de victimizar a Bryce, y de acusar a escritores, académicos, críticos literarios, analistas y periodistas procedentes de las más diversas franjas, de haber enderezado contra el novelista una campaña de violencia inédita, que atentaba contra los principios mismos de la democracia. No destinaron una sola línea de esa carta al origen verdadero de las críticas. No mencionaron, ni de paso, la palabra “plagio”: los plagios que Bryce Echenique cometió sistemáticamente durante años, robando textos íntegros de otros autores, y engañando sin pudor alguno a lectores y editores de diversos países.

Ahora, de espaldas al medio cultural –cuyo malestar encuentran, sin embargo, “respetable”–, el jurado y los organizadores adoptan la decisión de adelantar la entrega del premio: de entregarle a Bryce el galardón a escondidas, en su propia casa, para evitar que el día de inauguración de la feria pudiera convertirse en una fecha que hiciera visibles las protestas. Adoptaron la decisión de entregar uno de los reconocimientos más importantes de Hispanoamérica, y sin duda el de mayor peso en México, sin ceremonia pública ni discurso de recepción. Decidieron entregar el premio de manera vergonzante, “en lo oscurito”, como si tratara de un botín, y no de un reconocimiento literario.

El plagio atenta contra el acuerdo fundamental que el escritor y el lector han establecido en la literatura occidental. Premiar a Bryce, aunque sea a escondidas, es premiar la cancelación del empeño intelectual. Es despreciar el trabajo de imaginación en que se funda, desde siempre, el oficio de escritor. Premiarlo a domicilio, sin ofrecer otro argumento que el que asienta que el fallo del jurado es inapelable, es desdeñar “el malestar” de quienes creen en la creación literaria como un acto solitario, intransferible, es pasar por encima de los autores a los que Alfredo Bryce despojó de su trabajo, es despreciar a los lectores y editores que fueron engañados, una y otra vez, por el novelista. Es algo peor: es convertir a las autoridades culturales involucradas en el premio –de Consuelo Sáizar, presidenta del Conaculta, a Raúl Padilla, presidente de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, de Joaquín Diez-Canedo, director del Fondo de Cultura Económica, a Jorge Souza, director de Literatura de la Secretaría de Cultura de Jalisco— en solapadores, por no decir cómplices, del engaño sistemático al que quiso someternos Alfredo Bryce Echenique.

Si la decisión del jurado había sido cuestionable, la actitud de los funcionarios culturales que al guardar silencio, o encogerse de hombros ante la bochornosa situación de premiar a escondidas a un plagiario sentenciado, ha provocado un serio daño a la imagen de una de las ferias más importantes del mundo: ha enviado el perturbador mensaje de que representantes del gobierno mexicano no sólo toleran, aplauden y premian, la impunidad. La entrega del galardón, casi en condiciones de clandestinidad, revela que para las autoridades concurrentes en el premio la creación literaria puede ser también una forma de plagio servil, un acto de piratería intelectual que el Estado cultural cobija y alienta.

El premio que se entrega a domicilio a Alfredo Bryce Echenique es acaso el más costoso en la historia de la literatura: 150 mil dólares, un jurado, unos funcionarios, un escritor y un centenar de abajofirmantes son depositados de golpe en la basura. En ese mismo sitio arrojan las autoridades al lector, que por el simple hecho de ver un texto firmado creía haber establecido un pacto de confianza intelectual con los escritores.

Héctor de Mauleón. Escritor y periodista.


3 comentarios en “Premiado en la clandestinidad

  1. El que plagia roba. Quita todo lo que acompaña la labor creativa a su propio creador y el jurado de la FIL sabia de sus antecedentes. Craso error. Los editores son, en mayoria, tan culpable, porque son los que promueven y hasta condicionan sus apoyos economicos en estos eventos a cambio de aberraciones como esta.

  2. muy lamentable lo que los organizadores de FIL han demostrado con sus acciones algo nunca visto ,creo que deberìan renunciar y renovarse el jurado , por eso la familia de Juan Rulfo solicito que fuera retirado el nombre de este lo cual se cancelò desde hace varios años .

  3. Un "empate a la mexicana", como diría Sheridan: para que nadie quede conforme (y supuestamente, no quedar mal con nadie).
    Por primera vez en mucho tiempo se usa bien la palabra "vergonzante".
    ¿Qué tal si se le manda la lana al Bryce en fotocopia?

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