¿Puede alguien pensar en el Mundial?

Después de una vida profesional de gloria en las canchas y de excesos fuera de ellas, Diego Armando Maradona sintetizó su filosofía en su mítico discurso de despedida. “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”. Aludiendo a los escándalos que marcaron su trayectoria, el Diego reconocía su responsabilidad individual, pero también reivindicaba la sencillez de un deporte hermoso en su estructura y abierto en su significado. Un juego simple que cabe en un balón y dos porterías.

Como separando la realidad de lo que sucede en la cancha, se insinúa que el futbol posee un tiempo distinto, un espacio que se abre y se cierra con el silbatazo del inicio y el final. Durante noventa minutos se crea una suerte de paréntesis social. El partido funciona como una burbuja normativa y la afición olvida por un momento la ordinariez y cotidianidad de siempre.

El futbol es la posibilidad de saber que nada importa por un ratito, la distracción perfecta para aplazar preocupaciones, suspender pendientes y tensiones públicas que marcan el ritmo de los días. Por eso, para algunos, es importante que la pelota no deje de rodar. Que si el opio del pueblo, que si pan y circo, que el entretenimiento como anestesia colectiva… Poco importa el rótulo. Lo decisivo es que el juego emocione para distraernos de lo importante.

Ilustración: Víctor Solís

Traigo esta reflexión por el asesinato del líder del Cartel Jalisco Nueva Generación, el Mencho. Creo que no hace falta escribir más sobre lo sucedido. Los testimonios, reportajes, explicaciones, la normalización y la tristísima historia que vivimos en México hablan por sí solos. No es como que hayamos aprendido algo; aunque el partido político en turno cambié, la estrategia no. Las cifras aumentan, los carteles someten pueblos, municipios y voluntades, y el prefijo narco sigue moldeando nuestro lenguaje para terminar acostumbrándonos a lo que no debería ser normal.

Desde hace tiempo en este país se volvió costumbre salir con cautela, avisar que se ha llegado, tener un contacto de emergencia. Lo estándar es modificar la vida en función del peligro. Cambiar rutas, cancelar planes, posponer encuentros, ajustar horarios. Los cierres de carreteras, los bloqueos con autos quemados son parte del paisaje. Incluso el hecho de que las aerolíneas cancelen vuelos por razones de seguridad dejó de sorprender; diluyendo su responsabilidad entre protocolos, comunicados impersonales y bots automatizados que no resuelven nada.

Nuestra adaptación constante es una forma de resignación. Aprendemos a vivir a marchas forzadas, incorporando protocolos informales de supervivencia. Configuramos un país donde la excepción se vuelve regla y la violencia no paraliza del todo, sino que obliga a reajustar. Se vive a medias. “Está feo, pero no tanto”. “Estaba peor antes”. “Ahora el narco ya no se ve”. “Hay que saber dónde no meterse y con quién juntarse”. Eso somos y eso seremos, pues en el horizonte no hay un cambio que modifique dicha lógica.

Pero no a todos les parece que esté bien, hay algunos que se resisten, que no están dispuestos a medir la estabilidad por la rapidez con la que se reanuda el tránsito o se reprograma, poco a poco, la vida. Que no aceptan que la conversación pública se desplace con tanta facilidad hacia preguntas logísticas: ¿está todo bajo control?, ¿hay garantías?, ¿podemos seguir adelante?

A menudo esas voces provienen del exterior —analistas, corresponsales, personas extranjeras— o de individuos que, desde dentro, se niegan a la naturalización: excepciones dentro de la excepción. Miradas menos habituadas al sobresalto o, quizá, menos tolerantes a asumir que la violencia y la inseguridad deba administrarse como se administra en este territorio.

Y ahí el futbol vuelve a entrar en escena. El pretexto perfecto, un evento de magnitud global para que quienes no están habituados a nuestras rutinas visiten el país y experimenten una versión encapsulada, cuidadosamente resguardada, de la realidad. Una vitrina impecable, estadios blindados, corredores seguros, protocolos afinadísimos. Temor latente pero contenido por la fiesta.

El Mundial varonil de 2026, organizado por la FIFA y con sede compartida entre México, Estados Unidos y Canadá, se ha convertido en una suerte de horizonte ordenador. La pregunta que asoma tras cada episodio de violencia no es sólo qué pasó o por qué pasó, sino si esto afecta al Mundial. Como si la verdadera prueba de normalidad fuera si somos capaces de garantizar noventa minutos sin sobresaltos ante la mirada de todo el mundo.

En ese contexto, las inquietudes no quedaron en lo abstracto, pues algunas federaciones nacionales de futbol expresaron su preocupación por las condiciones de seguridad en ciertas sedes mexicanas rumbo al Mundial de 2026. Desde Europa, selecciones como las de Alemania y Portugal señalaron que seguían con atención la situación en México y que esperaban claridad sobre los dispositivos previstos para proteger a equipos y aficionados, subrayando que cualquier decisión logística futura se tomaría con base en evaluaciones de riesgo actualizadas.

En América Latina, la selección de Bolivia solicitó a la FIFA reforzar medidas de seguridad en sus compromisos programados en territorio mexicano. Incluso en el Caribe, voces vinculadas a la selección de Jamaica expresaron inquietud en el marco de partidos disputados en México. Antes que declaraciones incendiarias, fueron, más bien, expresiones de prudencia, una reacción natural de quienes no viven inmersos en esta normalización cotidiana de la violencia.

La respuesta institucional fue inmediata. El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, expresó su confianza en la capacidad organizativa y en las condiciones de seguridad de las sedes mexicanas, descartando riesgos estructurales para la celebración del torneo. También la presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que México cuenta con las condiciones óptimas para garantizar el desarrollo del Mundial y la protección de selecciones y visitantes. No es que el show deba continuar, es que el show es el Mundial. El espectáculo mismo se vuelve argumento, demostración de normalidad, certificado de gobernabilidad. Si el torneo se juega sin sobresaltos, entonces todo está bajo control, la pelota no se mancha.

La trampa está en reducir la idea de normalidad a la capacidad de blindar una fiesta y no a la idea de vivir sin violencia. La falacia en la frase de Maradona es creer que el juego puede aislarse por completo de su entorno. La pelota, en sí misma, quizá no se manche; pero el contexto que la rodea sí la alcanza.

Cuando el espectáculo se convierte en excusa y la emoción sustituye la crítica, el problema es que dejamos de exigir lo que importa. Y el futbol, como bien se dice, claro que es importante, pero sólo dentro de lo menos importante. 

Juan Jesús Garza Onofre

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor de filosofía del Derecho del ITAM

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Vida pública

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *