El estallido de hostilidades contra la República Islámica de Irán en 2026 representa no sólo un fracaso de la diplomacia, sino una transición en la estrategia bélica del eje Washington-Tel Aviv hacia formas más agresivas y sofisticadas de conflicto, aunque con objetivos distintos. En el caso de Donald Trump, el asesinato de Alí Jamenei es un trofeo más para su escaparate –junto con Yahya Sinwar, Hassan Nasrallah, Ismail Haniyeh, Nicolás Maduro y el Mencho. Tiene el objetivo de venderle a su base social la eficacia de su estrategia de seguridad ante un mundo en llamas y, al mismo tiempo, colocarle en una mejor posición para las elecciones de noviembre de 2026. Por otro lado, los objetivos de Israel se orientan hacia alterar la estructura de poder en Teherán y, si es posible, sentar las bases para un escenario de inestabilidad que no sólo comprometa al régimen actual, sino a la estructura completa del Estado iraní.
Con la guerra de hoy y el asesinato de Alí Jamenei, aunque Trump podría declarar una victoria mediática, el gobierno de ultraderecha en Israel no está satisfecho pues sabe que cualquier colapso del núcleo jurídico-religioso en Irán significa la entrada completa del ejército en la toma del poder. De hecho, la Guardia Revolucionaria ha desempeñado un gran papel en las estructuras del Estado iraní desde el final de la guerra Irán-Irak y hoy en día representan “la alternativa inmediata” en caso de un colapso del núcleo dirigido por Jamenei. En otras palabras, Israel sabe que cualquier idea de “cambio de régimen” no es suficiente para sus ambiciones regionales en el Medio Oriente ya que lo que sigue después del “jameneísmo” no es un gobierno alternativo débil y sometido como el gobierno sirio post-assadista, sino una Guardia Revolucionaria que sería mucho más realista en la toma de decisiones de defensa, política exterior, política balística y, por supuesto, programa nuclear.
La verdadera preocupación en Medio Oriente es que Tel Aviv intentará arrastrar (aún más) a Trump a un escenario donde el objetivo sea de carácter maximalista. En el que se comprometa a todo el aparato estratégico del Estado, incluida la Guardia Revolucionaria, con el plan de originar caos en toda la nación (como en Irak, Siria, Libia, Yemen y Líbano), dotando de armas a movimientos separatistas, contratando mercenarios y usando toda una red de espionaje. Una evidencia de esta intención la presentó el embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, quien comentó en una entrevista con Tucker Carlson la semana pasada que “sería aceptable que Israel tomara control de una vasta extensión de Medio Oriente” basándose en interpretaciones bíblicas.
Por tal motivo los objetivos de Trump y Netanyahu, aunque coordinados en esta guerra, no son los mismos. A mayor profundidad militar estadunidense en Irán entonces mayores serán los esfuerzos para el poder militar de Estados Unidos. Por ejemplo, se sabe que durante la guerra de los doce días las salvas masivas de misiles iraníes redujeron las existencias de interceptores estadunidenses (THAAD) en cuestión de semanas, dejando a Israel expuesto. De hecho, el Centro de Estudios Internacionales Estratégicos de Washington ha declarado que el stock actual de estos interceptores se encuentra en un nivel crítico de mínimos históricos cuando Estados Unidos disparó más de 150 interceptores para defender a Israel, consumiendo aproximadamente el 25 % del arsenal total de estos artefactos. El sistema THAAD fue responsable de casi la mitad de las interceptaciones exitosas contra Israel porque el sistema israelí Arrow operaba con una capacidad insuficiente para el volumen de fuego recibido.

Hasta la fecha, el Pentágono ha financiado la adquisición de 646 interceptores en total, pero no todos han sido entregados y la tasa de reposición es lenta pues tienen que probarse antes de ser reingresados al stock. Hoy en día, a pesar de la escasez, Washington mantiene al menos una batería THAAD activa en Israel (con aproximadamente 48 interceptores listos para disparar) para proteger activos estratégicos ante las crecientes tensiones, creando un riesgo de empantanamiento considerando otros escenarios a evaluar como Taiwán y el potencial chino.
Sobra decir que la guerra se pudo prever. Apenas unas horas antes del estallido de la violencia, el Ministro de Exteriores de Omán, Sayyid Badr bin Hamad Al Busaidi, reveló que Irán había manifestado el compromiso de paralizar la acumulación de uranio enriquecido y diluir sus reservas existentes dentro de Teherán. Desde una perspectiva técnica este compromiso era de una magnitud considerable, ya que habría obligado a Irán a reiniciar desde cero cualquier intento de utilizar material nuclear para fines militares.
Ahora, la guerra contra Irán se ha implementado a pesar de la baja legitimidad entre la ciudadanía estadunidense. Una encuesta reciente de YouGov y The Economist sugiere que sólo el 27 % del público estadunidense apoya que Estados Unidos utilice la fuerza militar contra Irán. Otra encuesta realizada por la Universidad de Maryland registró una aprobación aún menor: 21 %. Aun así, en esta operación Estados Unidos ha golpeado ya casi 30 objetivos, incluyendo instalaciones de inteligencia, residencias de líderes como el ministro de Defensa iraní, Amir Nasirzadeh, y del comandante de la Guardia Revolucionaria, Mohammed Pakpour y, de manera crucial, la oficina del Líder Supremo, Alí Jamenei cuyo deceso ha sido confirmado por la televisión estatal de Irán.
Según los artículos 107 y 111 de la Constitución de Irán, si el Líder Supremo muere, renuncia o es considerado incapaz de ejercer su cargo, la Asamblea de Expertos es responsable de seleccionar un nuevo líder. Mientras eso sucede las funciones de liderazgo las desempeña un consejo temporal formado por el Presidente (Pezeshkian), el Jefe del Poder Judicial (Mohseni Ejei) y un jurista del Consejo de Guardianes elegido por el Consejo de Conveniencia. Esto significa que, incluso sin Alí Jamenei, el sistema iraní puede seguir operando líneas de mando para tomar decisiones cruciales en vísperas de una guerra de mediana o larga duración, sobre todo si se considera la postura maximalista israelí.
Al momento, la respuesta iraní hacia Israel y blancos estadunidenses en Baréin, Dubai, Arabia Saudí y Abu Dhabi, ha demostrado una rapidez inusual en su capacidad de represalia. Lo que implica que Irán sigue operando con instrucciones de mantener fuego continuo durante varios días.
A 48 horas de la escalada, Irán reporta 201 muertos incluyendo más de 100 personas en la escuela primaria de niñas Shajareh Tayyebeh, en el sur del país. Si el gobierno iraní se mantiene coordinado, es posible que opte por la estrategia de enfrentar a Israel y alargar la guerra por semanas o meses para afectar la legitimidad de Trump rumbo a las elecciones de noviembre de 2026, siempre considerando el nivel e intensidad de los ataques. No obstante, hay un riesgo real de que la región se sumerja en una guerra larga y costosa. Después de todo, mientras Israel busca el dominio regional por medio de la fragmentación de Irán y una posible guerra civil, Teherán ha dejado claro que buscará prolongar el conflicto esperando que los países árabes del CCG tomen un camino similar al de Omán con base en la mediación y la desescalada y no al de Emiratos Árabes Unidos que ha coordinado con Israel múltiples políticas de fragmentación territorial en Palestina y Yemen.
Así, el ataque contra Irán de 2026 está marcando el inicio de una era de incertidumbre donde la guerra no se libra sólo con misiles, sino también por medio de guerra psicológica dada la propaganda de todas las partes en conflicto. En especial, ahora la mirada está puesta en la sociedad iraní y en las formas en que se posicionaran aquellos colectivos universitarios, sindicatos y otras asociaciones históricamente críticas del Estado. Los anuncios sobre el intento de asesinato de figuras como Mir Hussein Mousaví, líder reformista que lideró protestas importantes en Irán en 2009, en los primeros bombardeos en Teherán, intuyen una operación que va más allá del gobierno principalista de Alí Jamenei y que se puede extender a cualquier actor crítico de las políticas israelíes en la región con independencia de su relación con el gobierno actual.
Históricamente la injerencia extranjera suele unir a los iraníes a pesar de su diversidad política. Un ataque de figuras como Trump y Netanyahu, después de lo hecho contra el pueblo de Gaza, debe recordarles no sólo a ellos, sino a todos, de dónde vienen las bombas.
Moises Garduño García
Profesor de estudios sobre Medio Oriente en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Su libro más reciente es Historia mínima de Irán moderno, El Colegio de México, 2025.