En un video múltiples veces compartido en redes sociales, se observa al actual gobernador de Florida, Ron DeSantis, cometer un acto de acoso contra un grupo de estudiantes de secundaria. A micrófonos abiertos los critica por llevar mascarillas durante su encuentro y les pide dejar de postergar esa ridícula situación. Esto sucedió después de que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) actualizaran sus guías para la prevención de covid-19.

Las recomendaciones sobre mascarillas, vacunas y ventilación ahora se emiten de acuerdo con los niveles comunitarios, determinados por los siguientes parámetros: hospitalizaciones nuevas por covid-19, porcentaje de ocupación de camas y cantidad total de casos por cada 100 000 habitantes en los últimos siete días. Las personas deben revisar el color de su localidad para saber cuáles son las medidas a seguir respecto a la pandemia; se trata de un sistema tipo semáforo que utiliza los colores naranja, amarillo y verde para alertar a la población. Este modelo ha ganado adeptos por su aparente sencillez.
El cambio principal es que ahora las estrategias de mitigación no se dictan sólo con base en la transmisión comunitaria del virus, sino que agregan el nivel de ocupación hospitalaria. Con este enfoque, se ha dado luz verde para que más del 60 % de la población americana deje de usar mascarillas. Esto sucedió al tiempo que Estados Unidos reportaba casi 50 000 casos diarios (4 de marzo, New York Times), y en un momento en que las pruebas rápidas se utilizan mucho más y no forman parte de los números oficiales. De acuerdo con el análisis de Eric Topol, la cifra representa más del triple del nivel de casos nuevos por covid que el de junio de 2021.
De acuerdo con Julia Raifman, antes, una tasa de casos de coronavirus de 50 por 100 000 habitantes era suficiente para recomendar el uso de mascarillas en espacios interiores. Ahora, la tasa de casos debe ser cuatro veces más alta para que la recomendación entre en vigor.
La elección de nuevos indicadores que guíen o reflejen el estado actual de la pandemia ha sido justificada, en parte, por las herramientas con las que hoy se cuenta para su manejo, como lo son las vacunas y los fármacos antivirales. En enero se anunciaba que Pfizer estaría entregando un total de 20 millones de cursos de tratamiento de Paxlovid al gobierno de Estados Unidos. También se ordenó la compra de 1.7 millones de dosis de Evusheld, el anticuerpo monoclonal de AstraZeneca que reduce el riesgo de enfermar de covid.
A medida que las cifras diarias de casos nuevos disminuyen, y la presión sobre el sistema de salud se libera, la idea del regreso a la normalidad prevalece. La protección que brinda la tercera dosis de refuerzo de la vacuna Pfizer para enfermedad severa y muerte se calcula en 90 y 95 % respectivamente. Algunos expertos consideran que en poblaciones altamente vacunadas y con niveles de transmisión comunitaria baja es adecuado avanzar hacia el uso opcional de mascarillas. Otros más, sólo estarían dispuestos a no usarlas si la tasa de casos es de 1 a 5 por 100 000 habitantes.
La relajación de medidas preventivas ha sido respaldada, al menos momentáneamente, por un plan de contingencia de la administración de Biden. Este plan propone aumentar la vigilancia genómica y de aguas residuales, luchar contra la desinformación, implementar una estrategia que permita hacer uso de pruebas rápidas y distribuir antivirales específicos para covid-19 en farmacias locales, apoyar la investigación de covid persistente y priorizar el desarrollo de una vacuna que proteja contra todos los coronavirus. La creación de una agencia especializada en mejorar la ventilación de los espacios interiores es otro de los puntos más destacados. En el momento en que otros países consideran replicar la directriz tomada por Estados Unidos, cabe cuestionar: ¿qué estrategias se están implementando para respaldar una nueva política de salud pública?
El entusiasmo generado por la reducción de medidas no ha sido compartido por todos. Muchos profesionales de la salud han manifestado la idea de que los CDC debieron haber esperado a modificar sus guías una vez que toda la población infantil fuera elegible para vacunación. Los nuevos lineamientos dejan en una posición vulnerable a los más de 19 millones de niños menores de cinco años, así como a sus cuidadores. En México, los menores de 15 años siguen sin poder recibir vacunas, a excepción de aquellos mayores de 12 años con comorbilidades.
En Estados Unidos, más de 7000 niños han desarrollado el Síndrome Inflamatorio Multisistémico Pediátrico (MIS-C). A la hora de analizar el bienestar de los niños, hay muchas variables que deben ser tomadas en cuenta: un estudio reciente estima que, hasta octubre de 2021, más de cinco millones de niños en el mundo habían perdido a su cuidador principal a causa de la pandemia.
También en desventaja han quedado los siete millones de estadunidenses que tienen alguna enfermedad o toman algún medicamento que los inmunodeprime. Ed Yong ha hecho un trabajo impresionante para visibilizar la situación de los pacientes inmunocomprometidos. Muchos de estos pacientes no desarrollan una respuesta inmune adecuada, a pesar de haber recibido esquemas completos de vacunación; es decir, no generan anticuerpos que los protejan. Los pacientes que han recibido un trasplante de órganos tienen 485 veces más probabilidades de enfermar de gravedad. Entre los vulnerables se incluyen millones de ciudadanos estadunidenses que, por diferentes motivos, no han sido vacunados. En México, el porcentaje de personas con un esquema completo de vacunación se reporta en 61 %.
Por último, en la actualización de los CDC no se considera el riesgo de padecer covid persistente, una condición debilitante que hoy afecta a millones de personas en el mundo y cuyas secuelas se siguen enumerando. Un estudio reciente, publicado en Nature, describe que la infección por SARS-CoV-2 se asocia a cambios en la estructura cerebral y a deterioro cognitivo, sin que sepamos hasta el momento si esto puede ser reversible. De acuerdo con un reportaje de Johns Hopkins, un estudio del Dr. Ziyad Al-Aly revela que la gente que ha sufrido un cuadro de covid-19 tiene mayor riesgo de padecer problemas cardiovasculares como infartos, accidentes cerebrovasculares, arritmias y coágulos sanguíneos en las piernas o en los pulmones hasta un año después de la infección inicial. Esto se observó aun en pacientes que cursaron con una infección leve.
Reino Unido ha reportado que el 2.4 % de su población sufre covid persistente. Por otro lado, los niños no están exentos de padecerlo. Un metaanálisis mostró que uno de cada cuatro niños y adolescentes infectados desarrolla esta condición, siendo los cambios en el estado de ánimo, la fatiga y los trastornos del sueño los síntomas más comunes.
Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud, ha expresado: “A la OMS le preocupa que varios países estén reduciendo drásticamente las pruebas. Esto inhibe nuestra capacidad de ver dónde está el virus, cómo se está propagando y evolucionando. Las pruebas siguen siendo una herramienta vital en nuestra lucha contra la pandemia, como parte de una estrategia integral”. Además, llama a no bajar la guardia.
La inmunidad creada por ómicron en muchas partes del mundo y el aumento en el número de personas vacunadas ha llevado a algunos expertos a considerar que la OMS podría no estar muy lejos de anunciar que la fase pandémica ha terminado. Sin embargo, hay varios puntos que pueden retrasar el regreso a la normalidad: uno, la aparición de nuevas variantes de preocupación que evadan la protección que otorgan tanto las vacunas como la infección natural. En una publicación reciente, investigadores de Italia, Reino Unido y Alemania argumentan que la continua evolución de la estructura antigénica del virus producirá nuevas y más severas variantes; dos, la posibilidad de que el SARS-CoV-2 se establezca en poblaciones de animales salvajes y luego pueda transmitirse de nuevo a las personas, lo que ya sucedió en una granja de visones; tres, el comportamiento de la variante ómicron BA.2. Un estudio médico, aún no revisado por pares, reporta que las reinfecciones con ómicron BA.2 son posibles en personas que ya han superado la infección causada por ómicron BA.1, lo que hace resurgir la pregunta sobre la duración de la inmunidad tras una infección. Los casos atribuidos a esta variante altamente contagiosa se han estado duplicando en Canadá; lo mismo ha sucedido en algunos países de Europa. En los últimos días, los sistemas de vigilancia de aguas residuales de Estados Unidos han reportado un incremento del virus cercano al 1000 % en el 37 % de los sitios muestreados, lo que llevará a un reajuste en las medidas de contención en los próximos días.
Hay una realidad innegable. Hoy el mundo avanza con 18 millones de personas menos que antes del inicio de la pandemia. Ashish K. Jha, quien dirige la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Brown, comenta: “Cuando las instituciones publican recomendaciones que la gente no sigue, eso socava su credibilidad”. Quizá por eso, hoy el enfoque que se le da a la pandemia ha pasado del bien común a la acción individual. “Tu salud está en tus manos”, ha dicho Rochelle Walensky, directora de los CDC. La decisión de vacunarse y usar mascarillas es ahora un asunto personal, íntimo. De cierto modo, las instituciones, o los gobiernos, se han olvidado de su función como vigilantes de la salud pública.
La suspensión prematura de las medidas preventivas puede resultar en más muertes y discapacidad a largo plazo, en niños y adultos. Es una falacia pensar que las acciones individuales nos guiarán hacia la salida. Pasa lo mismo con el cambio climático.
El tipo de futuro que nos espera depende de cómo nos preparemos para enfrentar nuevas olas y variantes. Debemos asegurar vacunas para toda la población, promover el uso de mascarillas de alta eficiencia cuando esté indicado, anticipar la adquisición de fármacos antivirales, crear y promover estrategias de ventilación que beneficien a la brevedad a los espacios con alta exposición a aire compartido como escuelas, hospitales, oficinas, transporte público, cárceles.
Según el informe del Instituto de Ciencias de la Salud Global de San Francisco, en México los casos y las muertes se han concentrado desproporcionadamente en los municipios con mayores niveles de marginación socioeconómica. Ed Yong escribe: los viejos, los más enfermos, los pobres, los afroamericanos y los latinos. Los muertos por covid fueron tratados tan marginalmente en la muerte como fueron tratados en vida. Ha sido una lección dura de aprender: si no hay atención y vacunas para todos, la pandemia no se acaba. No podemos avanzar dejando a otros en el camino. La decisión de iniciar o terminar mandatos no debe responder a la política, sí a la salud pública.
Ana Gálvez
Médico internista por la UANL