El pasado 6 de mayo, el Movimiento Islámico de Resistencia (Hamás, por sus siglas en árabe) aceptó una propuesta de cese al fuego por iniciativa de Catar y Egipto. El documento establece la liberación de todos los cautivos israelíes en la Franja de Gaza a cambio de una cantidad determinada de palestinos detenidos por Israel. También, en una segunda etapa, se llama al retorno de “una calma sostenible” que conduzca a un alto al fuego permanente. La fase final pide la retirada total de las fuerzas israelíes y garantías mínimas para la reconstrucción de Gaza.

Después de unas horas la presión se volcó contra el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, para aceptar la propuesta que terminaría con la espiral de violencia que viven los palestinos. La presión provino de las familias de los rehenes y de las protestas sociales en Tel Aviv que piden la renuncia del primer ministro por no cumplir con los objetivos estratégicos de su guerra. Sin embargo, a unas horas del anuncio de Hamás el vocero del ejército israelí, Daniel Hagari, rechazó formalmente la propuesta de los mediadores diciendo que la iniciativa “era una trampa para evitar la derrota de Hamás” y que los ataques continuarían.
En lugar de aceptar la propuesta egipcio-catarí, Israel tomó el control del lado palestino de la frontera con Egipto, en Rafah. Lanzó algunos bombardeos al este de la zona y evitó la entrada de ayuda humanitaria. Al mismo tiempo, envió a una delegación a El Cairo a revisar la idea de los mediadores, mientras recibía al director de la CIA, William Burns, quien trabajó directamente con Catar y Egipto en la elaboración del documento. William Burns no está de acuerdo en que Netanyahu ordene nuevas matanzas ante los ojos de miles de estudiantes que han tomado las universidades más importantes de la Unión Americana, por lo que le recordó al primer ministro israelí las consecuencias de cometer un error estratégico en Rafah: la suspensión temporal del envío de armas a Israel, esto según lo anunciado por el secretario de Defensa estadounidense, Lloyd Austin.
Esta situación da pie a posibles catástrofes en caso de no llegar a un acuerdo formal. En primer lugar, está el riesgo de presenciar nuevas masacres contra un millón y medio de personas que se encuentran en Rafah. Cualquier idea que describa la magnitud de este escenario queda limitada. Incluso la palabra “genocidio” puede no ser suficiente para describir la situación en que se encuentran en estos momentos familias enteras que no tienen un lugar a donde ir. Mientras se reserva el derecho a continuar las operaciones militares en Gaza —porque de eso depende el futuro político de Benjamín Netanyahu—, Israel ofrece “una intervención limitada” para venderle al mundo la necesidad del ataque. Pero, en las circunstancias descritas, ¿qué se puede esperar de una “intervención limitada” contra una zona de 64 km2 donde hay 1.5 millones de personas? ¿Qué significa la limitación en casos como éste?
En segundo lugar, es probable que se agudice el movimiento estudiantil en favor de Gaza. El movimiento estudiantil a nivel global ha hecho de Gaza su propio Vietnam y es probable que crezca si Israel decide ir a la ofensiva. Las fuerzas sociales en el mundo apoyan el movimiento de Boicot, desinversión y sanciones (BDS), piden sanciones a Israel y muchos otros exigen cortar relaciones diplomáticas como lo ha hecho Colombia. Un error de cálculo de Netanyahu contra Rafah podría acelerar las protestas sociales en Occidente y en los Estados árabes, replicando espirales de violencia y represión. Aunque es visible el esfuerzo estudiantil en Estados Unidos, Inglaterra y Alemania, poco se ha documentado la acampada en universidades árabes pues, más allá de Jordania y Líbano, los jóvenes propalestinos del mundo árabe siguen levantándose contra sus gobiernos para que presionen a Israel a terminar su guerra.
En tercer lugar, es muy probable que, mientras más cercano sea el asedio terrestre contra Rafah, el intercambio de fuego entre Israel y Hezbolá aumente de forma dramática. En los últimos días, la frontera de Israel con Líbano ha visto el desplazamiento de 60 000 personas del lado israelí y de 90 000 personas del lado libanés como consecuencia de ataques con drones y cohetes. Desde el 7 de octubre de 2023, Hezbolá e Israel han intercambiado al menos 5000 artefactos militares, dejando claro que cualquier escalada regional del conflicto en Gaza comenzaría justamente en Líbano.
Al escribir estas líneas en Palestina han sido asesinadas 35 000 personas de las cuales 14 000 han sido niños. Hay más de 78 000 personas heridas y se piensa en unas 8000 desaparecidas. En Cisjordania fueron asesinadas 498 personas y se hirió a 5000 más. En Israel se contabiliza la muerte de 1139 personas y Tel Aviv reporta, al menos, 8730 heridos. Ya existe la resolución 2728 del Consejo de Seguridad que llama al cese al fuego sin veto por Estados Unidos; ya tenemos el reporte de la relatora de la ONU para los territorios palestinos, Francesca Albanese, “Anatomia de un Genocidio” que concluye diciendo: “Hay motivos razonables para creer que se ha alcanzado el umbral que indica la comisión de genocidio por parte de Israel en Gaza”. También están las medidas impuestas a Israel por parte de la CIJ en el contexto de la acusación formal por genocidio que hizo Sudáfrica. Hoy tenemos una propuesta concreta de cese al fuego hecha por Catar y Egipto que, al momento, Israel duda en aceptar. A pesar de todo esto, Israel defiende que el mundo es el que está equivocado y promete una victoria total contra Hamás pasando por encima a las fuerzas sociales globales, a la mitad de su población, al pensamiento estratégico de Estados Unidos y a las familias de los rehenes.
Si Israel no acepta un acuerdo formal de cese al fuego en las circunstancias actuales, la cuestión no es pensar quiénes son Netanyahu y sus aliados de la derecha, sino quiénes somos nosotros que no hemos podido parar el genocidio del siglo XXI. Sin duda, evitar el asedio a Rafah es la última oportunidad para la humanidad.
Moisés Garduño García
Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM e investigador visitante en El Colegio de México