
En el marco de la FIL Guadalajera, el CUSUR de la Universidad de Guadalajara le organizó un homenaje al profesor Manuel Atienza. Siendo uno de los teóricos del Derecho más importantes de nuestros tiempos, el catedrático de la Universidad de Alicante se jubila con la convicción de que todavía hay mucho que discutir y pensar.
A pesar de que en los últimos años se han editado varios libros y colecciones en su honor —incluida la magnífica tesis de Rafael Buzón que ofrece una visión integral de su pensamiento (La filosofía del Derecho de Manuel Atienza, Palestra, 2025)— queda claro que su obra no se agota. Su jubilación, más que un cierre, representa un cambio de escenario para seguir interviniendo en los debates fundamentales sobre el Derecho en estos tiempos tan complejos.
Por desgracia, debido a un accidente que sufrió al podar su jardín, Atienza no pudo viajar a México y la última vez que conversé con él en este espacio fue hace ocho años, en otro contexto y con otras preocupaciones. Por eso hoy vuelvo a su persona para saber qué le inquieta del presente y qué horizontes vislumbra para el futuro del Derecho y de nuestras democracias.
Juan Jesús Garza Onofre (JJGO): En su libro De senectute Bobbio escribió que “el tiempo de las personas mayores es el pasado. El tiempo del futuro es demasiado breve para que se preocupen por lo que sucederá”. Tú, que has construido una vida tan fecunda ¿cómo afrontas esta etapa de la vida? ¿Te identificas con esa idea de Bobbio?
Manuel Atienza (MA): Pues no creas que tanto. Te diré que hace poco estuve leyendo también el tratado De Senectute, pero el de Cicerón. Y claro, Cicerón elogia la vejez hasta tal punto que me hizo mucha gracia lo que, al parecer, dijo Montaigne después de leer ese libro: que le entraron ganas de hacerse viejo; imposible imaginar un mayor elogio.
Lo que viene a decir Cicerón es que cada época de la vida tiene sus quehaceres, cosas que puedes hacer y cosas que no, y hay que saber vivir en ese sentido de manera adecuada. Por cierto, algo que para Cicerón era muy importante era el jardín. Y no sólo cultivarlo (seguramente el trabajo físico lo harían sus esclavos), sino observar el desarrollo de las plantas, la armonía, la belleza, el sosiego que uno podía encontrar ahí. Cicerón estaba pensando en la vejez de alguien que había tenido una vida activa, productiva, de gran relieve social y político, como era su caso; y ponía mucho énfasis en la satisfacción que le producía verse reconocido por los otros, en particular, por los más jóvenes. Pero él, desde luego, estaba muy lejos de incurrir en la mitificación de la juventud que nuestra cultura ha asumido con tanto entusiasmo.
En mi caso te diré que, ahora que soy mayor, no he cambiado: sigo viviendo más bien hacia el futuro que hacia el pasado. De hecho, tengo mala memoria. Muchas veces hay gente que me dice “¿te acuerdas cuando…?”, y no me acuerdo de nada. Yo en eso creo que siempre he vivido proyectado hacia el futuro. Lo que más me preocupa es el futuro político del mundo, la vida que vayan a tener los que vengan detrás de nosotros, y también el futuro de la filosofía del Derecho, porque esa ha sido mi profesión por más de cincuenta años: el curso que estoy impartiendo ahora hace el número 53. En España, en el mundo latino, se han conseguido muchas cosas en las últimas décadas, pero todo eso se puede perder muy fácilmente. Entonces, te diría que mi mayor empeño sería que hubiese una continuidad y ver de qué manera los que estamos ya en esta etapa de la vida podemos ayudar y contribuir a que, efectivamente, haya un futuro para la filosofía del Derecho. Pero las cosas, como sabemos, pintan mal y no sólo desde el punto de vista intelectual, sino, lo que es más importante, desde el punto de vista político, o sea, por lo que hace a la posibilidad de construir un mundo en el que la gente (y no sólo unos pocos) pueda llevar una vida decente. Las cosas se han puesto muy difíciles, pero hay que intentarlo. Ya sabes el epitafio que yo querría para mi tumba: “hizo lo que pudo”.
JJGO: Sabemos que has estado trabajando en un nuevo libro sobre la relación entre el Derecho y el sentido común. ¿Qué te llevó a elegir ese tema y qué has descubierto durante el proceso de investigación y escritura?
MA: Yo había coqueteado desde hace tiempo con la idea de que el Derecho y la teoría del Derecho tendrían que verse como sentido común refinado. Es una frase que he repetido muchas veces. Había discutido en ocasiones, por ejemplo, con Juan Antonio García Amado sobre la ponderación, y le decía: “A ver, lo que te estoy diciendo sobre la ponderación, en el fondo, son cuestiones que deberían ser de sentido común”.
Bueno, ahora que he hecho una investigación algo que me ha sorprendido mucho es que alguien como, por ejemplo, Einstein, haya dicho que la ciencia, en el fondo, es sentido común elaborado. Una idea que también se encuentra en muchos filósofos. Por ejemplo, en Peirce y en los pragmatistas, que hablan del “sentido común crítico”: habría una continuidad entre la ciencia y el sentido común. Susan Haack, por ejemplo, ha escrito que la investigación de la vida cotidiana, en el fondo, obedece al mismo método que utiliza un filósofo o un científico; hay diferencias, claro, porque el científico tiene a su alcance una serie de instrumentos —como la matemática, en el caso de las ciencias naturales—, pero existe esa continuidad. Y me parece que esa es una idea muy importante.
Al mismo tiempo hay que darse cuenta del peligro del sentido común, porque muchas veces quienes apelan al sentido común —sobre todo en política— apelan, en realidad, a sus prejuicios. Trump, por ejemplo, hace muchas referencias al sentido común, y dice cosas como: “Yo lo que estoy haciendo es restaurar el sentido común que la cultura woke había puesto en peligro”. Lo mismo pasó, por lo que he podido leer, en la época de Reagan. Y ahora también, es decir, todos los políticos conservadores, y de manera muy especial los más reaccionarios, hablan del sentido común. De ahí que uno de mis mayores afanes en esto sea mostrar que no tiene por qué ser así, y que también desde el otro lado, desde la izquierda, hay que reivindicar el sentido común, pero un sentido común crítico. Lo que quiere decir, entre otras cosas, que lo que no tenga el respaldo —o vaya en contra— de la ciencia no puede considerarse de sentido común. El concepto de sentido común ha ido cambiando históricamente. Pero, insisto, esa idea de continuidad me parece muy importante y enriquecedora.
Yo he tratado de aplicarla también al análisis de sentencias, de leyes, de estudios doctrinales en el campo del Derecho. Y me parece que es fructífero. Aunque creo que nunca —o casi nunca— se podría decir que la crítica de una sentencia o de una tesis jurídica se basa exclusivamente en el sentido común.
Lo que yo propongo sobre el sentido común podría resumirse en una regla de prudencia: si, como jurista, vas a tomar una decisión o defender una tesis que choca con tu sentido común o con el sentido común de otra gente de tu entorno, lo mejor que puedes hacer es pensártelo dos veces. Es posible que, al final, debas seguir adelante porque lo que parecía en principio ser de sentido común no era en realidad otra cosa que un prejuicio. Pero me parece que sí debemos operar con una especie de presunción en favor del sentido común. Si el Derecho tiene que regular el comportamiento de la gente, es obvio que para el jurista la opinión de los demás (el sentido común consensual) tiene que desempeñar un papel más importante que para el filósofo o el científico.
Déjame añadir algo. Se trata de algo bastante obvio y en lo que insistió mucho Hannah Arendt, una filósofa que ahora se tiende a mitificar y de la que en estos días se cumple el cincuenta aniversario de su fallecimiento. Un concepto central en su filosofía política es el de sentido común. Según ella, si dejamos de compartir una serie de creencias, de valores que integran lo que llamaba un “mundo común”, no podemos construir políticamente nada, ni podemos tampoco criticar nada. Esa pérdida de un mundo común yo creo que está en el fondo de la crisis que estamos viviendo, la progresiva desaparición del discurso racional en el foro público, la desaparición de una verdadera opinión pública. Conviene no olvidarlo: la argumentación racional presupone la existencia de puntos de partida —premisas— que sean comunes.
JJGO: Algunos sostienen que estamos ante un punto de quiebre: el agotamiento del modelo que hizo posible el constitucionalismo contemporáneo. Si la democracia se debilita —si pierden sentido las garantías, los contrapesos y la fuerza normativa de la Constitución—, ¿no estaríamos asistiendo también al ocaso de una teoría del Derecho como el postpositivismo, que se edificó sobre ese horizonte democrático? Desde tu perspectiva, ¿cuáles son las amenazas más graves que hoy ponen en jaque tanto a nuestras democracias como a la idea misma de un Derecho comprometido con la razón pública?
MA: Yo diría que hay un riesgo; me parece clarísimo que así es. Ahora bien, si ese riesgo llegara a concretarse, si la crisis de la que hablamos de la democracia termina significando que dejamos de tener democracias —o, por lo menos, dejamos de tener los aspectos más valiosos de la democracia—, entonces creo que es verdad que concepciones como el pospositivismo —la concepción jurídica que, en mi opinión, es la más adecuada para operar en el contexto de los Derechos del Estado constitucional— se vendrían abajo. Lo que se vendría abajo es todo aquello vinculado con el proyecto de la Ilustración: el proyecto de lograr una sociedad emancipada de la ignorancia y de la miseria, una sociedad guiada por la triada de valores de la Revolución francesa: libertad, igualdad y fraternidad. El riesgo, sin duda, existe; en buena medida es ya una realidad., ¿Qué es lo que tendríamos que hacer los intelectuales? Deberíamos hacer lo posible para combatirlo y esa batalla tendría que ser en favor de la razón, porque vivimos en una época caracterizada en buena medida por el asalto a la razón.
Te pongo un ejemplo. Ahora hay una tendencia a pensar que los ríos, las montañas, los lagos… tienen derechos y dignidad. Lo que se pretende lograr es la defensa del medio ambiente, lo que es más que razonable: yo diría que una necesidad. Pero pensar que la forma de hacerlo es poner a la naturaleza a la par o por encima de los seres humanos me parece un gran error. Supone acabar con la ética del humanismo y ponerse en contra del sentido común, puesto que la agencia no se puede predicar de la naturaleza. Por supuesto, lo único valioso que hay en el mundo no son los seres humanos, pero para preservar esos otros valores (por ejemplo, la no destrucción de un paisaje) no deberíamos recurrir a un tipo de pensamiento simplemente infantil: es el triunfo de la mentalidad Walt Disney.
Vivimos en una época de asalto a la razón, y la filosofía y la filosofía del Derecho tendrían que emplearse muy a fondo en la defensa del pensamiento racional. Me parece que no somos muy conscientes de lo que está ocurriendo. Te pongo otro ejemplo: la división de poderes. Es como si nos hubiéramos olvidado de que esa es una conquista histórica, una conquista civilizatoria. Si dejamos que se erosione y alentamos a los jueces para que desempeñen el papel característico de un legislador (o del constituyente), entonces estamos poniendo en grave riesgo valores fundamentales. Y valores que no son sólo formales, o, si se quiere, que tienen consecuencias bien materiales.
Esos valores fundamentales están, desde luego, ligados al sentido común, a lo que en un cierto momento histórico se convirtió en sentido común. Frente a quienes critican la Ilustración acusándola de representar únicamente valores eurocéntricos y que habría que sustituir o completar con otros provenientes de otras culturas, a mí siempre se me ocurre la misma pregunta: ¿Qué valores tendríamos que defender que no fuesen —para seguir las formulaciones del imperativo categórico kantiano— la igualdad, la dignidad —la no instrumentalización de otro ser humano— y la autonomía? Y, por supuesto, yo no creo que se trate de valores exclusivamente europeos, ni tampoco que hoy debiéramos ser estrictamente kantianos. Pero los anteriores principios o valores (en la expresión abstracta que él les dio) siguen siendo los ideales por los que deberíamos luchar.
El otro día, a propósito de lo de los “derechos de la naturaleza”, alguien decía que lo que tenemos que hacer ahora es “escuchar a la Pachamama”. Bueno, cuando estudiábamos historia de la filosofía, recuerdo la famosa frase de que el inicio de la filosofía occidental estaba en el paso del mito al logos, a la razón. Y ahora parece que estamos regresando de la razón al mito. Yo digo: no, no regresemos; mantengámonos en la razón, en una concepción crítica de la razón.
JJGO: En México se impulsó recientemente una reforma judicial muy polémica, que numerosos observadores consideran un riesgo directo para la independencia judicial y el orden constitucional. Luigi Ferrajoli llegó a afirmar que esa reforma supone la “supresión de la separación de poderes y, por ende, una vulneración del Estado de derecho”. ¿Compartes ese diagnóstico?
MA: Lo comparto completamente. Hace algunos meses, yo dije exactamente lo mismo: la reforma significa acabar con la división de poderes. Donde no hay división de poderes, no hay Estado de Derecho. Ferrajoli tiene razón. Yo creo que, en algún momento, en México tendrá que haber una marcha atrás de esas reformas que se implementaron y que, a mi juicio, son incompatibles con una sociedad desarrollada, con una sociedad que trate de asegurar los principios y los valores del constitucionalismo.
JJGO: Has sostenido que el gran problema de nuestro tiempo es, en el fondo, un problema de distribución. Pero en nuestras regiones, donde la corrupción atraviesa las estructuras del poder esa preocupación distributiva se vuelve aún más compleja: ¿de qué sirve hablar de justicia social si el propio sistema está corroído? ¿Cómo pensar la justicia cuando la desigualdad y la precariedad institucional son parte del paisaje?
MA: En estas situaciones es en las que más sentido tiene hablar de la justicia y proponer cambios. Recuerdo una frase que le gustaba repetir a Javier Muguerza: “la moral no es de este mundo”, o sea, no pertenece al mundo del ser, sino al del deber ser. Para mí, el tema crucial es la igualdad. Y el gran error que ha cometido la izquierda, en muchos lugares del mundo, ha sido que, en lugar de la igualdad, ha puesto en el centro la identidad y todo lo que va vinculado con eso.
Hoy estaba en clase explicando la teoría de la justicia de Rawls. Creo que se le puede dar la razón a Rawls en el sentido de que una sociedad bien ordenada, tiene que admitir algún grado de desigualdad —desigualdades en las rentas de la gente, etcétera—. Pero claro, uno puede pensar en desigualdades en cuanto al ingreso económico que vayan —pongamos— de 1 a 3 (que ya es mucho), de 1 a 5, de 1 a 10… Pero las desigualdades que hay en nuestro mundo son enormemente superiores; yo diría que, para cualquier persona con sentido común, simplemente obscenas. Y, como sabemos, no dejan de crecer, en particular, en las sociedades occidentales. Pues bien —otra de esas ideas de sentido común—: sin una mínima homogeneidad no puede haber una sociedad decente, ni puede haber tampoco una verdadera democracia.
La corrupción es, sin duda, un problema gravísimo. Pero sabemos también que las tasas de corrupción son menores en los países menos desiguales. Igual que las tasas de criminalidad. Yo creo que ahí es a donde hay que apuntar. Una política de izquierdas es, ante todo, una política en favor de la igualdad. Lo que a mí me parece que es más grave en la marcha del mundo es la existencia de poderes privados, de particulares que resultan tener un poder superior al de muchos Estados. La privatización de lo público, de la que hablaba Juan Ramón Capella hace mucho tiempo y que ahora ha llegado hasta un extremo que hasta hace poco parecía inconcebible. Si no ponemos límites a esos poderes, me parece que el mundo está abocado al desastre.
JJGO: A lo largo de tu carrera has publicado cientos de artículos y numerosos libros influyentes. Con todo ese camino recorrido, ¿hay algún proyecto que aún guardes en el tintero y que te ilusione desarrollar más adelante?
MA: La verdad es que tengo muchas ganas de seguir trabajando… y de seguir discutiendo. Si las cosas funcionaran bien, yo creo que se me podría aprovechar en alguna institución, en algún departamento o algo así, dedicado a discutir cuestiones con la gente más joven y quizás —aunque ahora es un término que no gusta— a aconsejarles. Como sabes, es muy distinto dar un consejo que una orden. Sinceramente, yo creo que nunca he mandado nada a nadie. Pero la labor de aconsejar es la que tradicionalmente se ha adjudicado a la gente mayor, a los viejos, y me parece que tiene mucho sentido. Pero ahora vivimos en un momento en el que, se diría, no se valora mucho la experiencia. Ni se cuidan tampoco las instituciones. En los países del mundo latino, en particular, el sentido institucional es muy débil. Construimos institutos, grupos de trabajo, que duran lo que duran la persona o las personas que han puesto en ello un empeño. Pero no nos damos cuenta de la importancia de la continuidad: los hombres —y las mujeres— pasan, pero las instituciones (las que cumplen una función útil) deberían perdurar.
Juan Jesús Garza Onofre
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor en El Colegio de México y el ITAM.