Remedios rusos para Michoacán

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Al menos dos veces apareció el Diablo en Europa durante el Siglo XX. No fue durante las Guerras Mundiales, sino en tiempos de aparente paz cuando caminó desdeñoso por las calles de Roma y Moscú. Los incendios, muertes y desapariciones qué provocó fueron descritas detalladamente por Mijaíl Bulgákov y Leonid Andréiev en sendas obras maestras.

A pesar de las crueldades reseñadas en sus crónicas, la mayor parte de los críticos han visto en “El maestro y Margarita” y “El diario de Satanás” un reflejo paródico de la dictadura soviética. Esa forma de abordar los textos ha sido certera: ambas novelas son, ante todo, un bálsamo irrisorio frente a la cerrazón de un régimen.

 

Sin embargo, dicha perspectiva ha obviado uno de los puntos medulares de las obras: la descripción de los esmeros que orquestó la humanidad para resistir los embates del Diablo y enmendar las catástrofes que generó durante sus visitas. Dado el escenario que vive actualmente Michoacán, no está de más pasar revista a los remedios que entonces se emplearon para combatir la maldad y cotejarlos con las acciones que el gobierno mexicano está implementando hoy día en Tierra Caliente.

Como sabemos, Satán deambuló por Moscú escoltado por un cortejo de excéntricos sembrando a su paso muerte y destrucción; lo mismo incendió inmuebles que raptó mujeres y decapitó inocentes sin contemplación. Según documenta Bulgákov, la respuesta del Estado ruso frente a las calamidades producidas por el Diablo y sus secuaces fue poco menos que ridícula. Allí donde un miembro de la banda con apariencia de gato asesinó, la policía ordenó la masacre instantánea de docenas de gatos. Allá donde se registraron robos y secuestros, los procesos de investigación dictaminaron que los delitos habían sido producto de la hipnosis de las víctimas. Como consecuencia de las pesquisas, numerosos hipnotizadores de afición terminaron en tras las rejas. De esta forma concluyó la Instrucción oficial y, ante la carcajada del Diablo, en las actas “casi todo se aclaró”.

Cuando visitó Roma, en cambio, el demonio cayó en una profunda crisis existencial. El contacto directo con la crueldad del hombre moderno fue suficiente para trastornarlo. Sostiene Andréiev que, lejos de causar horror, el Diablo fue presa de los embustes y chantajes de los hombres, al grado de disputarle el rol de villano dentro de la comedia universal. Agobiado por una sociedad misántropa y vana, el diablo renegó de su propia maldad, cuestionó la naturaleza de su propia existencia y su razón de ser. Tuvo miedo.

Advierto que la acción del gobierno en Michoacán oscila entre las pesquisas inútiles de la policía rusa y el trance existencial que azotó al demonio en Roma. Por una parte, pareciera que la intención de la administración federal se concentra más en ostentar que “se está haciendo algo” y menos en resolver los problemas de fondo que aquejan a la entidad. Las acciones –y declaraciones– que hemos presenciado en las últimas semanas parecen más ocurrencias de sátira rusa que políticas públicas de largo alcance. Reuniones multitudinarias, alianzas cuestionables, detenciones arbitrarias, inauguración de escuelas, gasto público sin control a diestra y siniestra. La figura del comisionado es ilustrativa: el gobierno pretendiendo restablecer la legalidad desde un nombramiento de dudosa constitucionalidad. Nadie duda que el componente social deba formar parte de una ecuación integral para resolver los problemas de violencia.  Sin embargo, la estrategia parece ser omisa en lo fundamental: recuperar el Estado, fortalecer las instituciones, refundar las policías (del Estado mexicano) y los ministerios públicos. Ello, desde luego, supone un trabajo lento, oneroso y, ciertamente, de poca visibilidad.  Sin el componente institucional, no crecerá la confianza ciudadana y la viabilidad de una convivencia pública pacífica será impensable en la región.

Lo más inquietante, empero, es la vacilación y la inminente desorientación del gobierno. Donde alguna vez existió un demonio omnipresente y poderoso, orgulloso de su ubicuidad, ahora hay un diablillo intermitente y dubitativo. Al igual que el Satán que caminó por Roma, el Estado mexicano parece desconocer su propia razón de ser. Más allá de los grandes discursos, la legalización de las autodefensas y policías comunitarias es una renuncia tácita a su función primordial: el orden coactivo. Cuando de seguridad se trata, el gobierno quisiera, como el Diablo del diario de Andréiev, desaparecer.

Mijaíl Bulgákov concluye su reconstrucción de la visita de Satanás con ánimo festivo. En un régimen autoritario la impunidad se convierte en berbena popular. No así en lo que pretende ser un estado constitucional de derecho. Por ahora, nos quedamos con la sentencia implacable de Leonid Andréiev: “¡No señor; no es el diablo el que ha vertido esta sangre, sino el hombre!”.

Alejandro Orozco y Villa es consultor en temas de seguridad.


Un comentario en “Remedios rusos para Michoacán

  1. "La legalización de las autodefensas y las policias comunitarias es una renuncia tácita a su función primordial: el orden coactivo".
    Totalmente de acuerdo con el señor Orozco y Villa.

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