Rescatar es político: de cómo nació Rescatalandia

Crédito de la imagen: Gonzalo Tassier

Vi a Artemisa en los carriles centrales de la carretera Cuernavaca-México. Sus glándulas inflamadas y enrojecidas y su cuerpo esquelético delataban tres cosas: acababa de ser mamá, se había consumido a ella misma tratando de alimentar a sus cachorros recién paridos y estaba desesperada buscando comida aunque fuera entre los coches. Me orillé y bajé con una correa y una bolsa grande. La seguí y mientras caminábamos, ella me veía de reojo para asegurarse de que siguiera ahí. Me llevó a unas casas cercanas y subimos unas escaleras. En el último escalón nos encontramos a un señor de entre treinta y cuarenta años. Ella bajó las orejas y agachó la cabeza. Yo le pregunté cómo podía llevarme a la perra conmigo. Me contestó que no se podía: “la perra es del patrón y le sirve”. En ese momento una niña de casi diez años bajó con cara de preocupación y me dijo: “no te la puedes llevar sin sus bebés, son cuatro”. Y ante un señor que no sabía bien qué hacer, la niña, la perra y yo subimos unas segundas escaleras corriendo. Llegamos al rincón de una azotea en donde estaban acurrucados sus cachorros: en efecto eran cuatro. La niña metió uno por uno a la bolsa mientras yo le ponía la correa a quien desde ese momento se llamó Artemisa. Subimos a un auto en el que a partir de ese kilómetro viajaban una mujer, cuatro perras y cuatro cachorros que no entendían nada, sólo estaban felices de acurrucarse con su mamá en un lugar cómodo.

Empecé a hablar y a cuidar animales al mismo tiempo. Mi papá cuenta que a los dos años durante un viaje encontré un cangrejo atrapado en una red de pescar. Y, como pude, le pedí ayuda para liberarlo. Mi nana llegaba con todo tipo de seres que encontraba no sabemos bien dónde. En donde vivíamos siempre había algún pajarito pequeño, ratón atarantado, gato malherido, pollito rescatado. Cuando cumplí seis años mi papá me dijo que nos íbamos a mudar para que pudiera compartir la casa nueva con los animales que quisiera. Y así fue. Llegué desde muy pequeña con patos, ratones, ratas, bichos, gatos, perros, conejos, tortugas, peces, pájaros y pericos que personas con las que convivía directa o indirectamente me decían que ya no querían, y a quienes respondía que mi familia y yo sí. Mi mamá decía que nuestros muebles podrían haber estado en mejor estado, pero nuestra alegría diaria era insuperable.

A esa edad no sabía qué significaba ser activista. Sólo actuaba como me hacía sentir mejor. Un día escuché a alumnos más grandes defender las corridas de toros. Hasta hoy, no sabía qué responder, pero me dolía escucharlos. ¿Se convencieron de que no importaba? ¿Nadie les explicó que sufren? ¿Su empatía no existía cuando se trataba de otras especies? A esas preguntas, con los años, se sumaron otras: ¿por qué si nadie cuestiona la protección de los intereses humanos sí se cuestiona la existencia de los intereses de otras especies? ¿por qué no nos incomodan los dobles estándares? ¿por qué las caricias tiernas de una madre orangutana a sus hijos las describimos como instintivas y las de una madre humana con los suyos las nombramos amor? ¿por qué si revistas, programas y libros nos muestran que los elefantes tienen cementerios, que los lobos heredan técnicas para cazar, que las manadas de orcas tienen dialectos específicos y que los pingüinos se regalan objetos, afirmamos con soberbia que sólo la especie humana tiene cultura? Con todo, las preguntas más recurrentes en mi cabeza eran: ¿No es esta situación muy similar a la de otros grupos excluidos de protección a lo largo de la historia?, ¿nuestras diferencias con otras especies son suficientes para justificar un trato tan desigual?

En 2015 empecé a estudiar Derecho. Poco antes de graduarme un profesor me propuso hacer mi tesis sobre el derecho animal. La escribí mientras trabajaba en despachos penales, clínicas de derecho, en la Fiscalía General de la República y mientras cuidaba animales. Fundé un proyecto al que nombré Rescatalandia para construir redes de personas que volviera más fácil rescatar, refugiar, sanar, rehabilitar y liberar o poner en adopción a cuantos animales no humanos pudiéramos. Al mismo tiempo colaboré con Proyecto Gran Simio México para buscar la protección de un orangután recluido en el zoológico de Chapultepec por medio de una demanda de amparo. Por desgracia Toto murió antes de que termináramos de redactarla.

Terminé la tesis. La titulé La justicia será anti-especista o no será. Y me fui a estudiar una maestría sobre políticas en justicia a Londres. Mientras vivía ahí rescaté ratones que buscando calor habían terminado en cocinas de señoras que no les veían de manera amistosa y palomas cuyas alas lastimadas las condenaron a sufrir las lluvias inglesas sin poder resguardarse. Conocí y entendí cómo funcionan las organizaciones de rescate animal en Reino Unido. También conocí a los directores de los centros de investigación de derecho animal de Cambridge, Harvard, Toronto y Helsinki. Después regresé a México.

Los rescates, la maestría, mis trabajos, la tesis, los cursos y congresos anti-especistas respondieron muchas de las preguntas que tenía y me plantearon nuevas. El derecho protege a algunos y excluye a otros porque es una construcción social diseñada por quienes tienen poder. En algunos momentos se excluyó a personas negras, a mujeres, a personas indígenas y la lista continúa. Sucede que es más fácil sacar provecho de quienes no pueden acceder a mecanismos que les defiendan. Resulta también que es menos complicado exigir inclusión si se comparte el mismo lenguaje y se es capaz de iniciar huelgas, librar guerras o armar revoluciones. Pero, ¿no poder hacerlo es razón suficiente para seguir siendo discriminado? He planteado esta pregunta en ocasiones diversas y algunas personas me han intentado explicar cosas relacionadas con algo que llaman dignidad. ¿Qué es la dignidad? ¿Quién la inventó? ¿Cómo se decidió que los humanos la tienen y otras especies no? ¿No es raro mantener conceptos que se crearon para excluir a otros?

Experimentos conducidos en las décadas de los cincuenta y sesenta mostraron que las ratas se negaban a presionar un botón para obtener comida si, al presionarlo, ese mismo botón liberaba una descarga eléctrica en otra rata. Las ratas preferían morir de hambre que ser responsables del sufrimiento de otra. En el 2011 otro grupo de científicos descubrió que las ratas ayudan de manera más rápida a otras que se ahogan si ellas mismas han experimentado esa sensación antes. Incluso, cuando alguna rata está atrapada, quienes están libres intentan ayudarla aun en los casos en los que podrían irse e ignorar la situación. La conclusión fue más que sugerente: las ratas son empáticas. Consideran que son dignas de protegerse entre ellas.

Estoy convencida de que muchos conceptos, teorías y afirmaciones sobre los que se han levantado instituciones y desarrollado ideas se sostienen sobre prejuicios que no podrían mantenerse después de algunos cuestionamientos lógicos. Y que, si subsisten, es porque pocas personas se han dado a la tarea de ponerlos en entredicho ya sea por indiferencia o porque las estructuras existentes nos benefician.

En el 2023 vecinos me mandaron fotografías de perros que vivían en un predio abandonado. No tenían agua, comida, ni sombra. Conté seis vivos y uno muerto. Algunos tenían pelo largo, otros corto. Algunos se veían grandes y otros más jóvenes. Había dos en la parte alta de un coche descompuesto. Otra estaba en el piso acostada. Y otro intentaba asomarse por debajo de la puerta. Lo que sí compartían todos eran costillas visibles y ojos tristes. Los publiqué en las redes de Rescatalandia y distintas personas levantaron la mano para ofrecer un hogar temporal a cada uno de ellos. Fui al día siguiente al predio en Chimalhuacán, Estado de México. También llegaron autoridades de la Policía Municipal y de la Procuraduría de Protección al Ambiente del Estado de México. Todas me dijeron lo mismo: si no llegaban los dueños para abrir la puerta, los perros seguirían ahí porque, a pesar de que el sufrimiento era visible y aunque el maltrato está tipificado como delito, no podían hacer nada.

Por una rendija podía ver a Rombo, un pitbull blanco con las orejas deshechas. Le expliqué que lo que decían las autoridades era una cosa y lo que iba a suceder era otra porque ellos iban a salir ese día de ahí conmigo. Movilicé las redes de Rescatalandia y la presión obligó a los policías a quedarse en el lugar. Después de ocho horas logramos sacarlos. Los abusos que sufrieron siguen causando estragos en algunos pero hoy Rombo, Cleo, Maple, Tomata, Martina y Tambor viven con sus respectivas familias rodeados de mucho cariño y comprensión.

Para eso creé Rescatalandia. Cuestionar y rechazar los conceptos, las normas y las instituciones que se sostienen a partir de sesgos discriminatorios, particularmente especistas[1], es más sencillo si tienes la oportunidad de cuidar a quienes resultan más afectados. Tengo la certeza de que mientras más redes de personas que se involucren en esto existan, más fácil será combatir la indiferencia. Rescatalandia surge de la convicción de que rescatar, cuidar y sanar a individuos con quienes compartimos casi todo, menos la especie, es algo político.

Alina González Gallardo

Abogada. Fundadora de Rescatalandia.

[1] Prejuicio a partir del cual se cree que los animales de otras especies tienen menor valor por no ser humanos.

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Publicado en: Ciencia