
Respuesta a Alejandro de la Garza
Vuelvo a citarlo in extenso porque me parece necesario. En su comentario de Los libros que nunca he escrito, usted escribe: “Sostengo un añejo desacuerdo con la idea de la crítica literaria sostenida por Steiner desde su libro Presencias verdaderas (1961). Su visión proviene del ámbito académico universitario de Estados Unidos y Europa y se dirige a ese mismo entorno, donde la publicación de papers y la obtención de méritos y puntaje esclavizan a los investigadores al escalafón, los bonos económicos y el reconocimiento curricular, terreno del cual Steiner espiga su tesis del ejercicio crítico como parasitario, dependiente y secundario. ‘Nosotros (los críticos, los comentaristas, los profesores) interpretamos, anotamos, glosamos los textos de los grandes creadores: los necesitamos para existir, pero ellos no nos necesitan a nosotros’, reitera ahora”. Debo insistir ahora, una vez más, en que su desacuerdo me sigue pareciendo superficial, carente de argumentos de fondo.
Para cualquier lector interesado en estos temas y autores queda bien clara la resistencia de Steiner a rendirse ante todos esos protocolos credencialistas y meritocráticos que usted menciona, pero sostener que de este terreno “espiga su tesis del ejercicio crítico como parasitario, dependiente y secundario”, como hace usted, es, aquí sí, parcial, equívoco y exagerado por decir lo menos (¿no querrá usted polemizar con un Steiner inventado?, ¿no querrá bajarlo de un pedestal que usted mismo ha construido a modo?).
Usted lo sabe, porque lo dice en su reseña de George Steiner en The New Yorker (Nexos 385, enero de 2010), el “dolor pedagógico” steineriano también tiene su origen en “la erosión del lenguaje y del humanismo a partir de la rentabilidad como centro de toda actividad artística”. De ahí su inmediata remisión a las palabras de Steiner: “Hoy no es la censura lo que mata a la cultura: es el despotismo del mercado y los acicates del estrellato comercializado”. Sin embargo, estamos aún ante afirmaciones que deben comprenderse en un encadenamiento más complejo de consideraciones y razonamientos. Habría que proponer una hipótesis de trabajo que vaya más allá de las citas inconexas y los comentarios sueltos y “brillantes”.
En tal sentido, creo que la idea de la crítica en Steiner, como ejercicio que “ocupa un lugar modesto pero vital”, tiene que ligarse a su discusión con las tentaciones autoritarias de cierta lingüística y cierta filosofía. En Los logócratas, Steiner dice que “En lingüística, como en cualquier otra investigación analítica, no todas las teorías están libres de valores. Sería fructífero, por ejemplo, sondear las correlaciones entre los elementos de la lingüística transformacional y generativa de Chomsky y su radicalismo político”. Así como en Heidegger el logos precede al hombre, el “habla es la morada del ser”, el hombre es sirviente del habla y, por tanto, el “habla habla” (die Sprache spricht), de similar manera en Chomsky la búsqueda de las estructuras profundas de todo lenguaje, de una “gramática fundamental”, se relaciona con una tentación metafísica, radical (radical de raíz, esto es, de origen, decía Marx), purificadora, es decir, en último término autoritaria.
Es cierto, Alejandro, a Steiner le atrae la dualidad, la contradicción. En el caso de la crítica, curiosamente si se quiere, sospecho que de aquí se sigue la oposición steineriana al mero culto de lo formal (deconstruccionismo y posmodernismos varios, y pido disculpas por la ligereza terminológica), a la suposición del texto como pretexto, a la moda credencialista y a la laxitud ética y estética que caracterizan a la sociedad de consumo. Allá (en la concepción lingüística y filosófica del lenguaje, del habla, de la palabra) habría que cuidarse de las tentaciones autoritarias de los “guardianes del logos”; acá (en la crítica literaria y artística) tendríamos que ser cuidadosos de no sucumbir a la tentación de poner al texto como pretexto, de pretender equiparar la crítica (especialmente esa que pregunta sólo por el giro estilístico o el refinamiento técnico) con la obra artística o literaria. Acá sí la crítica debe ser respetuosa del logos literario, de la écriture, de ese tipo particular de lenguaje que es la literatura. Debe reaccionar ante el peligro real del “retraimiento de la palabra”.
Por eso desde 1971, en Extraterritorial, Steiner escribía: “La crítica literaria y la historia de la literatura son artes menores. En la actualidad, padecemos de una inflación de crítica que presume de una cierta autonomía (…). No se erigen demasiadas estatuas de escritores, pero contradiciendo las predicciones más pesimistas de Sainte-Beuve es posible que muy pronto se erijan estatuas de los críticos. Reconocer la naturaleza dependiente y subsidiaria de la crítica y la historia de la literatura es un acto necesario de honradez. En realidad, abriría el camino a una legitimidad futura que podría rescatarlas de su actual trivialidad y megalomanía”.
Más allá de alusiones personales (que hasta este punto pueden resultar acaso productivas), quizá por este rumbo podría avanzarse en una fecunda hipótesis de trabajo.
Ronaldo González Valdés. Sociólogo. Su último libro es Sinaloa: una sociedad demediada.
citiano cada bes qe tebeo me entran janas de llorar por heres el mejor nunca te olvides qe tienes una gran fans nubero0 ronaldo
sueño com tijo todas las noches .Teqiero ok nunca cambies