Salir de la vorágine:
una conversación con Gema Kloppe-Santamaría

La modernización del país promovida por el Estado posrevolucionario produjo diversas formas de resistencia en amplios sectores de la población, que encontraron en el asesinato tumultuario una forma extrema de conservación de sus creencias, códigos sociales e integridad. Esa es la tesis de En la vorágine de la violencia. Formación del Estado, (in)justicia y linchamientos en el México posrevolucionario (Grano de Sal, 2023), de Gema Kloppe-Santamaría.

En conversación con María Guillén, la autora ahonda en la geografía de la violencia, las dificultades metodológicas de estudiar el linchamiento y la historia del presente como punto de partida para pensar la paz.


María Guillén: Para comenzar, ¿cuál el origen del término linchamiento? ¿Cuándo empieza a hablarse de linchamientos en México? ¿Cómo se les refería antes?

Gema Kloppe-Santamaría: El término como tal aparece en México a mediados del siglo XIX. El origen de la palabra viene totalmente de Estados Unidos, donde esta práctica existió a lo largo del siglo XIX. Adquiere una connotación de dominación racial a fines del siglo XIX, pero que había existido como tal por buena parte de este siglo. El término emerge en México en la segunda mitad del siglo XIX, como un término que se toma prestado del inglés. De hecho, en México el término aparece en la prensa como se escribe en inglés: con i griega (lynching).

El término refleja dos cosas que están en el corazón del fenómeno tanto en Estados Unidos como en México y en todo el mundo. Por un lado, el carácter extralegal: se trata de una práctica que sucede fuera de la ley o que va en contra de la ley. Por otro lado, la idea de que se está castigando una conducta. Es una forma de violencia —una forma de castigo extralegal— cuyo objetivo es castigar conductas que se consideran transgresoras o amenazantes. En Estados Unidos se ha debatido mucho por qué empezó a utilizarse esta palabra. Hay gente que se refiere a un juez que se apellidaba Lynch y que estuvo involucrado en el uso violencia extralegal. Por eso se decía “la ley Lynch” —que no era propiamente una ley sino una práctica extralegal. Hay especulaciones de dónde viene el término, pero en México se tomó prestado de la práctica en Estados Unidos.

Lo que siempre me gusta aclarar es que no es que el fenómeno del linchamiento surja en el siglo XIX en México. El linchamiento como tal existe desde el principio de los tiempos si tomamos en cuenta la definición mínima de un acto colectivo extralegal que busca castigar una conducta. Pero aparecía con otros términos en México. Durante la Colonia se hablaba de alzamientos, de motines, de zafarranchos, pero con ese término aparece hasta el siglo XIX.

MG: Me gustaría hablar de la geografía del linchamiento. Un argumento de tu libro es que la narrativa de que hubo estabilidad en el México posrevolucionario, la posibilidad de pacificar la violencia en lo que se conoce como pax priista no sucedió. Y eliges el linchamiento para ejemplificalo. Los linchamientos que encuentras suceden en su mayoría en Ciudad de México, Puebla, Estado de México. ¿Qué sucedió en otros estados que tienen otro tipo de violencia? ¿Sucedió lo mismo? ¿Tampoco hubo un proceso de pacificación?

GK: El reto metodológico de estudiar los linchamientos es enorme; hay que decirlo porque yo creo que este es un trabajo pionero. Es el primero que analiza de manera sistemática la historia de este fenómeno previo a la década del ochenta o noventa, que es donde se concentra la mayor parte de los estudios sociológicos. Como todo estudio pionero tiene muchos retos, y metodológicamente uno de ellos es que el linchamiento no está tipificado como delito; por ende, el archivo judicial no me ayudó a poner las piezas del rompecabezas. Porque los linchamientos no estaban tipificados como tales, no es posible ir al archivo judicial y hacer un conteo con base en casos que fuesen procesados, además de que muchos casos de linchamiento —como de otros delitos— quedaron impunes. Los pocos que fueron castigados fueron procesados de acuerdo con otras figuras jurídicas, por ejemplo, el homicidio tumultuario, incluso homicidio.

Yo reuní varias fuentes históricas. Crucé datos del Archivo Nacional, cartas de quejas, reportes de seguridad, investigaciones que se llevan a cabo en varios poblados, con algunos casos que sí llegaron a la Suprema Corte de Justicia, pero los menos. Y además prensa. Un análisis de prensa: local, nacional y algunos diarios internacionales. Hay casos que se reportan en el New York Times, en el Washington Post, y que usualmente son casos que la prensa estadunidense está recibiendo de México, pero que por alguna razón yo no encontré en diarios nacionales. Digamos que el mapeo es un reflejo de las fuentes y, de alguna manera, también de los vicios de las fuentes. Hay muchos casos que tienen lugar en ciudades. La mayor parte de los casos se concentran en Ciudad de México, Estado de México, Puebla. Estamos hablando de lugares que están altamente urbanizados, con más densidad, y entonces es probable que la atención de los periodistas y también de los oficiales estuviera en dar cuenta de lo que pasaba en estos lugares.

Para mí el argumento es, por un lado, que mi estudio refleja una geografía de linchamiento que está concentrada en el centro del país, y que además esa geografía es la misma que han encontrado otros estudios, incluido el estudio de Enzo Nussio. Lo menciono porque nexos publicó un artículo de Enzo sobre los linchamientos en México, que es una base de datos masiva. Él me contactó y me dijo: “Gema, la geografía del linchamiento de tu libro es la misma que yo encontré”. Hay una correspondencia y eso me hace pensar que mi metodología es sólida, pero yo sigo pensando que nos falta saber más, porque lo que estamos utilizando, lo que se utiliza, es prensa. ¿Cómo sortear este obstáculo? No tenemos datos oficiales. Es difícil. Lo que también quise hacer con el libro es reflejar que sí hay una concentración de los linchamientos, pero estos ocurren, aunque en menor medida, en prácticamente todos los estados de la República. Este fenómeno sí se concentra, sí tiene una geografía, sí tiene mayor prevalencia en algunos estados.

MG: Pero no es algo exclusivo de esa región…

GK: Exacto, es una práctica que podía suceder en distintos estados. El argumento no es que sea algo que sucede nada más en pueblos indígenas. No es algo que suceda solamente en zonas rurales, sucede también en zonas urbanas. Incluso en Coyoacán hay casos famosísimos de linchamiento. Y estas no son zonas que no tengan policía, que no tengan alumbrado, que estén abandonadas por el Estado. No son casos aislados, no pasan en la periferia necesariamente. Mi conclusión, después de haber analizado los 366 casos más otros casos de violencia extralegal que no entraron en mi definición de linchamiento, es que estos casos podrían haber pasado en cualquier entidad. El mito de la pax priista está basado sobre todo en tasas de homicidio a nivel nacional, pero no nos permite dar cuenta de cómo se estaban tejiendo estas violencias a nivel local, y cómo se negociaba el uso de la violencia a nivel local permitiendo que fuera utilizada por distintos actores.

Nunca hubo monopolio de la violencia en México. Lo que vemos hoy no es una excepción, sino la continuidad de una larga historia de violencias en plural que han sido ejercidas por distintos actores.

MG: Eso pinta, en mi opinión, un panorama pesimista: si la violencia siempre se ha pactado, si la presencia del Estado no asegura que va a haber menos violencia porque el Estado también la administra, ¿hay alguna salida? ¿Visualizas un país que pueda existir sin estas dinámicas tanto históricas como coyunturales?

GK: Es una muy buena pregunta. La historia que yo cuento parece ciertamente una historia trágica, porque lo que yo estoy contando no es la historia, digamos típica, de un Estado que haya ejercido la violencia de arriba hacia abajo y cuyos ciudadanos sean enteramente víctimas, y estén desprotegidos frente a estos caciques, esbirros, caudillos. Yo cuento una historia más complicada, donde muchas veces los ciudadanos y las autoridades son cómplices en la comisión de estos actos. Muchas veces hay una coincidencia en el apoyo a medidas punitivas, lo que llamaríamos en el lenguaje de hoy medidas punitivistas. Por ejemplo: castigo para los delincuentes, apoyo a la pena de muerte, apoyo a violencia extrajudicial, incluida la Ley Fuga (esta manera de asesinar de forma extrajudicial a delincuentes que supuestamente estaban tratando de escaparse). Entonces hay un apoyo por parte de la ciudadanía y eso cuenta una historia más trágica y más compleja.

De alguna manera sería más sencillo pensar que el problema son sólo las instituciones del Estado. Entonces se trataría de reformar esas instituciones, o de transiciones a la democracia que no han sido cumplidas, o que no han sido acabadas. Pero también hay un impulso desde abajo que apoya esta violencia y que ha sostenido esta violencia. Es ahí donde creo que mi libro permite arrojar una mirada más crítica al papel de la ciudadanía. A nuestro papel como ciudadanos. ¿Por qué este afán como de querer castigar y excluir al otro? Llámese el socialista, el comunista, la bruja, el protestante. Hoy en día se trata del supuesto narcotraficante, el robachicos, etcétera. ¿Qué tipo de cambio habría que haber para realmente superar esta situación?

A veces, donde hay coincidencia entre ciudadanos y autoridades es en querer castigar o excluir a este otro, a estos otros amenazantes. No obstante, creo que el libro sí habla de que esto puede cambiar, en tanto que se trata de un fenómeno histórico. Que se hagan ese tipo de negociaciones de la violencia y de la coerción significa que hay una oportunidad para imaginar respuestas alternativas a estas conductas que se consideran amenazantes. Pensemos en cómo se construye la paz. Pensemos en medidas alternativas de castigo que no pasan por la cárcel, que no pasan tampoco por el uso de más violencia. Creo que ha habido experiencias en ese sentido.

Mi libro enfatiza el lado más oscuro de las relaciones Estado y ciudadanía. Pero si ves lo que ha sucedido históricamente, también pasa que muchos de estos ciudadanos, que reclamaban que se estaba linchando a sus familiares, que se estaba linchando a maestros socialistas, le estaban y le están apostando a un discurso de paz. Y le piden a la autoridad que respete el Estado de derecho, que les dé justicia, que respete la promesa de la Revolución. Entonces hay una parte, digamos civil, de la ciudadanía que está muy ávida de que se respeten estos derechos y que está utilizando otros lenguajes, que yo encuentro en cartas de quejas que le mandan al presidente, al gobernador y que claramente tienen fe en que las cosas pueden hacerse de manera distinta.

MG: Me pareció muy interesante que menciones que el linchamiento tiene esta etiqueta de barbárico, poco civilizado, etcétera. Pero lo planteas como un fenómeno conservador, en el sentido de que es un fenómeno de control social que muchas veces sirve para excluir a este otro, fundado en un sentimiento de desconfianza, en un temor a lo extraño. ¿Podrías platicarle un poco a los lectores ese aspecto del linchamiento?

GK: Sobre todo estoy articulando un argumento que va un poco a contrapelo de lo que había encontrado en la literatura sobre linchamientos en América Latina. Parafraseando a Weapons of the Weak (1985), de James Scott, el linchamiento se había entendido como una herramienta de los débiles, es decir, de gente que ha sido marginada económica y políticamente, que no ha tenido acceso a justicia. A partir de ahí emergieron las interpretaciones del linchamiento como una forma de violencia que les permite a esos ciudadanos excluidos acceder a la justicia, tener un sentido de agencia y transformar su realidad. Lo que yo digo es, eso puede ser cierto; efectivamente los linchamientos tienen lugar en comunidades que han sido marginadas económica y socialmente. Si tú ves el perfil sociodemográfico de los perpetradores, en muchos casos, no en todos, pero en muchos casos son personas pobres, campesinos, indígenas.

Pero eso no significa que sea una herramienta que busque subvertir el orden social, o que trate de cambiar las dinámicas de poder. Al contrario: de hecho es una forma de control social. Lo que tratan los perpetradores es mantener el statu quo. Es una forma de violencia que se ejerce de los pobres hacia los pobres, o de los que han sido marginados ante aquellos que lo están aún más. Yo argumento que es una forma de violencia que no podemos entender de manera vertical, de abajo hacia arriba o de arriba hacia abajo, sino más bien de forma horizontal: una forma de controlar a aquellos que han estado al margen de la sociedad o cuyas conductas no corresponden a los valores dominantes de un grupo o de una comunidad. Y de nuevo, como en muchos de los casos que yo estudio, ¿cuál es la ideología hegemónica? Ser católico, por ejemplo. De ahí los linchamientos contra protestantes, contra socialistas, contra anticlericales. Pero también son otras formas, digamos, de ideología hegemónica. Es el patriarcado. Entonces muchos casos son en contra de malas madres, en contra de mujeres acusadas de brujería; en realidad lo que está detrás es que estas mujeres están transgrediendo el lugar que se les ha asignado de acuerdo con su género. Lo que vemos es una sociedad que se imagina a sí misma como apegada a la ley o “buena”, y que ejerce violencia contra aquellos que consideran malos. Pero siempre hay este elemento de control social de mantener el statu quo. Por eso digo que el impulso del linchamiento es conservador, no revolucionario.

No se trata de subvertir el orden social. Por eso el linchamiento no ha sido amenazante para el orden político social y las élites gobernantes. Ha sido bastante cómodo, diría yo: se ha permitido que sirva como una válvula de escape a nivel local, que se resuelvan disputas y conflictos intracomunitarios, y que de alguna manera las comunidades se sientan empoderadas a pesar de que al final la situación de fondo no esté cambiando.

MG: Da la impresión de que es un ciclo. Un ciclo en el que una situación que está mal de fondo y se acumula la tensión sin que nada suceda. Luego se desata un rumor o un secreto y con ese impulso se lleva a cabo el acto violento que sirve para usar a las personas linchadas como chivo expiatorio, verter en ellas todo ese descontento, todas esas pulsiones y neurosis, y después volver al mismo punto sin que realmente nada cambie.

GK: Totalmente. Eso que mencionas dialoga con el filósofo René Girard y su trabajo sobre el chivo expiatorio La violencia y lo sagrado (1975) ¿Qué hace la comunidad? Elige aquellos que son “buenos chivos expiatorios” ya sea porque están en los márgenes, porque se entienden como otros, porque tienen lazos sociales débiles con el resto de la comunidad y entonces son buenos chivos expiatorios porque permiten que la comunidad se limpie frente a estos elementos contaminantes y que se refuerce una idea de la comunidad como una entidad homogénea. A pesar de que estas comunidades están lejos de ser homogéneas, porque tienen muchos conflictos. En las comunidades que yo estudio hay conflictos entre agraristas y aquellos que se oponen a la reforma agraria, entre protestantes y católicos, entre ciudadanos que de nuevo se piensan como ciudadanos respetuosos de la ley y aquellos que perciben como transgresores de la misma. Están lejos de ser homogéneas. Pero esta forma de limpieza social les permite a las comunidades tener ese sentido de que nos estamos librando de un problema. Pero claro, el problema es que no hay un cambio en las causas estructurales que llevan a la comisión de los delitos. Y por otro lado no hay un cambio institucional en términos de cómo se repiensa la justicia y la responsabilidad del Estado para resolver problemas. Estas comunidades se sienten empoderadas, sienten que están haciendo lo que el Estado no se atreve, no quiere hacer o no puede hacer, pero al final ¿eso qué cambia? Nada: seguimos con impunidad, seguimos en una situación en la que la ciudadanía no tiene confianza y seguimos igual con policías que son percibidas como corruptas y que en muchos casos lo son. ¿Es la permanencia de lo mismo? Sí.

MG: En otro tema, ¿podrías contarles a nuestros lectores unos términos del libro que son muy interesantes y seguramente desconocidos para muchas personas? Por ejemplo, los “robagrasas” y los “chupasangre” que tienen además un tinte anticolonial, que critica lo extranjero, la explotación.

GK: Claro, son casos fascinantes. Ahí tienes de nuevo la figura del chivo expiatorio, pero aquí muy claramente vinculada a figuras míticas, fantásticas, de personas que se imaginan como externos a la comunidad, muchas veces como extranjeros, en narrativas de explotación o de extracción. Son seres fantásticos que vienen a extraer ya sea la grasa o la sangre, muchas veces o la mayor parte de las veces de los niños, que antropológicamente hablando claramente representan el futuro de una comunidad. La oportunidad de que esta comunidad siga reproduciéndose depende de la sobrevivencia de los niños. Entonces no es casual que los niños sean las víctimas preferidas de estos seres en el imaginario popular o en las narrativas que se hacen al respecto. Hay una genealogía muy clara con miedos y con seres míticos que circulaban en la Colonia. Encontramos en Bernal del Castillo esta referencia a los españoles que curaban sus heridas y las heridas de sus caballos con la grasa de los cuerpos de indígenas muertos. Hay un origen colonial y hay además una correspondencia con las lógicas de explotación o de extracción que se le atribuyen por un lado a agentes federales que vienen a invadir a estas comunidades con la creación de puentes, de caminos, pero también con la división de tierras. Estos agentes federales se ven tan extraños como estos seres míticos. Porque vienen de afuera y porque vienen al final como a invadir el orden social local.

Por otro lado hay seres extranjeros, tal cual, como el caso del noruego Edgar Kullman. A pesar de que tenía un permiso del gobierno para investigar los usos y costumbres de la gente en Puebla, lo consideraban un “robagrasas”. Dos cosas. La primera es que el discurso y las narrativas en torno a los robachicos es un discurso secularizado, pero que tiene la misma raíz de estos seres míticos, este mismo temor. Lo vemos hoy en las narrativas de los robachicos que están extrayendo los órganos de los niños para traficarlos. Es la misma narrativa de estos seres fantásticos porque son los órganos, la sangre, la grasa. Este material orgánico que es necesario para reproducir la vida es lo mismo que genera hoy en día temor de los robachicos. De nuevo son los niños los que están siendo amenazados. Y la segunda que estas leyendas o narrativas no suceden en comunidades alejadas de la modernidad. Al contrario: que estas narrativas se estén articulando tiene que ver con una impronta de la modernidad; precisamente porque llegan proyectos de modernización y centralización: de construcción de carreteras, de construcción de puentes, de vacunas. Es esa impronta de modernización la que deja dislocadas a estas comunidades, y esos cambios acelerados son los que generan esa respuesta de resistencia que se manifiesta a través de estas narrativas de seres mitológicos. No es irracional: está en un registro de lo fantástico, pero eso no las hace irracionales. Tiene una lógica y tiene sentido quiénes son estos seres míticos. No es cualquiera. Tiene que ser una persona que es extraña a la comunidad que viene de fuera, que no tiene lazos y que son en su mayoría hombres acusados de ser “robragrasas” o “chupasangres” o robachicos.

MG: En su mayoría, los casos de linchamiento a los que te refieres tienen esta característica de ser personas ajenas y extranjeras: agentes del Estado, maestros, soldados, extranjeros. Pero, ¿qué pasa cuando los casos suceden en la misma comunidad?

GK: Efectivamente. En general son estas personas que ya sea son externas o se les ve como externas por alguna transgresión social que cometieron. Entonces, a pesar de pertenecer a esa comunidad o de tener lazos afectivos con gente de la comunidad, en el momento en el que transgreden u ofenden las normas que son vistas como hegemónicas se vuelven chivos expiatorios. Uno de los ejemplos más claros que tengo y que me importa mucho contar es la historia de Micaela Ortega.

A Micaela Ortega se le acusó de ser socialista, curandera, bruja y también de estar en contra del sacerdote. Tenía lazos afectivos y familiares en la comunidad; era amiga de un agrarista en la comunidad, pero tenía una enemistad muy fuerte con el párroco y esa enemistad la convirtió en sujeto del ataque que llevó a su linchamiento. Y también los lazos con este amigo agrarista. Una persona que era bastante respetada por sus poderes de curación, porque era una mujer que tenía mucha influencia, y también conocimientos de salud, conocimientos para curar, para invocar a los espíritus. Esa misma persona que era respetada por unos era odiada por otros. Esos otros, que representan los valores hegemónicos, son apoyados y azuzados por el sacerdote. Y Micaela Ortega fue linchada de manera brutal. Menciono ese caso porque estuve en contacto con su familia durante las revisiones del libro, porque me contactaron para contarme un poco más de su historia. Era además una mujer masona, tenía estudios de medicina, es un personaje interesantísimo. Pero no es el único. Tengo muchos otros casos de personas que pertenecen a la comunidad, que no vienen de fuera, pero que su percibida transgresión los hace otros u otras.

El linchamiento de San Miguel Canoa, que no analizo en el libro porque queda fuera del marco temporal, es otro caso interesante. Ahí lo que es más conocido es que eran trabajadores de la Universidad de Puebla acusados de ser estudiantes comunistas los que fueron linchados. Entonces se piensa que es un caso típico de linchamiento, vienen de fuera, son estos otros foráneos, pero no es cierto. No sólo ellos fueron linchados, también una persona que pertenecía a la comunidad: Lucas García. Y que como Micaela Ortega se había atrevido a alzar la voz en contra del párroco, como Micaela también tenía ideas socialistas. Y a Lucas también lo linchan, una persona que los vecinos conocen, alguien que veían en su día a día, con quien convivían y tenían una cotidianidad. A él también lo hacen víctima del linchamiento porque es un transresor que violó las normas aceptadas por esa comunidad.

MG: ¿Hay algo más que quisieras comentar de la investigación, del libro?

GK: Quizá me gustaría enfatizar que es un trabajo de historia, pero lo escribí pensando en historia del presente. De alguna manera espero que nos lleve a una conversación como sociedad. Porque los linchamientos siguen pasando en México y porque además no es la única forma de violencia que padecemos en el país. Que nos ayude a pensar más allá de estas narrativas de ausencia del Estado, incluso más allá de la guerra contra las drogas, que pensemos en la violencia de forma más amplia y que pensemos en las causales y en los registros culturales, históricos, políticos que nos ayuden a entender el contexto actual. Esa es mi apuesta. Que el libro abra una conversación que no esté limitada a ver al pasado, sino que sea lea como una historia del presente.

 

Gema Kloppe-Santamaría
Historiadora y socióloga. Profesora adjunta de historia y relaciones internacionales en la Universidad George Washington.

María Guillén
Editora de nexos en línea

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Publicado en: Justicia, Política