En México, persisten desigualdades basadas en sexo, género, etnia, clase social y orientación sexual, entre otras características demográficas y sociales. El sexo y el género, en particular, influyen en la salud y el bienestar de las personas de distintas maneras. El sexo, definido por atributos biológicos, determina cómo se manifiestan y desarrollan ciertas enfermedades en hombres y mujeres. Por su parte, el género, al ser una construcción social, moldea los roles, los comportamientos y las expectativas que afectan la educación, el acceso al trabajo y la salud de las personas, contribuyendo a la reproducción de desigualdades. Aunque hay evidencia contundente sobre cómo el género afecta la salud, todavía no ha permeado suficientemente en las políticas de salud, por lo que es fundamental insistir en su integración para fomentar la equidad.

El acceso equitativo a servicios de salud es crucial para el buen funcionamiento de los sistemas de salud y para lograr la cobertura universal. Sin embargo, las desigualdades de género en este ámbito no han sido suficientemente exploradas en países con sistemas de salud segmentados y fragmentados como México. Un estudio en curso realizado por investigadores del Instituto Nacional de Salud Pública examina cómo las desigualdades de género se manifiestan en el uso de servicios ambulatorios para la atención de enfermedades no transmisibles (ENT) en México, sus consecuencias y propone acciones urgentes para la agenda de protección social en salud.
El análisis de datos de más de 300 000 adultos mexicanos con algún seguro público de salud o sin ningún tipo de aseguramiento, recolectados por las Encuestas Nacionales de Salud y Nutrición (Ensanut) de 2006 a 2022, evidencia importantes diferencias en la atención ambulatoria de ENT recibida por mujeres y hombres. Aunque las mujeres eran menos propensas a no usar servicios de salud (21.8 % frente al 27.8 % de los hombres), al enfocarse en el uso de servicios por ENT, los hombres tenían 7.4 % menos probabilidad de no recibir atención, 10.8 % más probabilidad de usar los servicios de salud correspondientes con su seguro médico, y 12 % menos probabilidad de acudir a servicios privados que las mujeres. Estas diferencias han sido estables durante los 16 años analizados.
Este patrón de desigualdad está estrechamente relacionado con la arquitectura segmentada y fragmentada del Sistema de Salud Mexicano. La segmentación, por un lado, genera oportunidades de atención diferentes para segmentos poblacionales distintos, definidos de acuerdo con su vinculación al mercado laboral y al tipo de aseguramiento médico; y la fragmentación, por su parte, implica descoordinación entre los subsistemas (IMSS, ISSSTE, ISSFAM, Pemex, Secretaría de Salud, Programa IMSS-Bienestar y OPD IMSS-Bienestar y sector privado) y entre los niveles de atención (primer, segundo y tercer nivel), perpetuando las inequidades en salud, incluyendo las relacionadas con el género. Esta descoordinación resulta en un acceso y calidad de la atención desiguales, así como en la duplicación de esfuerzos, reduciendo la eficiencia del sistema. En un contexto de segmentación ya de por sí complicado, la fragmentación agrava aún más el acceso, especialmente para las mujeres.
El estudio muestra que, durante el proceso de búsqueda y utilización de servicios ambulatorios, los hombres con ENT en México gozan de ventajas y tienen más éxito en superar las barreras de acceso que imponen las instituciones de salud que brindan atención para diferentes segmentos poblacionales en comparación con las mujeres. Los hombres tienen más probabilidades de recibir atención en instituciones cubiertas por su seguro o en otras públicas, mientras que las mujeres, con menor participación en el empleo formal, enfrentan barreras significativas para recibir atención en instituciones públicas de salud y son más propensas a no recibir atención o a usar servicios privados para atender las ENT.
Estas desigualdades de género tienen un impacto económico y social profundo. Las mujeres, al usar más servicios privados y tener menores ingresos, se enfrentan a mayores riesgos de gastos de bolsillo, que pueden ser catastróficos y afectar tanto su bienestar como el de sus hogares. Además, la falta de acceso adecuado a servicios de salud limita su capacidad para alcanzar su máximo potencial y participar plenamente en la fuerza laboral, perpetuando así la pobreza y la desigualdad.
Las creencias culturales y sociales juegan también un papel clave. Los hombres, influenciados por normas que asocian buscar atención médica con debilidad, a menudo evitan prevenir o tratar enfermedades, lo que los expone a riesgos de salud evitables. Por otro lado, las mujeres, con menos acceso a empleo remunerado y mayor carga de trabajo en el hogar, tienen menos recursos y tiempo para cuidar de su propia salud. Asimismo, su rol de cuidadoras las lleva a priorizar a los demás, postergando su propia atención médica, expresando falta de empoderamiento femenino.
Abordar estas desigualdades requiere acciones en múltiples frentes, salud, política laboral y fiscal, protección social y educación. Un enfoque integral debe considerar las relaciones intersectoriales y la dependencia del sistema de salud de otros subsistemas sociales. Se necesitan reformas deliberadas que mitiguen la segmentación del sistema de salud y aseguren acceso equitativo a servicios de calidad para todas y todos, independientemente del género o situación laboral. De esta forma se podrían eliminar la duplicación de esfuerzos y mejorar la coordinación entre sectores público y privado, a través del ejercicio de una función rectora y regulatoria efectiva con el liderazgo de la Secretaría de Salud. Esto aumentaría la eficiencia del sistema y garantizaría un acceso más equitativo a servicios de salud.
Se requieren también cambios en políticas de salud, laborales y de protección social, para permitir a más mujeres acceder a empleos formales. La ausencia de un Sistema Nacional de Cuidados en México impone y concentra el mayor costo social en las mujeres debido a los roles asignados socialmente, por lo que es prioritario que México avance en esta dirección.
Además, se deben implementar políticas de salud que consideren las necesidades específicas de las mujeres, hombres y otros géneros, como programas de prevención y atención de ENT diseñados para abordar las barreras únicas que enfrentan. Mejorar la alfabetización en salud y promover la equidad de género en todos los niveles del sistema también es crucial.
Para finalizar, la incorporación de una perspectiva de género en la formulación de políticas de salud es esencial para cerrar las brechas en el acceso a los servicios. Las personas responsables de política deben reconocer que las barreras enfrentadas por las mujeres no son sólo de acceso, sino también de tipo y calidad de los servicios disponibles. Reconocer y abordar necesidades específicas de hombres y mujeres, y promover la equidad de género en todos los niveles del sistema es fundamental. La equidad en salud es un componente esencial del bienestar de cualquier sociedad. Al cerrar la brecha de género en el acceso a servicios de salud, no sólo mejoramos la salud y el bienestar de las mujeres, sino que también fortalecemos la cohesión social y el desarrollo económico del país. Es momento de tomar medidas decisivas para garantizar un acceso equitativo a la salud para todas y todos en México.
Edson Serván-Mori y Ileana Heredia-Pi
Profesores-Investigadores del Instituto Nacional de Salud Pública de México
Carlos M. Guerrero-López
Investigador-colaborador del Instituto Nacional de Salud Pública de México
Este artículo expresa los puntos de vista personales de los autores y no refleja la posición de la institución donde trabajan.