Esta es la segunda crónica de Denise Dresser desde Ucrania. Su primer testimonio, publicado en agosto de 2023, puede leerse aquí.
Yaroslav tiene la cara llena de heridas que no han sanado aún. Han pasado menos de dos semanas desde que un misil ruso cayó en el departamento que compartía con su esposa y tres hijas, en una calle arbolada de Lviv. Ellas murieron, él sobrevivió. Accede a hablar conmigo sólo porque sabe que la guerra en Ucrania va perdiendo importancia en la atención internacional, desplazada por conflagraciones en Gaza y Líbano. Pero Rusia sigue invadiendo, atacando a la población civil, bombardeando ciudades más allá del frente de batalla en el este del país. Para Yaroslav, el tema geopolítico se ha traducido en una tragedia humana. En unos minutos, entre que sonó la alarma antiaérea y la bomba destrozó su edificio, perdió a toda su familia. De eso quiere hablar. De sus hijas, de su mujer, de cómo seguir adelante cuando parecería no haber motivos para hacerlo.
Habla de cómo se salvó sólo porque fue por agua, dejándolas en la escalera que suponían era el lugar más seguro. Describe la explosión, el humo, los vidrios volando; asomarse y ver que la escalera había desaparecido. En su lugar había un hoyo, un abismo. Estuvo atrapado dos horas, hasta que lo rescataron y supo que lo había perdido todo. En voz baja, habla de cómo quiere crear una beca en nombre de su hija Daryna, estudiante de teatro y cultura en la Universidad Católica de Lviv. Sentada junto a él está la mejor amiga de su hija ausente, que no deja de apretarle la mano, mientras traduce lo que me dice, y me enseña el collar que ella le había regalado. “Es como Daryna; con luces y colores y alegría”, susurra, mientras acaricia las piedrecillas que cuelgan de su cuello. Me faltan las palabras. No sé qué decirle, cómo entrevistarlo sin parecer ajena a su dolor. Me paro y lo abrazo, y le cuento de mi padre y mi hermana, a quienes vi morir en un accidente automovilístico cuando tenía siete años. Necesito transmitirle que entiendo, que lo entiendo, y que a él le tocará preservar la memoria. Contar la historia a un mundo que comienza a cansarse de Ucrania y voltear la mirada.
Han pasado dos años y medio desde que Rusia unilateralmente invadió Ucrania, y no se vislumbra un final claro o cercano. Rusia retiene el control de algunos de los territorios ocupados, y Ucrania ha logrado liberar otros, pero hoy se percibe un impasse doloroso, un estancamiento mortífero. A diferencia de cuando lo conocí por primera vez, el presidente Volodimir Zelensky se ve visiblemente cansado cuando habla frente a decenas de líderes europeos, políticos estadunidenses e intelectuales de fama global que se han congregado para la Conferencia de Seguridad Europea de Yalta. Repite lo que dice en foro tras foro, reunión tras reunión: Ucrania necesita más armamento, Ucrania necesita más apoyo, Ucrania necesita ganar la guerra. Pero quienes le aplaudían estruendosamente hace un tiempo, ahora lo hacen con mayor cautela, y con menos optimismo. Su gobierno ha logrado resistir, pero no ha podido imponerse frente a una Federación Rusa dispuesta a sacrificar a miles de soldados en el frente, de ser necesario. Putin le está apostando al factor tiempo, a la desunión europea, y al apoyo armamentista de Irán para seguir librando una guerra de larga duración.
En la bella Lviv, repleta de edificios majestuosos y calles adoquinadas, tan europea, tan parecida a Praga o a Cracovia, la guerra parece lejana. Pero cada par de horas la ciudad entera se detiene, los autos dejan de circular, la población se para en las banquetas y honra una marcha fúnebre en camino al cementerio, a enterrar el cuerpo de otro soldado caído en el frente de batalla. El cementerio está repleto de banderas y nombres recién colocados. Lviv está en el occidente del país, cerca de la frontera con Polonia, lejos de Moscú. Y por ello la sorpresa del misil que obliteró a una familia entera, ya que por simple distancia geográfica Lviv se había salvado de los peores ataques rusos. Pero Rusia empieza a escalar las agresión a la población civil, utilizando misiles de largo alcance, apostándole al desgaste psicológico que entraña vivir con miedo permanente, con incertidumbre asegurada.
Lugares a los que fui hace año y medio —como Kharkiv o Kramatorsk— empiezan a volverse cada vez más peligrosos, porque las bombas ahora son lanzadas no sólo por las noches, como había sido la costumbre. Ahora incluso los días se han vuelto angustiosos. La anormalidad se vuelve la normalidad a la cual la población se acostumbra. Como en la oficina de Index, una organización que financia proyectos de documentación de crímenes de guerra cometidos por las tropas rusas. Sobre las mesas de trabajo, entre las computadoras y las mujeres recolectando testimonios de las víctimas, hay floreros que contradicen la brutalidad cotidiana. Sólo que al examinarlos de cerca descubro que están hechos de pedazos de misiles lanzados desde Moscú, y partes de bombas que cayeron sobre la ciudad. La crueldad y la humanidad, unidas en cada día que transcurre. Bombas y flores. Muerte y resistencia.

En muchas de las tiendas que venden artesanías y productos ucranianos, sobresale un artículo que resume el sentir de una población asediada pero desafiante. Se ve en todas partes, y se puede comprar como uno compraría refrescos en los Oxxos mexicanos: rollos de papel de baño con la efigie de Putin. El odio y el resentimiento de los ucranianos a Putin son sentimientos expresados con frecuencia por todos los activistas, analistas y políticos con los que hablé, y no únicamente por lo que perciben como una ambición imperial. El desprecio al dictador tiene que ver no sólo con la guerra, sino con cómo la ha conducido, en violación de todas las normas que rigen los conflictos entre Estados. La herida más dolorosa es la que atañe a los niños. A los más de 19 000 secuestrados en los territorios que Rusia ocupa, enviados a vivir con familias rusas para ser “rusificados”. Se les dice que su familia en Ucrania ha muerto, o que en su país ya nadie los quiere. Hasta hoy organizaciones de la sociedad civil sólo han logrado recuperar a 600, y como me dice el activista y cineasta, Azad Safarov, los que regresan enfrentan problemas de salud mental. Su documental, Una casa hecha de astillas, plasma de forma magistral cómo la guerra ha afectado a los niños y fue nominado al Óscar por ello.
En una intervención reciente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el secretario de Relaciones Exteriores de Polonia, Radek Sikorski, encara a su contraparte rusa y equipara lo que Rusia lleva a cabo hoy con lo que Alemania hacía con los niños durante la Segunda Guerra Mundial. Jamás habíamos visto un desplazamiento forzoso de menores de tal magnitud desde entonces, reclama. Y lo mismo me dice el Procurador General de Ucrania. Rusia ha abandonado por completo el sistema de derecho internacional, argumenta, enfático. Por eso Putin es considerado un criminal de guerra por la Corte Penal Internacional. Me recuerda que México firmó el Estatuto de Roma en el año 2000, y lo ratificó en 2005; me pregunta por qué el pueblo de México está dispuesto a aceptar que Putin haya sido invitado a la inauguración de Claudia Sheinbaum. Cuestiona por qué López Obrador estaría dispuesto a darle la mano a Putin en vez de apoyarlo con una falsa “neutralidad”. No tengo una buena respuesta. Me mira con severidad y concluye nuestra entrevista con una amonestación: “Los políticos no deberían interferir con el Poder Judicial, a nivel nacional o internacional. Nadie debe estar por encima de la ley. Nadie debe quedar impune por crímenes de guerra”.
Sus palabras resuenan con aun más urgencia cuando visito el hospital infantil de Okhmadyt en Kyiv. Era una joya de la medicina ucraniana, especializado en el tratamiento para niños con cáncer. En julio de este año, a las 10:30 am, le cayó un misil que destruyó partes importantes de las instalaciones. El área de cancerología quedó inoperante; recorro los pasillos repletos de cables caídos, techos derrumbados, y ventanas sin cristal, destruidas por el impacto. El 30 % de los médicos que trabajaban ahí ya están en el frente de guerra, y los que quedan siguen trabajando como pueden, con lo que queda, a veces sin electricidad. El área de urología se ha mantenido intocada y ahí los pacientes están rodeados de paredes pintadas de colores, con flores y animales. Coexisten con la devastación al lado. En el salón de descanso de los médicos colgaron un mantel como cortina para tapar la falta de cristal en la ventana; han puesto pósters de sus ciudades natales y plantas en macetas, tratando de recrear alguna semblanza de normalidad. A pesar de sus esfuerzos, no logran ocultar que ahí —en efecto— cayó una bomba.
“La guerra cambió todo” me dice un doctor que trataba casos de leucemia. Me enseña videos de los niños que se “graduaban” de su área, porque su cáncer estaba en remisión y podían volver a casa. Antes de ser dados de alta, los médicos y las enfermeras les organizaban una fiesta y les cumplían un deseo, incluyendo conocer a Zelensky o una visita de Patrón, el perro más famoso de Ucrania, cuyo retrato se encuentra en todas partes. Está entrenado para detectar minas, y tiene su propia cuenta de Instagram, con miles de seguidores entusiastas que lo ven como un salvador simpático, juguetón y valiente. Ahora esa sección del hospital que el perro visitó para animar a los enfermos está a oscuras, cerrada. “Pensábamos que este era el lugar más seguro de Ucrania. Nos equivocamos”, lamenta el médico alto, de ojos grandes y tristes. “Después de ese día —murmura— sé que en cualquier momento podría morir y me despido de mis hijos cada mañana con un ‘te quiero’”. “Antes yo curaba el cáncer y ahora creo que Rusia es el cáncer del mundo”, sentencia. “Si Rusia ocupa Kyiv, me iré”.
Ese es el sentir de todas las personas con las que hablo, aun aquellas con familiares o amigos que han muerto en el frente. A pesar del cansancio y el espectro de una guerra sin fin, no hay apoyo mayoritario a negociaciones que produzcan paz a cambio de ceder territorio. El ánimo sigue siendo de no hacer concesiones, no ceder a la presión militar y psicológica del régimen ruso, no permitir que Zelensky se siente a la mesa y sacrifique ciudades ocupadas actualmente por Rusia. Alina Frolova, exsubsecretaria de Defensa y una mujer de intelecto imponente que ahora dirige el Centro de Estrategia de Defensa, señala que, según una encuesta del año pasado, el 86 % de los ucranianos estarían dispuestos a pagar el costo de un ataque nuclear —calculado en 5000 muertes por — antes que volver a ser parte de Rusia. La paz sólo se dará cuando Ucrania gane, repiten sin cesar.
Eso explica la reciente incursión ucraniana en territorio ruso, en la región de Kursk. La estrategia es llevar la guerra a los rusos. Es forzar lo que ella llama “una ambigüedad estratégica”. Es obligar a Putin a mover tropas del frente en el Donbás para defenderse, y demostrar que Ucrania tiene la capacidad de tomar la ofensiva y cambiar la visión fatalista que se percibe en algunas ciudades europeas. Pero a pesar de ese cambio en el juego, la correlación de fuerzas no ha ocurrido hasta el momento, y Rusia sigue avanzando en el este, tomando pequeños pueblos y volviendo a cercar a Kharkiv. Ucrania enfrenta un problema estructural que lo coloca en una situación de vulnerabilidad. Es difícil planear y ejecutar una guerra —argumenta Alina— cuando dependes de otros para armarte. Cuando dependes de tanques alemanes, aviones estadunidenses, municiones japonesas y drones caseros. Y cada petición ucraniana implica una negociación, una espera, un retraso, un día más en el que no se puede avanzar en el frente.
Aunque la mayor parte de los países europeos comprenden el imperativo de frenar a Rusia, su nivel de compromiso político y militar con Ucrania varía. Es probable que la incorporación de Ucrania a la Unión Europea proceda, pero su adhesión a la OTAN no ocurrirá pronto. Hay demasiada oposición de los gobiernos más afines a Rusia, en Hungría y en Turquía. Y por otro lado, el apoyo estadunidense a Zelensky no ha sido consistente por las dinámicas de política interna y la elección presidencial que se avecina. “Biden ha sido débil”, me dice. Sospecha un escalamiento nuclear con Rusia y ese miedo ha limitado el apoyo financiero, logístico y militar a un país en vilo, esperando a ver quién quedará en la Casa Blanca y cómo actuará.
Los ucranianos temen que Trump, de ganar, sacrificaría a Ucrania para apaciguar a Rusia. Temen que Europa no sea capaz de mantenerse unida para defender a los ucranianos si Estados Unidos empieza a retirarse del ámbito internacional. Pero también temen que Kamala Harris siga regateando el apoyo, y reitere la prohibición de que Ucrania use equipo militar estadunidense para atacar a Rusia. Peor aún: viene el invierno, y con ello los retos del frío, del lodo y la dificultad para mover tropas en el frente aumentan. La visita reciente de Zelensky a Naciones Unidas y el encuentro personal con Biden produjo una declaración de otra ronda de financiamiento pero nada más. El canciller alemán aprovechó para reiterar que no apoya que Ucrania use misiles de largo alcance para atacar a Rusia, demostrando de nuevo que no hay una posición europea unificada sobre cómo salir del statu quo. En la situación actual, se le está pidiendo a Ucrania que pelee con una mano atada detrás de la espalda.
Los países más insistentes en frenar el avance ruso son los bálticos y los nórdicos. Y eso me recuerda el recorrido que hice por Estonia, Lituania y Latvia durante el verano. Son sitios vibrantes, pujantes, orgullosos de haberse liberado del peso de la bota soviética vía una “Revolución Cantada”. A finales de los ochenta, miles de personas formaron cadenas humanas uniendo a las tres capitales: Tallin, Riga y Vilna. No dejaron de cantar y de protestar hasta que obligaron a los rusos a retirarse, después de la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS. También son países con cicatrices profundas, producto de la ocupación alemana y luego rusa durante la Segunda Guerra Mundial. Por todas partes hay estatuas, placas, “museos del terror”, recordando lo que fue vivir sojuzgados y aterrorizados. Y como lo saben, son quienes hoy intentan alertar al mundo sobre las intenciones de Putin, que no parará en Ucrania.
En tiempos recientes, la presidenta de Estonia ha argumentado que a Ucrania se le debe permitir atacar blancos militares dentro de Rusia. Ha reiterado que no es posible “resetear” las relaciones con Putin, y que es indispensable mantener una brújula moral clara. Para ella, Putin es un criminal de guerra y debe rendir cuentas. Como sus contrapartes en los países bálticos, entiende que ellos, junto con Polonia, son la primera línea de defensa de Europa. Se saben y se sienten indefensos. Para ellos, la guerra no es motivada por recursos, territorio o ideología. Deviene de las fantasías imperialistas de Putin de recrear el “Imperio Soviético”, de volver a la “era dorada” de su control sobre Europa del Este —y les preocupa que algunos países europeos y el resto del mundo no lo entiendan así.
Durante las últimas semanas, Lituania ha empezado a colocar vallas de cemento y obstáculos de metal en sus carreteras, previendo una posible invasión rusa. El secretario de Relaciones Exteriores de Lituania me lo advierte: Putin podría tomar los pequeños países bálticos y ofrecer retirarse a cambio de que el resto de Europa le conceda Ucrania. Ese miedo es real, y explica también la urgencia de Finlandia para incorporarse a la OTAN. Los países cercanos a la frontera con Rusia padecen la vulnerabilidad que proviene de la vecindad. Alertan que Putin no va a cejar en sus intentos por resucitar el yugo territorial de la antigua Unión Soviética. En Vilna, el edificio más alto de la ciudad alberga la oficina del alcalde. Y desde ahí, a la vista de todos, ha colgado una manta gigantesca con la siguiente frase: “Putin, La Haya te espera”.

Hanna Vasyk, la teniente del Ejército ucraniano con la que me reúno podría ser modelo de cualquier revista. Alta, bellísima, de ojos verdes luminosos, cabello negro con un corte punk, llena de aretes, y un aro plateado que la atraviesa la nariz. Es doctora en Antropología; antes era editora de la revista Art Ukraine y organizaba los raves más populares de su país. Ahora trabaja como médico de emergencias en el frente —parte de un regimiento en Zhaporizhzhia— y me habla de cómo se vive ahí, entre el terror y la esperanza. Sus primeras palabras son sobre quienes han muerto: los atletas olímpicos, los científicos, los escritores, la “mejores mente de mi país”, reflexiona con tristeza. Y habla de su decisión de tomar cursos de medicina de triaje, cuando Rusia comenzó la invasión en febrero de 2022. “Quiero hacer todo lo que pueda”, insiste.
Le pregunto sobre los momentos más difíciles y los más optimistas, y cuenta cómo en una sola noche perdieron a 64 personas, incluyendo amigos cercanos. Pero también describe la enorme felicidad de estabilizar a alguien herido, atender a quien acaba de perder una mano o una pierna, sacarlo del campo de guerra, y ella misma saberse viva, sobreviviente. Habla del coraje que produce “sacar al enemigo de tu país”. Y cómo después de cada rotación de descanso, el deseo de regresar al frente la consume. Dice que no hay suficiente gente para operar el armamento, y describe el cansancio de los que llevan casi tres años peleando, exhaustos. Pero no están dispuestos a parar, y en las trincheras jamás se habla de “negociaciones” que entrañen ceder territorio a Rusia. Quiere que haya más mujeres a su lado, que ingresen a la tropa porque “no se trata de bajo qué bandera vives, sino de lo que es aceptable y no aceptable en este mundo; de la diferencia entre la luz y la oscuridad”. “Yo creí ingenuamente que el mundo entendería eso”, murmura, con un dejo de tristeza.
En la conferencia de Yalta a la cual asistí, el trasfondo de la plataforma en la que hablan políticos de altos vuelos, intelectuales cosmopolitas y miembros del gobierno ucraniano es una enorme pared con las fotografías de quienes han fallecido desde la invasión. Los participantes, mayoritariamente europeos y estadunidenses, no paran de manifestar su apoyo, en panel tras panel. El historiador Timothy Snyder dice que la guerra “es la oportunidad de defender la libertad”. El periodista Fareed Zacharia sugiere que la guerra debe cambiar a Europa, mantenerla unida, modificar su actitud hacia Putin. Sus palabras también son un reclamo a la tibieza de Alemania por su dependencia energética de Rusia. La periodista Anne Appelbaum describe cómo Rusia encabeza una alianza de “Autocracia Inc.”, de países como China, Irak, Corea del Norte, y Venezuela que se apoyan entre sí y deben ser contenidos.
Pero para Zelensky y los suyos, la intención de la reunión es transmitir la urgencia de seguir apoyando a Ucrania, y cerrar la brecha entre las palabras y la acción. Ha escuchado esos argumentos antes. Ha recorrido capital tras capital, con la mano extendida, hablando en nombre de su país, pero también en nombre de un orden mundial amenazado por Putin. Si Rusia gana, ese orden se termina y el siglo XXI se convierte en uno de imprevisibilidad, sin normas, de Estados fuertes contra Estados débiles, y de invasiones que la comunidad internacional no podría parar. Sería la venganza de los demás contra la idea de “Occidente”, me dice el historiador ucraniano Yaroslav Grytsak. Porque Occidente ha sido incapaz de reconocer sus propios errores, su doble moral hacia el llamado “Sur Global”, y la profunda desigualdad que prevalece a lo largo del planeta. Putin se aprovecha de eso y de la desmemoria sobre lo que vivió Europa en el siglo XX. Aunque reconoce que los valores liberales están en crisis, argumenta con vehemencia que “el liberalismo debe aprender a pelear”, porque las alternativas son peores.

Nadie tiene que convencer a los hombres y mujeres recuperándose de amputaciones padecidas en el frente, de por qué y para qué pelean. En el centro llamado Superhumans Lviv, hablo con varios de ellos, enviados ahí para que les coloquen prótesis y reemplazar brazos o piernas perdidas. Fundado por un empresario ucraniano, el hospital está abocado a producir prótesis con tecnología de punta. Colaboran médicos de todo el mundo; recorro las instalaciones, impactada por su grado de sofisticación. Los lugares donde se producen partes con impresoras 3D, el sitio con equipo para la rehabilitación física, la enorme alberca techada a donde se baja a hombres y mujeres amputados en una silla electrónica. Todo parece sacado de una película de ciencia ficción. Incluso un brazo metálico me sirve un vaso de agua, después de que aprieto un botón.
Fundado en abril de 2023, en Superhumans Lviv se ha atendido a más de 600 personas desde que comenzó la guerra; pasan ahí desde un par de meses hasta un año, dependiendo de la gravedad de la amputación. Hay un hombre con prótesis de dos piernas y una mano, otro con una mano nueva, casi indistinguible de la que perdió. El lema que repiten es “perdí una mano o una pierna pero no mi sentido del humor”. Se percibe el compañerismo, la solidaridad, incluso la jocosidad de quienes están jugando ping pong, uno moviéndose con agilidad en silla de ruedas, otro con una prótesis de pierna. Los sentados alrededor, con prótesis de diferentes tamaños, con muñones que apenas empiezan a sanar se ríen, y aplauden si pueden hacerlo. Se quejan de la comida, de la monotonía de comer siempre arroz blanco los lunes. No se quejan de sus heridas o de sus vidas.
Vladimir, quien está estrenando una prótesis de brazo, fue herido en el verano de 2023 en la fallida contraofensiva ucraniana en la región de Zhaporizhzhia. Antes de ingresar al ejército trabajaba en una fábrica que producía champaña ucraniana. Habla de cómo los hombres en el hospital se han vuelto hermanos y comparten la misma sangre. Quiere volver al frente. Cree que todavía puede ser útil como instructor, o aunque sea para hacer sándwiches, lo cual ya aprendió a hacer con su nueva prótesis. Lo mismo me dice Sergei, un abogado de Kyiv de 43 años, herido en el bosque afuera de Kharkiv hace un año. Está estrenando una prótesis de pierna y no duda en volver a la guerra, si logra ser útil en alguna capacidad. Ya puede manejar y cree que eso será una habilidad que lo lleve de regreso al frente.
Salgo del recinto conmovida por la resiliencia y la determinación. Es un sentimiento compartido y palpable en un país bajo asedio, bombardeado incesantemente, lleno de hombres y mujeres que todos los días se levantan a trabajar, a pelear. Y todas las noches, cuando suenan las sirenas, corren a refugiarse ante un nuevo ataque de misiles o drones iraníes y rusos cargando bombas. Cerca del frente se ha inaugurado una escuela primaria subterránea para poder seguir adelante aunque a veces parezca que Ucrania pelea con todo en contra. Se enfrenta a una Europa escéptica, un gobierno estadunidense impredecible, un Sur Global cuya atención está puesta en Gaza, en Líbano y en Sudán. Una opinión pública internacional cansada de escuchar a Zelensky y de prestarle atención a una guerra cuyas implicaciones no parecen tan claras como lo son para Ucrania.
Al final de cada entrevista y de cada conversación, o de cada conferencia que doy, siempre me piden lo mismo. Lleva este mensaje a tu país. Relata a los mexicanos y a los latinoamericanos lo que está pasando aquí. Estamos peleando por nuestra patria, por nuestra identidad, por nuestra libertad. No queremos ser “rusificados”. No queremos que nos obliguen a cantar un himno que no es nuestro. No queremos vivir con miedo, sin derechos como quienes ahora padecen la ocupación de Crimea y otros pedazos de nuestro país. “Yo fui apresado y enviado a una prisión en Siberia por escribir y hablar de la ocupación rusa de Crimea. Apenas fui liberado en un intercambio de prisioneros”, me dice Nariman Dzhelial, un prominente tártaro de la región. “Resistiremos”, reitera. México ha hecho lo mismo y no entendemos por qué ahora nos dejan solos; por qué invitan a Putin cuando deberían arrestarlo. No sabemos cómo será el futuro pero no permitiremos que Rusia lo defina y lo imponga sobre nosotros. No nos nieguen el derecho a defender una causa justa —la nuestra lo es.
Al escucharlos, al viajar en trenes por las noches durante horas, en ciudad tras ciudad, al reír y llorar con mi amiga, la valiente periodista Nataliya Gumenyuk que me acompaña donde quiera que voy a lo largo de un país entrañable y herido, les hago una promesa. Prometo cargar conmigo sus palabras, sus historias, sus luchas, y compartirlas. Aquí están y ojalá te sacudan tanto como a mí. Slava Ucrania. Gloria a Ucrania.
Denise Dresser
Politóloga. Es profesora en el ITAM. Entre sus libros: Manifiesto mexicano y El país de uno.