Mientras que la ONU cuenta con 193 estados miembros, la FIFA alcanza los 211 países. En un mundo en el que ser parte de una institución que organiza internacionalmente un deporte importa más que pertenecer a un organismo que vela por la paz, la seguridad y los derechos humanos a nivel global, resulta claro que el fútbol es mucho más que un mero ejercicio recreativo.
En lo local, esta afirmación resulta evidente, ya que dicha actividad ocupa un lugar destacado y casi simbólico en la vida de los mexicanos. No tengo la menor duda que si en la primera consulta popular en la historia del país López Obrador hubiera planteado procesar a los directores técnicos de la selección nacional en lugar de los expresidentes, los índices de participación hubieran sido muchísimo más altos.
Al representar un espacio fundamental de identidad y pertinencia, en México el fútbol resulta algo esencial en nuestra escala de prioridades culturales, me atrevería a afirmar que se encuentra tan solo unos peldaños atrás de la familia, la religión y la comida.

Jorge Valdano no se cansa de repetir que este deporte "es lo más importante de las cosas menos importantes" como para recordarnos el equilibrio que debe guardarse entre la pasión desmedida y el valor relativo de dicha actividad frente a los aspectos verdaderamente trascendentales de la vida como, por ejemplo, la salud, el amor o las relaciones personales.
Pero volvió a ganar Trump, las guerras no cesan, la crisis climática avanza sin tregua y los fundamentalismos adquieren cada vez más fuerza. No es que la mesura y la razón dicten el rumbo de nuestros tiempos, ni tampoco que la humanidad se encuentre en su punto más alto. Así que basta ya de alegrarnos o afligirnos por factores que uno no controla. Cuando lo improbable se convierte en realidad, es momento de privilegiar la emoción sobre la lógica y sobrevivir a costa de lo cotidiano y trivial. Por eso, será mejor encontrar refugio en aquellas cosas que, pese al caos, siempre han sido un caos y, por ello, se terminan convirtiendo en una entretenida distracción para recordar que no somos nada.
De ahí que dudo que aun valga mucho la pena seguir teorizando o romantizando al fútbol cuando esto es lo que es: por un lado, una fuente de emociones intensas que van desde la euforia de la victoria hasta la tristeza de una derrota; por el otro, un negocio que transita entre álgidas cuestiones políticas y lamentables incidentes de violencia. Un deporte que ha ido poco a poco mutando hasta convertirse en un fenómeno social con muchísimas ambivalencias, zonas negras, grises y luminosas.
En tal sentido, habrá que aceptar, de una vez por todas, que dentro del fútbol mexicano hay muchísimas cosas malas, muy malas, pésimas, peores, desagradables, de mal gusto, pero también hay cosas buenas y muy buenas, y una de esas muy buenas es, sin duda, la liguilla; ese sistema híbrido que combina el formato tradicional de temporada regular con los playoffs y que, desde hace más de 50 años, se adoptó en nuestro país para añadir una dosis extra de emoción y competitividad al cierre de cada liga.
La también llamada postemporada, esa misma que se ha convertido en un sello distintivo del agridulce fútbol nacional, se suele caracterizar por ser un espacio para los sobresaltos y los despropósitos a partir de tres rondas eliminatorias entre ocho equipos que se esfuerzan para obtener el tan ansiado campeonato.
Así, poco importa que algún equipo tenga una extraordinaria temporada, que consiga una ventaja muy superior a los demás o que rompa todos los récords posibles; en la liguilla todo puede pasar. Las jerarquías son irrelevantes y bienvenidas las improvisaciones y sorpresas. De lo que se trata es de hacer seis buenos juegos a costa de lo que sea y dejar en claro que la meritocracia aquí no interesa un carajo.
En la fiesta grande del fútbol mexicano no hay equipos chicos: cómo olvidar el campeonato que, gracias a las atajadas de Ángel David Comizzo, ganó el Morelia en el 2000; aquel Atlante del profe Cruz que levantó la copa en el 2007; o los Xolos de Tijuana que de la mano del Turco Mohamed ganaron en 2012. En tan sólo tres semanas se pueden construir nuevas dinastías y los equipos más regulares ven cómo su esfuerzo puede quedar reducido a cenizas frente a la imprevisibilidad del sistema.
Y es que, como bien ha escrito César Velázquez Guadarrama, académico del Departamento de Economía de la Universidad Iberoamericana, la probabilidad de que un equipo con menor nómina (y por ello, calidad) gane a uno de más recursos es mayor que la probabilidad que ese mismo equipo haga más puntos que el de mayor calidad a lo largo de toda la temporada.
Los datos son brutales, pues. Paradójicamente, si no se hubieran inventado las liguillas, es decir, si el campeonato de la liga mexicana de fútbol fuera para el equipo que sumara más puntos al final de un torneo largo que abarcara todo un año, el verbo “cruzazulear” no existiría, pues la Máquina Celeste sería el club más ganador en la historia del fútbol mexicano con 13 títulos hipotéticos.
Bajo esa misma lógica, desde 1970 hasta la actualidad, Rayados tendría cuatro títulos, Tigres tres, las Chivas apenas dos y equipos como Pachuca y Necaxa nunca habrían disfrutado de sus décadas de gloria al haber conseguido coronarse sólo una vez respectivamente. Ni qué decir de los del Atlas que seguirían sin romper su sequía desde 1951. No cabe duda de que sin liguilla viviríamos en un país más justo y equitativo, pero claramente menos divertido e impresionante.
Por eso mismo, da igual que ahora tengamos que contratar múltiples servicios de streaming para poder ver cada partido; que soportemos una ingente cantidad de anuncios y promocionales durante las transmisiones; o que el calendario deportivo dependa cada vez más del mercado y no del aficionado (no por nada Juan Villoro dice que el fútbol nacional es un fracaso deportivo, pero un éxito económico), al final, tal parece que soportar todo lo que conlleva la liga mexicana nos da un cierto derecho a amar su liguilla.
A estas alturas del partido, falso sería desear o esperar que gane el mejor. Lo que realmente importa es el encanto de lo inesperado; la capacidad que tiene un deporte para recordarnos que no siempre debe ganar el más fuerte o el más preparado, sino el que sabe aprovechar el momento, el que encuentra su grandeza en el caos y transforma la mediocridad en gloria. Así, el fútbol trasciende su condición de juego para convertirse en una metáfora de nuestra absurda actualidad, donde lo improbable no sólo se vuelve posible, sino que siempre encuentra una oportunidad para hacerse realidad.
Juan Jesús Garza Onofre
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor de Filosofía del Derecho en el ITAM.