En busca de lo fundamental
Los seres humanos vivimos dentro de un tiempo de percepción lineal en que se gesta el deseo de futuros ideales. En el caso de los mexicanos, se trata de uno sin violencia. Un futuro, sin embargo, que en su condición utópica va siempre unos pasos adelante, lo suficientemente cerca para anhelarlo y lo inevitablemente lejos para nunca tocarlo. Sea quizá por ello que, con el transcurrir de ese tiempo lineal, hemos asumido el papel de espectadores de un futuro que quizá nunca llegue, pues la realidad social en que vivimos ahora es complejamente perturbadora. La agresión, la violencia y la crueldad configuran un presente perverso cada vez más fortalecido. Y entre este presente y el futuro deseado danzan en círculo, como las brujas de Macbeth, el miedo, el desasosiego y la ansiedad. Son manifestaciones de esa pesadilla de la que no podemos despertar.
Una realidad social tan compleja como la que vivimos en México no sólo es abrumadora sino que sitúa lo urgente por encima de lo fundamental. Hace cincuenta años, el poeta venezolano Rafael Cadenas nos advertía sobre los riesgos de perder aquello que nos hace esencialmente humanos: la poesía. La poesía no como género literario sino como la capacidad humana de experimentar el mundo de forma sensible, es decir, a través de nuestra capacidad poética. Es esta capacidad la que, por medio de los sentidos y la palabra, permite hacer de la experiencia vivida un estado intangible universal del que emanan la compasión y la empatía como formas de mirar al otro con apertura a entender nuestras diferencias. Es por ella que podemos distinguir lo fundamental de lo urgente. El problema de las sociedades individualistas como la nuestra es que es cada vez más difícil hacer esta distinción. Esto se debe a que el espacio de los seres humanos, aquel donde estos crecen, ha sido tomado “significativamente por poderes hostiles a la poesía. Dice mucho que las fuerzas de la destrucción del individuo sean siempre tan incurablemente antipoéticas. Exudan vulgaridad, cualquiera sea su máscara”, nos advierte Cadenas.
En este sentido, encontramos que distintas violencias directas (asesinatos y desapariciones), culturales (racismo y clasismo) y estructurales (desigualdad y pobreza) a las que estamos sometidos quienes habitamos este país son una fuerza poderosamente antipoética. Por eso vale la pena volver la mirada, llevar las acciones a lo fundamental para desde ahí entender y atender lo urgente. De lo contrario corremos el riesgo de buscar en las armas y la violencia la solución (técnica) a un problema que es esencialmente humano: garantizar las condiciones de bienestar social y personal para todas las personas.
En el contexto mexicano actual, podemos decir que lo urgente es fortalecer el Estado de derecho, que la gente deje de ser asesinada, vivir de manera libre y sana, que todos los espacios sean seguros. Lo fundamental, por otro lado, cobra sentido a partir de nuestras experiencias subjetivas y sensibles, las más poderosas que conocemos. Lo fundamental es recuperar el valor de la vida humana, la posibilidad de explorar el mundo que nos rodea en cada etapa de nuestro desarrollo como derecho propio —sin riesgo de morir asesinados o de que nos desaparezcan—, que las personas en México vivamos en un auténtico estado de paz. Y no, no deberíamos de renunciar a ese ideal. Quizá para ello sea necesario poner más atención a nuestro presente pues es ahí en donde, según el poeta Paul Valéry, tienen lugar nuestras experiencias sensibles y poéticas.

El nacimiento de la sociedad snuff
El problema, sin embargo, es que plantarle cara al presente implica mirar directo a la violencia, sólo para reconocer que estamos indefensos y desamparados. Y, paradójicamente, son las experiencias del desasosiego y el desamparo las que nos hacen actuar de formas crueles e irracionales. El miedo se ha apoderado de nosotros hasta convertirnos en eso que hemos denominado sociedad snuff,la cual es capaz de consumir decenas de videos e imágenes de crímenes reales al día, sin reparar en cómo es que esta práctica y el consumo de estas imágenes nos aleja cada vez más de ese futuro deseado.1
Las sanguinarias imágenes que, voluntaria o involuntariamente, consumimos en las redes sociales, en televisión, en los puestos de revistas, de seres humanos (padres, madres, hijos, hermanas, amigos, compañeras de trabajo) que han sido cruel y brutalmente asesinadas nos condenan a vivir emocionalmente en una habitación oscura en donde parece imposible encontrar la salida. Y es que donde algunas personas ven “normalización de la violencia”, otras vemos una petrificada indiferencia por la vida humana. Y en medio de toda esta tragedia nacional, aparece la apuesta de los cínicos: “Sólo así sabremos en qué sociedad vivimos y tomaremos consciencia de ello”. ¿En verdad, sólo así lo sabremos?, ¿existe alguna superficie del país que esté libre de vivir bajo la amenaza de todas esas violencias?
México es un país históricamente desigual, racista, clasista y pobre. Artistas, periodistas, cronistas, turistas y fotógrafos han dado cuenta de esta realidad histórica ya sea mediante la folclorización, la denuncia, la romantización o la disidencia estética. Nos hemos permitido, incluso, que la pobreza adorne nuestros espacios, caminamos por ella entre las calles, la padecemos de manera directa o indirecta, es la columna vertebral de los espacios públicos. ¿Acaso eso nos ha hecho una sociedad más consciente de todas estas realidades? Y lo que es más, ¿esto ha motivado un cambio significativo más allá de servir de contenido para los discursos de políticos en campaña? Si uno ve objetivamente la realidad social y política en que ha vivido cada región del país en los últimos 200 años, no deberían sorprendernos los niveles de violencia que hemos alcanzado.
La violencia como proceso
La violencia no es un hecho aislado. No es sólo el asesinato del empresario, del político, del hombre que murió en un asalto tras haber cobrado su nómina, o la desaparación de la joven que salió a trabajar o a la fiesta, tampoco es únicamente el ataque a la estación de policías, o el grupo de jóvenes que violan a la compañera de clase, ni el grupo de migrantes desaparecidos o asesinados. La violencia es un proceso en el que todos contribuimos en mayor o menor medida. La violencia directa, la visible, descansa y en ocasiones tiene su origen en la violencia cultural y estructural, las cuales son mucho más difíciles de reconocer por su invisibilidad, pero que no por ello son inofensivas o menos agresivas. La violencia se legitima cuando se internalizan o institucionalizan prácticas culturales y dinámicas sociales como la discriminación, la segregación o cuando grupos criminales intervienen en causas obras sociales. También cuando estas intervenciones se dan mediante alianzas (tácitas e informales) con el gobierno, o cuando el Estado criminaliza la pobreza. Hacemos uso de la violencia a la vez que la legitimamos. A mayor institucionalización de estas prácticas culturales, mayor internalización legitimadora de las violencias.
Para romper con estas formas legitimadoras hay que poner mayor atención al presente, a la cotidianidad en donde se gesta y tiene lugar el conflicto, en vez de hacer de las violencias contenido de espectáculos y entretenimiento. En este escenario alterno, el conflicto aparece como unidad mínima de entendimiento de la violencia. Según el sociólogo-matemático noruego Johan Galtung, puede haber conflicto sin violencia, pero nunca violencia sin conflicto.2 Esta correlación entre ambas cobra sentido en un contexto en que las personas e instituciones responsables de intervenir en la resolución de los conflictos sociales son incompetentes, indiferentes y corruptas. Lo que da como resultado que la sociedad se sienta forzada a resolver todos los conflictos por mano propia y con sus recursos; es decir: constituye un sistema de interacciones sociales irracional, ilegítimo y, por supuesto, ilegal.
En teoría, las investigaciones penales atienden y explican los hechos en torno al delito. Una práctica que, bajo buen uso, debería contribuir a un mayor entendimiento de los factores que originan los ilícitos, así como a la elaboración de leyes y políticas públicas que apunten a ese futuro deseado. Sin embargo, el principal obstáculo para ello es, y una vez más de manera paradójica, la misma sociedad desamparada que se resiste a vivir de forma distinta, a internalizar formas de convivencia pacífica, a reconocer en el espacio público un sitio compartido, a tomar control de las decisiones políticas en función del bienestar colectivo y no del personal. En lugar de todo ello, lo que tanto sociedad como gobierno promueven es más castigo, uso de armas de alto poder, sistemas de control y vigilancia, uso de inteligencia artificial para identificar criminales y la exhibición pública de las “malas personas” para su linchamiento. Todas estas acciones son justificadas y promovidas por la alta exposición a escenas de seres humanos mutilados, ensangrentados, asesinados frente a una cámara, y que ante la falta de investigaciones penales y de un sistema de justicia eficiente, transparente y confiable, sólo quedan como un registro audiovisual de nuestra incapacidad de vivir en paz.
Un futuro deseado es un futuro posible
Entre 2006 y 2013 viví en la región de La Ciénega de Michoacán, una zona marcada por conflictos basados en la lucha por el control de áreas para el cultivo de drogas, tránsito de mercancía ilegal, producción de drogas sintéticas y del puerto marítimo más importante del país. En esos años en que iniciaba lo que ahora conocemos como “guerra contra el narcotráfico”, los periódicos y medios locales y estatales encontraron en la violencia una fuente para elevar su tiraje y niveles de ventas. Calles de pueblos y ciudades mostraban imágenes de cabezas humanas, de cuerpos colgados en carreteras y puentes, de seres humanos bañados en sangre. En una ocasión, mientras caminaba por la plaza central del pueblo acompañada de un pedagogo chileno, que fue a impartir un taller en la universidad para la que yo trabajaba, me preguntó en un tono recriminatorio “¿No les preocupa que niños y niñas vean esas imágenes todos los días?”.
Quince años después, su pregunta sigue haciendo eco en mis reflexiones. En especial cuando pienso en que muchos de esos niños ahora son adolescentes y jóvenes que sufren depresión o ansiedad, se suicidan, que se sienten perdidos y sin futuro, que trabajan para el crimen organizado, consumen drogas y que encuentran en la portación y uso de armas una manifestación legítima de poder, masculinidad o éxito. Si bien no podemos ni debemos ocultar la realidad en que vivimos, sí podemos elegir cómo hablamos de ella, cómo nos relacionarnos con ella y qué decisiones tomamos para transitar de manera pacífica, y en el mejor de los casos poética, a un futuro sin miedo, desasosiego, ni ansiedad.
Claudia Alarcón
Doctora en Ciencias Sociales y Humanidades por la UAM. Ensayista, investigadora y consultora en programas de adolescentes en conflicto con la ley penal, afectividad y procesos restaurativos intracarcelarios. Miembro de la Red de Estudios de Espacios Carcelarios de El Colegio de Michoacán y del grupo de trabajo Adolescencias, Juventudes, Violencias y Derechos del Foro Latinoamericano de Antropología del Derecho, AJUVID-FLAD.
1 El adjetivo snuff aquí alude a una tradición que tuvo su origen en el cine, a mediados del siglo XX, que promovía la creación y venta, en un mercado negro, de videos de asesinatos y torturas reales.
2 Galtung, J., “Cultural Violence”, Journal of Peace Research, 27(3), 1990, pp. 291-305.