
Según los datos preliminares del IFE, Enrique Peña Nieto ganó las elecciones presidenciales del 1° de julio con 6.5 puntos porcentuales de ventaja sobre Andrés Manuel López Obrador (38.1% EPN; 31.6% AMLO). Según el listado que podemos ver enseguida, hecho con base en datos que varias empresas encuestadoras presentaron pocos días antes de la elección, la victoria de Peña Nieto sería por un margen bastante más amplio (omito decimales):
- Indemerc-Harris (para El Financiero) le daba 20 puntos de ventaja a EPN
- GEA-ISA (para Milenio) le daba 18 puntos de ventaja
- Grupo Fórmula le daba 17 puntos de ventaja
- Buendía y Laredo (para El Universal) le daba 17 puntos de ventaja
- BGC, Ulises Beltrán (para Excelsior) le daba 16 puntos de ventaja
- Parametría, Francisco Abundis (para El Sol de México) le daba 15 puntos de ventaja
- Consulta Mitofsky le daba 15 puntos de ventaja
Como se puede ver, omitiendo decimales de nueva cuenta, la diferencia entre las encuestas que aparecen en este listado y los resultados preliminares del IFE oscila entre 9 y 14 puntos.[1] Después de una campaña electoral en la que dos de los protagonistas de la misma fueron las encuestas y las empresas encuestadoras, me parece más que razonable y muy necesario decir algo sobre la diferencia mencionada. Adelanto, por si hiciera falta, que no soy especialista en estadística y adelanto también que a estas alturas tengo claro que, como nos lo han dicho muchas veces las empresas en cuestión, las encuestas no son “predicciones” o “pronósticos”, sino una especie de “instantánea” o “fotografía” de un determinado momento en las siempre antojadizas aguas de las preferencias electorales de los ciudadanos.
Ahora bien, en el discurso de varias de estas empresas surgió en más de una ocasión la idea de que los ciudadanos tienen que estar “informados” y que las encuestas son precisamente eso, información. Vistos los resultados del 1° de julio, no estoy seguro que este término sea el más indicado. En cualquier caso, más allá de cuestiones semánticas, y dada la atención que recibieron encuestas y encuestadores, así como el bombardeo al que nos sometieron la radio y la televisión durante los meses previos a la elección, conviene preguntarse seriamente: ¿para qué sirven las encuestas? Sirven, sin duda, para indicar tendencias generales en cuanto al orden en el que están ubicados los diversos candidatos (en un determinado momento). Sin embargo, si sólo sirvieran para eso, no habrían aparecido encuestas a tutiplén durante esos meses. El hecho de que hayan proliferado de la manera en que lo hicieron apunta a que las encuestas sirven para algo más. Este “algo más” incluye, entre otras cosas, crear un cierto clima político-social y, de esta manera, tratar de incidir sobre los electores. Ignoro si lo logran o no; en todo caso, las encuestas están lejos de ser esas “fuentes de información ciudadana” que los encuestadores nos quisieron vender y sus “diagnósticos” son mucho menos asépticos de lo que algunos de ellos sugieren. Sin embargo, el punto que más me interesa aquí es lo que, sin el respaldo de encuesta alguna, denominaré “confianza ciudadana”.
Para funcionar adecuadamente, toda democracia requiere de unos mínimos de confianza (de los ciudadanos hacia las instituciones, de las instituciones respecto a los ciudadanos, de los ciudadanos vis-à-vis los medios masivos de comunicación, de los ciudadanos entre sí). Tengo para mí que la “encuestitis” que vivimos durante esta campaña presidencial no sólo no contribuyó a generar confianza, sino que más bien fomentó desconfianzas de naturaleza diversa. Desconfianzas que, por buenas o malas razones, terminaron afectando al IFE, en la medida en que este Instituto es el garante de la supuesta “cientificidad” de las empresas encuestadoras y el supervisor del uso que los medios masivos de comunicación hacen de esas encuestas. Los resultados de la elección presidencial no hicieron más que confirmar algo que hasta el 1° de julio era lo que me parecía ser era una intuición relativamente extendida entre la ciudadanía: pese a toda su parafernalia estadística, las encuestas están lejos de reflejar la “realidad” [2]. Más allá de las simpatías políticas de cada quien, dicha intuición se podía percibir de diversas maneras y en ambientes también diversos. Curiosamente, sin embargo, no la percibieron muchos de nuestros abundantes comunicadores y comentaristas políticos profesionales (categorías que, por cierto, en México resultan prácticamente indiscernibles). No se trata de dar nombres, pero me pareció notable la cantidad de miembros del llamado “círculo rojo” que utilizaron esas encuestas para decir que lo que se avecinaba era una holgada victoria priísta y su concomitante mayoría absoluta en la Cámara de Diputados (lo que indica, por cierto, que para nuestra “comentocracia” las encuestas son, efectivamente, una fuente de información). Resultó que ni la victoria fue tan holgada, ni se dio tal mayoría… [3]
Concluyo con dos cuestiones que me parecen muy importantes. La primera es la necesidad de que el IFE diseñe un marco regulatorio para evitar que lo que vivimos durante esta campaña presidencial en relación con las encuestas se vuelva a repetir. Se me dirá que ya existe un marco de este tipo, a lo que replico que, visto lo visto, hay que diseñar uno nuevo. La segunda cuestión implica a las empresas encuestadoras, al IFE, a los medios masivos de comunicación, a los partidos y, sobre todo, a la ciudadanía de una joven democracia como lo es la mexicana. A la luz de los resultados de la jornada del 1° de julio, debemos reflexionar si las encuestas deben seguir ocupando un lugar relevante en las campañas electorales (del nivel que sean). Esta reflexión podría tener como punto de partida la pregunta siguiente: ¿qué es lo que las encuestas aportan a nuestra democracia? Seguramente algo, pero seguramente también, menos de lo que algunos de sus promotores nos quieren hacer creer ahora y, lo que me parece bastante más grave, mucho menos de lo que algunos encuestadores y algunos comunicadores hicieron creer a no pocos mexicanos durante los meses previos a dicha jornada.
Roberto Breñaes profesor-investigador de El Colegio de México (rbrena@colmex.mx)
[1] Hasta donde sé, de todas las encuestas que se llevaron a cabo, la que más se acercó al resultado proporcionado por el IFE fue la que realizó la empresa Berumen y Asociados. El 13 de junio, en diversos medios, Edmundo Berumen, director de la misma, afirmó que la ventaja de Peña Nieto sobre López Obrador era de 6.1 puntos. Es importante distinguir este porcentaje del que, con base en los datos de esta misma encuesta, hizo un grupo de académicos que se hicieron llamar “Observatorio Universitario Electoral” (OUE). En un desplegado que apareció en La Jornada ese mismo día, dicho “Observatorio” afirmó que entre Peña Nieto y López Obrador existía un “empate técnico”. Además de la interpretación de Berumen de su propia encuesta, otras que se acercaron al resultado final fueron la de Ipsos-Bimsa, que le daba 7 puntos de ventaja a EPN, y la de María de las Heras, que le daba 7.8
[2] Cada lector puede añadir todas las comillas que quiera a las ya utilizadas, pero si una encuesta no pretende acercarse a algún tipo de “realidad”, entonces ya sabemos la respuesta a la pregunta que nos hacíamos más atrás: las encuestas no sirven para nada.
[3] No me interesa desprestigiar a las empresas encuestadoras en general; para empezar porque, como en todo, hay algunas que asumen su trabajo y su manera de presentarlo de manera profesional. Además, si los partidos y algunos periódicos quieren seguir gastando su dinero en encuestas, seguro que saben muy bien por qué lo hacen. Ahora bien, considerando los resultados, creo que las empresas encuestadoras deben hacer un ejercicio de autoanálisis que vaya mucho más allá del consabido “nosotros nunca dijimos que predecíamos el futuro”. De hecho, hasta el momento de escribir estas líneas la reacción ante los resultados ha variado notablemente. Jorge Buendía, por ejemplo, ha reconocido por escrito (“¿Qué pasó con las encuestas?”, El Universal, 5 de julio) que el descontento ciudadano respecto a las encuestas “es justificado”, que hubo errores y que hay cosas que corregir. Otros encuestadores, sin embargo, parecen no asumir responsabilidades o lo hacen de manera harto ambigua.
me quedo con esta nota: «[2] Cada lector puede añadir todas las comillas que quiera a las ya utilizadas, pero si una encuesta no pretende acercarse a algún tipo de “realidad”, entonces ya sabemos la respuesta a la pregunta que nos hacíamos más atrás: las encuestas no sirven para nada.»
Efectivamente, se necesita un nuevo marco regulatorio para las encuestas, para los debates, y para la relación medios de comunicación y gobiernos. El punto será, en qué medida no restringen el derecho a la libertad de expresión, debate que surgió con la reforma electoral del 2007, cuando se dejaron de comercializar los spots para las campañas polítcas.
Hay muchas maneras de hacer mal las encuestas. La mejor garantía de las encuestas están bien hechas es que coincidan en sus resultados varias encuestas independientes. Quizá el error que cometieron algunas encuestadoras está precisamente en la última condición: sus resultados nos son independientes unos de otros. Parecería que nadie quiso discrepara mucho de los otros y ajustó para no verse demasiado alejado de los demás. Hay una lección que aprender: publicar los resultados propios sin mirar los ajenos.
Aporto un breve comentario para refutar a quienes afirman que las encuestas no influyen entre el electorado: Recordemos que Fox mencionó, palabras más, palabras menos, que de acuerdo a las encuestas Peña era quien llevaba amplia ventaja y por consiguiente había que sumarse a su candidatura. Ese fue precisamente el argumento de su llamado «a los militantes panistas y ciudadanos en general».
Las apuestas tampoco se equivocaron en el ganador, como las encuestas, lo hicieron en el margen de diferencia; quizá porque los apostadores también incluyen a las encuestas en sus cálculos.
«, debemos reflexionar si las encuestas deben seguir ocupando un lugar relevante en las campañas electorales » Su lugar será el que la sociedad elija darles. Creo que el gran problema hoy en día es que un sector de la sociedad no confía en ellas y en el IFE simplemente por que no han dado los resultados que ellos desean. Tal vez el día que todo cuadre a sus deseos ese día empezarán a creer en ellas. La sociedad mexicana esta muy mal educada para comprender lo que una encuesta representa, y saber diferenciar entre hechos, opiniones, teorías, hipótesis, etc. Y a esto abona el hecho de que las ciencias sociales no cuantitativas tienen tremendo dominio en el espacio público.