Sobre J.D. Salinger: La máscara que usamos

J.D. Salinger ha muerto. Hace unos cuantos meses lo habría hecho también Lezsek Kolakowski, aquel infatigable crítico de ese germen popular de donde brota la certeza. Para pensar con profundidad debemos empezar haciéndolo sobre lo que creemos conocer, decía el filósofo polaco. Todo conocimiento empieza con la duda, y toda reflexión debe comenzar agendando una cita en el diván.
A Holden Caulfield, presumiblemente, le faltaba justamente eso: ahondar en su semblanza y desentrañar el mensaje del espejo. Como con tantas otras cosas, el personaje principal de la obra más conocida de Salinger, El guardián en el centeno, detestaba el cine por su inautenticidad. A la luz de un misántropo confeso, el público está dispuesto a soportar dos horas de butacas incómodas sencillamente para validar el disfraz de su propia sofisticación. Su lista de fobias no era menor: su hermano, el decano de su escuela, el Vick’s VapoRub, Broadway; un sinfín de personas, actividades o cosas sin mayor relación aparente, pero atadas todas por la lupa caulfieldiana de la charlatanería. La vida tranquila es claudicar, pensaría Holden Caulfield. Y parecería que lo único que le resulta más despreciable que la poca originalidad de las personas es pensar que para llevar la vida que desea antes debe renunciar a su propia voluntad y someterse a los deseos de los demás.
A pesar de la neurosis de su personaje, la crítica de Salinger no pierde el filo. Las relaciones sociales, acaso todas, se construyen a través de máscaras. La edad adulta parece ser la prisión de nuestra propia imagen, aquella representación cuidadosamente confeccionada para los demás. La vida es una confusa mezcla de deseos propios y ajenos, de expectativas, órdenes, reglas y rebeldías. Para llevar esa vida que uno auténticamente escoge, primero hay que exponer la miseria del sistema, y el propósito de Caulfield no podría ser otro más que desenmascarar a las personas; exhibir su fraudulenta servidumbre y así liberarse de ese desfile atroz de hipocresías.
Salinger, sin embargo, no oculta las contradicciones en la ideología de su adolescente. Acaso, parece sugerir el autor, su error fue nunca ver para adentro. En alguna entrevista, Lezsek Kolakowski denunciaba a su propio gremio: cualquiera que se dedique a lo que yo me dedico y jamás se haya tomado por un charlatán, decía, no merece ser leído. Al burlarnos de nuestro propio disfraz nos deshacemos de él. La historia de Holden Caulfield termina en un hospital siquiátrico, todo parece, por no saber reírse de su propia charlatanería y de su propio disfraz.
Yo leí El guardián en el centeno por primera vez en 1999; entonces tenía un par de años menos que Holden Caulfield y la misma inquietud: ¿cómo no ser un charlatán? A once años de distancia sospecho, más bien, de quien dice haberlo logrado.
Imagen: j/k_lolz
Imagen: j/k_lolz

J.D. Salinger ha muerto. Hace unos cuantos meses lo habría hecho también Lezsek Kolakowski, aquel infatigable crítico de ese germen popular de donde brota la certeza. Para pensar con profundidad debemos empezar haciéndolo sobre lo que creemos conocer, decía el filósofo polaco. Todo conocimiento empieza con la duda, y toda reflexión debe comenzar agendando una cita en el diván.

A Holden Caulfield, presumiblemente, le faltaba justamente eso: ahondar en su semblanza y desentrañar el mensaje del espejo. Como con tantas otras cosas, el personaje principal de la obra más conocida de Salinger, El guardián entre el centeno, detestaba el cine por su inautenticidad. A la luz de un misántropo confeso, el público está dispuesto a soportar dos horas de butacas incómodas sencillamente para validar el disfraz de su propia sofisticación. Su lista de fobias no era menor: su hermano, el decano de su escuela, el Vick’s VapoRub, Broadway; un sinfín de personas, actividades o cosas sin mayor relación aparente, pero atadas todas por la lupa caulfieldiana de la charlatanería. La vida tranquila es claudicar, pensaría Holden Caulfield. Y parecería que lo único que le resulta más despreciable que la poca originalidad de las personas es pensar que para llevar la vida que desea antes debe renunciar a su propia voluntad y someterse a los deseos de los demás.

A pesar de la neurosis de su personaje, la crítica de Salinger no pierde el filo. Las relaciones sociales, acaso todas, se construyen a través de máscaras. La edad adulta parece ser la prisión de nuestra propia imagen, aquella representación cuidadosamente confeccionada para los demás. La vida es una confusa mezcla de deseos propios y ajenos, de expectativas, órdenes, reglas y rebeldías. Para llevar esa vida que uno auténticamente escoge, primero hay que exponer la miseria del sistema, y el propósito de Caulfield no podría ser otro más que desenmascarar a las personas; exhibir su fraudulenta servidumbre y así liberarse de ese desfile atroz de hipocresías.

Salinger, sin embargo, no oculta las contradicciones en la ideología de su adolescente. Acaso, parece sugerir el autor, su error fue nunca ver para adentro. En alguna entrevista, Lezsek Kolakowski denunciaba a su propio gremio: cualquiera que se dedique a lo que yo me dedico y jamás se haya tomado por un charlatán, decía, no merece ser leído. Al burlarnos de nuestro propio disfraz nos deshacemos de él. La historia de Holden Caulfield termina en un hospital siquiátrico, todo parece, por no saber reírse de su propia charlatanería y de su propio disfraz.

Yo leí El guardián entre el centeno por primera vez en 1999; entonces tenía un par de años menos que Holden Caulfield y la misma inquietud: ¿cómo no ser un charlatán? A once años de distancia sospecho, más bien, de quien dice haberlo logrado.

David Peña Rangel.


2 comentarios en “Sobre J.D. Salinger: La máscara que usamos

  1. Mucho se dice de las máscaras… pocos logran acercarse realmente a ellas. Interesante artículo, buscando cosas de Salinger me encontré con esto, y debo decir que fue una grata sorpresa. Interesantes letras.

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