
El pasado 26 de diciembre, el reconocimiento de Somalilandia como país libre y soberano por parte del Estado de Israel constituyó un hito para la nación del Cuerno de África. El establecimiento de relaciones diplomáticas con Tel Aviv pone punto final al largo período de ostracismo internacional vivido por el antiguo protectorado británico desde su declaración de independencia el 18 de mayo de 1991, al abrir las puertas para que Hargeisa sume apoyos y avance hacia su aspiración de convertirse en miembro de pleno derecho del concierto mundial, aunque sea bajo las reglas de la realpolitik.
Un poco de historia
“Por ejemplo, si te mato ahora, tendría que pagarle 100 camellos a tu familia en compensación”, me explica con una expresión que no logro descifrar, Abderahman, sentado junto a su primo Yusuf, quien lleva al hombro un rifle como quien lleva la bolsa del mandado, mientras recorremos en la camioneta todo terreno, aunque algo desvencijada, de Yassin, su otro primo, al volante, el solitario camino de terracería que lleva al yacimiento de pinturas rupestres de Laas Geel, a una cincuentena de kilómetros de Hargeisa, la capital.
“Pero si sólo te lastimara, por ejemplo, arrancándote algún molar o colmillo, cercenándote un brazo o una pierna, o dejándote tuerto de un ojo o de los dos, la multa a pagar a tus deudos sería distinta. El precio varía según el daño infligido, pueden ser 15, 20 o 30 camellos, todo depende. Aunque desde hace algunos años, estas deudas de honor también se pueden pagar en efectivo o a través de remesas o transferencias electrónicas”, continúa su explicación el joven de 24 años con agudas aspiraciones políticas sobre la complicada ley que regula las disputas y las relaciones entre los distintos clanes y subclanes que componen el tejido social del país, mientras escucho incrédulo y algo incómodo su discurso, tratando de disimular mi angustia con una media sonrisa. “Somos guerreros, ¿sabes? Está en nuestra naturaleza resistir”, agrega a manera de justificación.
Y, de cierta forma, Abderahman tiene razón. Si de algo pueden jactarse los habitantes de Somalilandia, en su gran mayoría pertenecientes al clan de los Isaq, es de resistir. Resistieron estoicamente la ocupación británica de su territorio desde finales del siglo XIX hasta la primera mitad del siglo pasado, y antes de esta, la otomana y la egipcia, resistieron los más de 20 años de la férrea dictadura comandada por Mohamed Siad Barre y los indiscriminados ataques en su contra; se estima que durante la campaña de bombardeos llevada a cabo en 1988 por el ejército de Somalia contra Somalilandia, durante la cual la ciudad de Hargeisa fue prácticamente arrasada, murieron entre cincuenta mil y sesenta mil civiles y cerca de medio millón de personas cruzaron la frontera con Etiopía buscando refugio, escapando de la masacre. Los somalilandeses han resistido más de tres décadas en el olvido, sin que nadie en el mundo reconozca su derecho a la autodeterminación, hasta ahora.
“Uno de los mayores atractivos de Somalilandia es su pueblo, aguerrido, pero también decidido e inspirador. Mayormente ignorado por el mundo, está construyendo un estado desde cero y parece resuelto a mantener su independencia, a cualquier costo. Quizás algún día Somalilandia tenga su propio asiento en las Naciones Unidas, no merece nada menos”, afirma Simon Reeve, periodista y documentalista de la cadena de televisión británica BBC, en su prólogo al libro homónimo que la editorial inglesa Bradt dedica a la nación del este de África, actualmente en su segunda edición.
¡Viva Benjamín Netanyahu!
“¡Viva Benjamín Netanyahu, viva Bibi, viva Israel y viva la amistad eterna entre la Tierra Prometida y Somalilandia! Ethel y Bob, de Jerusalén”, la más reciente firma estampada en el deshojado libro de visitantes del yacimiento de pinturas rupestres de Laas Geel – descubierto por una misión arqueológica francesa en 2002, con cerca de cinco mil años de historia y un nivel de preservación extraordinario, uno de los mayores atractivos turísticos del país, data de apenas hace un par de días. Al mensaje inscrito le acompañan algunos dibujos: un par de corazones, lo que asumo quiso ser un camello pero tiene más bien pinta de cruza entre hiena y burro, con chipote más que joroba, y una sobredimensionada estrella de David, que se roba el resto de la página y me obliga a usar la siguiente para escribir lo propio. “¿Es usted israelí? ¡Bienvenido!”, me pregunta y se responde, a través de mi traductor, el septuagenario a cargo del complejo administrado por el Ministerio de Información, Cultura y Orientación Nacional. “Es que en las últimas semanas hemos recibido muchos visitantes israelíes, pero todos son bienvenidos”, me espeta, a manera de disculpa, el desdentado guardián, de nuevo a través de mi traductor, al enterarse, con cierto desencanto, que soy oriundo de la Ciudad de México.
El anuncio del gobierno de Benjamín Netanyahu de reconocer oficialmente la independencia de Somalilandia a finales del año pasado se dio en un contexto de álgidas confrontaciones por el control de las zonas limítrofes del Mar Rojo, entre el golfo de Adén y el canal de Suez, punto neurálgico del comercio marítimo entre Europa, África, la Península Arábiga, India y el Lejano Oriente, indispensable para el futuro del Estado de Israel, a través de su puerto en Eilat. Un ríspido escenario que en los últimos meses ha llevado a desencuentros mayúsculos entre otras dos potencias regionales, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, a raíz de sus divergentes posiciones en Sudán y en Yemen, países que desde hace años sufren de graves conflictos civiles y que poseen significativos lindes en el corredor transoceánico, donde también convergen intereses turcos, egipcios, rusos, etíopes, europeos, chinos y estadounidenses.
El de Israel a Somalilandia es un reconocimiento que no responde a razones altruistas ni sirve de testimonio de solidaridad entre sus pueblos, sino que busca asegurar los intereses israelíes ante un futuro de mediano y largo plazo de previsible adversidad, garantizando la navegación de mercancías y armamento hacia sus costas. Es un reconocimiento sintomático del nuevo orden internacional, el que sustituyó al creado en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial y en el que no priman el derecho internacional ni la igualdad jurídica entre los estados, sino los poderes fácticos y los intereses económicos y militares. Un nuevo orden internacional donde la única ley que vale es la ley del más fuerte, ya sea en Ucrania o en Palestina. Un nuevo orden internacional cuyas reglas del juego, si bien son distintas, tampoco distan mucho de las que prevalecieron hasta hace algunos años y que, si saben leerse de manera asertiva, pueden usarse a favor de movimientos de liberación nacional que al igual que el somalilandés, llevan décadas enfrascados en un limbo, del Sáhara Occidental a Nueva Caledonia, pasando por Puerto Rico y Groenlandia. Países y pueblos, todos, sometidos, colonizados, ocupados y utilizados como moneda de cambio, pero también resistentes a todo eso y quizá hasta más, y que merecen, sin regateos, una oportunidad en la autodeterminación.
“Nos acusan de traidores, pero eso no es cierto. A nadie le gusta Israel, a nosotros tampoco, pero nos conviene. Sólo estamos siendo estratégicos, pensando en nuestra supervivencia, en nuestro futuro como país independiente”, reflexiona Abderahman sobre las implicaciones del reconocimiento israelí a la independencia de Somalilandia para sus relaciones con los países de la región y ante los continuados esfuerzos de su gobierno para que a dicho reconocimiento se sume el de sus vecinos, Etiopía y Djibouti, pero también el de Kenya y, quizá, el de Estados Unidos. Yusuf y Yassin, sus primos, asienten con la cabeza, uno aferrado al volante y el otro a su rifle, mientras emprendemos el camino de vuelta a Hargeisa. “Viva Somalilandia libre e independiente”, reza un letrero a la entrada de la ciudad, en el entronque de la única carretera asfaltada del país con la principal vía de la capital, la avenida Independencia.
Diego Gómez Pickering
Escritor, periodista y diplomático mexicano. Su libro más reciente es Juan sin nombre, la historia del negro conquistador (Grijalbo, 2026).