Que las instituciones académicas están obligadas a obedecer escrupulosamente una serie de reglas cuando se trata de los derechos humanos es una cosa. Sin embargo, escudarse en el discurso de los derechos humanos y beneficiarse de los vacíos existentes en la legislación mexicana para atentar contra la honestidad intelectual es derruir uno de los pilares que sostienen a las universidades de este país (o de cualquier otro).
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El “secreto” de Boris
A pesar de la fuerza envolvente del chisme, señalada por Pedro Córdoba (no por Boris Berenzon), es necesario develar el secreto, o el falso secreto. Protestemos contra la complicidad (por participación o por omisión) y fortalezcamos los principios éticos de nuestra Facultad de Filosofía y Letras, de nuestro gremio de historiadores, de nuestra comunidad académica. Más allá de cuestiones legales, el plagio vulnera la confianza imprescindible sobre la que se construye el conocimiento.
El caso Berenzon y la academia mexicana
Para todo académico que valore su profesión y su trabajo, una trayectoria como la del profesor Berenzon refleja e implica muchas cosas que no tienen absolutamente nada que ver con la patología, sino con algo que puede parecer más pedestre, pero que es de la máxima importancia: la existencia de un conjunto de prácticas que son parte del funcionamiento cotidiano de la academia mexicana del más alto nivel en el ámbito de las ciencias sociales.
Bryce y las instituciones
Por otro lado, las autoridades de los órganos de cultura tienen un deber adicional con la ciudadanía: proteger a los débiles, a los lectores que miran con respeto a la autoridad moral y social que se desprende de la autoría, defenderlos de la posibilidad del engaño, de las faltas al pacto de confianza entre autor y lector, defender a una persona de la apropiación injusta de ideas que originalmente pertenecían a otro ciudadano.
El plagio propiamente dicho, el robo intelectual, es inaceptable
La crítica ha hecho su trabajo en esto, ha establecido márgenes de tolerancia cero a las conductas de plagio, las cuales habrá que extender a otras prácticas inaceptables, como la de contratar “ghost writers”, colaboradores pagados que escriben o investigan, sin crédito, lo que otros firman.
Algunos argumentos en favor de darle el premio a Bryce
La discusión pública sobre el tema ha sido rica, y distintos puntos de vista se han expresado en varios medios impresos e internet. No son muchos los textos publicados defendiendo al entrega del premio a Bryce Echenique, pero sí los hay y centran su argumentación en la distinción entre la obra literaria de un autor y su obra periodística.
De Guadalajara a París: el premio FIL 2012 a Bryce Echenique
Son muchas las lecciones que se pueden extraer de lo acontecido hasta hoy con el Premio FIL 2012. En primer lugar, las autoridades correspondientes y la comunidad cultural mexicana deben emprender lo antes posible el camino que lleve a terminar de una vez por todas con las anomalías que caracterizan la integración de los jurados literarios en nuestro país.
Premiado en la clandestinidad
Ahora, de espaldas al medio cultural –cuyo malestar encuentran, sin embargo, “respetable”–, el jurado y los organizadores adoptan la decisión de adelantar la entrega del premio: de entregarle a Bryce el galardón a escondidas, en su propia casa, para evitar que el día de inauguración de la feria pudiera convertirse en una fecha que hiciera visibles las protestas.
Pedagogía del plagio
La intención pedagógica de contar los casos es doble. Por un lado, evidentemente, pretendo provocar que los alumnos sepan que plagiar está mal y que puede acarrearles consecuencias Pero también me importa que sopesen el impacto nocivo a nuestra imagen que conlleva la indolencia con la trampa.
Réplica de 12 académicos a 110 firmantes de la carta en apoyo al premio para Bryce
Más aún, rechazamos la lógica que pretende hacer equivalentes la “persecución moral” y el debate sobre el otorgamiento del premio; un debate que es no sólo legítimo, sino necesario en una sociedad democrática. Las “decisiones artísticas” no son infalibles. Además, rechazamos la idea de que los “ciudadanos de la cultura” estén exentos, en éste o en cualquier otro país, de las exigencias éticas y jurídicas que debe cumplir todo ciudadano.