Hace un mes colapsaron las vías elevadas de la estación Olivos de la Línea 12 del metro, que conecta a Mixcoac con Tláhuac. Mientras las autoridades decretaban tres días de luto nacional por las personas fallecidas, que hoy suman 26, y los medios concentraban su cobertura entorno al accidente, el público amplio, quienes no son los cientos de miles de usuarios de la línea malograda, empezó a percibir un mapa hasta ahora poco visibilizado.

En ese mapa, los nombres de las primeras estaciones de la línea 12 pertenecen a la ciudad imaginada, cosmopolita: son nombres que conocemos y compartimos todos. Conforme se avanza en la ruta, el viajero de ocasión se topará con títulos cada vez menos reconocibles. De Mixcoac a Tlaltenco la distancia es mucho mayor que los 23 kilómetros que sugiere la cartografía.
Una de las conversaciones que suscitó la tragedia fue sobre qué y por qué se constituye “la periferia” de Ciudad de México, esa que apenas hace un par de años un medio internacional denominaba “la nueva Berlín”. ¿Por qué nos sentimos cómodos asumiendo que una delegación donde habitan 400 000 personas (más que en la Miguel Hidalgo) es un territorio limítrofe? ¿Dónde está, en realidad, la frontera de la ciudad que merece la atención de medios y de autoridades y que la separa del espacio en el que la Ciudad y el Estado de México se diluyen en el mito de la “zona conurbada”? De manera más importante, ¿qué relación ha construido el Estado con esos territorios que los propios gobernantes mantienen como periféricos? ¿Qué consecuencias tiene esa distancia geográfica, política y simbólica en la vida de las personas que viven ahí? La respuesta a esas preguntas la dio Miguel, quien “habitaba” bajo el puente del metro y cuyo testimonio ejemplifica las muchas tragedias que coinciden, que se traslapan, en Tláhuac.
“Viajar” a Tláhuac, por el medio que sea, es ir del centro a lo demás. En ese trayecto se desvelan desigualdades y desatenciones, pero también soluciones, muchas veces informales, siempre eficaces, al desafío de vivir a la sombra del Estado. Una de las veces que recorrí ese trayecto —de la colonia Roma al barrio de Santa Ana— fue hace seis años, cuando mataron al doctor JELB, el padre de mi esposo. La que sigue es la historia de ese recorrido, antes de que hubiera metro.
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Entre el jueves 26 y el viernes 27 de marzo de 2015 alguien mató a mi suegro. Lo supimos el viernes al mediodía cuando, después de estar desaparecido por unas doce horas, nos informaron que el cuerpo de un hombre de 76 años estaba en el Ministerio Público de Chalco, Estado de México.
Tres décadas atrás, él había decidido construir una vida en Tláhuac, en donde consiguió convertirse en un personaje con cierto renombre local. Como cronista, funcionario público y maestro universitario, su figura en la delegación era valiosa tanto para celebrar los usos y costumbres del pueblo originario (él se especializó en los ritos del Día de los Muertos) como para acompañar las carreras políticas de quienes querían ser delegados. Irlo a visitar implicaba atestiguar los mecanismos informales que median la vida fuera de la Ciudad de México ideal.
Llegar en coche a su casa evidencia un tipo de urbanismo periférico en el que la tierra se ocupa ilegal y desordenadamente, y en el caso de Tláhuac y de Chalco, su municipio vecino, se va acabando con milpas, canales y lagunas. Aquí podemos atestiguar lo que en otras alcaldías hace mucho dejó de ser evidente: que la ciudad se contrapone al campo, que lo urbano es lo opuesto a lo rural. Al final, la autoridad reconoce de facto las ocupaciones (los líderes de los ocupas se convierten en representantes electos) y las integra a la ciudad poniendo pavimento, luz y agua. Se nombran calles (en los nombres no se necesita recurrir a las metáforas: una de las avenidas principales se llama La Turba); se improvisan redes públicas y privadas de transporte; se incluyen en el mapa.
Mi suegro murió en uno de esos espacios liminales del mapa entre la CDMX y el Edomex, entre las calles y las milpas, en el espacio vacío que existe entre las leyes y la realidad. Cuando como familia “viajamos” para gestionar su muerte, la primera parada fue en Chalco. Nuestra ruta, la misma que recorrió él por última vez. Tiempo de recorrido, en coche, del centro de Tláhuac al Ministerio Público: 45 minutos. Ahí, se “facilitaron” mediante la funeraria privada que opera enfrente de esa oficina. Esa funeraria no da factura ni un detalle de los costos, pero es obvio que alguna parte de los 10 000 pesos que cobraron para poder velarlo fueron cuotas extralegales que se repartieron entre los funcionarios públicos.
La voluntad de mi suegro era ser cremado, pero cuando los fallecimientos se consideran “casos legales”, es decir, muertes no naturales, la ley no lo permite antes de siete años. Esta previsión sirve para hacer creer que alguien investigará, recuperará pistas y encontrará y procesará un culpable. Pero según el propio MP, en los municipios de Chalco y Valle de Chalco hay sólo dos policías y un comandante que tendrían que hacer también las veces de detectives para prevenir, detener y resolver los crímenes que se cometen en dos municipios que suman 670 000 habitantes.
Descubrimos que, como funcionario público, mi suegro podría ser velado y enterrado en instalaciones del ISSSTE. Tiempo de recorrido de Tláhuac al velatorio público en San Fernando, al sur de la CDMX: una hora y 10 minutos. Ahí nos informaron que la funeraria no había hecho un trámite y no podrían recibir el ataúd. Después de alguna negociación se pudo iniciar el velorio, pero mi esposo prácticamente se lo perdió por tener que regresar a Chalco a conseguir el papel que faltaba. La búsqueda de ese documento se hizo a contrarreloj porque la funcionaria encargada “tenía una comida” y hubo que alcanzarla en su casa, en una colonia de calles angostas y edificios coloridos, para conseguir el sello sin el cual no se podría hacer el entierro. Tiempo de ida y vuelta: 3 horas.

Ilustración: Cecilia Ruiz
El panteón que le correspondía está en Naucalpan, municipio cuya única relación con la familia era que al igual que Tláhuac está “lejos”. Tiempo de recorrido de San Fernando a Naucalpan: una hora y cuarto, usando el Viaducto Elevado Bicentenario, joya de la movilidad “cochista”. Los administradores del cementerio, que maneja Gayosso, nos habían advertido que la sección destinada para los beneficiarios del ISSSTE —a diferencia de los usuarios privados— todavía no estaba terminada. Aunque esto era cierto, las tumbas están rodeadas de árboles y de silencio. El espacio fomentó algunos momentos de tranquilidad a una familia que la necesitaba imperiosamente.
Cuando acabó el entierro, hicimos planes para ir a comer la Condesa, donde los hijos adultos de JELB habían construido su vida, en calles con Ecobici y gobernadas por parquímetros, y donde estaba el restaurante uruguayo que le gustaba. En el camino de Naucalpan al centro de la ciudad ideal, recorrimos unos tres kilómetros de una avenida que por su anchura supondría tener unos seis carriles. Es una vía con tráfico constante, en cuyos flancos se suceden una fábrica tras otra. Aun así, es imposible dirigir el coche en línea recta porque un 70 % de la calle está repleta de baches. Ninguna autoridad ha ejercido una de las tareas más obvias de los gobiernos locales: tapar los hoyos. Tiempo de recorrido del Parque Memorial a la calle de Atlixco: una hora.
Después de la comida, que fue lo más cercano a una celebración de vida, mi esposo y yo utilizamos Google Maps para trazar nuestra ruta de regreso a Tláhuac. Recorrimos periférico hasta el final, cuando todavía terminaba en humedales. De ahí tomamos algunas avenidas amplias y arboladas, y calles angostas de doble sentido, con coches estacionados bloqueando uno de los dos sentidos. Compartimos ruta con camiones transportistas, bicicletas, y con decenas de carritos de golf y de motos con una cabina trasera que funcionan como taxis hechos a mano.
En el último tramo del trayecto, la aplicación nos llevó por un camino que no conocíamos porque no existía. De un lado de la calle teníamos las primeras misceláneas, depósitos de cerveza y campos de fútbol llanero de lo que pronto será parte de la ciudad; del otro había pasto y la vista a los cerros erosionados.
No éramos los únicos transitando ese camino ignorado. Justo delante de nosotros iba un pesero con tantos pasajeros que los últimos en subir sólo habían encontrado lugar en los escalones, apenas sujetándose de las puertas. En un momento se acabaron el camino y la tierra –para seguir adelante, el camión pasó sobre un par de tablas suspendidas sobre un pequeño canal. Dos adolescentes estaban paradas al otro lado de ese “puente” para guiar a los vehículos; iluminaban el camino con lámparas de mano.
Tiempo total del recorrido: 8 horas, cuarenta minutos.
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La tragedia primordial cuando se cayó el vagón en la estación Olivos fue, por supuesto, la de quienes murieron. Pero al duelo por esas personas se suma el duelo por el propio metro. Era la línea más bonita de la ciudad, con un tramo elevado sobre casas y nopales, elevadores para usuarios en sillas de ruedas, señalética braile y vagones corridos que sugieren un tren infinito. Era la línea que redujo los trayectos diarios de cientos de miles de personas en la mitad de tiempo. Era el medio de transporte donde no te asaltaban. Todas las madrugadas llegaban a la última estación de la línea (o la primera, depende de quién lo vea) miles de personas de Chalco, de Mixquic, de San Juan Ixtayopan en sus bicicletas o después de usar uno o más peseros; todas las noches hacían el trayecto de vuelta. Lo que la línea 12 hizo, mientras dio servicio, fue convertir a Tláhuac en otro centro.
Alina Hernández Aguilar
Ensayista
El desastre de la estación Los Olivos mandó a la zona 15 años para atrás. La calidad de vida se reducirá más, gracias a un gobierno negligente, que no solo construyó mal sino que ha dejado a los habitantes de esta zona a Mercer del narcotráfico y la crisis económica
¿En castilla que quiso decir?
Me recordó los relatos de García Márquez.