Ucrania y la seguridad en Europa

Uno de los más urgentes retos que enfrenta la comunidad internacional, y en particular las grandes potencias, es detener la destrucción y pérdida de vidas que ocurren en Ucrania. Alcanzar ese objetivo no pasa por la vía de las armas sino por la construcción de un nuevo esquema de seguridad en Europa que reduzca los focos de tensión y favorezca la estabilidad estratégica a largo plazo. De nada sirven las treguas temporales si se convierten en simulaciones o intersticios de paz para preparar nuevas agresiones bélicas.

El diseño de ese nuevo esquema de seguridad requiere tanto de las grandes potencias mundiales como la participación de todos los países de Europa y puede apoyarse en las experiencias históricas registradas a raíz de las dos guerras mundiales.

Como se recordará, poco tiempo después de la Segunda Guerra Mundial, tras la derrota de las potencias del Eje, la Unión Soviética (URSS) y Estados Unidos, aliados durante el conflicto, se vieron confrontados por razones políticas y estratégicas acentuadas por ideologías incompatibles y antagónicas que buscaban su expansión en el resto del mundo. Europa del Este, liberada de la ocupación nazi, había quedado bajo la tutela de la URSS y Europa Occidental del lado de Estados Unidos; Austria y Alemania quedaron divididas entre esos dos poderosos bloques: sus regiones orientales fueron ocupadas por la URSS y las occidentales por Estados Unidos, Francia y Reino Unido.

En 1949 Estados Unidos creó una alianza militar con países de Europa occidental —la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)— y la URSS reaccionó en 1955 con el Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua con las potencias de Europa oriental bajo regímenes comunistas —un acuerdo de defensa conocido como Pacto de Varsovia— en respuesta al rearme de la República Federal Alemana y su ingreso a la OTAN.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

Entre tanto, el desarrollo de armas nucleares y su acumulación en ambos bandos, con creciente poder destructivo, dio lugar a la doctrina de la “Destrucción Mutua Asegurada” (MAD por sus siglas en inglés). Hoy esas condiciones prevalecen y penden como espada de Damocles sobre la humanidad: se ha afirmado que, tras una guerra nuclear, en la que no habría vencedores, los supervivientes envidiarían la suerte de los fallecidos.

Sin embargo, un día después de la firma del Pacto de Varsovia, Austria firmó con la URSS el Tratado de Estado, por el cual recuperó su integridad territorial. Para ello Austria asumió una política de neutralidad permanente, de manera similar a la que acordó Finlandia en el Pacto de Amistad, Cooperación y Asistencia que firmó con la URSS en 1947. Este último acuerdo estipula que el territorio finlandés no podrá ser utilizado para agredir a su vecino soviético. Por ello se le llama neo-neutralidad, a pesar de que tal disposición es superflua: el derecho de neutralidad supone no permitir el uso del territorio de los países neutrales con fines bélicos.

Mientras Alemania permaneció dividida hasta 1990, Austria y Finlandia contribuyeron a reducir las tensiones en Europa dado que, por su neutralidad, no presentaban una amenaza a la URSS. No es ocioso notar que la expansión de Rusia a lo largo de los siglos parece mostrarla como una potencia insaciablemente defensiva: creció hacia el Este motivada por el temor a la repetición de las invasiones de las hordas mongolas de los siglos XIII a XV, convirtiéndose en el Estado más extenso del mundo, y en el Oeste se rodeó de “Estados tapón”.

Volviendo al siglo XX, tras la disolución de la Unión Soviética en 1991 y la desaparición del Pacto de Varsovia, Rusia se vio humillada por la caída de su imperio, la desarticulación de su sistema de gobierno y el colapso económico en la difícil e incierta transición de una economía comunista planificada a una dirigida por las fuerzas del mercado. Un verdadero caos: desempleo, inflación, desabasto y hambre. El número de suicidios casi se duplicó en la década de los noventa. El mismo año desapareció también el Pacto de Varsovia. La OTAN, en cambio, comenzó a expandirse hacia Oriente incorporando a países que habían formado parte del Imperio Ruso o de la URSS. Occidente no quiso o no supo cómo apoyar eficazmente a la Federación Rusa en esos difíciles momentos, particularmente en la transición hacia una funcional economía de mercado. Las condiciones estaban dadas para el resurgimiento de un nacionalismo que buscaba no sólo poner algún orden político y económico sino, sobre todo, recuperar el orgullo nacional y la antigua grandeza de Rusia. Eso es lo que mueve al actual gobierno en Moscú.

La paz en Ucrania no se logrará por vía de la derrota militar de alguna de las partes (la guerra está sujeta a la perversa dinámica de la escalación del conflicto) sino mediante la creación de un sistema que ofrezca garantías de seguridad tanto a Rusia como a toda Europa. Tal sistema podría seguir el modelo de los países nórdicos durante la Guerra Fría: con Dinamarca y Noruega en la OTAN, Suecia permanentemente neutral y Finlandia neo-neutral, los cuatro Estados mantenían estrechos vínculos económicos, políticos e incluso buscaban coordinar su política exterior.

Hoy la situación ha cambiado, pero conviene reconsiderar ese modelo: buscar una “nordificación” de Europa en materia de seguridad. La propuesta resulta contraintuitiva ante el creciente apoyo en Suecia y Finlandia a unirse a la OTAN tras la invasión rusa de Ucrania, pero este esquema eliminaría las motivaciones que llevaron a Rusia a embarcarse en esa guerra que la desgasta y debilita.

La propuesta es construir un corredor de países con neutralidad permanente en Europa central, integrado por Suecia, Alemania, Austria (y Suiza). Ese corredor se extendería a Europa central con un corredor de países con neo-neutralidad formado por Finlandia, los países bálticos (Estonia Letonia y Lituania), Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría y, desde luego, Ucrania. Ambos corredores, además, deberán renunciar a la eventual posesión, o despliegue en sus territorios, de armas nucleares. Varios de estos países tendrían que renunciar a su membresía (o sus aspiraciones a ingresar) a la OTAN. Justificadamente podrían sentirse más vulnerables, pero la OTAN podría —en el nuevo sistema de seguridad— ser garante de su neutralidad sólo en caso de agresión externa.

A su vez, estas condiciones darían garantías también a Rusia de no quedar rodeada por Estados “adversarios” y ese atractivo ofrecería una excelente plataforma para negociar un arreglo conveniente para Ucrania. Por su parte, Ucrania podría considerar la concesión de autonomía a las regiones (óblasts) de población mayoritaria rusa a condición de que la gran potencia no intervenga en sus asuntos internos.

El esquema podría incluir otros elementos, como la libertad de tránsito terrestre —sin concesiones territoriales a Rusia— hacia Kaliningrado, que actualmente se encuentra aislado del resto del territorio ruso. Este tránsito se podría dar por rutas prefijadas a través de Belarús —país aliado de Rusia— y el sur de Lituania.

Un arreglo en estas líneas representa la oportunidad de detener la destrucción y muertes que ocurren en Ucrania sin vencedores ni vencidos (las victorias dejan resentimientos en los derrotados que, con el tiempo, generan nuevos conflictos); concurrentemente, permitiría a los jefes de Estado y de Gobierno de las grandes potencias y los países europeos, dejar un legado de paz sobre el cual pueda florecer la cooperación y el progreso económico a futuro de los Estados involucrados y de la comunidad internacional en su conjunto.

 

Francisco Olguín Uribe
Embajador de México en retiro y profesor de asignatura en la Universidad Panamericana

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Internacional, Seguridad