El primero de octubre un partido político llegará por tercera ocasión en este siglo a la Presidencia de la República: el Partido Verde Ecologista de México (PVEM). Tres alianzas con tres diferentes partidos, cada una más exitosa que la otra y aquí estamos. Hoy los verdes celebran los mejores resultados electorales de su historia: son parte de la coalición gobernante que también arrasó en el ámbito local (siete de nueve gubernaturas) y tuvo una respuesta similar en el ámbito subnacional.

Dicen que en política no hay sorpresas sino sorprendidos. Falso. Que el PVEM sea la segunda fuerza política en la Cámara de Diputados después de las pasadas elecciones es algo que muy pocos podrían haber previsto. Primero, porque los votos emitidos por el PVEM no son los suficientes para que lo fuera. Segundo, porque hoy, casi cuarenta años después de su fundación, cuesta creer que hay votantes convencidos de que dicha agrupación es una gran opción política a partir de una estrategia tan burda como poner a influencers a repetir sus propuestas.
El rotundo éxito de los verdes no es, como se esperaría en un sistema democrático, producto del apoyo popular, de una congruencia ideológica que permita tener una militancia robusta o un electorado fiel, en absoluto. El éxito de la camarilla de Jorge González Torres, el “Niño Verde” y sus secuaces es, casi en su totalidad, producto de opacas negociaciones cupulares, de élites, muy, pero muy alejadas de la promesa de darle al pueblo representación y, menos aún, algo de poder.
El esquema de defraudación del Verde —por decirlo en un lenguaje más acorde a un negocio que a un partido político— funciona más o menos así: con dinero público, los verdes negocian con otros partidos (más fuertes que ellos y casi siempre los más probables ganadores de las elecciones) convenios de alianzas o coaliciones en las que, a cambio de la totalidad de ese dinero que no es suyo, implementan una serie de estrategias de propaganda ilegal o situadas en una área gris no regulada por la ley. Con eso ellos obtienen de ese partido grande la participación compartida en un número amplio de distritos preseleccionados donde tienen muchas posibilidades de ganar.
Una vez obtenido este triunfo, pasan a la segunda parte de la operación: la mágica multiplicación de estos votos en muchos más escaños y curules de los que les corresponden. Esto a partir del sistema de asignación de cargos de representación proporcional, es decir, de los famosos plurinominales.
El éxito de esta operación se ilustra a la perfección con los resultados (preliminares aún) del domingo pasado. En la elección a diputados federales, el PVEM obtuvo el 8.3 % de la votación (57 diputaciones de mayoría relativa), pero gracias a su convenio de coalición con Morena obtendría 18 más para quedar finalmente con 75 curules, esto es, un total del 15 % de dicha Cámara. En el Senado, bajo este milagroso proceso, su votación pasó del 3.7 % al 10.9 % del total, es decir, de 8 a 14 escaños.
Y para finalizar este tramposo esquema que históricamente ha utilizado el PVEM, tenemos la cereza del pastel, ya que una vez que el partido fuerte de su convenio les cede parte de su poder, los verdes, indefectiblemente, utilizarán dicho poder como herramienta de negociación… ¡contra ese mismo partido que los empoderó! Lo cierto es que ante los tiempos que corren, no podemos negarles la belleza de la ironía.
No cabe duda, Morena y sus aliados se perfilan a tener mayoría calificada casi en ambas Cámaras. En Diputados rebasan la cifra requerida por más de tres decenas, mientras que en el Senado se quedan a escasos cuatro escaños de llegar a la meta. La posibilidad de por fin materializar las múltiples reformas constitucionales exigidas por la 4T está más cerca que nunca. Pero cuidado, nada de eso es posible sin la ayuda del PVEM.
Sin los 75 diputados del Partido Verde, la alianza en la Cámara de Diputados alcanzaría sólo 297 diputados, lejos de los 333 que exige la mayoría calificada. En el Senado pasarían de una fuerza de 83 a una de 69. En los siguientes tres años el Verde será, para decirlo en términos deportivos, el jugador más valioso del tablero y sabrá ponerse precio.
Morena debe asumir que su pretendida superioridad moral se terminó el día que decidieron aliarse con el PVEM. Que la nueva presidenta electa evite llenarse la boca hablando de combate a la corrupción cuando tiene a su lado a los verdes y a sus representados: personajes que van desde Eruviel Ávila y Eugenio Hernández (antes merecedores de los peores adjetivos) hasta Manuel Velasco y el mismísimo Niño Verde.
Precisamente este último, cuando se dieron a conocer los resultados electorales, justo a unos metros de donde se encontraba Claudia Sheinbaum, fue evidenciado por la periodista Carolina Rocha al difundir un video en donde Jorge Emilio González Martínez decía sin ningún recato: “Soy la verga”, “Me voy a chingar al PT” y, desde ese pragmatismo político que hoy se entiende no cómo falta de formas sino como sinceridad, habría que reconocerle que ambas afirmaciones son correctas.
La primera, porque pocos partidos políticos en México han perfeccionado de forma tan exitosa y perversa su supervivencia a costa de todo y de todos; del ecologismo, de la legalidad, de sus propios aliados, de la credibilidad en el sistema democrático. La segunda, porque, si uno revisa los números del PT, el único partido que ha caminado con el obradorismo desde el principio, resulta que sí, el Verde negoció mucho mejor que los dirigidos por Alberto Anaya.
La vulgaridad y la impudicia para la ostentación son parte del sello de un líder que ha sobrevivido impune: a ser grabado aceptando un soborno por millones de dólares, mentir para no ser castigado por el alcoholímetro, o jamás haber esclarecido su participación en la muerte de una joven búlgara en un departamento propiedad de su familia en Cancún. No le importa que nos enteremos de su jugada, a él le da gusto presumirla y ahora qué mejor que sea junto a los de Morena.
Hace poco más de un año publicamos el libro La mafia verde: Traición, política y escándalos del Partido Verde Ecologista (Ariel, 2022) en el que dejamos constancia de la trayectoria política del PVEM. Tratando de hacer un ejercicio de memoria sobre cómo a partir de trampas, delitos, engaños y deslealtades esta agrupación fue conquistando al sistema de partidos en nuestro país, el trabajo finaliza llamando la atención sobre los peligros de seguir entendiendo a los del Partido Verde como una inofensiva agrupación que poco tiene que perder en las contiendas electorales.
Habrá que decirlo claro y de una vez por todas: si hoy estamos contabilizando los fracasos de la transición, también debemos incluir en esa lista que un partido como el PVEM sea el que logre mantenerse a flote.
El Partido Verde es la herencia maldita de un sistema en el que no hay espectadores inocentes, todos los partidos políticos han sucumbido a sus encantos y todos son responsables del lugar que ocupa hoy en la política mexicana. Esta agrupación no es un partido político, es un negocio que evidencia el fracaso de la democracia en México.
Paula Sofía Vásquez
Analista política y especialista en regulación y derecho electoral
Juan Jesús Garza Onofre
Investigadores del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
Coautores de La mafia verde: Traición, política y escándalos del Partido Verde Ecologista (Ariel, 2022)