Un hombre de izquierda

En 2019 hice trabajo de campo con un operador político que trabajaba en transporte para la Ciudad de México. Si bien se centra en la experiencia particular de un personaje al que llamaremos “El Jefe”, también es sobre la diversidad de perfiles en la política mexicana que muchas veces no se mencionan o se estudian porque su trabajo cae en los márgenes. En cada secretaría a nivel federal o local existen figuras que se dedican a “operar” a “resolver” a “negociar”; son personajes que van acumulando experiencia en la política. Es el caso de El Jefe, que empezó como líder vecinal y fue rotando de puestos, primero en las alcaldías hasta llegar a secretarías locales y después operó en las elecciones de 2024.

La figura del operador es indispensable para cualquier municipio, alcaldía, partido político, pues además de la dimensión legal, visible de la política, existe otra, no menos importante, a la que se dedican miles de personas. Lo interesante es que si bien podría pensarse como algo diametralmente opuesto a un servicio de carrera, que por definición necesita de ciertos títulos o credenciales, los operadores también ven su trabajo como un oficio de toda la vida, en el que escalan por méritos y tiempo. Existen en la informalidad pero no por ello están fuera del sistema, y tienen aptitudes características del oficio, desarrollan habilidades, capacidades que no necesariamente se conocen y se describen en público.

Estas son las notas de esa experiencia y las observaciones de un trabajo que hasta ese momento me era completamente ajeno.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

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“Tienes a un ingeniero mecánico vendiendo zapatos en Tepito y no de secretario”, dice El Doc, enojado, y al principio creo que su enojo es genuino, que verdaderamente está enojado porque el ingeniero mecánico vende zapatos en Tepito, o porque él está inspeccionando combis del 89 en Ermita al rayo del sol, dando pie a una simulación.

Cada administración es algo nuevo, antes era una cosa, ahora es esto, ponerles calcomanías a los carros, porque ni siquiera sabemos cuántos son. Mira, técnicamente estas combis están fuera de la ley, no cumplen con los requisitos, pero tú ves a los señores, ¿crees que tienen dinero para comprar un camión? ¿Crees que cumplen con los requisitos para ser choferes? Pues no. Tienen diabetes, tienen cataratas. Y un día a alguien se le ocurrió que ya no íbamos a tener micros ni combis, sino camiones, de preferencia camiones nuevos. Porque vienen con ideas de otros países, que en otros países sí funcionan porque tienen el presupuesto, pero vienen aquí y nadie piensa que esta es la fuente de ingreso de esta gente, que son transportistas de toda la vida. Yo no le voy a decir al señor que no puede circular, porque eso sería inhumano, le voy a decir que arregle su cromática, que arregle bien su unidad. Y pues ni modo.

Pienso en todo lo que dijo. En los perdedores de la modernidad y las implicaciones éticas de dejar conductores viejos en la calle. Algo mucho más grave, por supuesto, que no cumplir con lo que establece la ley.  Por suerte tengo a Aquiles, que es mi intérprete y traductor. Si no lo tuviera me limitaría a sentir lástima todo el tiempo, y Aquiles siempre dice “¿pero lástima de qué?”.

—¿Por qué crees que le dicen “El Doc” al Doc?

—No sé.

—Pues porque es doctor.

—Ah, pues sí.

—¿Y por qué un doctor estaría acá y no dando consulta?

—¿Porque le gusta más?

—Sí, tú. No sabes cuánto le gusta. El Doc está enojado porque antes de que llegara El Jefe estaba en la revista (la revisión físico-mecánica que se realiza cada tanto a las unidades para obtener una tarjeta de circulación, sacar permisos, seguros) ¿Tú sabes cuánto sacaba por cada trámite? Dineral. Pero como en esta administración la orden fue que no acepten nada, pues ya lo pusieron a censar. Pero, o sea, tú no sabes la lana que sacaba, sus hijas van en esta escuela, de las más caras, ay, cómo se llama, la que está en Santa Fe. Y pues, ya se le acabó la revista. Por eso está enojado. El Doc ganaba más que tú y que yo y que todos. A veces la gente dice cosas pero tienes que pensar si las dicen porque son verdad o por algo más. Casi siempre es algo más.

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“Uy, no se crean, será nueva administración pero ahí está metida gente de Morena, hay una dinastía, la de El Jefe y su papá, son operadores políticos de toda la vida”. Toda la vida suena a toda la vida y operador político suena a maloso, gánster. Así que la Secretaría está contaminada, no ha sido depurada, todavía hablamos en términos de limpio y sucio, malo y bueno.

Lo mencionan en la primera reunión, dirige un área que nos interesa investigar, me pregunto si tendremos que tratar con él. Alguien sugiere que le marquemos para organizar una entrevista, marco el número, la llamada es breve y tosca, como si le hubiera ofendido al tardarme con mis explicaciones. Después comprendo que no es personal, sino que, por tratarse de una temporalidad en la que todo tiene carácter de urgente, el mundo de la oficina se rige por una economía comunicativa. Las oraciones suelen ser breves, no más de tres palabras: “¿Qué necesitas? “Háblale a tal”, “Averíguame esto”. La llamada aumenta el interés de todos por conocer a El Jefe.

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Complejizar, reivindicar, Algo que a los ojos del investigador ha sido mal entendido o representado. Así, la figura del operador político se convirtió en algo reivindicable. Pronto, me obsesioné con entender, pero al inicio de la investigación, entender se convirtió en tomar partido. A mayor desconocimiento del oficio, mayores las exageraciones sobre su importancia. Llegué a decir: “Es que sin alguien como él, la ciudad se caería”. En la primera reunión, El Jefe se presentó como un servidor comprometido. Su confianza era exorbitante. Dio un discurso sobre cómo se le había ocurrido crear un programa de regreso seguro para las vocacionales y las prepas. Un determinado número de camiones pasaría de las cinco a las siete a la salida del metro y llevarían a los estudiantes directamente a sus escuelas. Hasta el día de hoy caigo en cuenta de que estaba en una reunión con estudiantes, así que tenía muy presente a sus interlocutores. Y gran parte de su trabajo es siempre tener presente a los interlocutores. Platicó lo que él creyó que queríamos oír y funcionó. La historia del vehículo me ganó. Un chico iba con su brazo afuera del microbús y pum que se atora con un poste, y pum el brazo se queda ahí. El Jefe nos dijo que esas cosas le duelen mucho, porque también fue estudiante y también pasó hambre. Y cuando no quisieron pagarle una prótesis, metió muchos camiones al corralón porque el dueño de la ruta es un señor muy poderoso, que tiene hasta helicópteros ¿y no le podía pagar al niño? Ya tiene brazo gracias a El Jefe. En su biografía de X (antes Twitter) se lee: “Un hombre de Izquierda”.

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El Jefe resuelve. Las rutas necesitan certeza para realizar sus servicios habituales; si otra ruta las “invade”, entonces la autoridad debe conseguir que la ruta invasora se limite a dar el servicio autorizado. Eso podría hacerse mediante un proceso largo, en el que primero habría que comprobar la acusación de la ruta y verificar si en efecto hay camiones de otra ruta en un trayecto que no les corresponde. En algunos casos se envía a alguien “que lo cheque”, pero a veces sólo toma una llamada de El Jefe a la parte acusada para decirle medio en broma: “Ya deja de hacer esto, que me estás afectando el servicio”. El tiempo es valioso, y mientras más rápido se resuelva un problema, mejor. Si la ruta invasora no coopera entonces se puede organizar un operativo con policía para ingresar vehículos al corralón. Es efectivo porque hay un número importante de unidades que no tiene sus papeles en regla, ya sea por el seguro, la tarjeta, los permisos, la licencia del conductor. Así que un operativo es perjudicial para la ruta. El sistema funciona por su flexibilidad, porque las soluciones varían a partir de quiénes son los interlocutores: cuánto poder tienen, qué tan bien se portan, son cooperativos, son rebeldes, están molestos con la Secretaría, tienen una buena relación, están resentidos, inconformes, son grandes o pequeños, ya traían pique con alguien. El Jefe identifica todas esas cosas, cuando habla con ellos tiene una dinámica que funciona bien. Escucha el problema, casi siempre tiene un resumen o conoce de antemano el conflicto, entiende qué quieren y se los explica en sus propias palabras: “¿A ver, este es tu problema, sí o no? ¿Quieres que haga esto, sí o no?”. 

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Cuando le pregunté a Aquiles, el chofer de El Jefe, cómo quería llamarse en el texto que estoy escribiendo me dio varios nombres: Fénix, Poseidón, Nicandro, Maximus. Le pregunté si podía elegir un nombre normal. Pero me dijo que no, porque tenía que ir con su personalidad.

—Ah, quieres que elija un indicativo.

—¿Qué es un indicativo?

—Su indicativo, jefe. Lo que se ponen los jefes de policía. Jefe Azteca. Jefe Cósmico. Aquí en la Secretaría había un secretario que se puso Tlacaélel, dizque significaba un azteca entre los aztecas, así que yo creo que tiene que ser algo como mi personalidad, creo que mi indicativo podría ser Fénix, porque el fénix resucita cuando las cosas se ponen cabronas, o si no Aquiles, porque Aquiles quería lo que todos queremos, quería trascender.

Debo decir que en alguna etapa del trabajo de campo sentí una especie de deslumbramiento por el trabajo de El Jefe. Me tomó un par de semanas quitarle esa etiqueta que otros habían puesto por mí y acercarme lo suficiente para entender que no había nada particularmente malo o misterioso en él, ni en el término operador político Su función era resolver conflictos de manera profesional: era negociador, operador, gestor, abogado, organizador de reuniones, funcionario de la ciudad. Hacía de todo.

Cuando pregunto qué opinión tienen de él en la oficina todos responden: “No, pues la verdad sí es muy bueno, sí le sabe, tiene mucha experiencia, mucho colmillo”.

Tomó tiempo reconocer en qué consistía ese “sí le sabe”, que era una mezcla de: conocimiento jurídico; capacidad de adaptarse a todas las situaciones, es decir, modular su forma de hablar, expresividad, ser capaz de actuar enojo en las reuniones para imponer autoridad, o de restarle seriedad a una situación tensa, todo eso haciendo una lectura rápida de su interlocutor; cierta agudeza para los detalles, para las personas, el saber con quién sí, con quién no; y por último, un sentido de lealtad a su jefe inmediato y a la líder de su partido, ubicando que las prioridades de su trabajo son las prioridades de ellos, y que es indispensable quedarles bien. Siempre evitar una manifestación, un escándalo, un bomberazo.

En palabras de El Jefe:

—El otro día se vinieron a manifestar diez usuarios de patines. Y estaban todos vueltos locos (los imita) “Ahhh ¿qué vamos a hacer?”. Y lo digo con todo respeto, porque a lo mejor no tienen esa experiencia. Y en cambio yo, cuando por ejemplo, se vienen a manifestar les digo denles media hora más. Déjalos que se asoleen un poquito. Es más, son las doce del día: déjalos una hora más.

 —¿Que les dé el sol?

—Sí, para que les dé el sol. Que valga la pena, mínimo que tengan calor. Si no los recibes antes de las dos horas te van a decir: “Ah no nos vas a recibir, ah entonces vas a ver, no nos vas a recibir”. Si tú los recibes de inmediato te van a hacer manifestaciones cada semana, y no. ¿Qué haces desde un inicio en una manifestación? Bajas con ellos. Les dices: “Tienes todo el derecho, es constitucional, hazme un favor, no me cierres toda la calle, déjame un carril abierto, namás no me toques Insurgentes, y mmm son las ocho, a las nueve te recibo”. Te dicen: “Ah, muy bien”. Sí, y ya desde ahí empieza la negociación.

El Jefe se sabe parte de ese engranaje, y dice que únicamente es “un fiel servidor público”.

 

María Guillén Garza Ramos
Editora en nexos

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Publicado en: Política

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