Un Nobel para el Doctor Simi

¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si se pierde a sí mismo? La historia es peculiar en el sentido más burdo del término. Aunque parece una fábula sobre el éxito y el prestigio, en realidad es una advertencia sobre las deformidades y proyecciones que uno construye a su medida, tan populares, engañosas y autocomplacientes como este lindo país que las engendra y fomenta.

Me encantaría pensar que la historia de cómo Víctor González Torres terminó convirtiéndose en el Doctor Simi sólo pudo haber ocurrido en México. Pero ignoro si en otros lugares alguien consigue fundir la filantropía con la mercadotecnia, el negocio con el fervor y la necesidad con una carrera de redención que, entre botargas bailarinas a ritmo de reguetón, parece aliviar tanto como vende.

Lo que resulta claro es que la paulatina metamorfosis de esta persona fue algo más que una estrategia de mercado. El empresario se volvió personaje y el personaje terminó devorando al hombre. Con su figura regordeta revestida por una bata blanca, su bigote redondeado y su sonrisa inalterable, el Doctor Simi dejó de ser una simple mascota publicitaria para convertirse en un símbolo nacional: una figura que aglutina fe y consumo, remedio y espectáculo.

Nacido en la Ciudad de México en 1947, Víctor González Torres es uno de los ocho hijos —cinco hombres y tres mujeres— de Roberto González Terán y Margarita Torres de la Parra. Un acaudalado matrimonio que amasó una considerable fortuna como propietario, durante varias generaciones, de las Farmacias El Fénix, una de las más antiguas del país. Gracias a esa herencia, la familia diversificó sus inversiones incursionando en distintos negocios como laboratorios, constructoras y firmas inmobiliarias.

Víctor estudió Contaduría Pública en la Universidad Iberoamericana (revelación importante en su historia, ¡el Doctor Simi no es médico, sino contador!) y cultivó una imagen pública manteniendo un equilibrio entre la popularidad y la polémica. Se enorgullecía, en cierto modo, de haber llevado los negocios familiares al terreno de la mercadotecnia masiva y al escrutinio público. No es casual que su hermano Jorge, fundador del Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y candidato presidencial en 1994, también haya entendido el poder de la imagen y del mensaje sencillo dirigido a las masas. En ambos casos, resalta la capacidad de traducir intereses privados en causas populares para lucrar con ellas.

Su biografía y recorrido profesional no bastan por sí solos para un artículo, pero intento llamar la atención, de manera sintética, sobre dos de sus hitos más representativos; uno en el terreno empresarial y otro en el político. Y es que Víctor González Torres construyó uno de los imperios más singulares del México contemporáneo aprovechando con astucia las brechas del sistema. En los noventa, mientras la apertura comercial reconfiguraba los mercados, detectó un vacío legal en la regulación farmacéutica: la ley no exigía pruebas de bioequivalencia para los medicamentos genéricos. De esa grieta nació su empresa más célebre, Farmacias Similares, con su promesa de ofrecer “lo mismo, pero más barato”. En poco tiempo convirtió un modelo de negocio marginal en un emporio popular, transformando una obligación del Estado en oportunidad para los negocios.

De ahí que en 2006 intentó trasladar esa popularidad al terreno político. Se autoproclamó “candidato de los pobres y de los enfermos”, emprendiendo una campaña presidencial sin partido ni registro, invitando a la gente a escribir su nombre en la boleta electoral. Lo que parecía una excentricidad terminó convirtiéndose en casi 300 000 votos nulos, una cifra simbólica que, en una elección tan cerrada, bien pudo habernos ahorrado la trágica historia político-electoral entre Calderón y López Obrador cuyas consecuencias aún padecemos.

Esos dos episodios entreven su capacidad de persuasión y su instinto para beneficiarse a costa del factor social. A partir de ahí, su proyecto se expandió a límites insospechados: desde festivales musicales, comedores comunitarios de bajo costo, pasando por colonias rehabilitadas con servicios públicos y espacios de recreación, clínicas veterinarias accesibles, programas de apoyo para personas con discapacidad, hasta una fundación con múltiples ejes como el tema educativo, la alimentación y el medio ambiente.

No es casual que su figura creciera en un país donde el abandono institucional dejó a millones buscando alivio fuera del sistema. En una sociedad que normalizó la escasez, el Doctor Simi apareció como una alegre respuesta a la urgencia y no a la planeación.

Su imperio prosperó porque entendió que la necesidad también puede organizarse y hacerse rentable; ahí donde faltan hospitales, él levantó consultorios; donde no hay programas sociales, instaló comedores y productos subsidiados; donde el espacio público se deteriora, fundó colonias con servicios dignos y un discurso de comunidad. Su proyecto es, en muchos sentidos, reflejo invertido de un Estado mexicano que promete cercanía, pero por medio del consumo.

Específicamente en el ámbito médico, hay múltiples pruebas de cómo la salud pública en México funciona más por inercia que por diseño. Como bien ha mostrado María Guillén, la precariedad cotidiana en los hospitales —las esperas interminables, la desigualdad entre lo público y lo privado, la resignación de pacientes y médicos— revela un sistema que opera por omisión, sostenido más en la resistencia que en la eficacia. En ese vacío se enaltece una figura como la del Doctor Simi, que borra fronteras entre el mercader y el santo popular, y convierte la necesidad en una forma de negocio socialmente aceptada.

En lo más alto de su simbiosis mediática, cuando sus muñecos aparecen en conciertos de Rosalía o Coldplay, el personaje ha dejado de ser un simple recurso publicitario para convertirse en una expresión cultural y emocional. La campaña que desde hace algunos años acompaña su nominación al Premio Nobel de la Paz no busca sólo reconocimiento internacional, sino que actúa como una operación de legitimación simbólica que pretende consolidar a este personaje como un emblema de empatía, concordia y solidaridad. En el fondo, más que una cruzada por la paz, se trata de un movimiento para preservar una marca que aprendió a vender salud, consuelo y pertenencia.

Así, cada año que pasa sin que le concedan el Nobel, el Doctor Simi multiplica su presencia abriendo nuevas obras sociales que propagan su red. Poco a poco, su universo se expande hasta confundirse con el paisaje nacional, como si México entero estuviera destinado a convertirse en una gran farmacia similar.

En una escena de Birdman, de Alejandro González Iñárritu, se pronuncia una frase que condensa con precisión la lógica del éxito contemporáneo: “La popularidad es la prima puta del prestigio”. Larga vida al Doctor Simi, que aunque nunca gane el Nobel, ni presida esta nación donde el Estado cura tarde y la fe llega pronto, su emporio similar ocupa el lugar del milagro cotidiano.

El Doctor Simi ya consiguió ganarse el mundo sin perderse a sí mismo, o mejor dicho, perdiendo en el camino al propio Víctor González Torres. Vaya paradoja, pues mientras el hombre se disuelve en su personaje, el personaje se vuelve toda una nación. No es que hayamos creado un monstruo, es que nos acostumbramos a vivir dentro de él. La misma situación de mierda, pero más barata.

Juan Jesús Garza Onofre

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor en El Colegio de México y el ITAM.

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Publicado en: Política, Vida pública

3 comentarios en “Un Nobel para el Doctor Simi

  1. En el transcurso del desamparo sanitario por abandonamiento total, se ha transitado por la carencia de servicios de salud, a la escasez critica de la atencion medica y al desgaste total del sistema de salud, condicinando para ello el oportunismo tan claramente expresado por Juan Jesus Garza en un esplendido documento. lo gortesco no es Simi es la ausencia de una politica de salud para este pais.

  2. Hace un par de años pasé por depresión y pensamiento suicida y llamé para pedir ayuda al Centro Simi de Salud Emocional. Es un servicio gratuito donde te brinda atención de un psicólogo por llamadas de 15 minutos. Logré salir del hoyo en el que me sentía, así que sólo puedo darle las gracias a esa botarga, porque igual y no estuviera escribiendo esto hoy.

  3. Mexico entero esta destinado a convertirse, de pueblo en pueblo, en un país mágico, con su farmacia similar frente a un oxxo y mas alla algún Electra o Copel. Por aquello de las remesas y los créditos fáciles.
    ¡Potencia científica! jajaj@a@jaja

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