Un premio para las grandes preguntas

Una de las grandes preguntas en las ciencias sociales es por qué ciertos países, regiones o ciudades experimentan desarrollo económico y prosperidad, mientras que otros no tanto. Hasta finales del siglo XVIII, esta sería una pregunta ociosa. Simplemente porque la calidad de vida en todo el mundo era igual de miserable: la esperanza de vida en 1850 era menos de cuarenta años en todos los continentes.1

Sin embargo, algo comienza a cocerse a finales del siglo XVIII: la actividad económica comienza a crecer, no sólo al ritmo de la población, sino superándola. Alrededor de 1750-1850, todos los países comienzan a crecer.2 Algo cambia en términos de prosperidad económica a partir de ese periodo, que también se ve reflejado en otros indicadores de calidad de vida.3

Desde entonces, la mayor parte del mundo se ha vuelto más próspero. El nivel de prosperidad o desarrollo económico actual de cada país ha superado el nivel de prosperidad que tenía Estados Unidos hacia 1900, el país más rico en ese momento. La mayoría de los países han crecido y superado ese nivel de desarrollo.4 Pero no jalamos todos parejo: hoy en día, muchos países no lo han logrado, y varios ni siquiera se acercan al nivel de prosperidad actual de Estados Unidos.

Así, a la par del crecimiento comienza a incrementarse las diferencias del nivel de desarrollo entre países. No es coincidencia que Adam Smith publicara Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones en 1776, la misma época que comienzan estas divergencias regionales. Existe una constante a lo largo de los últimos dos siglos: la persistente desigualdad entre países. ¿Qué factores explican estas desigualdades?

Aunque cada año hay un nuevo refrito sobre por qué la economía no es ciencia, esta disciplina ha avanzado para explicar, de forma incompleta y matizada, cómo gran parte del mundo se ha vuelto próspera. Pero también por qué algunos países no lo han hecho. Prueba de ello es que el Banco Central de Suecia otorgó el Sveriges Riksbank Prize in Economic Sciences in Memory of Alfred Nobel —alias el Premio Nobel de Economía— a Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson por su trabajo sobre “cómo se crean las instituciones y cómo estas afectan la prosperidad económica.”

El argumento principal de Acemoglu, Johnson y Robinson es que las instituciones, específicamente las instituciones políticas, influyen en las instituciones económicas, y éstas últimas afectan los resultados económicos. Es decir, para los autores las diferencias de desarrollo económico entre países se deben, principalmente, a las instituciones.

Cuando anunciaron el premio, pensé en una cita sobre Why Nations Fail que captura lo esencial del reconocimiento:

La aparente simplicidad e importancia del argumento principal del libro es, sin embargo, radical para los economistas; es decir, estos son economistas que aceptan la prevalencia de la política sobre las teorías de mercado.5

Agregaría que son economistas que además encuentran respuestas a las preguntas del presente volteando a ver al pasado o al contexto. Esto no significa que sean historiadores o sociólogos; pero tampoco son ahistóricos ni viven en una Caja de Petri. Vamos de gane.

Ilustración: Raquel Moreno

¿Por qué los premiaron?

El comité del Premio Nobel en Economía reconoció a Acemoglu, Johnson y Robinson por dos contribuciones clave. La primera: por sus avances metodológicos para evaluar empíricamente la importancia de las instituciones en la prosperidad económica. La segunda: por su trabajo teórico para entender por qué y cuándo cambian las instituciones políticas.

Este no es el primer Nobel que se otorga al institucionalismo económico. En 1993, Douglas North y Robert Fogel fueron premiados por su trabajo en historia económica, aplicando teoría y nuevos análisis empíricos. North, en su libro previo al Nobel, se centró en las instituciones como restricciones formales e informales que moldean las interacciones económicas y políticas. En 2009, Elinor Ostrom —la primera mujer en ganar el premio— y Oliver Williamson fueron reconocidos por sus estudios en instituciones fuera del mercado: Ostrom por su análisis de los bienes comunes y Williamson por su trabajo sobre la estructura interna de las empresas. Evidentemente, tampoco es la primera vez que los científicos sociales intentan explicar el desarrollo económico por análisis comparativo. Pero, ¿qué distingue a los autores ganadores del premio en 2024?

Acemoglu, Johnson y Robinson preguntan: ¿las instituciones causan diferencias en el desarrollo económico? Esta pregunta los distingue de trabajos previos porque incluye la palabra “causa” y busca una respuesta directa, un “sí” o un “no”.6 Definen instituciones inclusivas como aquellas que protegen los derechos de propiedad para amplios sectores de la población, incentivando la inversión y permitiendo que más personas participen en la economía. En contraste, las instituciones extractivas no garantizan el Estado de derecho ni los derechos de propiedad para la mayoría, y suelen aparecer cuando el poder está concentrado en una pequeña élite.

Aquí entra el dilema de la causalidad. No es como si las instituciones de un país se eligieran al azar o por una tómbola. Países más desarrollados tienden a adoptar instituciones inclusivas. Quizá algunas élites políticas no tengan incentivos para hacerlo, o tal vez otros factores, como la geografía o la historia, son claves para el desarrollo económico. Y así, podemos imaginar una larga lista de elementos que influyen en la decisión de qué instituciones adoptar. Entonces, ¿cómo sabemos si una variable causa otra?

Para deshebrar esta enredadera, los autores miran hacia la historia colonial de las Américas y proponen una teoría de persistencia institucional. Argumentan que los colonizadores europeos implementaron diferentes instituciones dependiendo de las condiciones locales, y que esas instituciones, en mayor o menor medida, persisten hasta hoy. El tipo de instituciones coloniales que se instalaron dependía de las condiciones iniciales. Por ejemplo, en zonas tropicales, la alta mortalidad por enfermedades como la malaria desincentivó el asentamiento europeo. Para explotar los recursos de esas áreas, los colonos trajeron mano de obra africana bajo regímenes de esclavitud, el régimen institucional más extractivo. En contraste, en regiones con grandes poblaciones indígenas y abundantes recursos, se diseñaron instituciones para explotar a la población local y extraer riquezas como el oro, la plata y el azúcar.

Siguiendo esta línea de argumentación, México es relativamente más pobre hoy porque las instituciones coloniales eran extractivas: diseñadas para explotar a la población local. Otro ejemplo sería Haití, uno de los países más pobres, donde los franceses no se establecieron en masa, sino que explotaron a la población africana bajo un régimen de esclavitud. Por otro lado, en las Trece Colonias, los europeos encontraron un ambiente más parecido al que conocían y “trajeron consigo” instituciones inclusivas, más representativas del viejo mundo. Hoy, Estados Unidos es el país más rico.

Para probar su hipótesis, Acemoglu, Johnson y Robinson utilizan datos históricos de la población precolonial y la mortalidad de los colonos europeos. Los países con mayor población precolonial y mayor mortalidad de colonos tienden a tener menores niveles de desarrollo hacia principios del siglo XX. En otras palabras: a mayor mortalidad de colonos y mayor población precolonial, menor desarrollo económico.

Pero, ¿la cadena causal se sostiene? Los autores argumentan que algunos factores iniciales, como la mortalidad de los colonos, son casi azarosos, como la tómbola. Así que, para resolver este rompecabezas, utilizan herramientas estadísticas —variables instrumentales— que muestran que la mortalidad de colonos predice la calidad institucional actual. Es decir, mayor mortalidad de colonos, menor calidad institucional hoy. A su vez, muestran que las predicciones de mayor calidad institucional en el paso anterior se asocia con un mayor nivel de desarrollo económico. Esto sin que la modalidad de colonos afecte directamente el desarrollo económico actual. Sin embargo, este trabajo no ha estado exento de críticas. Incluso dentro de la disciplina económica, la validez de su ejercicio estadístico ha sido cuestionada. Tanto es así, que el comité del Nobel menciona estas críticas explícitamente.

A pesar de todo, los trabajos de AJR marcan un antes y un después en la investigación económica. Una ola de estudios siguió sus pasos, explorando cómo las instituciones políticas y la persistencia de instituciones históricas influyen en el desarrollo económico actual. Cada vez más diversos en términos de áreas geográficas y periodos históricos, estos estudios se enfrentan a un nivel de rigor creciente para ser aceptados y publicados en la comunidad académica.

Persistencia y cambio institucional

Si las instituciones políticas son la bala de plata, ¿por qué los países no adoptan simplemente las instituciones más inclusivas? Aquí entra en juego la segunda contribución que les valió el Nobel: los conflictos distributivos y de poder. A lo largo de varios artículos —y, en mi opinión, su mejor libro— Acemoglu y Robinson desarrollan un marco teórico integral para explicar por qué ocurre, o no, el cambio entre regímenes autoritarios y democráticos, en ambas direcciones.

En resumen, AR sintetizan tres enfoques sobre el cambio social, que no siempre concuerdan: 1) la teoría de la modernización, que dice que el desarrollo socioeconómico conduce inevitablemente a la democratización; 2) una teoría centrada en las élites, donde la democratización es el resultado de interacciones estratégicas entre las élites políticas; y 3) una teoría de la movilización popular, donde las clases sociales imponen la democracia desde abajo.

Como expliqué en la introducción, la novedad de AR es poner el poder político en el centro del proceso de cambio institucional. Su aportación clave es que las instituciones ineficientes no persisten sólo por falta de voluntad política, sino porque las élites, temiendo perder poder, tienen pocos incentivos para implementar reformas inclusivas, incluso si esas reformas benefician a la población en general.

Al combinar diferentes enfoques, AR exploran las condiciones bajo las cuales es más probable que ocurran reformas institucionales. Señalan que las crisis políticas o económicas, junto con la presión social, son factores clave que pueden empujar a las élites a aceptar el cambio. Su teoría explica por qué muchas sociedades se estancan bajo instituciones extractivas y qué factores pueden desencadenar una transición hacia instituciones más inclusivas.

Esta segunda contribución de AR ha sido más teórica que empírica, pero ha inspirado estudios que buscan confirmar o refutar sus hipótesis. En uno de sus trabajos más recientes intentan responder otra gran pregunta: ¿la democracia causa desarrollo económico? Analizan datos entre 1960 y 2010 para evaluar si los regímenes democráticos crecen más que los autoritarios de forma causal. Consistente con parte de sus predicciones teóricas, muestran que los países suelen transitar de regímenes autoritarios a democráticos tras crisis económicas. Sin embargo, una vez instaurado el régimen democrático, los efectos positivos tardan en manifestarse: la democratización demora unos veinte años en desplegar su impacto total, resultando en un incremento del 20 al 25 % en el PIB per cápita a largo plazo.

¿Por qué los critican?

Un programa de investigación como el de estos autores no pasa sin generar controversia y críticas. Tampoco sin pisar callos. Es interesante ver que, aunque muchos académicos y el público en general celebraron el Nobel, una fracción se mostró irritada. Algo que no vimos en 2020 con el reconocimiento “por mejoras a la teoría de subastas e invenciones de nuevos formatos de subasta” o en 2022 “por su investigación sobre bancos y crisis financieras”. Esto también refleja el alcance del trabajo de AJR más allá de la economía, un tema sobre el que volveré en la última sección.

Aquí debo ser transparente: yo soy de los que celebran el Nobel a AJR porque mi investigación está fuertemente inspirada por su trabajo. No obstante, hay críticas válidas e importantes, sobre todo a sus primeros estudios. A continuación, presento algunas de las más pertinentes, particularmente en torno a la primera contribución que reconoció el comité del Nobel.

La primera crítica está relacionada con la unidad de análisis. Hay una gran variación en el desarrollo económico dentro de un mismo país. El norte y sur de Italia, Estados Unidos o México son ejemplos claros. Lo mismo ocurre dentro de ciudades: el este y oeste de urbes europeas, o en Guadalajara. Esto es relevante porque, si las instituciones legales son las mismas en todo un país, estado o ciudad, no pueden explicar las variaciones internas.

La segunda crítica está relacionada con la conceptualización de las instituciones coloniales como inclusivas o extractivas. Las instituciones coloniales variaron significativamente dentro de territorios que no se corresponden con las fronteras nacionales actuales. En las trece colonias, por ejemplo, las instituciones del norte eran más inclusivas —si eras blanco— mientras que en el sur eran extractivas, con la esclavitud como uno de sus rasgos más extremos. ¿Cómo es posible que las instituciones coloniales de lo que hoy es Estados Unidos se consideren más inclusivas que las de América Latina?

Además, algunas instituciones son difíciles de clasificar. En la Nueva España, las repúblicas de indios segregaban a los indígenas en territorios donde tenían propiedad comunal e individual de la tierra y comerciaban, aunque bajo el control de un cacique y excluidos de los bienes públicos. ¿No es esto una mezcla de inclusión y exclusión? Otra crítica similar se ejemplifica con China: el régimen político es una autocracia, pero su crecimiento económico ha sido el mayor a nivel mundial en las últimas décadas, sacando a millones de la pobreza.

Una tercera crítica tiene que ver con la comprensión de la historia. En el caso de la persistencia institucional, los autores toman dos “fotografías” en el tiempo y afirman que un evento antiguo afecta significativamente el presente. Como dijo Faulkner en Réquiem por una monja: “El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado”. Sin embargo, también observamos cambios históricos. Irónicamente, esta rama de la economía a veces parece ignorar la propia historia que estudia. Por ejemplo, en la parte de la persistencia de las instituciones coloniales a las actuales, los primeros papers de AJR se quedaron realmente cortos en explicar ese nexo: qué implica que una institución colonial persista si cambios legales o de régimen político implicarían por definición que esta ya no existe.

Por último, están las críticas metodológicas. No entraré en detalles técnicos, pero hoy en día, si alguien presenta en un seminario de economía una metodología similar a la de los primeros trabajos de AJR, que Dios le agarre amparado. Lo más probable es que enfrente una avalancha de críticas y una hora de agonía pura. Afortunadamente, desde los trabajos seminales de AJR, la investigación ha avanzado considerablemente: la metodología ha evolucionado. Lo mínimo de esperarse en una disciplina que se jacta de acercarse al método científico,.

Por ejemplo, frente a la primera crítica, nuevos estudios han comenzado a usar unidades más pequeñas —regiones, municipios o incluso grupos de cuadras— donde existe variación histórica o institucional. Los resultados de estos estudios tienden a confirmar la importancia de las instituciones históricas, aunque a diferentes niveles de análisis.

Con respecto a la segunda crítica, cada año surgen estudios que contradicen el impacto de las instituciones extractivas, como la esclavitud o las autocracias, en el desarrollo económico. Si bien estos estudios no justifican moralmente dichos regímenes, el debate empírico sobre si solo las instituciones inclusivas generan prosperidad sigue abierto. O con respuestas matizadas: todo depende del contexto.

Frente a las últimas dos críticas, muchos investigadores ahora interpelan y dialogan con otras ciencias sociales con mayor conocimiento histórico, político y social. Los análisis estadísticos y diseños de investigación son más robustos; con la ayuda de la digitalización y la inteligencia artificial, se recopilan más fuentes históricas de forma cuidadosa; y la evaluación y publicación de los artículos es cada vez más competida.

Al igual que en las Olimpiadas, donde los récords se superan con el tiempo, en la academia el trabajo se vuelve cada vez más riguroso. Echando un ojo a las mejores revistas académicas de economía actuales, uno se hace una idea clara de este progreso.

A veces se siente una disonancia cognitiva entre algunas personas en el medio académico que critican a la economía. Cuando se reconoce un avance que da relevancia a factores más allá del mercado —historia, política, elementos que estudian la sociología o la antropología— la reacción es: “Eso ya se había hecho”. Pues claro. No creo que haya grandes respuestas nuevas a las grandes preguntas bajo el sol. El afán científico es avanzar poco a poco para entender mejor estos fenómenos. Quizá habría que extender la lista de trabajos que precedieron a aquellos de los galardonados ––que mirando con atención sí se hace.

La ventaja comparativa de la economía contemporánea es aportar evidencia empírica sólida y falsable, aunque sea en pequeños fragmentos de las grandes preguntas. Pero para que ese diálogo sea fructífero, necesitamos dos cosas: 1) los economistas debemos hacer un mejor trabajo de divulgación, y 2) las otras disciplinas deben leer con atención y dialogar con los economistas.

Un premio a las grandes preguntas

¿Por qué hay diferencias de prosperidad económica entre países? AJR no son los primeros en tratar de contestar esta gran pregunta, y ellos mismos lo reconocen. También reconocen que esta es una respuesta parcial. Recientes síntesis de trabajos en economía han mostrado que tanto la geografía, las instituciones formales, demografía y procesos coloniales importan en la prosperidad económica de un país o región.7 De nuevo, el contexto importará. Los mismos Acemoglu y Robinson se han subido a un tren de investigación en economía que los precede, pero está muy relacionado: el rol de las instituciones informales, como normas sociales y culturales, en los resultados económicos, y viceversa. Otra rama de la literatura que también intenta responder grandes preguntas y, necesariamente, tiene que dialogar con otras disciplinas: antropología, sociología, ciencias cognitivas y evolutivas.

En una clase que va sobre estos temas con uno de los premiados, una de las grandes directrices de su enseñanza es exactamente pensar en las preguntas. Sobre todo, en las grandes preguntas. No es que la metodología no importe. Importa mucho. Pero si uno se centra en la metodología, acabará encontrando respuestas muy robustas a preguntas completamente irrelevantes, en términos académicos y de política pública. Según el premiado, en las ciencias sociales empiezas con una pregunta por la que no estés al menos interesado, sino apasionado por encontrar alguna respuesta; después la respondes con la mejor metodología que puedas utilizar.

En comparación con otros menos entusiasmados, esta combinación de grandes preguntas y una metodología cada vez más sofisticada me da esperanza en una mejor ciencia social. Si uno revisa los Nobel de los últimos años, puede ver un patrón interesante: se reconoce cada vez más el trabajo que desafía y falsea teorías con evidencia empírica sólida y creativa: “por su enfoque experimental para aliviar la pobreza global” (2019); “por sus contribuciones empíricas a la economía laboral y sus aportaciones metodológicas al análisis de relaciones causales”​ (2021); “por haber avanzado nuestro entendimiento de los resultados de las mujeres en el mercado laboral” (2023). Tal vez, bajo ese mismo patrón, en un futuro cercano se premie a otras investigaciones rigurosas sobre la desigualdad.

Quizá sea un patrón temporal, pero parece que la economía se aleja de ser un espacio donde las teorías se toman como dogmas y, poco a poco, empezamos a mirar qué pasa en el mundo real. Lo enfatizo una última vez: esta evolución —o irónicamente, cambio institucional dentro de la disciplina— no es cosa menor. Por más investigaciones así: ofreciendo las mejores respuestas disponibles a las preguntas más importantes.

 

Guillermo Woo Mora
Economista. Candidato a doctor por la Paris School of Economics.


1 Saloni Dattani, Lucas Rodés-Guirao, Hannah Ritchie, Esteban Ortiz-Ospina y Max Roser, “Life Expectancy”, OurWorldinData.org, 2023

2 The CORE Team. “Capítulo 1. La revolución capitalista”, en La Economía, CORE Econ, 2017.

3 Max Roser, “The short history of global living conditions and why it matters that we know it” OurWorldinData.org, 2016

4 Koyama, M., y Rubin, J., How the world became rich: The historical origins of economic growth, Polity Press, 2022

5 Tenorio-Trillo, Mauricio. Latin America: The Allure and Power of an Idea. Chicago, University of Chicago Press, 2017,​ p.129 (kindle). Uno de los aspectos que me gusta de esta cita es que, acto seguido, lanza una crítica contundente, no al trabajo de AJR directamente, sino a otra batalla intelectual que es harina de otro costal.

6 Nota epistemológica: En la disciplina económica se distingue claramente entre teoría y economía aplicada. La teoría se enfoca en observar el mundo y tratar de comprenderlo. Para ello, se usan modelos matemáticos que generan predicciones evaluables. La teoría económica entiende que cualquier resultado económico proviene de un proceso multifactorial; no hay modelo que incorpore un solo parámetro para explicar un fenómeno económico o social. Eso sí, se procura que los modelos sean lo más simples posible. La economía aplicada, por otro lado, pone a prueba esas predicciones: se usan datos y modelos estadísticos para respaldar o refutar lo que predice la teoría. Pero para refutarla, hay que evaluar cada ingrediente del modelo. Por eso, un buen trabajo aplicado en economía buscará responder con un “Sí” o un “No tenemos evidencia para respaldar esta hipótesis”. A diferencia de otras disciplinas, como la historia, es raro encontrar trabajos en economía que intenten tratar, en un solo lugar, todos los determinantes de un fenómeno económico o social.

7 Koyama, M., y Rubin, J., ob. cit., 2022

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Publicado en: Economía, Política

Un comentario en “Un premio para las grandes preguntas

  1. No se puede medir la «prosperidad» por un único parámetro que es la esperanza de vida. En primer lugar la esperanza de vida es un promedio que es muy afectado por el enorme número de muertes infantiles; las personas que sobrevivían más allá de los cinco años tuvieron vidas mayores al promedio. La esperanza de vida subió cuando la mortalidad infantil se atajó gracias al desarrollo de la medicina moderna, sobre todo de las campañas de vacunación a nivel mundial.
    La investigación científica históricamente sólo privilegia investigar las enfermedades en países del primer mundo, con alta capacidad de pago, mientras desprecia las enfermedades de países del tercer mundo, lo que perpetúa un ciclo en que los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres.
    Además, aunque la esperanza de vida fuera igual para todos los países antes de 1850, no vivían igual los esclavos que los campesinos y lo grandes terratenientes.

    Es un error tratar a los países actuales por separado, todos los datos están correlacionados ya sea por el pasado colonial (los grandes imperios europeos) o los las épocas de globalización. Es como decir que los países de primer mundo con fuertes regulaciones ecológicas han disminuido la contaminación en esos países, mientras que en los países pobres aumenta la contaminación; sin tomar en cuenta que los países de primer mundo enviaron al tercer mundo las empresas más contaminantes y se han aprovechado de la debilidad institucional de dichos países para obtener diversas concesiones, además de fomentar la debilidad institucional de dichos países. No basta con medir el CO2 producido por un país, sino que debe medirse el CO2 total de los productos que importa.

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