Cuando casi toda Latinoamérica vivía la euforia ciudadana por la salida de la larga noche dictatorial, el politólogo Guillermo O’Donnell alertó sobre los problemas persistentes que aquejaban a los jóvenes regímenes pluralistas, surgidos de aquellas transiciones. Comentaba entonces la importancia de distinguir los tipos de señalamientos que se le hacían a esas frágiles democracias. Los sentidos de las críticas identificadas por O’Donnell conducían a dos caminos: mejorar lo logrado para alcanzar lo pendiente —democratizando la democracia— o desmontar la democracia desde dentro, a menudo invocando el pretexto de perfeccionarla.

La democracia y la autocracia son formas políticas que acompañan la historia de la humanidad, por lo que siempre contarán con partidarios y detractores. Si bien a partir de la segunda posguerra el consenso liberal —plasmado en los procesos de desfacistización y descolonización, codificado en los documentos fundacionales de las Naciones Unidas— avanzó como retórica global, nunca el régimen democrático ha triunfado del todo, en todas partes. En la Latinoamérica contemporánea, la poliarquía no es el único modo vigente de concebir y ejercer la política. Realmente nunca lo fue del todo, pues incluso en el apogeo del consenso democrático —cuando se suscribió la Carta Interamericana (2001)— persistieron el autoritarismo franco de Cuba, el estado fallido de Haití, así como numerosas zonas oscuras —capturadas por la violencia, la corrupción y la exclusión— a nivel institucional, legal y social en los otros países con regímenes formalmente democráticos.
El continente es hoy un caleidoscopio donde predominan numéricamente muchas democracias frágiles, seguidas en orden por varios regímenes híbridos, las autocracias revolucionarias de la alianza Habana, Caracas y Managua y las democracias desarrolladas de Uruguay, Costa Rica y Chile. Y, al interior de las poblaciones, ha crecido tanto la insatisfacción de ciudadanos críticos (pero demócratas) con el funcionamiento de las democracias realmente existentes como la desafección (normativa) de sujetos opuestos a la idea misma de democracia.
Frente a semejante panorama, podemos reconocer un problema —el estado de las preferencias políticas latinoamericanas— desde las cuatro formas en que éstas pueden expresarse analítica y prácticamente. Del lado republicano, encontramos el dueto conformado por las críticas democráticas a la democracia y la autocracia. Desde la trinchera del despotismo, las críticas autocráticas a la democracia y la autocracia.
La crítica democrática a la democracia sustenta esencialmente un enfoque de reformismo sostenido. Se trata de una crítica para avanzar y expandir el proyecto democrático. Apuesta a mejorar las capacidades estatales que proveen a la ciudadanía bienes públicos relevantes —seguridad, acceso a la justicia, protección social, educación, etc.—, aumentar la rendición de cuentas de los políticos y funcionarios, perfeccionar la competitividad y fiabilidad de los procesos electorales, complementar las instituciones de representación con mecanismos de democracia directa y participativa.
Ligada a la anterior perspectiva, la crítica democrática a la autocracia protege la idea y praxis de la democracia de sus enemigos. Desecha la idea de excepcionalismos de naciones a los que la Historia o la Cultura condenó a no poseer democracia. Condena a toda autocracia con independencia de su signo ideológico. No admite la trampa retórica de democracias otras —reaccionarias o revolucionarias— donde sea deseable canjear derechos por desarrollo, sometiendo la soberanía popular a la soberanía estatal. Rechaza que la sustitución de una autocracia por otra —aun cuando varíe su signo político— sea expresión de desarrollo político y empoderamiento ciudadano.
En la acera de enfrente, la crítica autocrática a la democracia manifiesta un desafío amplio a las bases y formas en que esta última se expresa. Pontificando la superioridad del autoritarismo —de derecha o izquierda— como modo de conducción general del gobierno y la sociedad; deslizando críticas a la forma liberal —realmente existente— de la democracia contemporánea. En el primer caso, se propone sin ambages un líder todopoderoso, un partido dominante o un Estado centralizado —o la suma de estos— como opciones superiores al “desorden y pobres resultados” de las democracias. En el segundo modo, se insinúa —usando los canales intelectuales y políticos de las mismas democracias— que éstas deben ser reformadas. Pero, a diferencia de la crítica democrática a la democracia —con la que comúnmente se solapan—, aquí se habla de democracia directa para afianzar el populismo plebiscitario, se invoca a un pueblo genérico para desempoderar a los ciudadanos concretos, se cuestionan las políticas neoliberales para atacar, en toda la línea, a la tradición democrática liberal.
La crítica autocrática a la autocracia, por último, es una hija militante de la polarización no democrática. Se manifiesta entre aquellos que, detestando un tipo de autoritarismo, consideran preferible sustituirlo no con una alternativa democrática sino con otra variante —ideológicamente distinta— del orden autocrático. La transición puede ser la de una dictadura militar derechista a otra dictadura revolucionaria izquierdista; también puede ser lo inverso. Se cuestionan las formas —pero no las esencias— del autoritarismo; mientras que a la democracia se le condena tout court.
Las preferencias por una u otra de estas perspectivas atraviesan —y dividen— a la ciudadanía, militancias y élites políticas —e intelectuales— latinoamericanas. Las críticas democráticas a la democracia y a la autocracia las hallamos en los segmentos afines al proyecto y orden democráticos, en general con preferencias de centro (izquierda y derecha), que expresan su apoyo por vías electivas, consensuales, deliberativas y paulatinas de (re)cambio y funcionamiento políticos. Si bien en este grupo —en especial en su segmento más joven, ignorante de experiencias viejas o actuales de orden autocrático— se suelen colar a ratos los virus de la impaciencia y el radicalismo, como regla estos críticos demócratas no cuestionan los pilares que sostienen la democracia realmente existente.
Las críticas autocráticas a la democracia son más ubicuas y a veces sinuosas. Buena parte de la intelectualidad regional, beneficiada por la sociedad abierta y su régimen pluralista, profesa credos iliberales y antidemocráticos, legados por las viejas izquierdas leninista y populista. En otra esquina, con menor andamiaje intelectual, viejos reaccionarios y nuevos libertarios proponen variantes del autoritarismo de mercado, opuestas al empoderamiento y derechos de las minorías. Aparecen en la cancha, polarizada, los vítores alternos a Nicolás Maduro o Jair Bolsonaro, las loas a Miguel Díaz-Canel y Nayib Bukele. Porras que transmiten las críticas y preferencias de filotiránicos enfrentados.
Latinoamérica vive una ola liberticida, de disímil signo ideológico y variadas agendas políticas. Se avasallan todo tipo de sujetos y derechos, con todo tipo de pretextos. La academia, los medios de comunicación y en general quienes poseemos el privilegio de poder difundir ideas a públicos amplios, debemos sincerar desde dónde hablamos. Aunque eso implique abandonar las hipocresías, rituales y palabras envenenadas que, hace mucho tiempo, no tienen significado compartido. Queda cada vez menos tiempo para defender, sin la lógica de la guerra política, el tipo de orden, comunidad y persona que dan sentido a una existencia civil.
Armando Chaguaceda
Politólogo e historiador, especializado en el estudio de los procesos de autocratización en Latinoamérica y en la Rusia postsoviética. Entre sus publicaciones recientes se encuentra La otra hegemonía. Autoritarismo y resistencias en Nicaragua y Venezuela (Editorial Hypermedia, Columbia, EE. UU., 2020).
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