
Hace mucho que no subo a un avión. Han pasado años desde la última vez que desperté a la mitad de la noche, por el pánico que provoca tomar un vuelo. Lo que más me descoloca no es el acto en sí, sino la idea de habitar el cielo. ¿Cómo prepararse para algo tan intangible? No existen manuales para lo sobrenatural. Volar es, en esencia, un acto de insurrección humana. Subirse a un avión es desafiar nuestra condición socrática de “bípedos implumes”. Es pretender, aunque sea por unas horas, la inmortalidad. Los pasajeros nos mimetizamos con la estructura de metal que nos resguarda de los vientos y las presiones: de pronto, el alerón, las alas y los motores son una extensión de nuestro cuerpo. Por un instante, nada puede contra nosotros. Somos capaces de viajar a 300 kilómetros por hora, de cruzar el Atlántico en cuestión de horas. Cada milla recorrida parece restarle peso a nuestra mortalidad, al menos en la imaginación. Subirse a un avión es alcanzar una utopía: superar a Ícaro.
Por siglos, nuestro único vínculo con el cielo fue a través de oraciones, mitos y los cálculos de astrónomos como Ptolomeo. Para los navegantes, el cielo era un mapa vivo, habitado por estrellas, esas guías silenciosas que marcaban el rumbo en la inmensidad del océano. Incluso en las sociedades tribales, las constelaciones eran palimpsestos de historias, un archivo de la memoria colectiva transmitido de generación en generación.
La identidad del firmamento siempre ha estado ligada a los acontecimientos terrestres. Hemos convertido al cielo en un espejo que refleja nuestras ambiciones más profundas. El desconocimiento de ese vasto techo celeste nos permitió poblarlo con dioses y relatos, con explicaciones que justificaran, por ejemplo, la posición de la Osa Mayor o de Orión. En otras palabras, el cielo ha sido el subconsciente de la humanidad, el lugar donde depositamos nuestros deseos, temores y aspiraciones más profundas. El halo de misterio que envuelve al cielo y al universo, llevaron a Sor Juana en el siglo XVII a escribir el Primero sueño, en el que declara —en sus famosos versos “escalar pretendiendo las estrellas”— que la comprensión del universo es una batalla perdida para el intelecto humano. Esa incapacidad de abarcarlo todo nos llevó a idealizar al cielo cada vez más, reflejo de una fascinación que llega incluso a las canciones de José Alfredo Jiménez, quien nos invita a “buscar un rincón cerca del cielo”.
En nuestros días, la fascinación por el cielo y la eterna lucha por su conquista ha estado monopolizada por los grandes capitales. De acuerdo con un artículo publicado por The New York Times, Elon Musk, el hombre más rico del mundo, tiene entre sus planes colonizar Marte. El magnate, en colaboración con la NASA, se encuentra desarrollando un cohete reutilizable de nombre Starship, cuya misión inicial es llevar a dos astronautas a la luna y en un par de años hacer la primera misión a Marte con tripulación a bordo. De acuerdo con la periodista Kirsten Grind, Musk ha usado todos los recursos de SpaceX para investigar sobre la capacidad reproductiva de los seres humanos en el espacio y comenzar a diseñar “la ciudad marciana” en la que habitarán los primeros colonos de Marte. Lo anterior resulta como sacado de una novela de ciencia ficción. Sin embargo, es innegable que los avances tecnológicos nos han hecho rebasar los límites de nuestra propia imaginación.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los avances en la aviación civil impulsaron la idea de volar más alto, más rápido y más lejos. Esta concepción permitió que aumentara la demanda de servicios aéreos, pues muchas aerolíneas lograron dar el salto al turborreactor,[1] capaz de transportar a 65 pasajeros, en rutas de 2000 kilómetros. El rendimiento de este motor fue tan bueno que conserva el récord de menor tiempo en un vuelo subsónico transatlántico, con cinco horas y un minuto.[2] La pasión y efervescencia desatada por la capacidad de conquistar las alturas, hizo que la Paramount produjera películas como Boeing, Boeing, cuya trama estaba vinculada con la serie de innovaciones aeronáuticas de los años sesenta, o que el mismo Frank Sinatra saliera en la portada de su álbum Come Fly With Me señalando un Constellation: el último de los grandes aviones estadunidenses con motor de pistón.
La obsesión por acortar los tiempos de traslado llevó a la industria a plantear el proyecto más pretencioso de la aviación comercial: el Concorde. “La dama del aire”, como era conocida esta atractiva aeronave, ofrecía a los pasajeros una experiencia llena de clase y sofisticación. El Concorde se volvió el juguete favorito de las élites empresariales y de las celebridades que, gracias a este artefacto, podían disfrutar de las tardes lluviosas en Londres y regresar por la noche a Nueva York, pues el vuelo duraba sólo tres horas. La imagen del Concorde quedó marcada en la generación de nuestros bisabuelos, quienes nos contaban con emoción el revuelo que causó la llegada de un avión capaz de romper las barreras del tiempo y del sonido. Con nostalgia aún recuerdo las repetidas veces en que mi bisabuelo, con la voz entrecortada, me hablaba del Concorde. “Era una bestia”, me decía. Sus ojos se llenaban de lágrimas, me espantaba. ¿Eran lágrimas de felicidad? o ¿acaso eran lágrimas derramadas por la vaga esperanza de tener la oportunidad de viajar así? Muchos, como en el caso de mi bisabuelo, siguieron los pasos del Concorde, así como la humanidad siguió al Apolo 11: por la radio, los periódicos y la televisión. Viajar en un avión supersónico era algo cotidiano, pero a la vez muy lejano para quien no lo podía pagar.
Este aire de progreso desatado en los setenta con el Concorde,parece haber despertado después de un largo tiempo, pues los planes de Musk no sólo están en Marte y el espacio, sino también en la Tierra. Recientemente, en algunos de sus discursos durante la campaña de Trump, Musk anunció que SpaceX ofrecerá viajes intercontinentales con cohetes, que saldrán de la atmósfera y aterrizarán en cualquier punto de la Tierra. Con la propuesta de Musk, un viaje de Nueva York a Shanghái, que normalmente dura 15 horas en un avión convencional, se reduciría a sólo 39 minutos. Por otro lado, personajes como Jeff Bezos no se han quedado atrás y se han sumado a la tendencia del turismo espacial. Lo cual sigue siendo muy preocupante, más en un contexto de crisis medioambiental, pues un vuelo en cohete de once minutos emite más de cinco toneladas de carbono por pasajero.
La llegada de Trump a la Casa Blanca sin duda será un catalizador para todos los proyectos que el grupo de Silicon Valley tiene en mente. Incluso, en su toma de protesta, el mismo Trump habló, con mucha desmesura, de que los astronautas ondearán la bandera de Estados Unidos en Marte. Aunque el futuro, para muchos, suena alentador por el cambio tecnológico y la expansión de las fronteras del ser humano, la realidad es desoladora: los compromisos y la cooperación internacional para la disminución de gases de efecto invernadero serán prescindibles, al menos para los norteamericanos estos próximos cuatro años. La impaciencia del gobierno estadunidense por surcar los aires obedece a una lucha geopolítica, cuyo principal opositor es China. Este afán por el firmamento permitió que olvidaramos la fragilidad del mundo y la necesidad de una responsabilidad compartida. Las rivalidades las hemos extrapolado al cielo. La lógica de la carrera espacial, será la de first come, first served. Lo cual nos permite preguntarnos ¿de quién será Marte? Si bien no tenemos una respuesta definitiva, algo es claro: el Estado que lo logre aumentará significativamente su poder simbólico frente al resto del mundo.
El empecinamiento por alcanzar las estrellas obedece al impulso más primitivo: la supervivencia de la especie. Desde principios del siglo XX, viajar en avión era un lujo exclusivo para las clases altas. Quizá hoy lo sigue siendo, aunque por otros medios y a otras escalas, como el turismo espacial. La aviación comercial se democratizó al mismo tiempo que lo hizo el microondas. Es decir, estos cambios atendieron a la lógica de una sociedad en plena industrialización, a un cambio estructural en la economía. Tener un microondas, como subir a un avión, dejó de ser un símbolo de estatus y pasó a convertirse en una herramienta de transporte común para la clase media en el mundo. Esto no quiere decir que la estructura social haya cambiado o que las desigualdades hayan disminuido, pues sigue habiendo distinciones entre las experiencias de cada viajero. No es lo mismo viajar en clase turista que en business o rentar un avión privado. Siguen apareciendo barreras de clase para distinguir a cada tripulante. En su libro Estar a la altura, Moramay López-Alonso se inmiscuye en el campo de la antropometría, una disciplina que utiliza la estatura como un indicador clave del bienestar humano y los niveles de vida. La autora comparó dos grupos históricos en México: personas con pasaportes emitidos entre 1910 y 1950, y miembros de la policía rural entre 1880 y 1950. Entre sus hallazgos, López-Alonso descubrió que la mayoría de quienes tuvieron acceso a pasaportes durante el siglo XX pertenecían a la clase alta y contaban con un nivel significativo de alfabetización. Además, evidentemente, de tener un rango de estatura mayor que el de la muestra de policías rurales.[3]
Hoy en día, pese a que los boletos de avión son más accesibles, existe una gran parte de la población que nunca tendrá la oportunidad de tomar un vuelo y estar un poco más cerca de las estrellas. De acuerdo con una encuesta realizada por Parametría, el 70 % de los mexicanos nunca ha viajado en avión. Viajar implica tener asegurado un ingreso para la subsistencia y acceso a tarjetas de crédito que permitan cubrir los costos del viaje. Para el mexicano promedio, eso se encuentra muy lejos de suceder, pues de acuerdo con la ENOE, el 54.2 % de la población ocupada está en condiciones de informalidad. Además, alrededor de 12.5 millones de trabajadores —formales e informales— ganan un salario mínimo o menos.
El escenario de profunda desigualdad y estratificación del acceso a vuelos comerciales en nuestro país hizo posible la articulación de un discurso —durante la administración pasada—, que sirvió para interrumpir la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM). Una narrativa que impulsó el antagonismo entre los ciudadanos y los grandes empresarios mexicanos, cuyo desenlace terminó por perjudicar a ambos sectores, pues —de acuerdo con el IMCO— la cancelación del NAICM significó una pérdida de más de 150 mmdp del erario, Lo que se traduce en más de la mitad del presupuesto de la SEP.
Es decepcionante pensar en lo mucho que se hubiera podido hacer con ese dinero en estados como Chiapas, en donde la movilidad social es muy baja y el acceso a mejores oportunidades de vida también. Si no cambiamos la forma de hacer política y abandonamos la posibilidad de construir escenarios de cooperación para convivir armónicamente con el entorno, de nada nos servirá mirar al cielo si no somos capaces de enfrentar los problemas que aquejan nuestra realidad.
Albrecht Mohrhardt Doger
Estudiante de Ciencia Política y Administración Pública en El Colegio de México
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[1]Motores inicialmente usados en los aeroplanos durante la Segunda Guerra Mundial y que en los años cuarenta revolucionaron la aviación comercial.
[2] Federico Lazarín Miranda. La aviación comercial, El Colegio de México, 2022, pp.206-214.
[3] Moramay, López Alonso. Estar a la altura. Una historia de los niveles de vida en México, 1850-1950, Fondo de Cultura Económica, 2015, pp.131-179.
Me gusto mucho el artículo. La reflexión de cómo los seres humanos hemos logrado “volar”, el desarrollo del tema llevándome sutilmente de concord a Elon Musk y el cierre con los datos de la dura realidad de nuestro país. Lo he encontrado muy enriquecedor. Felicidades.
El aeropuerto de texcoco sería muy caro de mantener, además de que no creo que en su diseño se tomase en cuneta los riesgos asociados al cambio climático por construir en una zona lacustre. Por otro lado los empresarios que se iban a beneficiar serían los allegados al grupo Atlacomulco, que ahora están en Morena.
En Japón se construyó un aeropuerto en una isla artificial, el aeropuerto de Kansai. Su construcción se justificó porque los terrenos son muy caros en Japón y hubo protestas ciudadanas que se oponían a tener esa construcción cerca de sus casas. Pero la construcción salió más cara de lo previsto y cada año se deben invertir cientos de millones de dólares para combatir el hundimiento de la isla de Kansai, que ha sido mucho más rápido de lo que se había predicho. Los costos de operación del aeropuerto son los segundo más grandes del mundo.
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Las estimaciones de los científicos no han sido efectivas y la isla artificial en Osaka comienza a hundirse a pasos agigantados mientras se busca solución
«Una de las pruebas de ese fallo de estimaciones es que han tenido que llevar a cabo varas intervenciones de reparo y mejora. En su comienzo el gasto tendría que ser de 8.000 millones, pero tras el año 2008 el gasto ya se fue a 20.000 millones únicamente para reparaciones y mejoras, »
«Desde 1994 hasta 2024 la isla se ha hundido 12 metros, que está por encima de lo pronosticado por los expertos.
Sin embargo, a pesar de este factor, este lugar recibe millones de personas anualmente. Así, de echar el cierre obligado, esto supondría una gran perdida para el país, que tendría que reubicar el aeropuerto en otra zona nueva y desembolsar más dinero para una nueva edificación. Las estimaciones establecen que para 2059 la isla estará completamente sumergida, aunque podría ser antes, ya que no ambas islas se hunden al mismo ritmo.»