Para Julián, amigo y diplomático íntegro
“Como profesor tendía a pensar que la historia estaba dirigida por fuerzas impersonales. Pero cuando la ves en práctica, observas la diferencia que hacen las personalidades” comentó en una entrevista Henry Kissinger, el diplomático estadunidense que vivió un siglo.1 En su declaración señaló dos facetas que moldearon su destino y legado: sus años como académico y su trayectoria como político. Kissinger fue una de las figuras más importantes de la política exterior de Estados Unidos y, por tanto, del mundo. Los consejos que dio a los presidentes Richard Nixon y Gerald Ford, y las decisiones que tomó como secretario de Estado, afectaron la vida de millones de personas en todo el mundo. Por esa razón es importante conocer su personalidad, motivaciones y creencias. Aquí retomo algunos acontecimientos biográficos que explican su ascenso político, el cual ha sido poco analizado en la gran cantidad de artículos publicados a partir del 29 de noviembre de 2023; fecha en que murió el diplomático estadunidense más famoso de la segunda mitad del siglo xx.
Heinz Alfred Kissinger nació el 27 de mayo de 1923 en la ciudad alemana de Fürth, a diez kilómetros de Núremberg. Veinte años después, el joven judío de origen alemán, refugiado en Nueva York junto a su familia debido a la entrada en vigor de las leyes antisemitas en la Alemania nazi, se naturalizó como ciudadano estadunidense bajo el primer nombre de Henry. Durante la Segunda Guerra Mundial, el joven Kissinger tradujo del alemán al inglés para el ejército estadunidense e hizo trabajos de contrainteligencia. En 1947 Kissinger entró a la Universidad de Harvard donde estudió su licenciatura, maestría y doctorado. Hacia 1954, Kissinger se unió a la planta de profesores de Harvard y tres años después publicó Armas nucleares y política exterior. Con este libro consolidó su reputación como uno de los expertos y analistas más relevantes de la política externa de Estados Unidos.

Como persona, el adolescente Kissinger fue competitivo, introvertido, estudioso y poco atlético, aunque disfrutaba ver partidos de futbol. De adulto lo caracterizó su inteligencia y rigor académico, el deseo por ejercer poder e influir en su entorno, el pragmatismo y las bajas consideraciones éticas, su pasión por la historia de las relaciones internacionales, y una inusitada habilidad para entender el comportamiento de líderes políticos, ya fuesen históricos o aquellos que conoció en vida. Sin embargo, como afirma Timothy Naftali, también fue un hombre de contradicciones. Aunque seguro de sí mismo, Kissinger padecía episodios ansiosos y de inseguridad. Además, pese a ser un diplomático calculador, fue un individuo “arriesgado (risk-taker) que no sólo creía en amenazar con violencia, sino también en aplicarla”.
En 1955, cuando era profesor en Harvard, Kissinger conoció a quien lo vincularía por primera vez con el poder: Nelson Rockefeller, futuro adversario de Richard Nixon en la campaña interna del Partido Republicano para obtener la candidatura a la presidencia de EE.UU. En el primer volumen de su autobiografía (publicada en español como Mis memorias), Kissinger recordó este encuentro con Rockefeller —por entonces asistente especial para asuntos de seguridad nacional del presidente Dwight Eisenhower. La anécdota es interesante, porque demuestra el deseo de Kissinger de influir en su entorno, así como algunos problemas que él mismo enfrentaría posteriormente como consejero de seguridad nacional:
Rockefeller se sentó a escuchar mientras cada uno de nosotros, intoxicados por nuestra proximidad al poder (y me atrevo a decir, a la riqueza) hacía todo lo posible por impresionarlo con nuestra agudeza práctica. Un profesor tras otro ofrecieron [sic] inteligentes consejos tácticos sobre cómo manejar a las naciones […]; sobre cómo tratar con un presidente a quien no conocíamos; o (el perenne problema de los asesores de seguridad nacional), cómo prevalecer sobre un secretario de Estado.2
A partir de ese encuentro, Kissinger se convirtió en amigo, asesor y colaborador de Rockefeller quien, en 1968, perdió la candidatura a la presidencia por el Partido Republicano contra Nixon. Salvo por una ocasión en 1967 cuando se encontraron en una cena navideña, Kissinger no conocía a Nixon. En dicha velada, el futuro presidente le comentó al académico que había leído su libro Armas nucleares y política exterior, e incluso, le había enviado una carta con comentarios; sin embargo, Kissinger olvidó responder la misiva. Después de ese incómodo encuentro, ninguno de los dos volvió a tener contacto hasta el 25 de noviembre de 1968, cuando Kissinger se reunió con el presidente electo Nixon en su oficina instalada en el piso 39 del Hotel Pierre en Nueva York.
Durante esa reunión, Nixon expresó su desconfianza a la CIA, al Departamento de Estado, y hacia el Servicio Exterior estadunidense que, además, lo despreció cuando fue vicepresidente durante el gobierno de Eisenhower. Por tanto, su intención como presidente era “dirigir la política exterior desde la Casa Blanca” y eso implicaba un asesor hábil y de confianza en esta materia. En ese encuentro, Kissinger estuvo en desacuerdo con algunas de las ideas de Nixon, y aprovechó para comentar sus creencias sobre cómo debía dirigirse la política externa. “El problema principal —dijo Kissinger— era liberar nuestra política exterior de sus violentas fluctuaciones históricas entre euforia y pánico […]. La política tenía que estar relacionada a algunos principios básicos de interés nacional”.
Después de esa reunión, el 2 diciembre de 1968 el presidente electo anunció en una conferencia de prensa que Kissinger se uniría a su administración como su asistente para asuntos de seguridad nacional en el Consejo de Seguridad Nacional (National Security Council). Esta posición también se conoce como asesor de seguridad nacional (National Security Advisor). De esta forma, Kissinger inició su influencia en la política exterior estadunidense.
El Consejo de Seguridad Nacional es el “foro principal del presidente para la toma de decisiones sobre la seguridad nacional y la política externa así como el órgano principal para coordinar estas políticas a través de varias agencias federales”. En 1969, el Consejo estaba integrado por el presidente Nixon, su vicepresidente, Spiro Agnew; el secretario de Defensa, Melvin Laird; y William Rogers, el 55.º secretario de Estado.
La predominancia de Kissinger en el Consejo y su reconocimiento inmediato como asesor estrella de Nixon en materia de política exterior se debió a tres factores: su amplio conocimiento del sistema internacional, el apoyo de Nixon, y la escasa experiencia diplomática de William Rogers. Salvo dos cargos diplomáticos que tuvo Rogers entre 1965 y 1967 —representante alterno de la delegación de EE.UU. en la Asamblea General de la ONU y miembro del Comité ad hoc de la ONU para África del Sudoeste [actualmente Namibia]—, el secretario de Estado no contaba con experiencia o conocimiento en asuntos internacionales. Esta debilidad permitió que Kissinger pudiera opacarlo y, con el tiempo, convertirse en su sucesor.
Ese momento llegó en septiembre de 1973 cuando Henry Kissinger se convirtió en el 56.º secretario de Estado, al tiempo que mantenía su cargo como asesor de seguridad nacional. Una situación sin precedentes. Nixon designó a Kissinger, pero concluyó su periodo en enero de 1977 bajo el mandato de otro presidente: Gerald Ford, quien quizá no hubiese ejercido ese cargo sin la renuncia de Nixon por el escándalo de Watergate. El presidente Ford invitó a diversos republicanos a unirse a su administración, entre los que se encontraba Nelson Rockefeller, designado vicepresidente.
La actividad diplomática de Kissinger fue intensa. Como secretario de Estado, hizo 213 visitas a diversos países y en una ocasión “visitó 17 países en 18 días”. Entre los resultados más conocidos de su política exterior se encuentran: el acercamiento entre Estados Unidos y la República Popular China —lo que incentivó a que varios países, entre ellos México, formalizaran relaciones diplomáticas con el país asiático; los acuerdos de paz de París que tenían por objetivo poner fin al conflicto vietnamita; las negociaciones en el marco del conflicto árabe-israelí, durante y después de la guerra del Yom Kipur (1973); los acuerdos de Helsinki de 1975; las visitas de Estado del presidente Nixon a la República Popular China (febrero de 1972) y a la Unión Soviética en dos ocasiones (mayo de 1972 y junio-julio de 1974). Entre sus decisiones más conocidas, violatorias de derechos humanos y del Derecho Internacional, se encuentran: su responsabilidad en el golpe de Estado contra el gobierno democráticamente electo de Salvador Allende; el apoyo en la política de bombardeo en Camboya y el norte de Vietnam; y el aliento a gobiernos autoritarios en todo el mundo para evitar la “expansión del comunismo”.
Henry Kissinger no fue el primer político rodeado de controversia al recibir un premio Nobel de la Paz, pero sí fue el más famoso. Después de ser galardonado en 1973 junto con el vietnamita Le Duc Tho, Kissinger obtuvo la Medalla Presidencial de la Libertad en 1977, y la Medalla de la Libertad en 1986. Pese a estos reconocimientos —los más altos que cualquier ciudadano estadunidense puede recibir—, el tiempo y las consecuencias de sus decisiones han llevado a la opinión pública y a la comunidad académica a reevaluar su legado y poner en duda las decisiones poco éticas que promovió.
Kissinger fue un político que nunca dejó de influir (por vía directa o indirecta) en la política exterior de Estados Unidos. En 1982, el exsecretario de Estado fundó su consultora internacional, Kissinger Associates. Y, entre 1983 y 1990, continuó sus actividades como asesor en política internacional de diversos presidentes como Ronald Reagan y George H. W. Bush. También fue un académico activo en la opinión pública. Entre 1994 y 2023, publicó diversos artículos periodísticos y bestsellers sobre temas que despertaban su interés: historia de las relaciones internacionales en occidente, la distribución del poder en el sistema internacional, el ascenso y caída de las grandes potencias como China y Rusia, la influencia de los líderes políticos en la historia, la formación de las alianzas internacionales, etc. En 1994 publicó su famoso libro La Diplomacia, que actualmente se considera un clásico de las relaciones internacionales. En sus últimos años incursionó en cuestiones de profunda actualidad como lo demuestra La era de la Inteligencia Artificial, escrito en coautoría con Eric Schmidt y Daniel Huttenlocher.
Posiblemente, su último libro (Liderazgo. Seis estudios sobre estrategia mundial) será uno de los más interesantes de su bibliografía.3 Ahí retoma la vida de seis líderes políticos (Konrad Adenauer, Charles de Gaulle, Richard Nixon, Anwar Sadat, Lee Kuan Yew y Margaret Thatcher), y analiza sus comportamientos en política internacional con base en las circunstancias que vivieron. El valor de este libro radica en que Kissinger conoció a los seis dirigentes, lo que provee una visión más íntima y cercana a sus personalidades.
En este libro, Kissinger dejó constancia de lo que él consideraba un líder. Los dirigentes se adecuan, al tiempo que moldean, las circunstancias con las que se enfrentan por medio de una estrategia, instinto y su visión transformadora de la sociedad. Los líderes tienen la capacidad de aprender del pasado y la historia para hacer analogías útiles que ayuden a tomar decisiones en el presente. Por eso Kissinger concluye que “la combinación de carácter y circunstancias es lo que crea la historia”.
Henry A. Kissinger murió el pasado 29 de noviembre en Kent, Connecticut. Sus acciones o métodos nunca se procesaron judicialmente por un tribunal estadunidense ni, mucho menos, por uno internacional. Sin embargo, es realista preguntarse si Kissinger pudo haber sido enjuiciado por conspiración, tortura, crímenes de guerra o crímenes contra la humanidad. La respuesta clara es no. La clase política estadunidense y una buena parte de la opinión pública del norte global (Estados Unidos y Europa Occidental) se habrían opuesto.
En este sentido, la muerte y el nacimiento de Kissinger son similares. El 56.º secretario de Estado nació muy cerca de Núremberg en donde tuvieron lugar los famosos juicios contra altos funcionarios y simpatizantes nazis. Estos procedimientos judiciales no le dieron justicia a las víctimas, ni castigaron a los culpables. Por su parte, en los últimos años, el legado de Kissinger ha sido criticado con severidad por académicos, activistas de derechos humanos y el público en general. En la actualidad sus acciones se encuentran sujetas no al juicio penal, pero sí al moral. Por tanto, el diplomático más famoso de Estados Unidos nació y murió de la misma forma: cerca de un juicio que no afectó su vida ni hizo justicia. Si en el futuro la comunidad académica y la opinión pública cambian el estatus de Kissinger en los libros de historia (de brillante estadista a criminal de guerra), entonces las biografías que se escriban sobre él deberán hablar del ascenso y caída del diplomático estadunidense que vivió un siglo.
Carlos M. Morales
Internacionalista por El Colegio de México
1 David Winter, “Personality Profiles of Political Elites”, en Leonie Huddy, David Sears y Jack Levy (eds.), The Oxford Handbook of Political Psychology, Nueva York, Oxford University Press, 2a ed., 2013, p. 423.
2 Henry Kissinger, Mis memorias, Buenos Aires, Editorial Atlántida, 1979, p. 18. La autobiografía política de Kissinger se publicó en tres volúmenes. El primer volumen, White House Years, se publicó a dos años de concluir su periodo como secretario de Estado en 1979; el segundo, Years of Upheaval, en 1982, y el tercero, Years of Renewal, en 1999.
3Agradezco a Julieta, que me hizo saber de esta publicación.