Londres. Mayo 06, 2010. La invitación llegó a través de Facebook. La fiesta prometía cuatro bares, sesenta pantallas, tragos de cortesía, horario de apertura excepcional hasta la mañana siguiente y la compañía de la élite política, cámaras y micrófonos de medios como la BBC y SKY. Se promueven como ‘la más grande fiesta electoral’ que haya visto la ciudad para disfrutar en vivo, como ocurre con cualquier otro evento mediático de magnitud, los resultados de las elecciones generales que renuevan al parlamento (y muy posiblemente al primer ministro) en Gran Bretaña.
Mi amigo Steve, hombre de negocios, me invita a la fiesta. Es australiano, pero por ser su país parte de la Mancomunidad de Naciones (o antiguo imperio británico) tiene derecho a votar. Su corazón está con los conservadores. Votó por el partido de David Cameron porque “el actual gobierno de Gordon Brown no entiende de negocios y sólo quiere sacarle impuestos a todo el que le deje provecho”.
Qué mejor que recibir los resultados electorales en un jueves por la noche, al término de la jornada laboral, y en compañía de una pinta de ‘ale’, una jarra de ‘pimms’ o una copa de champaña si es que los resultados son favorecedores. Declino la invitación por el precio de la entrada, pero también porque la combinación fiesta-elecciones-día laboral aún no me es del todo familiar. Allá en nuestro país, las elecciones ocurren invariablemente en domingo, para minimizar excusas o asegurar que la elección sea la prioridad, quizás sólo comparable con el fútbol. Además, la democracia mexicana cree incompatible la ingesta de alcohol con los deberes cívicos, como prueba la imposición rutinaria de la ley seca en jornadas electorales. Otro de mis amigos, Justin, ex vocalista de un grupo de rock, consideraría esa medida ‘terrible y muy poco democrática’ si se aplicara en Inglaterra, su país de nacimiento. También si la jornada electoral fuera en domingo, como en México, pues dice, ‘votar en jueves nos da pretexto para salir temprano de trabajar’. Le informo que en México, por ley, los partidos, candidatos y medios nos deben librar de toda propaganda y proselitismo tres días antes de la jornada, y me mira con sorpresa. La mañana de la elección los diarios aún urgían a los electores a votar por David Cameron, Gordon Brown, o Nick Clegg, dependiendo de si estaban leyendo The Sun, The Times, The Mirror, o The Guardian.
A las seis de la tarde, cuatro horas antes de que cerraran las casillas, Justin aún seguía indeciso sobre si trasladarse hasta el norte de Londres, donde se ubica su casilla, para votar. Aunque su corazón es liberaldemócrata, considera que los tres partidos son lo mismo y la democracia británica es ‘una farsa’, pues ninguno ha puesto a discusión en la agenda el retiro de tropas de Afganistán e Irak, o la posible nacionalización de los bancos, cuyo rescate por parte del gobierno laborista hace algunos meses enfureció a la clase trabajadora. Hasta ahí los argumentos esgrimidos por muchos ciudadanos británicos sobre la clase gobernante no es muy distinta a la que escuché de otros muchos amigos de diversas nacionalidades, mexicanos incluidos.

La diferencia sustancial entre una democracia en consolidación como la mexicana, respecto de una ya consolidada como la británica, radica en sus altísimos costos, su larga duración, el nivel de debate de las campañas, y la calidad de la propuesta de los partidos, temas ya ampliamente discutidos por los analistas políticos. Pero también difieren sustancialmente los procedimientos para votar. El proceso de registro de un elector británico es muy poco engorroso, comparado con el mexicano: quienes se interesan por votar y son elegibles deben enviar por correo postal el formulario contestado, para luego recibir, también por correo, el tarjetón correspondiente que les permitirá ir a votar. Sí, a diferencia de nuestro decadente Sepomex, el correo postal es vital en Reino Unido, y las dudas sobre su funcionamiento son ínfimas en comparación con los beneficios que aporta a la administración pública y las relaciones sociales en este país, desde la confirmación de la cita con el dentista, hasta el voto postal.
Por la mañana acompaño a mi compañera de piso, Lucy, a votar en la casilla que le corresponde. Ahí, los funcionarios de casilla preguntan a Lucy su nombre, verifican que el nombre del tarjetón coincida con el que tienen en su padrón electoral y proceden a darle tres boletas: para parlamento y para autoridades locales. Mientras la espero, observando la relativa simplicidad de los logotipos, rotulación, mobiliario y equipo, con padrón en mano las representantes comunitarias de los partidos me dicen: “si para las 6pm la gente no ha salido a votar, les llamamos a su casa para invitarlos a que lo hagan”, me dicen, mientras pienso en que no querría que ningún partido político mexicano hiciera lo propio.
Lucy no me dice por quién votó, pero veo su pulgar libre de alguna mancha de tinta que dé testimonio del cumplimiento de su deber cívico. Tampoco necesitó mostrar identificación para probar que es Lucy y no Jane, pues después de todo vive en Inglaterra y no en Irlanda del Norte, único país del Reino Unido donde sí la solicitan. Tanto a ella, como a los otros 44 millones de electores, la credencial para votar con fotografía que incluye huella digital, dirección, fecha de nacimiento, firma y código de barras, les es ajena y hasta impensable. Como también la tinta indeleble o la marca en la credencial para asegurarse que el ciudadano ha votado sólo una vez. “Es verdad que no tenemos muchos mecanismos de seguridad o alta tecnología”, dice el Dr. Simon Griffiths, profesor de política británica contemporánea de la Universidad de Londres, Goldsmiths. “Un poco se debe a que hay un escepticismo y rechazo ciudadano a que se les monitoreé electrónicamente, como ocurrió cuando el gobierno laborista intentó introducir credenciales con fotografía obligatorias o pasaportes con datos biométricos”.
Pero mi escepticismo mexicano no puede dejar de hacer preguntas: ¿y el voto postal, que busca estimular el sufragio entre quienes tienen dificultades de asistir en persona a la casilla, o el voto de reemplazo, por el que, previa notificación, el elector nomina a una persona a votar en su lugar? Los electores británicos pueden registrarse en línea para votar por correo, sin que nadie verifique si ése es su verdadero nombre o su dirección es la correcta. De hecho, en las últimas semanas, los diarios documentaron los múltiples casos de domicilios a donde llegaron decenas de boletas electorales a nombre de electores fantasma o que ya habían fallecido. Aún así, los ciudadanos británicos parecen conferirle a las instituciones electorales la confianza que no le tienen a sus políticos. “Creo que la mayoría de la gente que trabaja ahí cree que vivimos en una democracia real y por tanto ve su trabajo con cierto grado de reverencia por el proceso democrático”, me dice Justin, mientras que Lucy cree que los incidentes fraudulentos son minoritarios y no alterarían sustancialmente el resultado de la elección. Con todo, dice el especialista Simon Griffiths, aún cuando el voto postal conlleva riesgos latentes de delitos electorales, “las quejas sobre cualquier evidencia fraudulenta son tomadas muy en serio por la comisión electoral y por la policía”. Deliberadamente decido no pensar en la Fepade.
Y mientras el champán espera a ser destapado ‘en la gran fiesta electoral’ y en otros bares de Londres, no puedo evitar comparar las prioridades entre ambos países: en México se invierten muchos recursos financieros, materiales y humanos en los procedimientos y mecanismos electorales, envidia de otras democracias, para garantizar elecciones libres y transparentes, pero ultimadamente es el capital político que les precede y les secunda el que continúa revestido de herencias autoritarias. Cuando el fraude electoral es una figura ajena e impensable, los ciudadanos británicos pueden darse el lujo de mandar su voto por correo, despreocuparse de los procedimientos y vivir con una prensa escrita partidista, pues después de todo, las campañas duran menos de un mes y los partidos no los fustigan en las bardas, pendones o excesivos comerciales en la televisión. Quizás por ello, a las diez de la noche, cuando las casillas acaban de cerrar, en los bares y pubs los ciudadanos tienen ánimo para celebrar y discutir su futuro con un eventual parlamento sin mayoría absoluta. A Justin le preocupa más que lleguen al poder los conservadores; a Steve, que a Reino Unido le ocurra lo mismo que a Grecia si continúa el laborismo. Pero de eso se ocuparán mañana. Hoy, cerveza en mano, la noche es larga.
Mireya Márquez Ramírez. Candidata a doctora por el Departamento de Medios y Comunicación de Goldsmiths.
Muy buen articulo. El sistema electoral en particular y el sistema politico ingles en general son complejos y a veces inentendibles para mi en lo personal,… eso de que dicen que son una democracia pero al final son una monarquia me parece contradictorio,.. pero en fin,.. supongo que no le invierten mucho a sus mecanismos de ‘garantia del voto’ porque al fin de cuentas es la reina quien aprueba los resultados,.. supongo,.. excelente tu forma de narrar,… un abrazo.
Es muy interesante descubrir como se llevan a cabo las elecciones en otros paises, y cual es la perspectiva de sus habitantes al respecto. El analisis comparativo con la situacion en Mexico me parece tambien muy atinado. Felicidades por el articulo.