Una peculiar manera de acercarse a las revoluciones de la era contemporánea

A Christopher, porque tenía razón

En 2021, el célebre historiador italiano Enzo Traverso publicó Rivoluzione, 1789-1989: un’altra storia. El libro apareció primero en inglés ese mismo año, pero con un título distinto (Revolution: An Intellectual History) y en 2022 apareció la versión en español en dos ediciones distintas, una publicada por el FCE y otra por Akal; cabe apuntar que en ambos casos los editores en castellano optaron por seguir el título en inglés: Revolución (Una historia intelectual). El título del libro sugiere una historia intelectual de las revoluciones que van de 1789 a 1989, pero en realidad es algo más: un recorrido histórico, intelectual y socio-cultural, pero también es algo menos: el libro centra su atención en un solo movimiento revolucionario: la Revolución Rusa (y su herencia histórica). Dicho de otra manera, en lo que respecta al segundo aspecto mencionado, el título del libro me parece engañoso.

Ahora bien, más allá del punto que acabo de señalar, se trata de una obra sugerente en diversos aspectos. Empezando por la utilización de imágenes a todo lo largo del libro (en total, cerca de un centenar). Algo poco común en libros de historia; sobre todo si el libro se anuncia como un texto de historia “intelectual”. En todo caso, también en las imágenes el predominio de la Revolución Rusa es muy claro. Esto podría parecer una cuestión menor, salvo que el título del libro, sobre todo en lengua italiana, anuncia algo que no cumple el autor (Rivoluzione… es la versión que yo leí y, por tanto, será su paginación la que refiera en el resto de este comentario crítico). En todo caso, el libro que nos ocupa resultará atractivo para los lectores interesados en la Revolución Rusa y en los aspectos políticos, intelectuales y sociales de su legado; sobre todo los que pueden considerarse “positivos” (básicamente, diría yo y creo que Traverso coincidiría conmigo, su impulso y su afán emancipatorios). No obstante, Revolución es un libro anegado en lo que yo llamaría una “nostalgia malsana”, que incluso lleva al autor a hacer voluntariosas proyecciones sobre lo que, según él, debiera ser la presencia de la Revolución de Octubre en los movimientos político-sociales de la izquierda a nivel global en esta tercera década del siglo XXI.

Ilustración: Estelí Meza

En primer lugar, se puede entender que en el conocido e influyente libro The Age of Democratic Revolution, publicado en 1959, el historiador estadunidense R.R. Palmer haya dejado fuera a las revoluciones hispanoamericanas, pues su cronología se cierra en 1800, pero que casi tres cuartos de siglo después un historiador con reputación internacional deje fuera a dichos movimientos revolucionarios de las llamadas “revoluciones atlánticas”, es algo que resulta increíble, literalmente.1 Esto es exactamente lo que hace Traverso en varias ocasiones a lo largo de su libro (concretamente, en pp. 121, 136 y 334). Como lo saben los historiadores profesionales e incluso amantes de la historia que no poseen título alguno en la materia, las cuatro “grandes” revoluciones atlánticas son la de las Trece Colonias, la Francesa, la Haitiana y las revoluciones de independencia de la América española.2 Para mí, que llevo algún tiempo estudiándolas y dando cursos sobre ellas, resulta un verdadero enigma que, en un libro dedicado a las revoluciones contemporáneas, un historiador con la trayectoria y reputación de Traverso simplemente ignore a las hispanoamericanas. A lo anterior hay que añadir que las escasas referencias a la Revolución Haitiana reflejan un conocimiento que resulta, digamos, deficiente. Por ejemplo, sugerir que la independencia de Haití (1804) llevó a la abolición de la esclavitud en otros lugares (como hace Traverso en la p. 121) es ignorar que la esclavitud se mantuvo vivita y coleando en toda la América española, en los Estados Unidos y en el imperio brasileño durante varias décadas más. En muchos países latinoamericanos hasta mediados del siglo, en Estados Unidos hasta la Guerra Civil (1861-1865) y en el imperio brasileño hasta… 1888. Más adelante, en el último capítulo de su libro, Traverso afirma que las luchas de liberación nacional en la América española se inspiraron en la Revolución Haitiana (p. 334). Una afirmación que resulta inverosímil por los cuatro costados. Las luchas independentistas en Hispanoamérica no sólo no se inspiraron en la Revolución Haitiana, sino que ésta fue para los líderes independentistas un contraejemplo; dicho de otro modo, algo que no debía imitarse en ningún sentido, algo que debía evitarse. Más allá de dos políticamente convenientes alusiones, una de Bolívar y otra de fray Servando Teresa de Mier, todas las demás referencias que he encontrado sobre la Revolución Haitiana de los líderes políticos, militares e ideológicos hispanoamericanos son negativas. Lo cual no puede sorprender a nadie, pues lo último que querían las élites criollas del subcontinente, que fueron las que dictaron el camino político-social que seguirían las nuevas naciones, era que tuviera lugar una revolución social de la magnitud de la acaecida en Sainte-Domingue (Haití) entre 1791 y 1804.3

Dejo aquí el tema de las revoluciones atlánticas, no sin antes apuntar que la visión que tiene Traverso sobre las “oleadas revolucionarias” que recorren el mundo cada cierto tiempo se antoja ingenua y poco persuasiva, pues cae en el “espejismo historiográfico” de establecer causalidades entre eventos históricos porque tienen lugar en un espacio cronológico cercano o reducido (ver pp. 334-335). Un solo ejemplo: la Revolución Mexicana es considerada por el autor como la etapa final de la oleada revolucionaria que comenzó en Rusia en 1905, que siguió en Irán ese mismo año, que pasó después a Turquía (1908) y que, supuestamente, arribó a México en 1910… como si los acontecimientos históricos, incluyendo las revoluciones, no respondieran, con enorme frecuencia, más a factores internos que a supuestas “oleadas” internacionales que llevan a pueblos enteros a subirse a tal o cual ola o, más bien, a ser arrastrados por ella. En este punto en particular, creo que Traverso se deja llevar por el caso de la Revolución Rusa y por el enorme influjo que ejerció durante gran parte de la historia mundial del siglo XX, algo que resulta indiscutible y que vertebra gran parte del libro que nos ocupa.

Como quedó dicho, Rivoluzione, 1789-1799: un’altra storia no es un libro sobre las revoluciones que han tenido lugar en el mundo durante los dos siglos comprendidos en su título, sino que estamos ante un texto que gira alrededor de la Revolución Rusa. Es indudable que esta revolución es la más importante del siglo XX; de ahí al espacio que ocupa y al papel que desempeña en un libro sobre las revoluciones de la era contemporánea, hay una buena brecha. Mi desazón historiográfica no tiene nada que ver con la publicación de un libro más sobre la Revolución de 1917, sino, además de lo apuntado, con la visión idealizada y hasta romántica con la que Traverso viste a la Revolución de Octubre en muchos pasajes. Más preocupante aún me parece su intento por traerla, a como dé lugar, hasta la tercera década del siglo XXI, pero dejo esta cuestión para el final de este comentario.

No creo que la Revolución Rusa siga siendo, hasta la fecha, “la matriz de todo discurso en torno a una transformación social fundamental, radical” (como suscribe Traverso en la página 27; entre otros motivos porque hoy en día el adjetivo “radical” significa algo distinto de lo que representaba para los revolucionarios soviéticos). Tampoco me parece cierto que el explícito intento de Traverso por “rehabilitar” (p. 27) a las revoluciones como etapas decisivas de la modernidad no implique cierta idealización (no en este caso al menos). De hecho, las páginas críticas del autor hacia la Revolución de Octubre que es posible encontrar en el libro no logran alterar la visión idealista predominante. Esto es importante señalarlo: Traverso es crítico de no pocos aspectos de la Revolución de 1917, pero estas críticas se pierden en los presupuestos del libro, en la retórica general del mismo y en el cuadro de conjunto que Traverso pinta sobre ese movimiento revolucionario.

Menciono algunos ejemplos para ilustrar lo que quiero decir: contrariamente a lo que sugiere Traverso, una idealización no tiene que ser “desesperada” para que pueda ser considerada tal (p. 39; basta con que sea una idealización, a secas); el famoso pasaje de Orwell sobre la guerra civil española que Traverso cita prolijamente dice más sobre el escritor inglés que sobre la guerra civil española (p. 320); si, por un lado, es imposible separar la revolución de Lenin del estalinismo, como afirma Traverso en la página 341, ¿por qué a lo largo del libro el periodo leninista viste ropajes casi siempre positivos y el estalinismo aparece como lo que dio al traste con “lo que pudo haber sido” (la expresión es mía; véanse, p. ej., las páginas sobre el “feminismo” de la Revolución Rusa, pp. 122-129). Por otra parte, ¿desde dónde habla Traverso cuando afirma que el mural de Diego Rivera titulado El hombre controlador del universo es un “fascinante lugar de la memoria del siglo XX” (p. 191; ¿de qué memoria? ¿de la memoria de quién? ¿en nombre de quién habla el autor?); de la lista de obras, personajes y hechos históricos revolucionarios que Traverso enumera en esa misma página, ¿cuántos de ellos tiene ese carácter “performativo”, ese “impulso” y esa “fuerza dinámica” que él les atribuye en esta tercera década del siglo XXI?; la contraposición que establece entre “revolución” y “liberalismo” (entendido básicamente como mercado) en la página 342 me parece simplista y maniquea. En la historia, las cosas siempre son más complejas; de entrada, si hubo un ideario revolucionario durante la Era de las revoluciones (una época que supuestamente está comprendida dentro del libro que nos ocupa), ese fue, sin duda, el ideario que a partir de la segunda década del siglo XIX sería conocido como “liberal”)4; ¿de veras se puede plantear, con algo de seriedad, que la Unión Soviética posee un aura que “ha mantenido su fuerza de atracción aun cuando el magnetismo de los regímenes comunistas se ha desvanecido por completo”? (p. 343). Por otro lado, ¿cabe considerar a la Revolución de 1917 como el momento fundacional del anticolonialismo del siglo XX, como afirma categóricamente Traverso en la página 365? Esta lista podría extenderse, pero la dejo aquí. El problema no está únicamente en la “idealización” de la Revolución de Octubre que es posible percibir en pasajes como los que acabo de referir, sino también en la panoplia de problemas historiográficos implícitos en ella. Estos problemas se agravan por el conocimiento, digamos “parcial”, de otras revoluciones: p. ej., para Traverso la Revolución Mexicana es única y exclusivamente Emiliano Zapata y la Revolución China es inferior a la Revolución Rusa (la página 357 no dice otra cosa).

Antes de concluir, debo señalar algunos de los aspectos atractivos e interesantes que los lectores encontrarán en Revolución (Una historia intelectual). En primer lugar, un aspecto ya señalado, el uso de imágenes para ampliar, apoyar, reforzar, complejizar o ilustrar muchos de los argumentos del autor (las primeras páginas, sobre la pintura La balsa de la Medusa de Géricault son cautivadoras). Como es sabido, “leer” imágenes se presta a exageraciones, a seguir pistas falsas y a disquisiciones que pueden resultar un tanto descabelladas. Creo que, casi siempre, la lectura que hace Traverso de sus imágenes es sugerente y nos deja reflexionando (estemos o no de acuerdo con él). Pero este no es el único acierto del libro. Si, por un lado, Traverso plantea en la introducción del libro que la “degradación” de la Revolución Rusa no era ineluctable (p. 27), eso no le impide afirmar en el último capítulo del libro que existen vínculos que unen al leninismo con el estalinismo e incluso habla de un “nexo genético” entre ambos (p. 341) y afirma igualmente que la Unión Soviética dejó de ser una democracia desde la guerra civil de 1918-1921, es decir, desde sus albores. Al respecto, Trotsky surge aquí como una figura fundamental, pues la victoria del ejército rojo sobre las fuerzas contrarrevolucionarias rusas y sobre sus apoyos europeos determinó en gran medida el éxito y el futuro de la Revolución Rusa. Por cierto, el retrato de Trotsky (de su famoso tren blindado, de su tesón y habilidad como revolucionario, de sus escritos y de su capacidad analítica) es, desde mi punto de vista, el más interesante de todos los que hace el autor a lo largo de su libro. Una galería que, por cierto, revela una cultura enciclopédica en torno a la Revolución de 1917. Además, hay líneas sugerentes sobre la relación entre populismo y socialismo (cap. IV) y una crítica persuasiva sobre esa socorrida homologación del estalinismo con el fascismo y el nacionalsocialismo como meras facetas del totalitarismo, cuando sus bases sociales, su ideología y sus metas eran radicalmente distintas (cap. VI).

Si tuviera que resumir la sensación que me dejó el libro respecto a su tema principal (la Revolucion Rusa), diría que Traverso es un nostálgico que no acepta el final del sueño revolucionario soviético y que pretende que ese sueño siga animando a las sociedades actuales. Esta nostalgia no sería grave (de hecho, sería inofensiva), si no fuera porque, en este caso, termina por inundar el libro de un historiador que, de muchas maneras, sutiles algunas y otras no tanto, proyecta sus filias y sus fobias sobre el desarrollo histórico de la humanidad durante los últimos 235 años; nada menos. En la introducción del libro, Traverso afirma que las revoluciones de hoy no pueden hacer tabula rasa de las revoluciones del pasado y no pueden dejar de “encarnar una memoria de las luchas pasadas” (pp. 39-40). El autor cierra su libro afirmando que una nueva izquierda global no puede nacer sin “elaborar” la experiencia histórica de la Revolución Rusa y sus consecuencias (el estalinismo en primer lugar). Se trata, propone Traverso, de “extraer el núcleo emancipador del comunismo” (p. 376, última página del libro en la versión italiana; cabe apuntar que la edición en español del FCE tiene más de 600 páginas).

No creo que las luchas emancipadoras de la actualidad requieran de ese pasado que propone Traverso como fuente inspiradora; tampoco creo que la izquierda del presente (tan distinta, por cierto, de la izquierda de inspiración bolchevique que dudo que el sustantivo “izquierda” siga resultando útil) deba elaborar sus proyectos y programas con un ojo puesto en la Revolución de 1917 y mucho menos que debamos ir en búsqueda del “núcleo” del comunismo, aunque sea emancipador. La emancipación o, más bien, las emancipaciones por las que debemos seguir bregando para impedir que nuestras sociedades se conviertan en puro mercado y en puros intereses mercantiles, no pasa por Lenin, la Revolución Rusa, el comunismo, Stalin y el socialismo real. Muchos de los movimientos anti-establishment contemporáneos no ven hacia atrás y qué bueno que así sea. El mundo sigue su marcha y los caminos que se abren ante estos movimientos son otros, nuevos, distintos, son caminos no transitados. Esto es algo que Traverso se niega a aceptar y esta obcecación lastra, en mi opinión, todo su libro.

 

Roberto Breña
Profesor-investigador de El Colegio de México


1 El subtítulo del libro es A Political History of Europe and America, 1760-1800. Por lo demás, en su libro Palmer también deja fuera a la Revolución Haitiana, sin duda la revolución más radical de la denominada “Era de las revoluciones” (1775-1825, en su cronología más común, aunque se pueden llevar hasta 1848), pues terminó con la esclavitud en el tercio oeste de la isla de La Española (que en la actualidad comprende Haití y la República Dominicana). En el caso haitiano, por cierto, la “excusa cronológica” no salva a Palmer, pues dicha revolución comenzó en 1791.

2 El carácter atlántico de las revoluciones hispanoamericanas (1810-1824) radica, sobre todo, en algo que en América Latina tiende a ignorarse: los estrechos nexos que existieron entre la revolución liberal española que tuvo lugar en la metrópoli (1810-1814 y 1820-1823) y dichas revoluciones. Sin la crisis hispánica de 1808 y sin la revolución liberal española de 1810-1814 cabe plantear que esos movimientos resultan ininteligibles (sobre todo en su primera etapa, pero no exclusivamente).

3 En cuanto a la Revolución Francesa, llama la atención que en ocasiones ésta se convierta en sinónimo del jacobinismo y del periodo conocido como “el Terror” (por ejemplo, en la p. 138). Por más trascendentes que hayan sido esos nueve meses en la historia de la Revolución Francesa, se olvida con frecuencia que ese proceso revolucionario duró diez largos años (1789-1799). Dicho de otro modo, por más importante que sean Robespierre y el jacobinismo en términos histórico-políticos, son solo una parte de la historia y del legado de la Revolución Francesa.

4 La animadversión de Traverso por el liberalismo es entendible, pues estamos ante un hombre de izquierda. El problema no es ese, sino que esa animadversión (por un sistema social cuyo cúmulo de aspectos negativos para cualquiera que tenga una noción medianamente exigente sobre el ser humano es evidente) lo lleva a hacer afirmaciones exageradas, cuando no inverosímiles. Doy aquí un solo ejemplo: en la página 293, Traverso concuerda con quienes afirman que el liberalismo clásico nació al mismo tiempo que la esclavitud racial. Más allá de que podríamos discutir las expresiones “liberalismo clásico” y “esclavitud racial”, me parece que afirmaciones como ésta son más el producto de la voluntad personal-ideológica del autor, que de un intento por acercarse a eso que, en principio, es la elusiva meta de todo historiador: cierta objetividad histórica.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Internacional, Política