Una transformación a la Hollywood

“You go against rottenness, and there is nothing more thoroughly rotten than making people believe that society can be cured by a political hocus-pocus.”
—Mary Ann Evans (George Eliot), Middlemarch

Entre 1946 y 1947, Theodor Adorno escribió Gris sobre gris, un ensayo crítico de esa perversión que hoy nos pasa inadvertida y se nos resbala como algo inerme y familiar: la industria de la cultura. Consta de páginas muy justas y volcadas sobre el cine hollywoodense; y tan breve espacio le bastó para fastidiarme, desde hace años, el disfrute ingenuo de aquellos largometrajes. A cambio, no obstante, he conseguido ahora robarle un par de ideas que me vienen muy a modo para mirar el montaje político de nuestro México actual.

Adorno parte de la distinción, desde entonces usual, entre películas para distraerse y películas con mensaje. Las primeras serían las domingueras, las hechas sin pretensión y bien ejemplificadas por películas como The Notebook o cualquier chick flick de preferencia. Las segundas, por su parte, suman al entretenimiento un cometido social: dejar un mensaje, una enseñanza. Pienso, por ejemplo, en La sociedad de los poetas muertos. Hasta aquí, nada polémico.

Sólo que Adorno tuerce la distinción y sus efectos. Resulta que, gracias a su ligereza y simplicidad, las películas domingueras logran que el espectador relaje su mente al punto de recibir las leyes de la vida empírica, el canon de lo indeseable y lo imitable, sin interferencia alguna del ejercicio crítico de la mente. Nociones sobre el amor real, el enamoramiento auténtico, o lo irresistible en el sexo opuesto entran por aquí como con mantequilla en el pensamiento. De modo que, en el fondo transmiten un mensaje. Y a la inversa, juzgadas cautelosamente, resulta que el verdadero distractor está en las películas con mensaje. En efecto, pues éstas presentan la ficción de que basta la voluntad de un sujeto social total, impoluto e inexistente, para ponerlo todo en orden; lo único preciso es que cada cual se adhiera a él. Y remata: “El que solo atiende la limpieza de la casa, olvida los cimientos sobre los que está construida”. Una ficción que soslaya los cimientos, lo fundamental.

En algún sentido, lo fundamental sería la propiedad de los medios de producción. Sabemos que Adorno escribe desde su revisión de Marx y no es imposible que tuviera ello en mente. Pero lo fundamental también podría ser legislación absurda, sistemas fiscales regresivos, modelos educativos represivos o entramados institucionales. Quiero decir que lo fundamental podría ser cualquier cosa a la base, cual cimiento, de nuestras sociedades. Y una transformación difícilmente sería tal si no trastoca los fundamentos.

La presente administración se hace llamar Cuarta Transformación. Fue una presidencia obtenida con la promesa de erradicar la corrupción. De ahí que la Cuarta Transformación se parafrasee como “purificación de la vida pública”. Pues bien, he aquí lo que quisiera considerar: los esfuerzos contra la corrupción que, a año y medio de administración, alcanzan ya para apuntar algunas conclusiones preliminares.

Ilustración: Víctor Solís

Fuchi, guácala

La expresión es desafortunada. En su versión completa rezó “¡Al carajo la delincuencia, fuchi, guácala!”1 y, tan pronto se pronunció, devino en objeto de burla y crítica. Vista detenidamente, empero, no creo que el enunciado sea un disparate. Revela un componente fundamental de lo que el presidente López Obrador entiende por “transformación”. Un poco de memoria de la teoría de la acción kantiana ayuda en este punto.

En nuestra vida ordinaria juzgamos cualquier acción mediante de nociones generales de lo que es bueno y lo que es malo. Es un proceso pocas veces consciente, deliberado; pues de otro modo tardaríamos años hasta para ceder el paso. Concepciones, sí, ambiguas, vagas, implícitas, inconsistentes y todo lo que se quiera; pero también reales. Con ellas filtramos los múltiples impulsos que tenemos para actuar, tras lo cual algunos nos mueven a la acción y otros no. Y sucede que en este país la corrupción no parece quedar mal parada tras dichas evaluaciones ordinarias e inconscientes. Robar unos millones, sobornar para hacerse de un contrato o influir para librar requisitos, son actos que ya no merecen condena moral; sino aceptación —o, al menos, resignación—.

Según mi lectura, mucho del discurso presidencial pretende, con razón, combatir ese cinismo de nuestra vida pública. Fuchi, guácala revela que el presidente advierte que la ubicuidad de nuestra delincuencia tiene una raíz moral. Allí dirige su chascarrillo: la delincuencia, y por ende la corrupción, no puede seguir siendo valorada positiva o neutralmente, ni aún con resignación. Y había que dirigirlo así: aligerando la audiencia, relajando su mente a fin de que absorbiera la lección.

Hay, pues, que deslegitimar la corrupción. Desde luego, variar eso es llegar al fondo del asunto. Es cuestionable que para ello el presidente recurra a este tipo de expresiones; algo dirá de la inteligencia que concede a su audiencia. Aun así, está claro que cualquier cambio que aspire a ser una transformación precisa incidir en las mentalidades, en las creencias: lo fundamental.

Justo por ello me pregunto si un gobernante ha de transformar así cosa alguna. Entre liberales, por ejemplo, suele distinguirse entre el ámbito público y el privado, entre las dimensiones interna y la externa de la libertad. Es una distinción que se origina en la aversión liberal al gobierno y la afirmación absoluta de las libertades individuales. De modo que para un gobierno liberal importaría sólo que las personas se abstengan de cometer actos de corrupción, al margen de cómo los valoren (como buenos, normales o necesarios). Su valoración es un asunto interno e individual que no le compete a la autoridad. Insisto, desde un punto de vista liberal… no tendría porqué importarle al presidente. En todo caso, otorgando al presidente su tarea de moralista, parece necesario que concurran ciertas medidas concretas si es que su discurso moral no ha de devenir en mera palabrería.

Barrer las escaleras

Dice el presidente que él es honestísimo y que en su gobierno “vamos a combatir la corrupción como se barren las escaleras, de arriba para abajo”.2 Tendría más elementos para dudar que para creer que el presidente López Obrador es tan honesto como predica, pero le concedo el punto. Entonces, he aquí el componente concreto de su combate a la corrupción: el ejemplo.

Desafortunadamente, tenemos indicios de que el ejemplo no basta. Pienso en la habilidad con que los titulares de la secretaría de Gobernación y la Comisión Federal de Electricidad dieron la vuelta a su declaración patrimonial. Pienso en que, en octubre pasado, el Sistema de Administración Tributaria canceló una deuda por 7000 millones de pesos a Leman Trade SA de CV, empresa utilizada en el fraude de la financiera popular Ficrea que afectó a 6000 ahorradores en ocho estados de la república. Sólo por mencionar un par de instancias, fáciles de multiplicar. Ahora, cuando se las mira junto al encarcelamiento a Rosario Robles —de procedimiento tan cuestionado— o a Juan Collado, por ejemplo, la imagen sugiere que el hacer de la administración actual no difiere mucho del de administraciones previas: ni erradica la corrupción, ni abandona la justicia selectiva.

Vuelvo a lo fundamental. Aun cuando nada bueno quiera decirse del sexenio de Enrique Peña Nieto por mucho tiempo, es de reconocer que tuvo sus momentos de verdad y lucidez, como cuando dijo que la corrupción era un fenómeno cultural. Más de uno se confundió y tomó la afirmación como si implicara que la corrupción es un rasgo identitario, inherente, insuperable o privativo de los mexicanos. No, simplemente afirma que ésta está arraigada en prácticas sociales generalizadas, allende la administración pública.

No es una afirmación falsa. La evidencia revela, por ejemplo, la innovación empresarial para torcer ellos mismos las licitaciones:3 emisión de ofertas ficticias, supresión de ofertas, rotación de ofertas tras pactos previos, y, naturalmente, sobornos. No por nada escribió Adam Smith que "rara vez suelen juntarse las gentes ocupadas en la misma profesión u oficio, aunque sólo sea para distraerse o divertirse, sin que la conversación gire en torno a una conspiración contra el público o alguna maquinación para elevar los precios”.4

Por ello debe destacarse que durante la administración previa apareciera una cosa llamada Sistema Nacional Anticorrupción (SNA). En su operación, el SNA habría de integrar a los gobiernos federal, estatales y municipales; la Auditoría Superior de la Federación (ASF); la Fiscalía Especial en Combate a la Corrupción, la Secretaría de la Función Pública (SFP); el Tribunal de Justicia Administrativa; el Instituto Nacional de Transparencia y etc.; el Consejo de la Judicatura Federal; y el Comité de Participación Ciudadana. Era, pues, un sistema nacional: los tres Poderes de la Unión, los tres niveles de gobierno, organismos autónomos y ciudadanos. La idea del SNA era que fluyera la información, que se fortaleciera la burocracia, que hubiera múltiples mecanismos de control y vigilancia, que se ejerciera la acción penal. Una apuesta ambiciosísima que atinó en atender el problema en su complejidad.

Pero, además, era una apuesta en la dirección correcta. Por muchos años, el combate a la corrupción fue presa de una mente confusa. Como señala David Arellano,5 el reclamo social ante el fenómeno de la corrupción propició que el gobierno utilizara un instrumento de modernización administrativa, el control interno, para combatir la corrupción. Este es el camino que lleva de la creación de la Contraloría General de la Federación (1983), a la Secretaría de Contraloría y Desarrollo Administrativo (1994), y a la Secretaría de la Función Pública (2003). Tenía algo de sentido, pues el control interno mira, entre otras cosas, que los recursos se usen adecuadamente. Pero sucede que éste funciona sobre la base del aviso previo y en tanto que está incorporado a la organización que controla… justo lo contrario de lo que requiere un mecanismo de combate a la corrupción. No sorprenden, en consecuencia, los pobres resultados alcanzados por esta vía.

Además, el enfoque previo hizo mucho bajo el supuesto de que el problema era sólo de información. Como lo ilícito se hace a la sombra, se hicieron leyes y organismos para transparentar el ejercicio público: lo mismo la ASF, que la SFP o el IFAI. Quiero decir que el poco personal y la pésima capacidad de investigación de la Procuraduría General de la República (PGR) como que no formaban parte del problema. Tampoco la falta de claridad respecto a sus competencias y ámbito de responsabilidad.6 Y así también con las carencias del Poder Judicial o la falta de acuerdo entre las entidades para tipificar actos de corrupción. En breve, el SNA puso la corrupción bajo una lupa más amplia.

Por todo ello, el SNA era una buena apuesta. Desafortunadamente, sus éxitos son tan poco claros como fue corta su existencia. Uno hubiera asumido que, al ser el combate a la corrupción bandera de la administración en curso, se habría buscado fortalecer el SNA. No sucedió así:

las autoridades que participan en el SNA vieron recortes nominales de entre 0.5 % y 27.2 % respecto al año anterior. […] En términos funcionales, el Presupuesto 2019 también recortó la mayoría de los programas anticorrupción del sexenio peñista, incluyendo el programa para la “promoción de la cultura de la integridad y el aprecio por la rendición de cuentas” y el programa para la “fiscalización a la gestión pública.7

Y es que para el presidente Andrés Manuel la creación del SNA obedece a que “funcionarios y los de la llamada sociedad civil [lo] que buscaban eran acomodarse en estos organismos”.8 Aquella apuesta no era, pues, sino simulación, y por tanto fue destinada al olvido. En su lugar quedó —si acaso— “ejemplo”.

Ahora son tiempos de hechos, no de palabras

Así decía el presidente a un año de su triunfo electoral. Y yo no puedo sino preguntarme cuándo será el ahora. La capacidad para hacer de que dispone el presidente es enorme: 51 y 47  de diputados y senadores, respectivamente (tan solo de Morena); siete gobernadores y mayoría en 20 congresos locales. Con estos números —susceptibles de aumentar mediante el concierto— se cambia la constitución, se aprueban presupuestos, se coordina la Federación con entidades. Es decir, con estos números se cambia el fondo de casi cualquier asunto. Son los números ideales para conducir un combate ejemplar a la corrupción. Esto es justo lo que no ha sucedido.

Una transformación a la Hollywood

Son muchos los textos y autores que han señalado las maneras en que la pantalla afecta nuestro sentido de lo real. La imagen nos obliga; se da a desear. Al escuchar los discursos presidenciales estadounidenses, por ejemplo, a menudo recuerdo ese cine de acción en que los norteamericanos salvan vez tras vez el mundo. Y si miro la Transformación del presidente Obrador, me remonto a cuando yo era niño y soñaba con reparar el mundo siendo Batman.

Vuelvo a Adorno. Es una obviedad que el presidente ha querido centrarlo todo en él y su virtuosismo: constituyó su propio partido, hizo de su compañía fotográfica el mejor apoyo electoral, habla horas todos los días, nos recuerda su singularidad y sus principios en cada oportunidad. No se trata de un hombre con ideales; es el ideal de hombre mismo: el sujeto social total cuya buena voluntad basta para poner las cosas en orden.

Desde luego que ese sujeto total es una ilusión; pero eso es secundario. Lo importante es que es esa ficción distrae de los cambios fundamentales. He ahí la agudeza de Adorno. Creer que su ejemplo basta explica que el presidente no trastoque los cimientos complejos en los que descansa la corrupción. Abandonó, incluso, los esfuerzos para ir a la raíz. Acaso sea una ilusión propia de esta manera nuestra de entender el poder dominada por los tlatoanis, como advirtiera Octavio Paz en su Posdata. El poder total del que tiene (solo) la palabra. Adorno, en todo caso, era un pensador de izquierda… no tendría porqué importarle al presidente. Para mí queda que miramos una transformación hollywoodense.

 

Andrés Pola


1 Discurso del presidente durante su gira por Tamaulipas, septiembre 9, 2019.

2 Publicidad de su campaña presidencial, diciembre 2017.

3 Ver el texto de María Amparo Casar México: Anatomía de la corrupción, publicado por Mexicanos contra la corrupción y la impunidad en 2016.

4 En la pág. 125 de la edición del Fondo de Cultura Económica de la Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones.

5 El texto es “¿Control interno o lucha contra la corrupción? Hacia un verdadero control interno en la administración pública federal mexicana” publicado en Trayectorias de reformas administrativas en México: legados y conexiones, editado por María del Carmen Pardo y Guillermo Cejudo y publicado por El Colegio de México en 2016.

6 Los textos De PGR a FGR: Observatorio de la transición 2019 y Léase si se quiere gobernar (en serio), publicados por México Evalúa en 2019 y 2018, respectivamente, ofrecen un buen panorama de los problemas de la PGR.

7 Nieto Morales, Fernando “El legdo del “sexenio de la corrupción”: los retos del sistema nacional anticorrupción”, Foro Internacional, LX, 2020, núm. 2, cuad. 240, p. 706.

8 Esta declaración, que puede leerse aquí, fue hecha durante la conferencia de prensa matutina del 11 de  junio de 2020.

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Publicado en: Política