Uno y uno: Juan XXIII y Juan Pablo II

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Uno y uno, uno para el progresismo y otro para el conservadurismo. Muy probablemente ése fue el razonamiento del Papa Francisco al aprobar, al mismo tiempo, las causas de canonización de sus predecesores Juan XXIII y Juan Pablo II. Paradojas de la historia: uno de los Papas más progresistas de los últimos tiempos, impulsor de la puesta al día de la Iglesia por medio del Concilio Vaticano II –Juan XXIII–, convertido en santo al mismo tiempo que quien mandó al cajón la apertura y modernización de la Iglesia puesta en marcha en aquel Concilio –Juan Pablo II.

El margen de maniobra de Francisco para negarse a la canonización de Juan Pablo II era muy estrecho. Las expectativas de millones de católicos, para quienes el carisma del polaco se convirtió en elemento clave de su religiosidad, aunadas a la presión de los sectores de la Curia romana beneficiados durante aquel pontificado –que en su momento llegaron a tener enorme influencia en la Congregación para la Causa de los Santos–, comprometían notablemente al argentino. Incluso una estructura de toma de decisiones tan vertical como la Iglesia católica demanda de quienes están dentro ella, incluyendo al Papa, negociaciones y acuerdos. Por otra parte, el pragmatismo del pontífice argentino –patente en su papel durante la dictadura de su país, en la manera como ha recompuesto relaciones con Cristina Fernández y en la ratificación de la burocracia vaticana nombrada por Benedicto XVI, por citar solo tres casos– seguramente le condujo a notar las ventajas de la canonización de Karol Wojtyla –Juan Pablo II–, sobre todo por la legitimación que podría implicar para una Iglesia tan violentamente sacudida por escándalos del peor tipo.

Lo fácil que era para el Papa sacar adelante la canonización de Juan Pablo II, a la que solo se resistían algunos enclaves resentidos con el dogmatismo férreo del polaco, siempre revestido de una imagen de ternura, era semejante a lo difícil que resultaba impulsar la canonización de Juan XXIII. Angelo Roncalli –nombre de pila de Juan XXIII–, a quien, según se dice, sus pares cardenales habrían elegido Papa esperando que durara poco en el cargo dada su avanzada edad (tenía 76 años al ser entronizado) y que en menos de cinco años como obispo de Roma detonó una de las mayores transformaciones recientes de la Iglesia –el Vaticano II–, se granjeó la animadversión de quienes se resisten a que la Iglesia modifique sus posturas morales, su estructura organizativa, sus dogmas y que, en suma, cuestione la pertinencia de continuar con numerosas tradiciones.

Según se ha especulado en distintos espacios, en contra de la beatificación (que finalmente se concretó en el año 2000) y canonización de Juan XXIII pesaban acusaciones delicadas en un entorno como el eclesiástico, como su presunta adscripción a la masonería. Al analizar mundos tan cerrados como la Curia romana o, en general, la alta jerarquía de la Iglesia, los rumores adoptan una enorme importancia, pues a menudo son la única manera de conocer lo que sucede dentro de los gruesos muros del Vaticano o en la alta cúpula de las arquidiócesis más importantes del catolicismo. Notables eran, pues, las dificultades políticas para canonizar a Juan XXIII, lo que permite dimensionar el tamaño de la afrenta de parte del Papa hacia grupos conservadores vaticanos, sobre todo relacionados con el Opus Dei.

Al canonizar a Wojtyla, se opta –simbólicamente– por echar tierra a los errores y excesos de su pontificado, que van desde el autoritarismo con el que se condujo hacia sectores de la Iglesia latinoamericana comprometidos con las luchas populares de sus comunidades hasta la protección institucional a Marcial Maciel y a su Legión de Cristo. Además, implica una afirmativa tácita a proyectar mediáticamente al Papa y a la Iglesia, volviéndolos “productos” atractivos para los fieles, tal como fue Juan Pablo II, y buscando así reconstruir las minadas bases sociales de la Iglesia católica.

La canonización de Juan XXIII, por su parte, puede leerse como un guiño a un estilo de gobernar caracterizado por la espontaneidad y la horizontalidad, mucho más que por la firmeza y la amenaza (que quizá no estarían de más en algunos casos). Es también un reconocimiento de la necesidad que tiene la Iglesia de adecuarse a los tiempos que corren, por medio de una clara y valiente agenda de reformas, sacando a los católicos de sus certidumbres y discutiendo cómo promover la fe en una realidad muy distinta a aquella en la que se definieron la actual liturgia, estructura y teología católicas.

Con la decisión de canonizar a Juan, el Papa Francisco compensa a aquellos inconformes con la canonización de Juan Pablo. Y viceversa. El argentino ya comienza a perfilar su estilo como político: de pasos firmes, seguros y no estruendosos. Es de esperarse que haya más movidas como esta en el futuro, basadas en la lógica de dar concesiones a grupos antagónicos. Sin embargo, en términos de la necesaria reforma de la Iglesia, el Papa se tendrá que decantar por alguno de los dos grupos. Hoy puede canonizar a sus dos predecesores sin mayor problema, pero al decidir cómo gobernar la Iglesia, tendrá que elegir si acercarse al ejemplo de Juan o al de Juan Pablo. Todo apunta a que optará por el primero, para lo cual colisionaría –¿hasta dónde?– con quienes siguen melancólicos del segundo.

Germán Petersen Cortés es analista político.


5 comentarios en “Uno y uno: Juan XXIII y Juan Pablo II

  1. Los papas desde la instauración de la iglesia católica como religión del estado (romano) han sido figuras políticas. Se han dedicado a apoyar imperios, a despojar de sus riquezas materiales y religiosas a los pueblos del mundo.Más que líderes espirituales son léderes políticos y como tales han quebrado la ley que promulgó Cristo para sus seguidores: «No ser parte del mundo». Ni Juan XXIII, ni Juan Pablo II, ni ningún otro papa ha cumplido con la labor que ellos asumieron, la de «pastorear a las ovejas del Señor», y se han dedicado más bién a desollar y esquilara a sus rebaños.

  2. No estoy de acuerdo, en general, con el tono del artículo: un poco demasiado análisis político y muy poco eclesiológico. Tildar a Juan XXIII de ‘progresista’ y a Juan Pablo II de ‘conservador’ es una simplificación rayana en lo falso. Probablemente, ninguno de los dos estaría de acuerdo con semejante caracterización y, ciertamente, los dos no encajan del todo en esos moldes. El Papa Roncalli, por ejemplo, era un sacerdote tradicional y sencillo, que censuró alguna vez alguna obra de la Bienal de Venecia o se cerró en redondo a la posibilidad de incluir la moderna psicología en la formación espiritual de los católicos. Su propio estilo, a caballo entre un cura rural (calidez humana, devoción firme y sin tolerancia para las tonterías) y un diplomático de carrera (que no dice nunca lo que piensa verdaderamente, detrás de una faz harto cortés), era la de un eclesiástico del siglo XIX. Que su carisma personal y su bondad hayan trascendido en la psique popular mucho más que los gestos y medidas concretas, de impacto real,de Pablo VI (que fue quien puso término y llevó a la práctica la intuición conciliar) es otro asunto. Y el problema no es tanto la imaginería mediática o popular, como la historiografía posterior, que, al toparse con un modernísimo y liberal Pablo VI dispuesto, no obstante, a no negociar lo innegociable y a acotar excesos, tomó como abanderado el ambiguo ‘espíritu’ de Juan XXIII para causas que, de seguro, jamás habría apoyado el Papa campesino. Lo mismo va para Juan Pablo II, quien, lejos de apartarse del espíritu conciliar, lo llevó a puerto, sin vuelta atrás, en el año 2000. Eso sí, con un timón mucho más firme que Pablo VI o Juan XXII (cosa por la que clamaban amplios sectores, y no sólo conservadores, de la Iglesia setentera). ¿Qué Papa, en la práctica, más colegial que Juan Pablo II, que se carteó, charló, comió y consultó con la totalidad del episcopado mundial cinco veces, que presidó más de una decena de sínodos ordinarios y extraordinarios, tras los que adoptó varias iniciativas ‘desde abajo’? No deja de resultar irónico que la crisis planetaria de abusos sexuales y encubrimiento clericales coincidan, precisamente, con la descentralización romana, cuando los obispos locales empezaron a tener mayor independencia judicial en temas doctrinales y disciplinarios… ¡ahora resulta que las medidas duras al respecto, a falta de conferencias episcopales dispuestas, las ha de tomar Roma y una Congregación para la Doctrina de la Fe con nuevas y afiladas garras!

    Pero, más allá de los diferentes estilos y personalidades, actos concretos y medidas trascendentes, errores o pecados de cada pontífice, la doble canonización obedece no solamente a una lógica pragmática y política, como la beatificación, en 2000, de Juan XXIII junto a Pío IX o, en 1991, de Josemaría Escrivá junto a Josefina Bakhita, o, ahora, la de monseñor Romero próxima a la de monseñor Del Portillo: responde, sobre todo, a la diversidad humana, carismática, eclesial y aun política de la santidad. Si es que el Evangelio ha de ser, en verdad, universal, se tiene que aceptar (desde la fe) netas contradicciones desde el punto de vista humano: lo que es correcto en una época es ¡un gran error en otra o lo que para una persona constituye una renuncia ejemplar para otra se trata de crasa cobardía! Por eso, tan santo es Francisco de Asís con su dulzura que San Jerónimo con su sarcasmo, Carlos de Foucauld con su testimonio en paz y Luis IX con sus cruzadas, Martín de Porres el barrendero y Gregorio VII el pontífice máximo, el doctamente ignorante Cura de Ars y el doctor común Tomás de Aquino, el pecadorsísimo Camilo de Lellis y el piadoso desde niño Juan Bosco…

  3. Juan Pablo Primero (Albino Luciani)debería ser canonizado como papa mártir de la propia curia romana.

  4. Todos los Papas que tuvo la Iglesia Católica en el siglo XX fueron ejemplares en muchos aspectos, y de gran importancia, a pesar de sus eventuales debilidades (humanos al fin y al cabo). Sin embargo, que se «dispense» el requisito de un segundo milagro, en el caso de Juan XXIII, para apresurar su santificación, puede parecer un exceso. Sobre todo habiendo Papas con igual o mayor mérito, como lo fueron Pío XII y Paulo VI. El primero defendiendo con firmeza y autoridad a la Iglesia de sus enemigos internos, y el segundo concluyendo decorosamente un Concilio por demás complicado como fue el Vaticano II. El Papa Juan XXIII fue un Papa bueno, no se niega, y muy bien intencionado; sin embargo, la responsabilidad de haber llamado a un Concilio para «cambiar a la Iglesia» como muchos equivocadamente pensaron, cuando somos los hombres quienes debemos cambiar, generó una serie de expectativas contrarias al espíritu del Evangelio, de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia, tanto dentro como fuera de ella. Caso distinto es el del Papa Juan Pablo II. El tiempo dirá quién tendrá más devociones como ejemplo de Santidad: San Pío X o cualquiera de los próximos dos Santos.

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