
En la revista 20/10 que se editó como parte de las celebraciones del bicentenario de la independencia y centenario de la revolución, el historiador Javier Garciadiego publicó el texto «Vasconcelos y el mito del fraude en la campaña electoral de 1929». Más allá de los detalles del texto y los sucesos de los que trata, el recuerdo vasconcelista es interesante como una mirada a los conflictos electorales en nuestro país. El texto a cualquiera lo hace reflexionar sobre el pasado (al igual que el texto «1828: la primera rebelión electoral» de Ana Romero), pero sobre todo sobre el presente y qué cosas sí han cambiado y cuales no. Aquí ofrecemos algunos pasajes particularmente interesantes del texto de Garciadiego:
Desde un principio fue evidente que tanto su equipo como sus simpatizantes eran jóvenes, previsiblemente inexpertos: el Comité Organizador Pro Vasconcelos, con sede en la ciudad de México, estaba encabezado por Octavio Medellín Ostos de poco más de 30 años de edad y con experiencia limitada al ámbito universitario…La falta de experiencia política de los «cuadros» vasconcelistas resultó ser un factor determinante en su derrota.
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Vasconcelos mismo impidió todo acercamiento a cualquier miembro de la élite política…al asegurar que todos eran sin excepción ni distinción, miembros de una camarilla de corruptos. Hizo del antimilitarismo una de sus principales banderas, con la cual se enajenó el potencial apoyo de los militares inconformes. Criticó abiertamente a los líderes obreros y campesinos, y se peleó inútil e inoportunamente con los periodistas a los que llegó a llamar «viles»…
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La obtención de la candidatura del Partido Nacional Antireeleccionista le trajo el beneficio de la legitimidad pero también varios problemas…su triunfo le generó el enojo de los antiguos maderistas, único grupo de colaboradores viables con prestigio y experiencia política. Así habría de resultar paradójico que Vasconcelos hiciera una campaña sostenida por jóvenes pero con el membrete de un partido de ancianos.
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Ya como candidato formal Vasconcelos visitó varias poblaciones, y el día de las elecciones -17 de noviembre- estuvo en Mazatlán. Enterado de las dimensiones de su derrota se dirigió a Guaymas, pasando luego a Estados Unidos vía Nogales. Una de sus primeras declaraciones en suelo norteamericano reflejaba su estado de ánimo y dejaba ver su invariable personalidad: «Es una vergüenza para cada mexicano que yo, como su Presidente, me haya venido al extranjero en vez de ir a Palacio Nacional. Mi tarea no está concluida; no estoy retirado, y…volveré a México tan pronto como haya un grupo de hombres armados capaces de sostener con la fuerza un voto que nos ha sido arrancado por la violencia, el crimen y el fraude.» A pesar de lo asegurado tan enfáticamente por Vasconcelos, lo cierto es que las enormes diferencias entre el número de ciudadanos cautivados por él y el número de gente involucrada de una u otra manera con el régimen de la Revolución hacía innecesario falsear los resultados…Lo que sucedió es que se modificó el marcador pero no se alteró el resultado. Con todo, la violencia habida y las modificaciones en los números finales han permitido cuestionar moralmente las elecciones de 1929. En síntesis, debe considerárseles inequitativas y sucias, pero no torcidas o fraudulentas, en tanto que el resultado final no fue alterado en esencia.
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…su programa político era más el de un maestro espiritual, y en ocasiones el de un profeta, que el de un gobernante: las lecciones de ética política y moral pública sobrepasaban a las propuestas concretas para resolver los problemas socioeconómicos del país. Vasconcelos era percibido como un «idealista», no como un hombre de mando.
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Todavía hubo otros factores que influyeron en el triunfo ortizrubista. Uno fue que además de las autoridades y las instituciones legales también los auspiciaron las extralegales. En particular, de manera sobresaliente, los caciques. De hecho algunos de éstos, como el potosino Gonzalo N. Santos, estuvieron inmiscuidos en los peores estallidos de violencia de la campaña. Los estrategas y operadores otrizrubistas incluso apelaron a procedimientos tramposos. Por ejemplo, para confundir a potenciales votantes por Vasconcelos, oficialmente candidato del Partido Nacional Antireeleccionista, dispusieron de la creación del Partido Antireeleccionista de la Clase Media.
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Uno de los mayores errores tácticos de Vasconcelos fue que en un contexto tan cargado de tensiones, sobre todo por el asesinato de Obregón y por la guerra cristera, pero en el que finalmente se había alcanzado la paz y se abría la posibilidad de extirpar la violencia electoral, amenazada con que de no reconocerse su triunfo acudiría a las armas, tanto con una revuelta propia como sumándose a los cristeros o involucrándose en una aventura con los militares escobaristas que estaban exiliados en el sur de Texas. Desde un principio Vasconcelos se autoconsideró ganador de la contienda, negando cualquier posibilidad de ser vencido, por lo que el riesgo de que con él resurgiera la violencia fue plausible para buena parte de la población.
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El epílogo puede resumirse así: al conocerse los resultados oficiales de la elección, Vasconcelos…se declaró «presidente electo» y convocó a una nueva rebelión, prometiendo, a cambio del sacrificio, instaurar la democracia en el país. Compresiblemente si la respuesta a su candidatura había sido reducida, su llamado a las armas tuvo un eco mucho menor.
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…otro indiscutible legado del vasconcelismo es su aportación a la reciente democratización del país. Resulta irrefutable que a pesar de haber sido cabalmente vencido en las urnas, en lo que mucho incidió la violencia disuasoria lanzada por el gobierno, para el imaginario popular -nutrido por el propio vasconcelos, por muchos de sus colaboradores y por numerosos intelectuales y académicos, y fortalecido por el fracaso de la gestión presidencial de Ortíz Rubio y por la posterior conducta del PNR-PRM-PRI– es incuestionable que el vasconcelismo fue un siempre recordado heraldo, con seis décadas de anticipación, de la reanimación de las contiendas electorales presidenciales en México.
El hecho de que un resultado oficial sea minimo o grande, no hace la elección fraudulenta o limpia.
Quise decir, la diferencia sea mínima o grande…
Me atrevo a decir que esta entrada sugiere paralelismos entre el maestro Vasconcelos y López Obrador, cosa que lamento en demasía. El maestro oaxaqueño es un titán del mundo de las ideas comparado con la pobreza intelectual de López Obrador (que no necesariamente de algunos de sus seguidores)
Pero pues claro, carajo, si es obvio que el sistema jamas permitira que se pueda probar un fraude electoral, eso seria como auto-atarse en la hoguera, cada que el pais se encuentra en crisis y sus desigualdades se acentuan a los extremos se da una division tan profunda en el seno de las sociedad mexicana que aparecen «iluminados» (sic) individuos cuyo peso historico trasciende de la masa pese a que esta les impulsa y por lo menos en cuanto al campo electoral se refiere se dan elecciones sumamente polemicas en las que sale a relucir el fantasma del fraude para la faccion perdedora, pero como obviamente la faccion en el poder toma todas las medidas adecuadas para mantener su hegemonia, jamas hay forma de probar un fraude electoral maxime si es la eleccion presidencial (ha pasado en 1929, en 1940, en 1952, en 1988, y muy posiblemente en 2006, si bien no estoy convencido en 2012).
¿Caul ha sido la constante en todas esas fechas?. La imposibilidad para la oposicion de lograr que el fraude sea aceptado por el regimen en turno, pues las pruebas, sean estas del tipo que sean, nunca son validas o suficientes, para cambiar o siquiera poner en duda un resultado previamente definido. El estado escudado en las mas diversas argucias desde impositivas (por la fuerza) hasta legales defendera el resultado para el conveniente, asi que es un ejercicio inutil el tratar de probar fraudes que una buena parte del pueblo mexicano da por hecho, lo gracioso es que si bien para el pueblo es inutil tratar de probarlos, para la elite intelectual pro-sistema desde su origen es un ensayo fructifero y que sigue auspiciandose el encontrar formas de descalificar las legitimas sospechas.
Aún aceptando que Vasconcelos fuera un hombre integro y lleno de buenas intenciones, yo no me fío un pelo de los iluminados.
La historia está llena de desastres provocados por hombres que se creían providenciales.