
No sé si fue la emoción por ver ballenas, el suave viento en la cara, las niñas que estallaban de felicidad o qué, pero ese viaje en lancha por el Golfo de California me ayudó a dimensionar la grave ausencia de las infancias en las políticas de drogas en México. Era 28 de abril de 2024 y navegábamos el mar, ocho millas náuticas adentro, porque la bióloga Sofía Salinas llevaba, una vez más, a un grupo de niñas, las hermanas Jade, Mía y Jocelin, para que vieran ballenas y se olvidaran aunque sea por un momento de los problemas de su mamá con la metanfetamina. Se olvidaran de las veces que se escondieron en sus cuartos porque sicarios irrumpieron en más de una ocasión en su casa para intentar ejecutar a su padrastro, un narcomenudista improvisado; o de cuando su mamá, de tan perdida en la adicción, se olvidaba de alimentarlas o llevarlas a la escuela; del miedo de presenciar peleas y arrebatos; de la angustia durante los episodios de abstinencia, así como del largo proceso de rehabilitación que esta familia no deja de atravesar.
Sofía lo organizó como actividad recreativa, pero también como método de educación ambiental; para contarles todo sobre las ballenas, estos seres bestiales que despertaron curiosidad desde la primera vez que el navegante vio con pavor pasar aquella solitaria nube negra de lomo inabarcable, salado y lustroso, ensombreciendo todo por debajo de su embarcación. Sofía aprovechó esta salida, además, para sensibilizar sobre temas puntiagudos como este, de niñas creciendo entre drogas. Y yo los acompañaba como un reportero que se ha dedicado en los últimos dos años a contar historias sobre infancias en contextos adversos.
Luego de navegar por dos horas, en el momento en que regresábamos a puerto y veía cómo el sol acariciaba el rostro de Mía, la hermana menor, recostada en la punta de la lancha, profundamente dormida con el pulgar en la boca pese a sus 11 años, caí en cuenta del desamparo en el que están los hijos e hijas de las personas con consumo problemático de drogas. Pese a ser un grupo de alto riesgo, no están considerados ni en las políticas de drogas ni en las de derechos de las infancias. En este país, frenético de tanto narcótico en sus calles, ellos y ellas han quedado al cobijo de iniciativas ciudadanas como esta, llenas de ternura, pero sin el presupuesto, facultades, atención profesional e institucional de los que debería encargarse el Estado.
A mi regreso me obsesioné, tenía curiosidad de saber el tamaño del problema y me encontré con una falta de cifras oficiales. No sabemos, porque nadie lo está contando, cuántos niños, niñas y adolescentes han crecido en una familia con adicciones. No sabemos cómo ni donde están, si tienen acta de nacimiento o registro médico, si van a la escuela, si ya comieron; cómo está su salud mental; si son violentados o si están repitiendo el patrón de consumo de sus padres, madres o tutores; cómo ha cambiado la dinámica familiar ahí donde ha irrumpido la metanfetamina, como en el caso de Jade, Mía y Jocelin .
Empecé a construir estadísticas propias y una investigación periodística a partir de más de 300 solicitudes de información a entes públicos de toda la República, con datos abiertos disponibles, censos del Inegi y un reporteo de más de seis meses, posible gracias a Cambia La Historia, un programa auspiciado por la Deutsche Welle y Alharaca, con el que se financió a 30 periodistas de América Latina para la producción de historias de la región.
El reportaje se publicó en la revista Gatopardo este febrero. Ahí está la primera radiografía sobre el tema. Lo que propongo aquí es dar un repaso a los principales hallazgos y unas consideraciones que me parece pertinente destacar, sobre las fallas del Estado en la atención a esta población, además de una reflexión sobre el periodismo de infancias.
Población en alto riesgo
Es cierto que en tratados internacionales sobre drogas e infancias se contemplan medidas de protección a niños y niñas usados en la producción y tráfico ilícito de estupefacientes, así como de prevención del consumo. Sin embargo, han omitido considerar dentro del abanico de experiencias adversas que pueden vivir el criarse en una familia con consumo problemático. En 2020, el Consejo de Europa decidió actualizar su Estrategia para los Derechos del Niño, y relanzarla para el periodo 2022-2027. Al interior del Consejo, el Grupo de Cooperación Internacional sobre Drogas y Adicciones (Grupo Pompidou) propuso hacer un diagnóstico para cambiar la perspectiva y contemplar, por primera vez, a esta población como un grupo de alto riesgo. Y fue Corina Giacomello, una italiana que trabaja en México desde hace 20 años como investigadora de la Universidad Autónoma de Chiapas, una de las pocas especialistas a nivel global del tema, a quien se le encomendó la tarea. Giacomello evaluó políticas públicas de 13 países de Medio Oriente, Europa, África Septentrional y en México, como único representante de América. El resultado fueron cuatro volúmenes generales y otros tantos documentos sobre tópicos más particulares.
Es importante aclarar que tanto el análisis de Giacomello como en el reportaje que hice se basa sólo en familias con consumo problemático. Esto, para no criminalizar el uso de sustancias psicotrópicas. Que los padres o madres usen drogas no se traduce de manera necesaria en efectos negativos para las infancias. Pero los riesgos sí aumentan cuando se desarrolla tal adicción que se alteran las actividades diarias como el trabajo o estudio; cuando implica problemas económicos o con la ley.
En aquellos volúmenes del Grupo Pompidou se diseccionan los efectos por grupo de edades. Hay bebés, advierte el organismo, llegando a las salas de urgencia con síndrome de abstinencia, delirios e intoxicación severa porque sus mamás consumen narcóticos durante el embarazo. Los efectos físicos en estos recién nacidos van desde temblores leves y fiebre hasta desnutrición severa e, incluso, deformaciones en la circunferencia craneal. En niños y niñas de entre 5 y 14 años se reportó deserción escolar, falta de controles médicos y de registro de identidad, maltrato infantil, además de trastornos psicoemocionales como angustia y ansiedad. También pueden sufrir de una mala imagen de sí mismos, baja autoestima y tener amistades restringidas debido a circunstancias en el hogar. De los 15 a los 17 todo se complica, pues los jóvenes pueden iniciarse en el consumo de drogas y en actividades delictivas; los hombres suelen tornarse violentos con sus parejas; el riesgo de embarazo adolescente es mayor; también adoptan roles que no les corresponden, como cuidar de hermanos menores, y se identificaron intentos de suicidio y suicidio por no recibir atención institucional a tiempo.
Giacomello consultó al Gobierno de México sobre qué estaban haciendo al respecto. La Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones (Conasama) respondió que cuenta con centros especializados de atención primaria, aunque son para personas con adicción en general. Y el Consejo de Integración Juvenil (CIJ) dijo brindar atención a niños y adolescentes en conflicto con la ley, mujeres embarazadas usuarias de drogas y niñas y niños que usan drogas y son víctimas de la violencia.
Los hijos de la metanfetamina están siendo ignorados por los máximos órganos dedicados a la prevención, tratamiento, rehabilitación, investigación científica y formación de especialistas en materia de consumo de drogas.
Universo desconocido
Por decisión presidencial, en el sexenio pasado se canceló el levantamiento de la Encuesta nacional de consumo de drogas, alcohol y tabaco, de modo que no tenemos datos actualizados. Los últimos son de 2016, cuando la metanfetamina y otras drogas sintéticas no figuraban como ahora. No sabemos cuántas personas han desarrollado desde entonces adicción severa a sustancias adictivas ni mucho menos –porque el Inegi no pregunta– cuántos hijos menores de edad tienen y en qué condiciones se encuentran. Esto, en un contexto donde la metanfetamina gana cada vez más terreno en el país, al grado de colocarse como la segunda droga ilícita de mayor consumo, luego de la marihuana, según reportes del Sistema de Vigilancia Epidemiológica de las Adicciones (Sisvea), de la Secretaría de Salud.
El único organismo que cuenta con datos para hacernos apenas una idea es el CIJ. En varias respuestas a solicitudes de información indicaron que, desde 2014 han atendido a 270,000 personas que llegan a sus oficinas pidiendo ayuda para rehabilitarse. Pero sólo al 16 %, quienes acuden con regularidad, se les hizo una encuesta para obtener datos sociodemográficos. Con base en ese ejercicio limitadísimo, iniciado apenas en 2021, se puede tener la certeza de que hay en México al menos 9,500 niños, niñas y adolescentes creciendo en un hogar con presencia de metanfetamina. El grueso de ellas pertenecen a un estrato económico medio bajo, bajo o muy bajo.
Durante el reporteo pude conocer mejor las condiciones en que pueden llegar a desarrollarse estas infancias. En Tamaulipas un bebé murió en manos del doctor porque no soportó tanto narcótico en su pequeño cuerpo. En Sinaloa una mujer mayor de 30 años de escasos recursos fue a un centro de rehabilitación para pedir ayuda por su adicción a la metanfetamina y por no poder atender a sus nueve hijos que dijo tenía en casa. El papá de Olivia era adicto al cristal y empeñaba los muebles de su casa para intentar pagar lo que le debía a los narcomenudistas que le surtían en CDMX. Llegó a ser tanta la deuda que, en uno de sus brotes psicóticos, decidió suicidarse, dejando a Olivia con la casa completamente vacía y al cuidado de su hermano menor. A Carlitos y a sus dos hermanitos la Policía los encontró entre heces fecales, al fondo de una cuartería de lámina y madera de una colonia marginada de Quintana Roo, con desnutrición severa, infección en los oídos, caries, sin acta de nacimiento y temerosos por las peleas entre sus padres, que al momento del reporte estaban bajo los efectos de la metanfetamina. Paulina intentó suicidarse por todo el mal que le generó ser hija de un adicto, jefe de sicarios de uno de los cárteles más poderosos del Caribe mexicano.
Cada testimonio que encontraba en campo era peor que el anterior. Los hijos de la metanfetamina están en un espiral sin fondo, en el más profundo desamparo.
El insólito duelo
Otra cosa que no se sabe, por omisión del Estado, es la cantidad de huérfanos por sobredosis que hay en este país: a cuántos niños y niñas se les murió el papá, mamá o persona cuidadora a causa de una dosis excesiva. Sabemos que desde que inició la Guerra contra el narcotráfico, en 2006, el Inegi reporta 47,000 fallecimientos por envenenamiento accidental por exposición a alguna droga. En un ejercicio facilón y nada riguroso, considerando que el promedio de hijos, según ese mismo organismo, es de dos por adulto, esto arrojaría una posible cifra de unas 100,000 niños y niñas huérfanas.
La cifra real no la sabemos porque la Secretaría de Salud omite un simple par de datos en las actas de defunción: si es padre o madre y de cuántos hijos. Conocer esto es fundamental para considerarlos como víctimas de una falta de atención del Estado. De hacerlo, estos niños en orfandad podrían recibir atención psicológica, ser beneficiarios de programas para evitar deserción escolar o embarazo adolescente, para prevenir el consumo de sustancias en ellos, entre otros servicios institucionales y profesionales.
Los hijos de la metanfetamina están llorando un duelo insólito a oscuras y ante la mirada de nadie.
Las infancias esperando por la libertad de sus mamás presas
Una de las consecuencias invisibilizadas de la política punitiva contra las drogas que México aún mantiene es la de hijos criándose en soledad porque sus madres y padres pasan años encarcelados, y sin sentencia, por portación de microdosis. Organizaciones como Documenta han revelado que, desde el 2009, cuando se tipificó el narcomenudeo, hay en el país unas 16,000 personas presas por conductas asociadas a la portación simple de droga. El grueso de ellas, según una revisión que hice a las pocas sentencias públicas de 16 estados, es de personas que iban por la calle, fueron víctimas de una detención arbitraria y les encontraron droga, que luego acreditaron los jueces no era para venta ni mucho menos tráfico, sino para autoconsumo.
En Baja California Sur fue muy evidente el perfilamiento. La gran mayoría de personas procesadas eran de escasos recursos que cargaban en sus bolsos dos o tres cigarrillos de marihuana o una bolsa diminuta de cristal. En una de las sentencias de dicho estado se narra el caso de un hombre de 48 años que detuvieron por la calle con seis cigarros de marihuana. En el proceso judicial se acreditó que se trataba de un albañil que ganaba menos de 2 mil pesos semanales y consumía la hierba para paliar el hambre y los dolores musculares de un trabajo físico como el que realiza. En muchas otras se daba cuenta de mujeres en situaciones similares que fueron encarceladas por portar dosis pírricas y quienes declararon preocupación por tener que dejar a sus hijas e hijos solos en casa los largos años que duraba el proceso judicial.
La Encuesta nacional de población privada de la libertad (Enpol) calcula en 30,000 las niñas, niños y adolescentes que están creciendo sin su papá o mamá por estar presos y sin sentencia por esta política punitiva. Los hijos de la metanfetamina con padres tras las rejas están siendo cuidados por vecinas, abuelas, tías o quien sea, menos por el Estado.
¿Qué hacer?
Hay algunas medidas que, considero, el Estado debería tomar para sacar del desamparo a esta población. Lo pertinente es una reforma a la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, para considerarlos como grupo de alto riesgo. Lo impostergable es llenar el vacío en las estadísticas oficiales, por lo menos, de hijos de personas con consumo problemático y sus condiciones de vida, así como de huérfanos por sobredosis. Lo urgente es terminar con la política punitiva a la portación de microdosis. Lo oportuno es definir las rutas críticas de atención a estos niños, víctimas de omisiones del Estado. Es imperativo crear centros de rehabilitación públicos especializados para infancias, porque, pese al grave problema, no hay ni uno solo de este tipo en México. También hace falta reevaluar la pertinencia de separar a hijos y sus padres con adicción, porque genera un grave trauma para ambas partes.
Las únicas dos buenas noticias que encontré durante todo el reportero es que el CIJ está por inaugurar el primer espacio en el país donde se recibirán a mamás en rehabilitación con sus hijos y que hay iniciativas ciudadanas como las de Sofía y la travesía con ballenas, que dan algo de esperanza.
Ballenas
Aquella vez con Sofía el objetivo era salir al mar para ver ballenas, jorobadas, azules o grises, las que fueran. Yo había leído todo lo que pude sobre ellas como parte del prerreporteo. Me detuve en especial en la poesía de Jorge Ruiz Dueñas, quien mucho le ha cantado a los mares y desiertos de la península de Baja California. En uno de sus ensayos Jorge nos explica su aprecio por las ballenas: pocas palabras como esta han convocado la animalidad: pocos seres como este han provocado tanto temor, mitos y concepciones humanas sobre el bien y el mal. Y no le extraña porque sus proporciones se antojan más a los sueños que a la evidencia.
También leí decenas de investigaciones científicas. Me pareció increíble saber que crearon una novedad fisiológica evolutiva para poder emitir sonidos bajo el agua con esa laringe extraña y lanuda que tienen, llena de algo parecido a nuestras cuerdas vocales que vibran contra una almohadilla de grasa. Supe también que las ballenas lloran y susurran, graznan y se quejan, hay las que lanzan explosiones de baja frecuencia y otras hasta hacen vocalizaciones complejas, tan elaboradas como para tararear una canción que sólo su pareja puede entender.
Al Golfo de California, donde planeábamos verlas en esplendor, llegan a reproducirse en tumultosos actos de amor, como dijo ese otro poeta llamado Homero Aridjis. Aquí nacen y aquí regresan cada año. El interés por verlas asomar cada que respiran ha creado toda una oferta vacacional que se traduce en lanchas y sus motores acosándolas. Investigadoras de la Universidad Autónoma de Baja California Sur han demostrado que, con la presencia de los ruidos de lanchas, las ballenas no pueden escuchar sonidos imprescindibles para su ciclo vital porque ellas cantan desde los 8 Hertz y las lanchas rugen por encima de los 200. Aquello se convierte como en una fiesta con música altísima donde las ballenas tienen que gritar para hacerse escuchar y donde los únicos que bailan son los turistas.
A veces así se siente hacer periodismo de infancias. Hay ruido y escándalo que no deja escuchar tonadas. La cobertura de drogas en el periodismo se ha concentrado, por importantes, urgentes y evidentes razones, en la violencia narca, letal e imparable que suma cada vez más y más víctimas en este país que es un cúmulo de tragedias; no ha dejado de seguir la descarnada disputa entre cárteles; no le pierde el ojo a los grandes capos o la producción y trasiego de drogas, pero se olvidó de los niños y niñas, de los hijos de personas con adicción severa que hoy crecen en un ambiente como el aquí descrito y que mañana tendrán caries, desnutrición severa, ansiedad, intentos de suicidio, marcas de violencia y posiblemente se perderán en la orfandad y en un desamparo sin precedentes. Encima, los medios tradicionales reniegan de narrar historias que, pese al duro contexto, dan esperanza y dosis de ternura, como las de Sofía y las niñas.
La intención de aquel viaje en lancha era ver ballenas por el Golfo de California para que las niñas se olvidaran de todo, aunque sea por sólo un momento, pero no vimos ni una. Mientras el capitán, un pescador furtivo rehabilitado, buscaba y buscaba alguna pista yo me la pasaba pensando en los resultados de un exhaustivo monitoreo de ballenas azules, realizado por estos mismos mares que cruzamos, por Diane Gendron, quien demostró que, entre más lanchas, menos inmersiones cerca. Sin los ruidosos motores, concluyó esta reconocida bióloga marina, hay más probabilidad de que se aproximen a nosotros: observación pasiva, le llamó. Si paráramos por un momento y nos calláramos, meditaba yo en mis adentros aquella vez, quizá podríamos escuchar hermosos cantos en balleno, sin ahuyentarlas ni obligarlas a vociferar.
Ahora pienso que los hijos de la metanfetamina se parecen en eso a las ballenas: están esperando a que alguien se detenga para escucharlos.
Ricardo Hernández Ruiz
Periodista y fotógrafo. Ganador del Premio Nacional de Periodismo, el Breach/Valdez, The Save The Children América Latina y El Caribe.