En las últimas semanas, la calidad del aire en la Ciudad de México se ha deteriorado de manera preocupante. En medio del debate acerca de las causas de los altos niveles de contaminación, se han publicado acusaciones que atribuyen parte de la responsabilidad a factores distintos al uso del automóvil privado. Dentro de estos extraños presuntos culpables –que incluyen al propio transporte público– están las marchas y manifestaciones.

1

Las marchas, de acuerdo a este argumento, reducen la velocidad de los vehículos, lo cual provoca un aumento en emisiones. Por ejemplo, de acuerdo a la Secretaría de Medio Ambiente capitalina, la reducción en velocidad promedio generada por una marcha incrementa las emisiones de monóxido de carbono y de óxido de nitrógeno en 53 y 31%, respectivamente. Los daños ambientales que presuntamente provocan las movilizaciones han generado indignación, y a los manifestantes se les ha acusado de irresponsables. Este argumento ya está siendo incluso utilizado para impulsar restricciones a las manifestaciones públicas.

Sin embargo, y a pesar de este aumento en las emisiones de los vehículos que ya están en circulación, las marchas pueden disuadir a muchos viajeros de utilizar un automóvil. Al aumentar el tiempo promedio de los viajes en auto, las manifestaciones generan un costo directo al uso de automóviles, y llevan a muchos conductores a buscar alternativas de transporte de bajas emisiones, como el metro o el metrobús. 

figura1

Figura 1.

Hay entonces dos argumentos opuestos acerca de los efectos de las marchas. Por un lado, las marchas reducen la velocidad de los autos en circulación, lo cual aumenta sus emisiones y provoca un deterioro en la calidad del aire. Por otro lado, las protestas reducen el parque vehicular, lo cual disminuye las emisiones totales, y por lo tanto la calidad del aire mejora. Ambos efectos podrían ocurrir al mismo tiempo, y cuál de los dos domina al otro es una pregunta empírica.

¿Qué pasa con la calidad del aire cuando hay protestas en la Ciudad de México? Datos recientes sugieren que, en promedio, los niveles de contaminación disminuyen cuando hay manifestaciones. Este patrón es claro en la figura 1, donde grafico el número de protestas en toda la ciudad y el valor del índice IMECA, que mide la calidad del aire, en cada día laboral. La relación es negativa: más protestas están asociadas a menores valores del índice––es decir, a menores niveles de contaminación.

Esta relación se puede evaluar con mayor detalle, no sólo para la ciudad en su conjunto, sino para 29 estaciones de monitoreo de calidad del aire dentro del DF, en combinación con datos de incidentes viales que identifican protestas y su localización (para el periodo enero-agosto de 2014). La figura 2 presenta la trayectoria en el tiempo de la calidad del aire y del número de protestas promedio para estas 29 estaciones. En general, la relación es de nuevo negativa; al aumentar el número promedio de protestas cercanas a cada estación de monitoreo, la contaminación disminuye. 

figura2

Figura 2.

¿Podría esta correlación ser producto de una coincidencia y estar ocultando algún otro factor que determina tanto el número de protestas como la calidad del aire? Sin duda. Estas correlaciones sugieren, pero no demuestran, que las protestas podrían causar menor contaminación en promedio. La evidencia contrasta fuertemente, sin embargo, con la acusación de que las marchas deterioran la calidad del aire. 

La lógica detrás de este hallazgo es simple y persuasiva: al anticipar una marcha en su trayecto, los viajeros deciden usar medios de transporte que contaminan menos que los automóviles. En la Ciudad de México, una alternativa obvia para muchos viajes es el metro. 

Si esta sustitución en el modo de viaje es una decisión que en efecto toma un número suficientemente grande de conductores, se esperaría que el uso del metro aumente durante los días en los que hay marchas. Esto es precisamente lo que muestran los datos. Para el mismo periodo, la figura 3 muestra la trayectoria en el tiempo de la afluencia promedio en las líneas del metro y en el número promedio de protestas promedio asociadas a cada línea. El patrón es evidente: al aumentar el número de movilizaciones, también lo hace el número promedio de usuarios por línea de metro.

figura3

Figura 3.

La asociación negativa entre protestas y calidad del aire, por un lado, y el aumento en el uso del metro cuando puede evitarle a los viajeros la congestión de una marcha, por otro, sugieren una conclusión simple y en realidad poco novedosa: aumentar los costos de viajar en automóvil en un contexto en el que existen alternativas de transporte público de bajas emisiones puede llevar a una mejor calidad del aire. 

Al decidir la respuesta a las recientes contingencias ambientales, los gobiernos locales de la zona metropolitana deberían considerar medidas que incidan directamente en el costo de utilizar el automóvil en cada viaje, y priorizar políticas públicas que estén basadas en evidencia. Hay datos disponibles y buenos análisis de qué ha funcionado y qué no. No es buena idea ignorarlos.

Ek Francisco Garfias es candidato a doctor en ciencia política, Universidad de Stanford.


Acá se puede acceder a la nota metodológica, a los datos y a la replicación del análisis.

Te recomendamos: