El 11 de febrero de 2026 durante la conferencia matutina de la presidenta Sheinbaum, el director del IMSS, Zoé Robledo, presentó una diapositiva con resultados de la medición de anticuerpos contra el sarampión en mexicanos de distintos grupos de edad. Este cálculo se hizo durante el levantamiento de la última Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT), tomando muestras de sangre a un pequeño grupo de personas representativo de la población total. La gráfica además mostró el nombre del presidente en funciones durante el periodo en que estas personas debieron haber recibido su segunda dosis de vacuna (a los 6 años, según el esquema vigente antes de 2022).

Según los datos presentados, la presencia de anticuerpos contra el sarampión tiene su punto máximo en el grupo de 8 a 10 años (83 %) y muestra una tendencia descendente en personas de mayor edad, hasta llegar a 50 % en el grupo de 31 a 35 años. Robledo lo atribuyó a la deserción del esquema y señaló: “Lo que queríamos ver es: ¿a quién le hubiera tocado?, ¿en qué gobierno se debió haber puesto esa dosis?”. Con ello, el énfasis se colocó en la actuación de administraciones pasadas, reproduciendo un patrón común en el discurso oficial.
Las reacciones no se hicieron esperar. Un diputado del PAN, Éctor Jaime Ramírez, sostuvo que “no pueden echarle la culpa ahora a Porfirio Díaz; hoy mueren niños nacidos durante el gobierno de López Obrador por falta de vacunas contra el sarampión”, según reportó El Financiero. En redes sociales el director del ISSSTE, Martí Batres, retomó lo expuesto en la conferencia matutina y afirmó en su cuenta de X que todos los casos detectados en su institución corresponden a personas que nacieron antes de 2019. Por su parte, el exsecretario de Salud Salomón Chertorivski respondió que la tasa de incidencia se concentra entre los niños de 1 a 4 años, tomando en cuenta todos los casos confirmados en el país. Así, el brote de sarampión se convirtió muy rápido en un campo de batalla partidista, donde las acusaciones cruzadas y la búsqueda de culpables sustituyeron al análisis profundo.

Cobertura nacional de vacunación y seroprevalencia
¿Cuál es el mejor indicador de que un país está protegido contra el sarampión? En sus manuales de vigilancia la Organización Mundial de la Salud (OMS) prioriza la cobertura de vacunación sobre la medición de anticuerpos. Esta preferencia se basa en la viabilidad de cada estrategia.
Los datos de cobertura, definidos como el porcentaje de niños que recibieron la primera y la segunda dosis de la vacuna según el calendario nacional, se recopilan de forma rutinaria prácticamente en todos los países. Esta disponibilidad constante de información permite evaluar el desempeño de los programas de vacunación y la toma de decisiones correctivas en caso de ser necesario.
A pesar de ser el indicador preferido, la cobertura de vacunación tiene limitaciones que impiden que sea el único parámetro de vigilancia. La calidad de los datos administrativos puede verse comprometida por denominadores poblacionales inexactos, errores en el registro o la falta de integración de los servicios de salud privados. Además, la cobertura es una medida de la prestación del servicio, no necesariamente de la protección biológica. Por esto, la OMS reconoce que sólo los estudios serológicos pueden proporcionar una medición directa de la inmunidad poblacional, integrando tanto la obtenida por la vacuna como la adquirida por infección natural. Estos estudios son muy útiles para identificar brechas de inmunidad que no son evidentes en los datos de cobertura.
En el contexto actual, identificar que la generación de 1993 - 2002 tiene menor proporción de anticuerpos protectores podría ayudar a valorar la factibilidad de una campaña de refuerzo vacunal en ese grupo de edad, sin importar la certeza de tener el esquema completo.
Desvanecimiento inmunológico
Ante el resurgimiento del sarampión en México, un fenómeno biológico merece nuestra atención: el decaimiento de la respuesta inmune vacunal. Un artículo también citado por Zoé Robledo durante la conferencia matutina, basado en la ENSANUT de 2022, arrojó un dato crucial: la generación nacida entre 1993 y 2002 es la que hoy en día presenta la menor proporción de anticuerpos neutralizantes contra el sarampión. Lo más sorprendente es que esta misma generación, según la ENSANUT de 2012, mostraba una seroprevalencia superior al 98 %, es decir, una protección excelente. Esto nos lleva a dos conclusiones clave: primero, que este grupo de edad contó con una cobertura vacunal adecuada en su momento, y segundo, que sus niveles de anticuerpos protectores han decaído con el paso de los años.
El impacto de este fenómeno en la transmisión actual es incierto –no necesariamente el riesgo de sarampión aumentó de manera proporcional a la pérdida de anticuerpos– y plantea una interrogante: ¿a qué se debe esta mengua en la protección? Una explicación plausible es, de manera paradójica, el éxito de la propia vacunación. La alta cobertura impidió que el sarampión circulara de forma libre en el ambiente. Al no haber circulación, se eliminó el refuerzo natural que se producía cuando las personas previamente vacunadas entraban en contacto con el virus silvestre, lo que estimulaba su sistema inmune y mantenía altos sus niveles de anticuerpos por más tiempo. Este fenómeno sí se observó en generaciones previas, donde incluso quienes recibieron esquema de vacunación de una sola dosis (1970-1997), al estar en contacto con la circulación libre del virus, lograron mantener niveles persistentes de anticuerpos protectores.
Esta transición demuestra que el éxito en erradicar el sarampión no es un logro estático, sino un estado dinámico que exige reevaluar de manera constante nuestra vulnerabilidad colectiva. Estos elementos ayudan a comprender mejor el comportamiento de la enfermedad y señalar a los principales culpables del brote de sarampión: décadas de vacunación efectiva y la naturaleza del sistema inmunológico. Aunque también hay otros sospechosos.
Un objetivo referido con frecuencia de cobertura deseable de vacunación es de al menos 95 %. Según estimaciones conjuntas de la OMS y Unicef, en los últimos 10 años esto sólo se ha logrado en México en 2016 (98 %), 2018 (99 %) y 2021 (97 %), en el caso de las segundas dosis de la vacuna contra el sarampión. Lo más alarmante es que en los últimos años las coberturas han estado muy por debajo de esta meta y a la baja: en 2022 se estimó en 83 %; en 2023 en 74 %, y en 2024 en sólo 69 %. De manera coincidente, en 2022 sólo se ejerció el 25 % del presupuesto aprobado para el programa de vacunación, en 2023, el 21 % y en 2024, el 31.6 %. Es difícil omitir esta información si se busca encontrar responsables.
Por último, también debe mencionarse el estado actual de la confianza en las vacunas. Este es un aspecto que suele pasarse por alto en nuestro país por el éxito que históricamente han tenido las campañas de vacunación y, por lo mismo, poco estudiado. Aún así, vale la pena repasar los resultados de la Pandemic Recovery Survey conducida por el Instituto para la Métrica y Evaluación de la Salud, la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich, Universidad de Maryland y Meta. En ella, a pesar de que el 86.3 % de las personas encuestadas considera que las vacunas son importantes para los niños, sólo el 56.6 % reporta que son compatibles con sus creencias, el 61.6 % que son efectivas y el 63.2 % que son seguras. Pese a que en medios de comunicación y redes sociales se han observado largas filas de personas buscando la aplicación de la vacuna, esta es una situación que no puede subestimarse.
En suma, el brote actual de sarampión en México no puede reducirse a una narrativa de culpables sexenales. Los datos muestran una realidad más compleja: coexistencia de generaciones con desvanecimiento inmunológico, subejercicio presupuestal en el programa de vacunación, caídas recientes y sostenidas en su cobertura, y señales incipientes de erosión en la confianza de las personas. Recuperar y sostener la eliminación exige algo más que señalar gobiernos pasados o presentes: requiere inversión sostenida, estrategias focalizadas que cierren las brechas de inmunidad y un esfuerzo por construir un sistema de salud capaz de anticipar riesgos y corregir desviaciones antes de que se conviertan en crisis.
Este artículo expresa los puntos de vista de los autores y no representa la posición de la institución donde trabajan.
Shaúl Navarro Lara
Médico infectólogo. Jefe Médico del Laboratorio de Microbiología en el Antiguo Hospital Civil de Guadalajara
Oscar Estrada Gómez
Médico salubrista. Estudiante de doctorado en la Texas A&M University