
Llegó otra vez, sin falta, como algo que se aprendió de memoria y sin cuestionar. Cada quince de mayo se repite la inefabilidad e imprescindibilidad de los maestros, porque es lo que toca, las veces que sean necesarias, toda la vida si es preciso; y es que el gesto de reconocer la docencia en México parece condenado a repetirse hasta la idealización, evocando las labores de aquellos profes que la nostalgia convierte en figuras ejemplares, heroicos personajes cuyas vocaciones inquebrantables moldearon el camino para que nosotros pudiéramos llegar hasta aquí.
Manzanas se regalarán a destajo y escritos cursis rememorarán anécdotas que, entre melancolía y lugar común, terminarán por edulcorar lo que significa enseñar.
Así, entre lo de siempre y lo falaz, al maestro con cariño, se va consolidando un complaciente discurso que celebra la vocación de quienes a nuestra consideración realizaron un trabajo impecable, dejando una marca indeleble al formarnos. Porque claro, uno se acordará y celebrará a los buenos maestros, a aquellos que nos forjaron el carácter, nos inspiraron, quienes estuvieron presentes más allá del aula y que, en el recuerdo, terminan concentrando todo lo que creemos que debe ser la enseñanza.
Nadie se acordará ni tampoco traerá a su memoria a la profe que era aburridísima y que nos alejó para siempre de la materia que impartía, del que encontró en el alcohol una vía de escape al tedio y que ejercía sus labores en condiciones lamentables, del antipático que nunca supimos atravesaba una de sus peores crisis personales y la trasladó a clase, de la que un día lloró frente a todo el grupo sin explicación, o del que hicimos llorar ante nuestras conductas irrespetuosas e indecentes. Procuramos evitar esas historias que implican asumir que estos profes también existen y que son parte de un sistema que pocas veces se mira a sí mismo con honestidad.
Lo más triste es que esa es la experiencia mayoritaria a lo largo de los años que uno transita por las aulas. Los profesores malos o, más aún, los mediocres, suelen ser la norma. Tampoco es como que recordemos a los docentes que simplemente cumplieron su trabajo sin más, aquellos que repitieron contenidos sin convicción o cuidado, ni qué decir de aquel cuyo rostro recordamos pero su nombre hemos olvidado por completo. La memoria suele reservarse para los casos excepcionales, mientras que la pequeñez cotidiana, la que estructura buena parte de la experiencia educativa, pasa inadvertida.
Y sin embargo, buenos, malos, mediocres, inolvidables y olvidables, sobre todos y cada uno de ellos se sostiene una institución como la escuela, sorteando crisis y solventando tensiones coyunturales; porque durante mucho tiempo la autoridad y la disciplina bastaron para mantener en pie un orden que hoy se encuentra cada vez más cuestionado. Esa lógica permitió dinámicas educativas sin mayor necesidad de justificación, bajo la idea de que enseñar implicaba, ante todo, imponer un método y exigir su cumplimiento.
Pero hoy ese esquema muestra sus límites y se torna insuficiente para responder a contextos más complejos que ya no admiten formas de autoridad incuestionadas ni procesos de aprendizaje ajenos a la comprensión y el sentido.
Por eso, en este entorno vale la pena detenerse e intentar advertir cómo ha cambiado la figura del profe a lo largo del tiempo, pues no es lo mismo ejercer la docencia hoy que hace cincuenta años. Las transformaciones sociales, culturales y tecnológicas han modificado las expectativas sobre quien enseña, exigiendo una relación más cercana, más empática y consciente del alumnado. No se trata de facilitarlo todo, aceptando cualquier capricho, tampoco de renunciar a la exigencia, sino de entender que el proceso educativo ya no puede sostenerse solo en el poder.
Ahora bien, lejos de resultar una cuestión más sencilla, por el contrario, ser profe en la actualidad implica asumir una tarea atravesada por exigencias múltiples que van más allá de la transmisión jerárquica de contenidos. Supone gestionar emociones, contextos plurales, brechas sociales y tecnológicas, así como sostener la atención y el sentido del aprendizaje en entornos marcados por la inmediatez y la incertidumbre. Implica también reconstruir la autoridad desde la legitimidad y el diálogo, entendiendo que enseñar hoy demanda mucho más que dominar una materia.
Y si a eso le sumamos la precarización, el panorama se vuelve aún más apremiante. Contratos inestables, salarios insuficientes, sobrecarga administrativa y falta de reconocimiento institucional forman parte del día a día de muchos docentes. A ello se agregan grupos numerosos, escasos recursos materiales y una presión constante por cumplir con programas y evaluaciones.
La tormenta se vuelve perfecta cuando aparece un alumnado apático pero, al mismo tiempo, contradictoriamente presuroso por obtener resultados inmediatos, por acreditar sin necesariamente aprender, por cumplir con lo mínimo en un mercado que privilegia la rapidez sobre la comprensión; como si quienes asisten a la escuela a aprender dejaran toda la responsabilidad del proceso en quien enseña, desplazando el compromiso propio y asumiendo que el conocimiento puede recibirse sin esfuerzo alguno.
No es nada sencillo ser profe hoy, como tampoco lo fue ayer. En el marco del Día del Maestro conviene reconocer la ambivalencia de la actividad docente, donde la exaltación de los buenos profes tiende a la irrealidad y a una tramposa añoranza.
Se me encoge el corazón cuando traigo a mi memoria no a quienes me educaron, sino a quienes lo pretendieron y no lo lograron, mejor dicho, a los profes que lo intentaron a su manera, que hicieron lo que pudieron con lo que tuvieron.
Hoy, en tiempos de simulada perfección, donde el algoritmo produce todo a la primera y sin errores, ya no me interesan tanto los triunfos como las derrotas, porque en ellas radica el verdadero secreto de enseñar, en equivocarse y enmendar, en la equivocación como fundamento de una práctica sin garantías, construida a partir de persistencias que, incluso sin proponérselo, terminan educando.
Si Kant insistió en que las personas no llegan a ser personas más que por la educación, y que esta debe concebirse como un arte que se perfecciona a lo largo de las generaciones, entonces también hay que asumir que ese proceso está fundado en fracasos y hastíos. Porque en aquellos maestros que estuvieron, incluso cuando no supieron cómo, también pasa lo que somos.
Juan Jesús Garza Onofre
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor en el ITAM y El Colegio de México