Al momento de escribir este texto, Keir Starmer ha sobrevivido un día más. El miércoles 12 de mayo, el Rey Carlos III dará su discurso desde el trono: inaugurando una nueva sesión en el Parlamento y delineando el nuevo programa legislativo del gobierno. Será un discurso escrito por Starmer.
El 12 de mayo llegará para irse. Starmer podrá haber dicho a su gabinete que no renunciará, que el proceso para removerlo como líder laborista no ha comenzado. Más de 100 miembros del Parlamento han pedido su renuncia, cuatro ministros han renunciado y se especula que la Ministra del Interior y la de Asuntos Exteriores ya le han pedido partir. Starmer está atrincherado, mostrando agallas para salvarse —las mismas que nunca tuvo para gobernar—. Es demasiado tarde. Boris Johnson también insistió en pelear y no dimitir. Es poético, la historia repitiéndose, la incompetencia siendo la misma: el anti-Boris convirtiéndose en Boris.
Cuando Boris Johnson entró en 2019 a 10 Downing Street, la residencia oficial del Primer Ministro británico, lo hizo por la puerta grande. Acababa de ganar una elección de forma contundente: casi 14 millones de votos: 40 % del total, con 365 escaños de 650 diputados y con Jeremy Corbyn fuera como líder del Partido Laborista. Entraba con una agenda poderosa: levelling up el Reino Unido, invirtiendo en las “zonas olvidadas” del país, para nivelar las diferencias entre unas regiones y otras y getting Brexit done, para zanjar el tóxico asunto que ya había consumido la carrera de dos sus antecesores. Entraba, además, siendo Boris: con una confianza que rayaba en el cinismo y un carisma atípico para cualquier político. Boris Johnson entraba con votos, agenda y eso que los británicos llaman flair.
Casi cinco años después, tras una pandemia, periodicazos por corrupción, escándalos sexuales, mucho cinismo, y exceso de incompetencia por parte de Johnson y sus sucesores conservadores, Keir Starmer, líder del Partido Laborista, cruzó la puerta de 10 Downing Street siendo el anti-Boris. Es cierto, Starmer ganó una elección con 411 escaños de 650: una mayoría abrumadora. También es cierto que lo hizo con menos de 10 millones de votos, apenas 33 % del voto total y 500 mil votos menos que Corbyn en 2019 y casi 3 millones menos que en 2017. Como fuese, Starmer entró a Downing Street con un mandato poco claro, no por los números sino por el desencanto. Y es que nadie —o al menos muy pocas personas— votó por el Partido Laborista con entusiasmo.

El primer discurso de Starmer como Primer Ministro lo recuerdo bien. Prometió un gobierno de “renovación nacional” y regreso de la política al “servicio público”: el retorno de los adultos responsables después de las irresponsabilidades Johnson, Liz Truss y el Partido Conservador. Dio aquel discurso con su tono monótono y su voz contenida, usando frases cortas y precisas, como el abogado puntilloso que se supone que era. Sin prometer grandes cosas, sin referencias a políticos del pasado, a sus héroes personales, su historia de vida, sus motivaciones personales, nada. Starmer, sin agenda, sin votos, sin flair, le prometió a un electorado ansioso de cambio el compromiso con una “reconstrucción, paciente y calma”.
Poco menos de dos años después, Starmer termina su periodo en Downing Street como Boris Johnson: defenestrado. La razón es obvia. El 7 de mayo, en las elecciones locales, el Partido Laborista perdió casi 1500 consejeros —algo así como regidores—. Perdió, además, por quinta vez consecutiva, las elecciones al parlamento escocés y por primera vez en más de 100 años, perdieron el control local en el país de Gales. Starmer, el primer ministro menos popular de la historia, condujo a su partido a la catástrofe.
¿Cómo se llegó aquí? Son muchas las respuestas. Primero está el hecho de que Starmer ganó la elección del 2024 sin comprometer su gobierno a algo. Con tal de no despertar críticas, de la prensa y el electorado, Starmer destripó su programa de gobierno y afuera quedaron propuestas ambiciosas de transición energética, reforma fiscal, derechos laborales, política industrial. También está otro hecho innegable: Starmer nunca supo comunicar lo que quería hacer y, en cambio, decidió envolverse en una serie de slogans y frases útiles. Starmer decidió hablar en tecnócrata. Así, mientras desechaba la ambición del cambio, su gobierno abrazaba un plan de seis metas, cinco misiones, tres fundaciones, todas urgentes, pero nada claras, azuzando un ambiente de emergencia que Starmer atacaría a paso glaciar —calmo y paciente—.
Hay otros motivos. Starmer llegó a mayo 2026 tras meses de un paupérrimo control de daños por el asunto de Peter Mandelson, el “Príncipe de la Oscuridad”, cómplice de Tony Blair y amigo cercano, cercanísimo, del pedófilo Jeffrey Epstein. Con apenas ocho meses en el cargo, Mandelson fue despedido como embajador del Reino Unido en Estados Unidos al difundirse en la prensa los detalles de su continua amistad con Epstein. Mandelson era amigo de Epstein, incluso después de que Epstein fuese condenado por corrupción de menores. No sólo eso. Siendo primer secretario de Estado, Mandelson filtró conversaciones del gabinete británico a Epstein, cuando el Reino Unido y el primer ministro Gordon Brown, peleaban contra el colapso del sistema financiero global en 2009. Starmer se dijo “furioso”: Mandelson traicionó su confianza, la de su partido, la del pueblo británico. Yo no entiendo por qué la furia. Mandelson era un cartucho calcinado, un político de lengua bífida, con una fijación por el dinero, la intriga y el tráfico de influencia. Los furiosos fueron otros: el público británico con su primer ministro, un abogado supuestamente brillante, que se hizo el sorprendido al descubrir que las ratas tienen cola.
El caso es que el Mandelson affaire ha tenido sus consecuencias. Tras el escándalo, el Jefe de Gabinete de Starmer —su segundo en menos de 24 meses— presentó su renuncia. También lo hicieron el servidor público de más alto rango, el Secretario del Gabinete —su segundo en menos de 13 meses—, y el jefe del servicio exterior. Dos jefes de gabinete, dos secretarios del gabinete y cuatro directores de comunicación después, Starmer siguió en Downing Street, prometiendo “hacerse cargo” y esta vez asumiendo responsabilidad.
Un tercer motivo es el giro a la derecha de su gobierno. Bajo el supuesto de que la caída en las encuestas del laborismo se debía a que sus votantes se decantaban por Reform, el partido pro-Brexit, nativista y populista de un político llamado Nigel Farage, Starmer viró a la derecha. Primero fue la adopción de un discurso muy duro contra la migración: la ilegal y la legal. El Reino Unido corría el riesgo de convertirse en “una isla de extraños” y eso justificaba medidas cada vez más draconianas sobre visas, asilo, policía, beneficios. Segundo fue una retórica hostil contra aquellos que dependen de la política social, seguida de una serie de recortes al sistema de beneficios por incapacidad y subsidios al costo de la energía.
No puede decirse que estas propuestas, que buscan interpelar al votante de la clase trabajadora y que mira a los migrantes y a los dependientes con recelo, hayan sido exitosas. Los recortes a la política social cayeron mal con los miembros laboristas del Parlamento. A su vez, la narrativa nativista, anti-migrante, es impopular con los votantes de clase media en zonas urbanas y que hoy son el voto duro de Labour. Peor aún, Starmer intenta rebasar a Farage y Reform por la derecha, sin darse cuenta de que la derecha lo detesta, dispuesto a voltearle la cara a su partido y darles la espalda a sus votantes a cambio de nada.
En el corazón de todo esto —el estilo tecnocrático, la cobardía para asumir los costos de la ambición, el desaseo por darle protagonismo al compinche de un pedófilo, la traición a los valores y el programa de izquierda— está lo que en realidad es Keir Starmer. Un abogado, el antiguo fiscal general del país, el hijo de una madre enferma y un padre que trabajaba con sus propias manos haciendo herramientas, el hermano de alguien que murió de cáncer en la pobreza, un aficionado del Arsenal. Todo eso es Starmer y a la vez no es nada.
En la prensa se ha filtrado que Starmer es un hombre poco curioso, indispuesto para la lectura, más interesado en conducir una junta que en entender los asuntos. Se ha dicho que es lento para tomar decisiones y muy propenso a delegar responsabilidades. Hace no mucho, un periodista le preguntó si se detenía a pensar en la historia, en los más de 300 años que el cargo de Primer Ministro ha existido, en los retos y en las personas han ocupado esa oficina. Starmer dijo que no, que él no piensa en eso. Un cascarón hueco.
Y es que este es el meollo. En su centro, Starmer es la persona menos apta para ejercer liderazgo político. Por eso tiene sentido que dependa tanto de su profesión: el derecho y la pulcritud procesal como la antítesis de lo sucio de la política. También tiene sentido su predisposición al lenguaje técnico, la voz contenida y la cara compungida. Todos quienes vivimos en esta isla —al menos 7 de cada 10 personas— lo sabemos: verlo caminar, escucharlo hablar, es como ver a un coche estrellarse en cámara lenta contra una pared invisible.
Mi vida ha estado atada al Reino Unido desde hace 5 años. He estudiado, rezado, reído, cantado y bailado con ellos. Me he enojado y me he embriagado con ellos y aunque —evidentemente— no puedo hablar por ellos, me queda claro que los británicos son despiadados con sus políticos, como debe ser. Si alguien no funciona, si alguien no cumple las expectativas, el público no se toca el corazón: al final, los votantes que desecharon a Corbyn en el noreste inglés son los mismos que apoyaron a Boris Johnson, para abandonarlo en 2024 por Starmer, para rechazarlo hace unos días por Farage. Alguien diría que es “volatilidad electoral”, pero yo creo que es mucho más simple: hartazgo, frustración, ansias y la contundencia de quien sabe que sostiene la sartén por el mango.
Por eso la caída de Starmer está siendo tan ruidosa. Starmer, el cascarón hueco, es el político que los británicos no toleran. No es que no tenga agenda, o que no sepa comunicar, o que no asuma responsabilidades. Es algo mucho más profundo. La incompetencia de Starmer se agrava con su vacío —al menos Boris Johnson tenía flair.
Y vuelvo a la historia para recordar lo que significa ser primer ministro. Quien es primer ministro comanda una mayoría. Sin una constitución escrita, como la nuestra, la mayoría que lidera el primer ministro puede hacer lo que le plazca, siendo que, en el Reino Unido, es el Parlamento soberano. En términos prácticos, esto implica que —para terror de nuestros transitólogos—, en el Reino Unido los “frenos y contrapesos” son más el producto de la autocontención, que de los estatutos.
El cargo requiere ser decisivo. El primer ministro británico puede nombrar obispos, puede abrogar leyes a placer y sin consultar a la oposición, puede desaparecer la Suprema Corte, convocar a elecciones cuando mejor le parezca. Vamos, de quererlo, podría extinguir al Rey.
Quizá por eso 10 Downing Street ha sido habitada por personas de altísimo calibre, dispuestas a decidir, a comerse el pastel antes que deliberar quién repartirá los tenedores y las servilletas. Allí habitó William Pitt, quien movilizó al país para derrotar a los ejércitos de Napoleón. También H. H. Asquith y David Lloyd George, quienes extorsionaron al Rey con tal de aprobar el primer presupuesto que construyó la seguridad social. Clement Attlee, quien dobló las manos de médicos y hospitales, para construir un Sistema Nacional de Salud. Incluso Thatcher, quien tuvo las agallas para acabar con más de 30 años de consenso económico. Todos ellos en algún momento fueron rechazados —excepto Pitt, que murió en el cargo—, pero no sin antes haber logrado algo. Starmer, como Johnson, está siendo desechado, sin haber logrado nada. Un anti-Boris que termina como Boris. Hay una conclusión adicional. La política británica, con su electorado despiadado, su prensa incisiva y su Parlamento poderosísimo, no es para las personas huecas. Aquí hacen falta agallas y Starmer nunca las tuvo.
Andrés Ruiz
Gates Cambridge Scholar y estudiante de Política y Estudios Internacionales en la Universidad de Cambridge