
A fines de abril de este año, Londres amaneció con una estatua nueva en Waterloo Place, a dos pasos de Downing Street, junto a sedes gubernamentales, monumentos oficiales y memoriales históricos que apelan al imperio británico. La obra muestra a un hombre trajeado que avanza erguido sobre un pedestal. En la mano derecha sostiene una bandera que ondea con tanta fuerza que le cubre el rostro. No mira hacia dónde camina, está a punto de caer.
La obra es del artista inglés Banksy. La metáfora no necesita demasiada explicación: la bandera funciona como una venda que obstruye la mirada. No representa el arraigo legítimo por un país, ni la historia compartida de una comunidad política, sino su deformación más peligrosa. El individuo está por caer al venerar ciegamente a la nación.
La estatua apareció poco antes de las elecciones locales británicas del 7 de mayo, que marcaron un avance significativo del Partido Reformista de Nigel Farage y un revés para el laborismo de Keir Starmer. Pero la fuerza de la obra no depende sólo de la política del Reino Unido. Resuena precisamente porque habla de una época en la que demasiados líderes descubrieron que una bandera sirve lo mismo para emocionar, dividir y mandar, aunque no necesariamente para gobernar.
Una periodista local documentó algunas reacciones. Destaca la de unos turistas estadounidenses que vieron en la figura el retrato grotesco de su propio país: "Ese es nuestro presidente, el gordo ese, allá arriba. Es igualito. Miren lo que le está haciendo al mundo". Y es que la segunda presidencia de Donald Trump ha significado, ante todo, el ejercicio del poder sin control en aras de recuperar la "grandeza estadounidense". Esa gramática es especialmente visible en política exterior, donde hoy opera una secuencia de presión, espectáculo y subordinación. Aranceles, amenazas, guerras, desprecio por las instituciones multilaterales y una visión del mundo transaccional. Día tras día, el viejo orden liberal se vacía de reglas, de confianza y de sentido.
Pero el nacionalismo no sólo pertenece a la derecha. En América Latina puede vestirse lo mismo de mercado o de revolución que de mano dura o de soberanía popular. Puede hablar con la estridencia de Javier Milei y la eficacia autoritaria de Nayib Bukele, pero también con el tono moral del movimiento del expresidente Andrés Manuel López Obrador. Cambia la letra, pero la melodía es la misma. La nación como argumento absoluto, coartada para acomodar la realidad a conveniencia, cancelar matices y convertir cualquier crítica en traición.
Benedict Anderson nos recordó que todas las naciones son, en el fondo, comunidades imaginadas, es decir, construcciones sostenidas por relatos, símbolos y afectos compartidos que dan cohesión a cualquier proyecto de nación. La imaginación nacional es real, poderosa y necesaria. El riesgo, sin embargo, es que la imagen sustituya la realidad, que el relato deje de ordenar una experiencia común para ocultar las fracturas del país, y que la comunidad imaginada se degrade en comunidad imaginaria.
México conoce bien esa tentación, sobre todo ahora que buena parte de la discusión pública vuelve al tema de la soberanía nacional. En un país marcado por intervenciones extranjeras y pérdidas territoriales, la defensa de la soberanía tiene razón de ser y un lugar legítimo en el vocabulario político. Pero más que una consigna, la soberanía es una capacidad. Una cosa es invocarla como gesto de dignidad; otra, mucho más difícil, es ejercerla. Y la distancia entre lo que el gobierno de México dice sobre protegerla y las capacidades reales que tiene para sostenerla es difícil de ignorar.
La acusación del Departamento de Justicia contra Rubén Rocha, gobernador con licencia de Sinaloa, por presuntos vínculos con el narcotráfico abrió un debate previsible. De inmediato apareció el reflejo soberanista de exigir pruebas, denunciar motivaciones políticas, rechazar cualquier insinuación de subordinación a Washington. Parte de esa reacción es natural y está justificada. Estados Unidos no actúa desde la pureza moral ni la neutralidad política, y su postura hacia México mezcla preocupaciones legítimas de seguridad con cálculo electoral e intervencionismo. Pero reducir el caso Rocha a un capítulo más de la confrontación con Trump esquiva lo que el expediente revela sobre el país.
En otros espacios he argumentado que la relación con Estados Unidos y la soberanía mexicana están inevitablemente conectadas, pero no son la misma discusión. Si frente a una acusación contra un gobernador lo único que hacemos es cuestionar las motivaciones políticas de Washington, eludimos lo fundamental, que es determinar qué hizo el Estado mexicano para investigar, documentar y actuar antes de que otro país lo hiciera por él. Si la respuesta es nada, la indignación soberanista sólo deja a México más expuesto.
El caso Rocha es el síntoma de la captura del Estado en regiones enteras del país. Los mexicanos y mexicanas sabemos que no se trata sólo de criminales, sino de estructuras que penetran al Estado desde dentro, que disputan la fuerza pública, condicionan decisiones, y convierten autoridades locales en piezas de su propia maquinaria. Todo esto es lo que la discusión soberanista suele soslayar.
Más allá de extrañamientos diplomáticos, la soberanía debería afirmarse en las calles de Culiacán, en los caminos de la sierra donde las autoridades ya no pueden entrar, en los municipios donde todos saben quién manda, pero nadie puede decirlo en voz alta. Un país atravesado por corrupción, violencia persistente y miles de desapariciones no sostiene su autoridad con declaraciones de indignación. La sostiene cuando puede investigar a tiempo, proteger a sus ciudadanos, juzgar a los responsables y gobernar su territorio. Esas capacidades no aparecen por decreto; se construyen con voluntad, instituciones y Estado de derecho.
Una comunidad política necesita pertenencia, memoria y orgullo compartido; también necesita verdad, capacidad institucional y resultados. Cuando esos elementos se separan, la patria empieza a parecerse a una escenografía bien montada que convence desde fuera, pero se revela frágil al mirarla de cerca. México necesita una idea adulta de la patria. Una que no confunda dignidad con aislamiento, ni crítica con deslealtad y, sobre todo, que entienda que defender al país no significa negar sus fracturas, sino mirarlas de frente.
En la escultura de Banksy, el hombre todavía no cae. Ese instante suspendido es poderoso porque significa que aún hay tiempo de voltear la mirada y poner los pies en la tierra. Sólo que para eso hay que soltar un poco la bandera, retirarla de los ojos, y reconocer la realidad antes de dar el siguiente paso.
Alexia Bautista
Exdiplomática mexicana e internacionalista por El Colegio de México.