La derrota de la autocracia en Hungría y sus lecciones para México

El político populista húngaro Viktor Orbán, que llevaba 16 años en el poder, fue derrotado de manera abrumadora en las urnas el pasado 12 de abril, a pesar de que el líder autocrático controlaba prácticamente todos los aspectos de la vida pública de su país. Hungría, un país de Europa oriental con cerca de 10 millones de habitantes, se había convertido en un referente mundial de la derecha autoritaria en la medida en que Orbán convenció al mundo de que era posible establecer un régimen autoritario semifascista en plena Unión Europea (UE), aliarse con Vladimir Putin de manera descarada en contra de los intereses geopolíticos de la propia UE y también hacerle el juego a Donald Trump y apoyar sus aventuras imperiales a escala global.

Orbán era el hombre tanto de Putin como de Trump en la Unión Europea. Vetaba decisiones fundamentales del Parlamento Europeo para apoyar a Ucrania; desconocía las leyes y regulaciones europeas que protegen la democracia liberal; ayudaba a Putin a librar las sanciones impuestas a Rusia; y era, además, la cabeza de playa económica de China en Europa. La UE tardó mucho tiempo en sancionar a su partido, el Fidesz, como promotor de una autocratización interna y de una alianza abierta con las autocracias rusa, china y norteamericana. Apenas hace un par de años la UE suspendió el envío de subsidios europeos a Hungría, fundamentales para su economía. Este factor, junto con su abierto apoyo a Rusia en contra de Ucrania, dañó decisivamente su legitimidad interna.

Ilustración: Estelí Meza

El resultado fue sorprendente, pues Orbán parecía haber construido el modelo prototípico de un régimen autoritario en Europa, que él denominó una “democracia iliberal”, y cuyo último remanente democrático era la celebración puntual de elecciones parlamentarias y de gobiernos locales. Orbán controlaba los canales de televisión, pues obligó a los antiguos dueños de los canales privados a venderlos a empresarios fieles al régimen o los estatizó directamente. Lo mismo hizo con periódicos y revistas. Más aún, controló las universidades y los centros de pensamiento, prohibió o limitó a las ONG independientes y persiguió a los líderes morales y políticos de la oposición. Impuso, casi desde el principio de su gobierno, un modelo casi totalitario de control de todas las esferas de la vida pública, que incluyó la expulsión del país de muchas personas, un abierto racismo contra la población minoritaria de diversos orígenes sociales y geográficos y una campaña anti-LGTBQ+ de una radicalidad enfermiza. Hungría, en realidad, es un país monolítico desde el punto de vista racial y lingüístico. No hay ninguna diferencia efectiva entre los componentes de la nación, excepto los gitanos, que son contra quienes orientó el odio racial interno, y los migrantes extranjeros, de los cuales depende muchísimo la economía nacional.

Desde que empezó la invasión rusa de Ucrania, Orbán logró convencer a una buena parte de sus compatriotas de que Ucrania era una amenaza para su forma de vida y para el futuro de su país debido a su “occidentalización”, es decir, por su defensa de la democracia liberal y su tolerancia a minorías, especialmente a la población LGBTQ+. Orbán compró el discurso putinista de que la civilización occidental estaba en riesgo por la decadencia moral de Occidente y la llegada incontrolada de extranjeros no cristianos a Europa, y se presentó a sí mismo como el padre protector de la nación húngara frente a los riesgos de la contaminación cultural extranjera. Con este pretexto, suprimió la mayoría de las libertades civiles, prohibió la entrada de extranjeros al país, persiguió ONG de derechos humanos y, gracias a las supermayorías parlamentarias que consiguió en tres elecciones sucesivas, cambió la Constitución decenas de veces para garantizar su control sobre el poder judicial, politizar la administración pública y favorecer descaradamente a su partido, el Fidesz, de tal manera que la oposición no tuviera posibilidades de ganar ninguna elección. Gracias a estas estrategias permaneció 16 años en el poder.

Sin embargo, el 12 de abril el partido de Orbán perdió las elecciones de manera decisiva. El candidato opositor, Péter Magyar, ganó dos tercios de los asientos parlamentarios con su nuevo partido, Tisza, de tal manera que ahora tiene las condiciones para echar abajo los cambios constitucionales que Orbán fue introduciendo a lo largo de su prolongado mandato, y ha prometido anular todas las instituciones autoritarias construidas por él. Entre otras, un sistema electoral básicamente de mayoría directa, es decir, que favorece más a los ganadores de mayoría en los distritos (que es lo que quería hacer la presidenta Claudia Sheinbaum en su Plan A aquí en México). También se debe revertir el control político del Poder Judicial, problema que va a tomar años resolver, porque está instalada una Suprema Corte completamente fiel a Orbán, y casi todos los jueces fueron nombrados por él a lo largo de dieciséis años. Permanece un control político estructural sobre las instituciones educativas, sobre los medios, sobre la economía de Hungría que, aunque tiene un sector privado enorme, también conserva un sector estatal relevante y padece una serie de empresarios mafiosos que se volvieron ricos gracias a Orbán.

¿Cómo es posible que Orbán haya perdido las elecciones teniendo tanto poder en sus manos? En primer lugar, tenemos que entender una paradoja: Orbán pudo hacerse un dictador gracias a Europa, y después no pudo seguir siéndolo debido a Europa.

La inserción de Hungría en la Unión Europea le permitió recibir subsidios masivos de los países europeos ricos, como antes los habían recibido España, Portugal y Grecia, y más recientemente Polonia y Hungría. Pudo, además, afiliarse al Partido Popular Europeo (Demócrata Cristiano), diciéndose un hombre de derecha democrático, y gracias a ello tuvo el apoyo de Angela Merkel, la canciller de Alemania por 16 años, un soporte decisivo que le permitió a Orbán garantizar su permanencia en la UE a pesar de su progresiva radicalización derechista y el ejercicio de un autoritarismo creciente que estaba a la vista de todos. Tuvo el manto de protección de la señora Merkel porque le convenía a ella y a su red de partidos demócratas cristianos contar con los votos húngaros en la eurocámara en Bruselas. Sin este apoyo externo de la Unión Europea, Orbán no hubiera podido prolongar tanto su mandato.

Una vez que Merkel salió del poder en Alemania en diciembre de 2021, el Fidesz fue expulsado del Partido Popular Europeo en 2022. Razones no faltaban: la UE había exigido a Orbán reiteradas veces que respetara los derechos humanos, que no colonizara el poder judicial, que no cerrara ilegalmente ONG. Hungría no fue expulsada de la Unión Europea porque no se puede expulsar un país que ya es miembro, a menos que haya una decisión unánime de todos los demás países, y varios de ellos, gobernados por partidos de derecha, no estaban dispuestos a perder un aliado importante. Eso sí, la UE suspendió los subsidios a Hungría, causando una larga recesión que afectó los ingresos de los ciudadanos y empeoró la ya de por sí precaria calidad de los servicios públicos. Nada tonto, Péter Magyar, que había sido representante de Hungría ante la UE, se dio cuenta de la oportunidad que se abría ante la expulsión del partido de Orbán. De inmediato formó un partido político nuevo, casi sin militancia y que todavía no se había probado en las urnas, Tisza, que de manera casi automática fue incorporado al Partido Popular Europeo el mismo año de 2022, lo cual le permitió recibir cierto financiamiento electoral. En Europa también se cuecen habas.

Como Magyar venía de adentro del régimen autocrático, sabía que la única manera de derrotar a Orbán era ganar las elecciones trabajando directamente en el territorio. Había que ir a los pueblos, a las regiones. Tisza no iba a tener ninguna cobertura en medios, ni siquiera en redes sociales, pues el sistema mediático era controlado por Orbán. La única manera de superar esa barrera a la entrada era trabajar a nivel de base. Magyar sabía que Orbán no podía suspender o cancelar las elecciones de 2026, pues ahí sí que la UE expulsaría a Hungría. Así que había una ventana de oportunidad.

Un sistema parlamentario con distritos territoriales permite que haya disputa a nivel local, a pesar de que a nivel nacional haya un control tan brutal como el que he descrito anteriormente. Así que Magyar se dedicó, desde 2023 en adelante, a recorrer el país hasta tres veces, pueblo por pueblo, barrio por barrio. No es muy difícil, pues Hungría es un país pequeño. Magyar localizó gente descontenta con el régimen, los hizo miembros de su partido y lanzó candidatos a diputados cuidadosamente escogidos. Para las elecciones de 2026, Magyar ya tenía una verdadera red nacional. Había logrado que muchas personas reconocidas a nivel local en sus pueblos, en sus regiones, en sus ciudades, estuvieran dispuestas a competir bajo su bandera en unas elecciones parlamentarias.

Hay que tomar en cuenta que Orbán siempre tuvo resistencia en la capital, Budapest, donde gobernó a nivel local la oposición casi todo el tiempo de su mandato, al igual que en dos o tres ciudades grandes de Hungría. A mediados de 2025, la Marcha del Orgullo Gay congregó en la capital a cientos de miles de personas, incluidas grandes delegaciones europeas y casi todas las organizaciones de la sociedad civil. El descontento popular encontró esta forma de expresión. Había, pues, una posibilidad de ir desde lo local a lo nacional en una disputa auténtica por el poder, a pesar del control que tenía Orbán sobre periódicos, televisión, universidades y empresas y de haber sacado del país a muchos opositores distinguidos.

Orbán pensó que había logrado eliminar cualquier posibilidad de competencia electoral real en contra suya. Sin embargo, alguien de adentro, como Magyar, conocía los puntos débiles de ese orden político. Uno, el internacional, que él trabajó adecuadamente a nivel europeo. Y el segundo, a nivel nacional, haciendo campaña microscópica, local. El triunfo de Magyar no fue el producto de una especie de resistencia popular masiva y súbita contra Orbán, sino la canalización política de múltiples y aisladas manifestaciones de protesta que por muchos años se habían producido, años de resistencia heroica, sobre todo en las grandes ciudades, y del trabajo político minucioso de Magyar en las zonas rurales y pueblos pequeños, donde estaba la base social de Orbán.

La única vía posible de sacar del poder a un dictador de forma democrática es la electoral, que en Hungría estaba abierta todavía. Pero para ganar había que tener un candidato viable que se pareciera un poco a Orbán, que logró establecer una hegemonía conservadora en su país. En efecto, el candidato que ganó viene de su partido, es de derecha, es un hombre conservador. Magyar asumió la agenda antiinmigrante de Orbán, por ejemplo, pero al mismo tiempo prometió garantizar la autonomía del poder judicial, darle libertad a los medios de comunicación y devolver a las universidades su autonomía. Prometió a la Unión Europea ser más democrático, limitando la reelección del primer ministro a dos periodos y sacando de la Constitución todas las limitaciones a las libertades civiles que Orbán impuso. Hay que decir que las primeras declaraciones públicas de Magyar después de su triunfo no han sido muy felices: exigió, antes de tomar el poder, la renuncia del presidente, que es quien debe nombrarlo primer ministro, y de los directores de medios de comunicación y muchos otros funcionarios. Su radicalismo inicial no parece ser prudente dadas las circunstancias. Y no sabemos aún si Magyar sea capaz de controlar sus instintos políticos y no convertirse en un nuevo autócrata.

Recibamos, empero, las lecciones del caso. En México mucha gente cree que México ya es un régimen autoritario porque Morena está a punto de terminar de controlar al INE y ya controla el Poder Judicial, desapareció a los institutos de transparencia, y todo ello, sumado a la retórica polarizante, implica que la democracia se acabó en nuestro país. Creo que es muy pronto para decir eso.

Las últimas elecciones locales que hubo en 2025 fueron competitivas y Morena perdió poder local y regional en Veracruz y Durango, que es donde las hubo. Es cierto que controló por completo la elección judicial, un proyecto absurdo en sí mismo, y era imposible que fuese de otra manera. Pero las elecciones a nivel local demostraron que puede haber competencia, y más con la pésima calidad de los políticos morenistas que fungen como gobernadores y alcaldes. La vía electoral no está cerrada, a pesar de que Morena controle el INE y al Tribunal Electoral. Pero ahí y en el Poder Judicial hay jueces y funcionarios que conservan la dignidad.

No se han anulado las libertades de expresión y de manifestación. De hecho, el país está lleno de protestas todos los días en todas partes. No se han cerrado todas las oportunidades de resistencia. Ciertamente no tenemos oposición creíble, pues el PAN y el PRI son partidos en desaparición. Hay que crear opciones, las menos malas que haya. El caso de Hungría demuestra que, en el caso de autocracias que mantienen la posibilidad de la competencia electoral, hay que pensar seriamente en organizar la disputa desde lo local hacia lo nacional, no como está acostumbrada nuestra élite intelectual y política a pensar: desde lo nacional hacia lo local, del centro a la periferia. De hecho, en México la transición a la democracia se produjo desde los estados hacia el centro. Hungría demuestra que, a pesar de la magnitud de su autocratización, una de las peores del mundo, si la ventana electoral queda abierta, es posible utilizarla en provecho de la democracia. Hay que hacer la tarea.

Alberto J. Olvera

Investigador del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana. Investigador emérito del SNI y miembro de la Academia Mexicana de la Ciencia. Tiene un Canal de YouTube: https://www.youtubecom/@porque_estamoscomoestamos

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Publicado en: Internacional

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