Clara Brugada y el ajolote

El ajolote es un batracio delicado, enfermizo y torpe, vulgar en todo
Alfonso L. Herrera. Citado por Roger Bartra 

El inconsciente resulta tan esquivo que, la mayoría de las veces, encuentra su vía de expresión en las palabras o en la forma que expresamos nuestros gustos. Se filtra en lapsus, giros e imágenes que delatan más de lo que pretenden decir. Por eso tiene su gracia que la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, muestre tal fascinación por el ajolote, ese animal singular cuyas propiedades parecen describir con notable precisión tanto a su administración como a la Cuarta Transformación.

Desconozco si Brugada ha leído a Roger Bartra. De ser así, el entusiasmo por poblar la ciudad con dibujos de estos animales adquiriría otra dimensión. En La jaula de la melancolía, Bartra emplea al ajolote como figura analítica para pensar “lo mexicano”, entendido como una construcción simbólica producida por élites políticas y culturales, que elaboran, mediante lo que denomina como redes imaginarias, una apariencia de sentido común homogéneo sobre la identidad nacional. El ajolote opera, en su obra, como una metáfora deliberadamente irónica de esa identidad fabricada.

El ajolote, Ambystoma mexicanum, constituye un caso de neotenia, un fenómeno biológico en el que el organismo conserva rasgos larvarios en su etapa adulta. No completa su transformación y permanece, por así decirlo, en suspensión. La analogía resulta tentadora. La ciudad vive bajo una promesa constante de transformación. El sistema de transporte nunca alcanza un estado estable, las calles entran en ciclos sucesivos de intervención y el horizonte se formula en clave de utopía, como un proyecto que se define por su imposibilidad de realización plena.

Photo by Arno Burgi/picture alliance via Getty Images

Todo parece situarse en un registro de cambio permanente, aunque en los hechos la estructura de poder exhibe una continuidad notable a lo largo de las últimas décadas. La misma clase política conserva el control del poder político y asegura su reproducción mediante redes partidistas, administrativas y territoriales. Encuentra en su propio discurso una forma de estabilidad peculiar, una especie de equilibrio en clave larvaria. Brugada lo expresó sin rodeos: la utopía consiste en “ruralizar” la ciudad.

Bajo esa misma lógica de suspensión, la conducción de la ciudad reduce su horizonte y se repliega hacia sí misma. La planeación urbana pierde densidad analítica y cede su lugar a decisiones dispersas, incapaces de articularse en un proyecto conjunto. Las ciclovías aparecen como trazos aislados, sin integración en una red coherente, más próximas a la repetición de soluciones parciales que a una estrategia de movilidad. 

En paralelo, la política pública emite señales contradictorias. Se normaliza el uso del automóvil mediante instrumentos como las licencias permanentes y los subsidios a la tenencia, mientras se enuncia una ciudad pensada para ciclistas. El transporte público no ocupa el lugar estructural que requiere en la asignación de recursos y sistemas como Ecobici exhiben fallas que no se corrigen. La posibilidad de transformación permanece enunciada. En la práctica, se reproduce, una vez más, el mismo patrón… como el ajolote, que nunca completa su metamorfosis. 

Vale la pena mencionar que el ajolote, también, tiene mala visión, pues sólo alcanza a ver estímulos próximos, señales que apenas permiten orientarse en un medio inmediato. No distingue con nitidez la distancia ni anticipa con precisión lo que ocurre más allá de su radio cercano. Si bien esta condición no impide la supervivencia, sí define una relación restringida con el entorno. 

Clara Brugada tampoco alcanza a ver con claridad los problemas de la ciudad que gobierna. La crisis de personas desaparecidas carece de centralidad institucional pese a su magnitud. El desorden interno del propio gobierno, visible en cambios constantes de gabinete, evidencia la ausencia de diagnósticos estables y de líneas de acción consistentes. La corrupción asociada a la implementación de políticas públicas, como la construcción de ciclovías, aparece como episodios aislados (si es que aparecen) y no como un problema de carácter sistémico. Las inundaciones, recurrentes y previsibles en la Ciudad de México, irrumpen cada temporada como si se tratara de eventos extraordinarios. Su gobierno permanece en un estado de adaptación limitada: responde, ajusta y se desplaza a tientas, pero nunca logra construir una visión clara del entorno que habita ni transformar las condiciones que le dan forma. 

Por lo anterior, Brugada parece admirar, sin saberlo, otra cualidad del ajolote, esta es, su capacidad de regeneración, evocada incluso en el nombre del periódico de su partido. Su gobierno actúa como si cada problema pudiera recomponerse por sí mismo mediante un gesto adicional de visibilidad. Ante una crisis, la respuesta adopta la forma de un evento, un concierto, una rodada dominical, un cambio de outfit, una activación en redes sociales; y la solución es una excusa o cualquier improvisación: un bache deja de ser infraestructura deteriorada y se redefine como un registro mal tapado; el deterioro del Metro se atribuye al comportamiento de los usuarios; y la preparación para un evento global como la Copa Mundial de la FIFA 2026 se reduce a intervenciones cosméticas como pintar canchas y paredes.

Cuando la crisis alcanza mayor intensidad, se publicita un programa social de rápida implementación, cuya única condicionante consiste en acudir al Zócalo, formarse durante horas bajo el sol, escuchar a la Jefa de Gobierno y agradecer el gesto. También aparece la condena enérgica de las tragedias como recurso recurrente. Si se condena, se asume que la responsabilidad se disuelve; y por tanto, si se cuestiona, el reclamo se interpreta como mezquindad. Brugada genuinamente piensa que resulta difícil impugnar a un gobernante que extiende su repudio sobre la ineficiencia de su propio gobierno. 

Por todo esto, resulta previsible que a los visitantes que llegarán a la ciudad durante el Mundial no se les ofrezca un sistema de transporte público eficiente, ni trayectos confiables en el Metro, ni calles que permitan desplazarse sin sobresaltos, encharcamientos, lodo y baches mal tapados. Tampoco una política de seguridad que genere confianza, ni una red de museos plenamente atendida, ni una ciudad capaz de articular su historia con una proyección contemporánea hacia el mundo. Incluso, no les ofrecerá un aeropuerto funcional, con suficientes taxis o con acceso fácil y seguro de transportes de aplicación. 

Pero, en su lugar, Brugada recibirá a los visitantes con ajolotes en cada barda y en cada esquina. Aunque, a decir verdad, su aparición no surge como un símbolo elegido con plena conciencia estratégica, sino más bien como una expresión involuntaria de un orden que se delata en sus propios signos. El inconsciente político no inventa nada, se limita a exhibir lo existente. El ajolote no contempla su transformación y la ciudad tampoco.

Eso sí, los ajolotes que Brugada manda pintar son de color morado, con el fin de asegurar que se vean (esa necesidad de imponerse en la mirada ajena algo revela sobre la Jefa de Gobierno, pero ese terreno corresponde más al diván que al análisis político). Así que cuando el mundo llegue, encontrará una imagen coherente. No verá la ciudad que pudo ser. Verá la ciudad que se repite. Un organismo que se regenera sin aprendizaje, que se explica desde sí mismo y que convierte la promesa de cambio en una forma de permanencia. El mundo verá la ciudad de Clara Brugada y el ajolote.

Hugo Garciamarín

Doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y director de la Revista Presente

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Publicado en: Vida pública

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